martes, 6 de noviembre de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (4) -2ª Parte-. Boca de Aroa: El Surf Casting (o sobre el miedo a enfrentar situaciones nuevas)


Del ocaso al amanecer ¿Quién dijo miedo?
(Primer Open de Surf casting de Venezuela)

Una situación nueva deja de ser temible cuando se vuelve experiencia vivida.


En el post anterior traté de hablar del miedo a las situaciones nuevas desde el escenario de mi primera experiencia con el Surf Casting y unos días más tarde, todavía sin recuperarme de la novedad, participé en una competencia sobre la modalidad. Ahora que lo pienso mejor, este escrito debiera intitularse "Del neófito atrevido".

La cosa empezó con una llamada telefónica invitándome a participar en el primer “Open de Surf Casting de Venezuela”. ¡Nomás describí en el blog las desaventuras de mi incursión en este tipo de pesca y ya me están invitando a competir! Donde uno menos lo piensa brinca la liebre, la perdiz o la invitación a participar en un torneo. Con Internet la indiscreción se ha vuelto una forma de comunicación. Y yo nunca he estado en desacuerdo con vivir a la vanguardia, así que, como era de esperar, acepté la invitación.


Ante todo, un torneo de pesca es: estresante. No pudiera ser de otra manera, si no fuera así, el premio no tendría valor.

Para Alan también era la primera vez

Pero el corto y respetuoso mensaje que pretendo dejar en este apéndice del post anterior, va dirigido a todas las especies de fóbicos para colaborar  en su proceso de vencer el miedo a las situaciones nuevas.

De no saber cómo usar los implementos de este tipo de pesca brinqué a competir con expertos. Hay pocas cosas en la vida que no estén hechas de cambios afortunados (ya sea de buena fortuna o de mala fortuna). De ser niños omnipotentes (en la fantasía) saltamos a ser adolescentes atormentados (en la realidad) y de allí, casi siempre, a adultos desorientados pero con capacidad de aparentar lo contrario; de ser mantenidos pasamos a mantenernos (aquí no me queda claro si el cambio es positivo o negativo, que cada quien lo juzgue según su experiencia); de votar por un candidato a presidente pasamos a ser oposición. La vida entera se nos va en rápidos cambios radicales.

Liseth también sentenció: ¡Quien dijo miedo?

El torneo fue justo y, como era de esperarse, logré el más honorable último lugar. Si un novato no llegara de último, la competencia sería un fraude.

¡Cuán satisfactoria es la derrota cuando se sabe que es justo ser derrotado!

Aunque el orgullo, en su esencia prepotente siempre busca algún merito, y en este caso no puedo dejar de comentar que mi esposa Liseth casi llega a ganar el primer lugar en la categoría del pez más grande. Pero igual que la lotería, de nada vale que los números sean aproximados, mi esposa no figuró entre los ganadores (no había segundo lugar en esa categoría), así que todo lo dicho en este párrafo no sirve para otra cosa que para aliviar el fastidio del propio orgullo que pugna por manifestarse.




El miedo es la peor limitación psicológica de la vida.
Quiero suponer que la tabla de Moisés tenía 20 mandamientos y no solamente 10 y que el onceavo mandamiento era: ¡Prohibido temer!
Qué lindo es fantasear la posibilidad de ser Moisés, mi tabla tendría en primer lugar la ley de ser fiel a la propia aventura de vivir por sobre todas las cosas.

¡Cuánto se puede ganar al perder!


martes, 10 de julio de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (4). Paraguaná: El Surf Casting (o sobre el miedo a enfrentar situaciones nuevas)

El surf casting…dicen que es una actividad muy relajada…nunca crean todo lo que le dicen.

El surf casting

El surf casting es una técnica de pesca nueva para mí. No por el hecho de pescar desde la orilla del mar sino por el método y la expectativa que comporta este tipo de pesca.
¿Cómo llegué a ella? Pues como se llega a la mayoría de las cosas: tropezando con ella. Por mucho tiempo me había llamado la atención esas personas que veía en playas o rompientes con largas cañas esperando que algo le picara, los había visto por montones en Argentina, muchos en Chile, por todas partes en Italia y como pandemia en España, y la verdad es que las largas cañas de pescar que utilizaban se me antojaban como disparatadas extravagancias.
Hasta que la curiosidad determinó que había llegado el día de investigar de qué se trataba aquello y después de leer algunos artículos y ver algunas películas en YouTube busqué tiendas online que vendieran el equipo necesario; pero, cuando se es neófito en un tema hasta la más pequeña decisión, como elegir entre un tipo de anzuelo u otro, se transforma en una confusión aturdidora. Y entonces volví a leer, a preguntar, a buscar información de cualquier manera, hasta que encontré en un sitio web venezolano ( http://www.pescaextremavenezuela.com/ ), un intercambio de preguntas y respuestas en el que inusualmente el vendedor se esmeraba en dar detalles sobre el uso de los artículos y la técnica del surf casting. Supuse que el dueño de la tienda online estaría dispuesto a asesorarme, así que hice clic en uno de sus artículos y le escribí explicándole mi intención de incursionar en el surf casting y que  compraría lo necesario según su asesoramiento. La intuición no me falló. Me encontré con Carlos Salazar, un pescador dispuesto y para nada reticente en compartir sus experiencias y conocimientos.
Una semana de largas conversaciones telefónicas me otorgaron las nociones necesarias para disminuir el miedo ante esta situación nueva de pesca (aclaro que no creo que los seres humanos le temamos a lo desconocido, sólo le tememos a lo conocido, lo que pasa es que sabemos que en las situaciones nuevas corremos peligro por inexperiencia).
Estaba decidido: la semana siguiente iría a probar el nuevo sistema con los equipos sugeridos por el colega.
Llegados a este punto debo aclarar que este post no pretende ser sobre surf casting , este artículo quiere tratar sobre la posición humana ante las situaciones nuevas.

Situaciones nuevas: terribles y fascinantes a la vez.

Las situaciones nuevas generan las más contrarias emociones en nosotros. Nos aterrorizan y nos fascinan a la vez. Pocos deseos pueden ser tan intensos en el ser humano como el deseo de controlar su futuro y por ello nos da tranquilidad tener comida de reserva en la alacena, ahorros por si acaso y pronósticos del tiempo; pero al mismo tiempo nos fascina viajar a lugares desconocidos a ver qué nuevas aventuras insospechadas nos deparan.
Tal vez esta ambivalencia se deba a que la inquieta "mente" humana supone que en situaciones nuevas se pueden presentar satisfacciones desconocidas, pero por otro lado el cerebro biológico, más estable, más conservador, prefiere las rutinas conocidas por saber que en ellas gastamos menos energía. Los desacuerdos entre la mente y el cerebro componen el drama de casi todos los capítulos de la novela humana.


Península de Paraguaná como escenario para la "primera vez" en surf casting

Explorando la península de Paraguaná...
La península de Paraguaná es un apéndice de Venezuela dentro del Caribe. Desde Google Maps parece haber sido diseñada por Alberto Giacometti: una gran cabeza apoyada sobre un delgado cuello. La idea era recorrer todo el perímetro de la cabeza peninsular para buscar sitios de pesca y en especial puntos apropiados para el surf casting.
De por sí la planificación misma de la aventura era una ambición descabellada: buscar sitios apropiados para una técnica de pesca desconocida era una locura tan optimista que pareciera promesa de campaña política, y aquí quisiera permitirme divagar un poco sobre esto de la locura de las experiencias nuevas. Recuerdo que una pitonisa leedora del tarot me contó que mi carta predestinada era "El Loco" porque, según ella, por ser Aries mi signo zodiacal y por estar este signo al inicio del zodíaco las experiencias nuevas iban a formar parte del orden del día durante toda mi vida (según la pitonisa este sino se repotenciaba por ser Dragón en el zodiaco chino, no recuerdo porque, pero creo que tenía que ver con que quien cree en dragones debe estar loco, o algo así). La revelación se me volvió entusiasmo cuando me explicó que "El Loco" en el tarot representa el principio de todo: «para que algo exista, antes debe existir la idea previa de él y toda idea, antes de volverse realidad, será vista como una locura». En fin, lo que quiso decir es que: «todo invento primero pasa por locura». Imagino que cuando Marconi comentó la posibilidad de comunicarse a distancia deben haberlo llamado loco, y con el mismo término deben haber sido enjuiciados los proyectos de Einstein, Graham Bell, Eiffel, entre otros. A los que se abandonan a la comodidad de la quietud y el sedentarismo no les debe gustar para nada los innovadores, no resulta pues sorprendente que desde su cómoda poltrona los traten de denigrar y desanimar tildándolos de locos (la locura es un calificativo que suele resultar muy efectivo para desanimar al otro, ya que por ser tan difícil delimitarla puede confundir y sugestionar a cualquiera). Pero, volviendo a la aventura de pesca en Paraguaná, comenzamos explorando las costas de la nuca y el occipucio de la cabeza de la península hasta la coronilla donde se ubica el cabo San Román, punto más septentrional de Venezuela. Un médico amigo nos había facilitado las llaves de su casa que se encontraba a mitad del camino entre el cuello y la coronilla de la península, en el pueblo de playa "El Supí". Pero la cosa no fue tan sencilla como arribar a un hotel, al llegar no había electricidad en la casa y resulta que en cualquier otro país habríamos pensado que tal vez olvidaran pagar la factura a la compañía eléctrica, pero Venezuela no es cualquier país, y lo primero que pensamos fue que tal vez hubiera un blackout en el sector ya que en Venezuela la falta de mantenimiento del sistema eléctrico hace que los apagones estén al orden del día. Preguntamos por los alrededores y resultó ser cierta nuestra visión: había un apagón. Decidimos dar vueltas por el pueblo para hacer las últimas compras necesarias y después de no encontrar nada de lo que buscábamos regresamos a la casa. Los bombillos encendieron, pero la heladera no funcionaba, llamamos por teléfono al dueño y se concluyó que una reciente inundación la habría dañado. Ya se acercaba la noche y no teníamos dónde quedarnos. Había que buscar casa. La cosa no comenzaba bien. Sin embargo conseguimos una casa muy cómoda a un precio razonable, el casero era un individuo muy dispuesto pero que estaba tratando de aliviar con alcohol la melancolía por su reciente divorcio y además del precio que tuvimos que pagar por la casa también tuvimos que soportar la verborrea del melancólico borracho. Ya asentados, el prurito del pescador exigía ir a la costa a probar el equipo. Y así lo hicimos.
Lo más representativo del Surf Casting son las largas
cañas que sirven para lanzar la carnada detrás de la línea
rompiente de las olas a unos 120 - 150 metros de la orilla.
¡Ah!, además dicen que es un deporte muy relajado…
Usar el equipo de surf casting es complicado y su práctica nocturna es tres veces más difícil, pero ya me lo había pronosticado la mujer del tarot: la locura sería mi estigma.
Bajo la luz de una luna creciente a tres días de la luna llena, comencé a armar el equipo en la orilla frente a un profundo caño que habíamos detectado en una sucinta exploración que hicimos durante el apagón. Armar una caña de cuatro metros y medio es una poesía barroca, el viento, como si fuera un puño invisible, la golpeaba como bolsa de boxeo, pasar el nailon por los pasahilos es trabajo inhumano hasta para dos personas y hacer nudos en la oscuridad ridiculiza el refrán de buscar una aguja en un pajar. Pero todo lo anterior era poco en comparación a lo que vendría. Al terminar de armar la vara y colocarla en el portacañas (que es un tubo que debe clavarse en la arena para luego colocar el mango de la caña dentro para que se mantenga perpendicular al suelo durante el tiempo de espera a que algún pez pique; pero eso de clavar un tubo en la arena suena fácil si pensamos en que la arena este compuesta sólo de eso, de arena, y, como era de imaginarse, en mi caso no fue así, encontré rocas, arrecifes, algas, y cualquier otro objeto que el capricho de un dios fastidioso colocó allí para que yo no pudiera clavar el dichoso tubo), pero como venía diciendo, al colocar la vara en el porta cañas sembrado a la buena (o mala) de dios y estirarme hacia atrás para tratar de aliviar el dolor de espalda que me atormentaba, sucedió lo que tenía que suceder: el viento tumbó la caña, el portacañas y mi humor. En ese momento solté mi primer improperio contra dios, el universo y el surf casting. Pero no pensaba darme por vencido. Quiero aclarar que he llegado a pensar que esto de insultar al universo o gritar groserías cuando las cosas no salen bien es una terapia natural y saludable de la mente, sí, estoy casi seguro que lanzar una maldición ha salvado a más de una persona de un síncope. Y así, haciéndome el loco para descargar la energía que de otra manera me hubiera vuelto loco de verdad, levanté la caña y me dispuse a hacer el primer lance. Traté de recordar los consejos de mi colega Carlos Salazar y llevando la larga, larguísima, inmensa y pesada vara hacia atrás me preparé para dar el latigazo que se supone lanzaría la carnada a unos 100 metros costa afuera. ¡Lanzo! ¡Allá vááá…! Y…¡Auch! El anzuelo se había enganchado en un tronco de la orilla. Pudiera haber roto la caña, pudiera haber dañado la línea, pero eso no me importaba un carajo porque al mismo tiempo un ¡Crounch! me avisó que me había dislocado el hombro. En este momento, claro está, me dediqué a lanzar múltiples y variados improperios hacia el universo, el más allá, el más acá, bueno, hasta el Big Bang llevó lo suyo, y gracias a ello no hubo síncopes que lamentar aunque no me alivió el dolor del hombro. Unos minutos más tarde, ya más tranquilo, me consolé con una frase cliché estúpida pero extrañamente efectiva: «La noche es joven aún».
Mi esposa hacia spinning mientras yo despotricaba
Después de varios intentos fallidos, al fin logré un lance que me pareció correcto porque sacó mucho hilo del carrete pero, lógicamente, la obscuridad me impidió ver donde había caído la línea, sin embargo me sentí feliz y sonreí. Entonces comencé a recuperar línea para dejarla tensa (como es debido en la técnica del surf casting) y la sonrisa se me fue desdibujando a medida que recuperaba y recuperaba y recuperaba y la línea no se tensaba, y fue después de mucho recuperar que me di cuenta que el plomo, el anzuelo y todo lo demás estaba en el piso a mi lado y que no fue el lance quien sacó el hilo del carrete sino el viento que ahora había abierto el puño para transformarse en una mano infame que jugaba a jalarme el nailon. Tuve que volver a la terapia de improperios.
Una de las cosas que diferencian a un niño de un adulto es saber decir ¡Basta por hoy! En ese momento fui muy adulto.

Miedo a situaciones nuevas

Nuestros antepasados cavernícolas enfrentaban cada mañana como una situación nueva, impredecible, amenazante hasta que se demostrara lo contrario. El miedo al futuro pudiera ubicarse dentro de las primeras razones por las que creció nuestra inteligencia (es un hecho que la inteligencia se desarrolla ante la necesidad, esto pudiera probarse analizando la infancia turbulenta de los grandes genios, para muestra un botón: Beethoven desarrolló su inteligencia para evitar el maltrato del padre. Pero tal vez la prueba más irrefutable esté en los vigilantes de transito venezolanos que se pasan la vida colocando alcabalas los quince y últimos de mes esperando que pase algún incauto a quien matraquear ¿Qué necesidad debe soslayar un vigilante de transito venezolano? Y ¿Quién conoce un oficial de transito inteligente? ¡res iudicata!).
La evolución del hombre en cierta forma es la evolución del control del futuro. Prever el futuro ha sido nuestra principal estrategia contra el miedo a las situaciones nuevas. Hasta pudiéramos aseverar que lo que la gente llama "crecimiento personal" consiste en la preparación para anticiparse al futuro y tratar de minimizar las situaciones impredecibles, nuevas, insospechadas.
Así la historia de la humanidad se traduciría en la sumatoria de intentos para crear constancia en las situaciones, o, mejor dicho, para crear situaciones que se mantengan constantes. Hoy en día nos da tranquilidad suponer que mañana nuestro aire acondicionado funcionará y tendremos una temperatura agradable durante todo el día; suponemos que mañana podremos ver en la televisión la programación que se encargará de distraernos y disminuir el estrés concomitante de la vida. Suponemos, suponemos, suponemos; y mientras más se parezca nuestro mañana a la suposición de ayer más tranquilos y más orgullosos de nuestra calidad de vida nos sentimos. La calidad de vida también es traducida muchas veces como la eliminación de situaciones nuevas temibles.
Pero sólo quien ha enfrentado esas situaciones nuevas ha encontrado soluciones para mantener el estatus quo deseable, si Willis H. Carrier no se hubiese propuesto enfrentar el calor no tendríamos hoy en día el aire acondicionado que mantienen el termostato en la línea deseada.
El tiempo que pasamos en situaciones estables y controladas lo llamamos comodidad. Pero he aquí que la comodidad es un arma de doble filo porque quien se deja abandonar a ella, quien logra evitar toda situación nueva, no generará ningún cambio. Sin cambios, la comodidad tampoco existiría.
Entre un ensayo-error y otro volvimos a las viejas técnicas,
salimos a trolear en un bote de pescadores, pero el mar
 estaba revuelto y terminamos varados pescando “Mondeques”,
 el pez más apetecido y costoso para los japoneses pero
 también el más venenoso si no se lo sabe curar.
Enfrentar la pesca del surf casting era una situación nueva que yo podría haber evitado si continuaba pescando con mis antiguos estilos de pesca que por experiencia manejo con cierta destreza. Entrar al surf casting implicó aprender a lanzar con una caña de más de 4 metros, aprender a utilizar nuevos equipos, aprender nuevos nudos, nuevos nombres, nuevas técnicas, nuevas posibilidades; y sobre todo aceptar que para aprender hay que estar dispuesto al ensayo -error, ensayo - error, ensayo - error. De seguro seré un neófito en el surf casting por mucho tiempo pero me impulsa el deseo de alcanzar a sentirme cómodo en él algún día. La razón principal por la que tantas personas se hunden en la gomaespuma de la comodidad volviéndose incapaces de enfrentar situaciones nuevas es que, además del miedo a lo impredecible, han sido atrapados por una característica que no es para nada vinculante: el miedo a aprender (por miedo al ensayo - error).
Explorando la Península en bote de pescadores...,
 un descanso entre surf y surf...
De lo dicho se traduce una fórmula para eliminar situaciones nuevas sin transformarse en estatua en el intento: disfrutar las comodidades que estén a nuestro alcance para planificar desde ellas los ataques a aquellas situaciones que todavía no controlamos y luego, cada vez que se pueda, estudiar, investigar, aprender, ensayar hasta encontrar la estrategia para dominar el asunto. Tal vez todo lo dicho está implícito en aquella sentencia clásica: «El conocimiento (la verdad) te hará libre».

Primer día de pesca (surf casting)...

Aquella noche sólo dormí cuatro horas, a las 5:30 de la mañana estábamos preparando el equipo para volver a intentarlo. Habíamos averiguado que la marea baja dejaba al descubierto kilómetros de arrecifes formando una explanada de piedra cuyo borde final terminaba en un precipicio de aguas profundas.
El plan era atravesar caminando el arrecife hasta llegar al borde y desde allí pescar. El tiempo estaría en contra porque al mediodía debíamos regresar antes que la marea volviera a inundar los arrecifes. Debo decir que esta experiencia era ambivalente para mí, en parte me atraía por la pesca, pero sobre todo sentía miedo porque me recordaba una pesadilla que se me repitió cientos de veces en la infancia: quedaba atrapado en un pequeño atolón en medio del mar con el agua que subía y subía y subía para ahogarme…¡espeluznante!
Caminar sobre los arrecifes es dificultoso, y caminar sobre kilómetros de arrecifes es kilométricamente dificultoso. Y si a esto se le suma la pesada caja de herramientas de pesca y dos cañas de surf casting de más de 4 metros que para el caso daba igual si eran metros o kilómetros porque el recio viento en contra nos jalaba por las cañas como si éstas fueran velas de windsurf y nos golpeaba con sus puños: ¡Cuidado ahí viene un crochet! (Crochet : es un golpe lateral con trayectoria paralela al suelo que se dirige al rostro del rival), ¡Atentos a ese Uppercut! (Uppercut o Gancho: es un golpe que se dirige de abajo hacia arriba buscando el mentón del adversario), y si todo esto lo multiplicamos por el peso específico de los rayos inclementes del sol (porque los rayos del sol en el Caribe pesan como el plomo), si juntamos todo esto, repito, podrán entender por qué en ese momento envidiaba el trabajo de los esclavos judíos que construyeron las grandes pirámides egipcias.
Unos lugareños recorrían el arrecife cosechando "botutos" o "guaruras", grandes caracoles que particularmente considero exquisitos. Así que, en vista de que era época de recolección, decidimos recoger algunos para añadirlos al ceviche ritual que suelo preparar con la carne del primer pez atrapado. Recolectar botutos revivió mi genética de cazador-recolector, 6 millones de años de humanidad reverberan en mí con cada caracol que recogía y en esa regresión filogenética aluciné tener una cabeza más grande, de Neanderthal, brazos peludos, pies curtidos, sentidos alerta… me sentí un trucutrú y fui feliz.
Cuando llegamos al borde extremo del arrecife estábamos exhaustos. Las piernas me temblaban, me dolía la espalda no sólo por haber sido réferi en la lucha del viento contra las cañas, ni por el peso de la caja de pesca, sino también por el peso del saco de botutos que logró hacerme sentir cavernícola pero no por ello otorgarme la fuerza de un troglodita. Necesitábamos apoyar las pesadas cañas en alguna parte, pero no había forma de clavar los portacañas en el duro arrecife, y aquí vale recordar que los arrecifes no solamente son duros sino que además son puntiagudos y filosos y es imposible sentarse en ellos y en ese momento cualquier Napoleón habría ofertado su imperio a cambio de un lugar donde sentarse. Las olas que chocaban contra el arrecife nos escupían en la cara y el agua salada nos enceguecía, mi esposa y yo estábamos al borde de la desesperación, no podíamos lanzar con las cañas porque nuestras espaldas no daba más y como habíamos gastado más tiempo en la recolección de los caracoles ya era hora de regresar antes de que las aguas volvieran a inundar todo e hicieran realidad la pesadilla que me persiguió cuando niño. Extrañamente recordé a la pitonisa del tarot y adivinen a quien le dediqué todos mis improperios del momento.

¡Cuánto trabajo cuesta ser felices!

La primera reflexión filosófica registrada en occidente se refería a que todo en el mundo fluye. Y desde que Heráclito sentenciara que "todo fluye", el fluir de la vida no ha hecho más que darle la razón. Fluir implica cambiar. Todo cambio es antecedido por una crisis. La crisis que antecede al cambio supone el gasto de energía necesaria para cambiar. La vida humana igualmente fluye, y en su fluir puede presentarse el estado de felicidad. La felicidad también es fruto de un cambio. Entonces, toda felicidad también es antecedida de una crisis. Y esta crisis supone el esfuerzo necesario para ser felices. Trataré de resumir el párrafo anterior: «Ser felices cuesta mucho trabajo». Hecho el resumen y escrita la sentencia, la releo y me doy cuenta que, como todo juego de palabras, esta frase podría llegar a ser víctima de aquellos que leen con microscopio y por ello antes que me objeten intentaré rebatir yo mismo lo dicho, y empezaré de una vez reconociendo que las palabras pueden ser empleadas de innumerables maneras con un propósito comprendido entre dos extremos: las palabras usadas para explicar un fenómeno (esto es lo que intenta la ciencia), y las palabras usadas para inventar fenómenos inexplicables (esto es lo que hace el discurso mágico).  Pero en cualquier parte del recorrido lingüístico los juegos de palabras son bienvenidos como lubricantes facilitadores de la transmisión del mensaje. He aquí un juego de palabras cuyo valor no depende del polo al que se allegue: «La felicidad conlleva mucho trabajo, la pereza es responsable de la infelicidad en el mundo».
La sentencia de por sí tiene la fuerza necesaria para ostentar ínfulas de certeza. En una primera aproximación parece referirse a que la felicidad es el fruto de una acción y que toda acción conlleva un esfuerzo; en ese sentido el juego de palabras pareciera estar del lado científico -racional. También podría pensarse que se refiere al conflicto entre la mente y el cerebro: siendo la felicidad un fenómeno mental, debe enfrentar cierta resistencia por parte del cerebro que como toda cosa biológica sigue el principio de ahorro de energía (y que por ello tiende a la rutina), también en este caso el juego de palabras estaría arrimado al extremo científico. Pero la misma sentencia en boca de un político pudiera representar una manipulación ideológica para exigir más del pueblo en la lucha por alcanzar una felicidad ideal generalizada (y mantener a los gobernantes en el poder); y aquí la sentencia se desbarranca hacia el sofisma mágico.
Sin embargo, en nuestro contexto, la sentencia es mucho más humilde y sólo quiere decir lo que dice: que quien se despierta por la mañana pretendiendo pasar un día feliz, mientras se cepille los dientes debe aceptar el gasto de energía inherente a lo que pretende. En otras palabras: que quienes pretendan ser felices por obra y gracia del espíritu santo vayan a llorar a la Iglesia y nos ahorren sus fastidiosas quejas.

Península de Paraguaná estandarte de lo real imaginario venezolano

Cabo San Román: una sospechosa autopista...
Habiéndonos salvado de ahogarnos en la crecida del mar, decidimos usar la tarde para ir a conocer el cabo San Román. En la vía hacia el cabo el gobierno actual construyó una misteriosa autopista que atraviesa un desierto y que no tiene sentido alguno puesto que por allí pasan cuatro pelagatos al día. Para entender el sinsentido de esta autopista debe recordarse que en toda Venezuela el sistema vial está en la indigencia, mientras que en este desierto desolado construyeron una autopista que supuestamente conduce al cabo San Román (donde no hay nada aparte de un precario faro) pero, dije “supuestamente conduce” porque eso tampoco es cierto ya que unos kilómetros antes de llegar al cabo la autopista dobla y comienza a parecerse muy sospechosamente a una pista de aterrizaje para avionetas y termina de pronto con un rayado blanco similar al trazado al inicio de toda pista de aterrizaje. En fin, para llegar al cabo hay que recorrer varios kilómetros más sobre una trocha de arena y corales fósiles, intransitable a menos que sea en un vehículo (muy) rústico. Ingenuamente nos hicimos una pregunta ¿qué estaría pensando el gobierno cuando construyó esta autopista tan parecida a un aeropuerto en tierras desoladas con fama de contrabando, narcotráfico y piratería? ¿Me creen que la cabeza no nos dio para encontrar una respuesta?

Sólo nos apasiona lo que conocemos (o, «El apetito se hace comiendo»)

¡La primera pieza con surf casting!
Bajamos de la autopista por un camino de tierra hasta llegar a una playa con escollos donde las olas del mar parecían estar muy bravas y querer arrasar con todo por no encontrarle respuesta al porqué de una autopista en estas tierras.
Armamos el equipo y comenzamos la pesca. Después de varios errores con sus consecuentes improperios a pitonisas, universos y cualquier otro chivo expiatorio que viniera a la mente, logré la primera pieza de poco más de un kilo.
La pasión no sabe de horarios...
Tal vez no fuera suficiente para una cena reconstituyente de las energías gastadas durante el día, pero si era suficiente para levantar los ánimos. El surf casting había sembrado raíces en nuestros espíritus, había llegado para quedarse. A partir de hoy ya no sería una situación nueva sino un arte digno de pulir.


miércoles, 6 de junio de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (3). Morrocoy: El Gran Sábalo (o sobre: Alcanzar sueños).


El destino hecho en casa

«Tendría alrededor de 10 años cuando me enteré que el sábalo
era el dios del mar. Entonces decidí pescarlo. 
Cada quien busca a dios a su manera. 
Desde entonces me preparé para el encuentro.
 No imagino la vida sin el deseo de pescar un gran sábalo».
Desde que empezó el año esperaba el mes de mayo. Mes en el que el sábalo surca las aguas del Caribe venezolano frente a las costas de Morrocoy. Intuía que este sería el año de mi gran sábalo, mi soñado sábalo de 70 kilos. Sí, el objetivo era específico: el lugar donde lo pescaría, la semana exacta en que eso sucedería, su peso…; un sueño no es tal si no está detallado.

Arquitectura de un sueño

No basta con soñar. Los sueños no son nada si no logran impulsarnos. Un sueño es un motor. Un sueño debe motivar el aprendizaje de las artes necesarias para alcanzarlo, los sueños están hechos de insistencia. Sin preparación, sin esfuerzo, sin constancia, sin momentos de lucha contra la tentadora resignación, sin una antesala de dificultades, la pesca de un gran sábalo sería solamente eso, pescar un pez. 
Alcanzar un sueño es diferente, en todo camino hacia la realización de un sueño debe haber trayectos a contracorriente, los sueños no son cosa de correr 100 metros planos, los sueños se recorren en pistas con obstáculos.
De seguro alguien pensará que lo dicho en el párrafo anterior es obvio, porque, de ser fácil, la meta no sería un sueño. Pero el comentario se queda a pesar de su obviedad porque me consta que a todos los seres humanos nos tienta el sueño de la facilidad. Y de inmediato aclaro que estoy en primera fila entre los que reconocen que "facilitar las cosas" es la cualidad número uno de lo que de admirable tiene el ser humano. El asunto es que los sueños están hechos de otra cosa y pertenecen a otra categoría con su particular sistema de medidas.

Mecánica del sueño

Mi sábalo no sería presa fácil. Sólo moraría dos semanas las aguas donde había decidido pescarlo. Llegar hasta él implicaba preparar una travesía en aguas turbulentas con grandes olas de surf rompiendo sobre un bajo de rocas que impedía el uso de una embarcación de calado seguro; tendría que encontrar quienes aceptaran acompañarme a buscarlo en un frágil botecito que anclaríamos entre las rocas a merced de olas de hasta tres metros que reventarían sobre nosotros tratándonos con desprecio como si ya fuéramos restos de naufragio.
En función de este propósito, seis meses antes había entablado amistad con Yiyo, un pescador artesanal que bien pudiera considerarse el heredero del espíritu del viejo y el mar de Hemingway. Durante seis meses hablamos varias veces por teléfono sobre los preparativos para la semana de pesca del gran sábalo en Mayo. Y aun así, cuando llegó el momento, el veterano pescador se mostró reticente a enfrentar el mar picado «con este viento no se puede». Pero, ya dije que los sueños están hechos de insistencia, y al final lo convencí tanto a él como a Evis, el tripulante del bote.
Y el mecanismo de los sueños se puso en marcha.

Alcanzar un sueño: despertar.

Zarpamos al amanecer. Las "ovejitas" (espuma blanca generada por el rompiente de las olas mar adentro) nos alertaban que el Caribe no estaba de humor para nosotros. Tuvimos que regresar y conformarnos con pescar barracudas en la laguna de Cuare. En la tarde, volvimos a intentarlo y sumamos otro fracaso. El coraje del sueño me exigía: «insiste, insiste, insiste…».
La mañana siguiente las aguas amanecieron de peor humor. Nubes de tormenta, viento y en el horizonte: una estampida de ovejitas blancas…. Lo intentamos, pero a medio camino hubo que dar marcha atrás, sin embargo no me resigné a volver a tierra, fondeamos en un bajo, cambiamos los anzuelos y pescando róbalos y pargos esperamos a que pasara el mal tiempo. Después del sándwich del almuerzo el viento cambió, aunque el mar seguía picado, el viento había dejado de resonar en mis oídos, y un minuto de silencio después… «¡Levanten las líneas! ¡Vamos por el Sábalo!». —Ordené en un extraño tono militar que desconocía en mí.
Las olas eran inmensas, para remontarlas el piloto necesitó la concentración avizora de un soldado en el frente de guerra, si una ola nos golpeaba de lado volcaría la embarcación, y si nos agarraba de frente nos hundía. La única forma de cruzarlas era cabalgándolas. Llegamos al sitio a eso de las cuatro de la tarde, no tendríamos más que hora y media para pescar, de pronto imaginé que la oscuridad pudiera alcanzarnos en aquellas aguas y sentí pánico de muerte. «¡Atentos con la hora! ¡A las cinco y media nos vamos!». —Sentencié en tono igualmente desconocido para mí.
Las olas amenazaban con voltearnos, teníamos que estar pendientes de ellas y, según vinieran, movernos en la embarcación haciendo contrapeso. Tirar las líneas de pesca haciendo equilibrio parecía imposible y la misión habría sido abortada si yo no hubiese contagiado con el furor de mi sueño a los demás. Cuando logré tirar mi línea, no terminó de caer al agua cuando sentí el primer jalón y el carrete cascabeleó: trarrrrrrrr.  La adrenalina me intoxicó en un instante, pero la emoción duró poco, era una barracuda que intenté subir al bote lo más rápido posible para que no me destrozara la línea con sus dientes, pero cuando fui a sacarle el anzuelo, comprobé el daño, tendría que repararla. De pronto se escuchó un golpe en el casco del bote y de seguido una ola rompió sobre nosotros: se había roto la soga del ancla. Rápidamente levantamos las líneas, encendimos el motor, y, con mucha suerte y riesgosas maniobras logramos alcanzar la soga que flotaba. Recuperamos el ancla. Llegados a este punto, la decisión de continuar habría sido suicida. Durante todo el regreso me estremeció la voz de mando de mi sueño: «insiste, insiste, mañana es el día del sábalo, insiste…».
La mañana siguiente ni bien levantarme fui a la playa. El viento había amainado un poco. Parecía ser el día. Decidí embarcar la menor cantidad de equipo posible para facilitar la movilidad durante la pesca, extrañamente mi sueño estaba mudo, con todos mis sentidos despejados sentía una gran calma en mis pensamientos, y a pesar de que el mar seguía movido me pareció que también los demás sentían la misma tranquilidad. Anclamos en el sitio a las 10 de la mañana. Quince minutos más tarde sentí el tirón. Era grande, muy grande, la caña se dobló, y el sábalo saltó. Saltó una y dos veces. A cien metros de la embarcación el sábalo saltó con todo el cuerpo fuera del agua, era colosal. Yiyo gritó: «¡Ese bicho nos voltea la lancha!». Yo sentía su fuerza y comencé a recuperar línea pero un minuto más tarde desapareció la tensión. Se había ido. Rompió la línea. Lo sorprendente del asunto es que no me importó que se fuera. De alguna manera sabía que ése no era mi sábalo.
Más tarde, habiendo transcurrido el tiempo necesario para volver a armar mi línea y echarla al agua, volvió la euforia al bote: un pez se había enganchado en otra línea. Y entonces sucedió otra cosa insólita, mi esposa (que había estado sufriendo de nauseas y mareo por la agitación) me gritó: «¡Yo quiero sacarlo! Y le respondí: «¡Dale!». Después de media hora de pelea Liseth pescó su primer sábalo, 20 kilos pesó. Hoy, cuando recuerdo lo sucedido sigue pareciéndome increíble que, en ese momento, tanto mi esposa como yo sabíamos que ese sábalo no era el mío.

Celebramos la pesca de Liseth y como pudimos sacamos la foto de rigor tratando de mantenernos en pie en el vaivén del bote. Luego nos acomodamos en nuestros lugares y a los minutos… ¡un jalón en una línea! y un grito: «¡Se soltó!». Y otro grito: «¡Aquí está!». El sábalo había soltado el primer anzuelo para saltar sobre otro. De pronto todos nos estábamos cambiando de lugar en el pequeño bote para que yo agarrara la línea. Sentí el jalón de un gran pez. Recuperé línea por un minuto, tal vez dos, y entonces, ¡saltó! Lo vi de cuerpo entero en el aire y lo reconocí: «¡Es él!» —Grité.
Media hora más tarde subía mi sábalo de 70 kilos al bote. Ni siquiera intentaré describir esa media hora, aunque la emoción fue compartida con quienes me acompañaban, aunque la batalla fue filmada, el encuentro con mi sábalo, nuestro encuentro, fue esencialmente privado, íntimo, ajeno a la dimensión de la narrativa, el encuentro con un sueño pertenece a la dimensión del delirio, y esta imposibilidad de compartirlo hace del encuentro con el propio sueño, un secreto.


La resignación no es equipaje de quien busca sus sueños.

Todos tenemos un gran pez por pescar

Jorge Luis Borges decía que no se podía pretender haber vivido sin conocer por lo menos 4000 años de historia. Un poco más humilde es mi percepción, no se puede pretender haber vivido sin por lo menos desear pescar un gran sábalo.
Los grandes sábalos pueden ser muy diversos para cada quien y muy distintos entre cada cual, pero pareciera haber un pacto tácito entre todos los seres humanos, el pacto de admirar a quienes logran pescarlo, el gran sábalo de Gabriel García Márquez fue su cien años de soledad, mientras el Nobel fue el gran sábalo para Mario Vargas Llosa. Pero alcanzar los sueños es sólo una cosa fortuita, lo trascendente es soñar.
Apagada será la vida de quien no alimente con alguna quimera el fuego de su autoestima.


Código de valores

En la escuela de Psiconomía llamamos valores a los componentes de la autoestima. Esos valores hacen que el individuo se "estime" y como consecuencia sienta que su vida tiene sentido. Hay dos grandes tipos de valores: los personales y los convencionales.
Los valores personales dependen de la propia experiencia, de lo que se haya vivido, yo puedo valorar la pesca de un gran sábalo por haber aprendido de niño a pescar con mi padre, y puedo valorarlo mucho a pesar de que la mayoría de la gente vea la pesca como una aburrida manera de perder el tiempo.
Luego están los valores convencionales que se dividen en dos categorías: los valores convencionales sin valor definido, y los valores convencionales con valor establecido.
Los valores convencionales sin valor definido son aquellos que todos valoran, por ejemplo un título académico, pero que no tienen un valor establecido permitiendo que cada cual emita su juicio de valor, hay quienes valoran más un título de filosofía que uno de ingeniería y así.
Por último, los valores convencionales con valor establecido son aquellos que tienen precio, un Ferrari cuesta $200,000 en cualquier parte y no se admite discusión sobre su valor.
En lo dicho se evidencia la conveniencia para la autoestima de los valores personales que, por no tener valor establecido (permitiendo que cada quien le otorgue el valor que quiera), pueden ser revaluados sin límite. Por ello nuestros instintos favorecen el gasto de energía en la búsqueda de valores personales.

Código personal del pescador

No soy un pescador deportivo. Los pescadores deportivos atrapan muchos más peces que los que puedan comer y por ello los sueltan. No he practicado, ni practico ni creo que practicaré nunca la pesca del catch and release (captura y suelta). Y aclaro esto para que quien esté pensando en criticarme por comer lo que pesco, se abstenga de comentarios. Así como el cura no da sermones sobre creacionismo en la fundación Charles Darwin, así como los Darwinistas no van a las iglesias a explicar la evolución, así como yo no critico (aunque no comparto) la pesca del catch and release, espero que sus practicantes se abstengan de reprobaciones. La verdad es que, para mí, atrapar un pez para soltarlo es una pesca de mentira, una pesca a medias. Fui educado en el arte de pescar por mi padre, con un código de valores muy específico: nunca atrapes más de lo que te vas a comer y no te metas con las especies que no se comen. Con este código, el catch and reléase no es necesario, porque la pesca se autolimita.
No puedo imaginar la vida sin ser fiel a los propios deseos
 y principios; es más, el primer principio de la vida debiera ser:
«Fidelidad a los propios deseos».
Trataré de ser claro: «No se puede poner en la misma bolsa al rey que caza elefantes en África y el pescador que se come lo que pesca».
Y si aún no queda claro, tratemos el asunto desde sus inicios.
Todo deseo proviene de un instinto, el deseo sexual proviene del instinto de procreación, el deseo de comer una pizza proviene del instinto de alimentación y el deseo de viajar y hacer turismo proviene de nuestro reprimido instinto nómade. Fuimos, somos y seremos cazadores y recolectores. Mi deseo de pescar está claro de cuáles son sus orígenes instintivos. En varias oportunidades he escuchado de personas que juzgan como virtuosos a quienes, a pesar de haber tenido gran éxito social y económico, no se olvidan de sus orígenes humildes. Conozco una persona muy exitosa que tiene en un sitio resaltado de su escritorio una foto de la barraca donde vivía cuando niño "para no olvidarme de mis orígenes" —asegura. En este sentido podríamos decir que yo no olvido mis orígenes de cazador recolector. ¿Es acaso un delito pescar por sí mismo lo que uno come? Pescar y soltar la presa es una cuestión circunscripta al código de valores particular de quien lo hace, es una decisión personal, pero de ninguna manera otorga el permiso de criticar a aquellos que cultivan sus propias verduras, que comen las setas que cosechan en el bosque, o a quienes pescan su alimento. Y me parece una ligereza cándida pensar que el catch and release te haga mejor persona o te haga ambientalista. En mi experiencia personal la mayoría de los pescadores que conozco y que no practican el catch and release son naturalistas. Soltar un pez y acto seguido ir a la pescadería a comprar el mismo pez es algo que espero no hacer nunca, porque entraría en pánico por el Alzheimer. ¡Vamos! El ecosistema es amenazado por el abuso comercial indiscriminado, y no por el individuo que, tratando de vivir lo más naturalmente posible de vez en cuando (o cuando puede), trata de rememorar su esencia natural de cazador-recolector.
En fin, quien come lo que pesca no es un asesino ecológico, es alguien que hace algo con pleno sentido y lúcida  conciencia. Y no puedo dejar de decir que si alguien pesca (más de lo que pueda comer) y luego suelta lo pescado para alardear de ser ambientalista, está poniendo en riesgo la vida del pez para después dárselas de resucitador, o sea, “te ahorco para luego demostrarte lo bueno que soy en respiración artificial…” ¿Cuál opción parece más morbosa?

jueves, 19 de abril de 2012

Consulta Portátil de Psicología en las Islas Galápagos. El narcisismo verde

Una quimera: Un mundo tan científico que hasta Darwin nos pidiera bajar la voz
130 AÑOS DESPUÉS DE DARWIN

Las notas de este viaje a las Islas  Galápagos estuvieron traspapeladas por un año y medio. Me asombró encontrarlas en víspera de los 130 años de la muerte de Darwin y fue maravilloso creer que ellas me habían encontrado a mí. Por más convicción positivista que se tenga, es imposible evitar la tentación de lo maravilloso.
Dos generaciones, diferencias invisibles,
 pero contundentes
Y para mí explorar las Galápagos fue la culminación de un deseo infantil, de aquella infancia en la que minimizaba todo conflicto a través de conciliaciones ingenuas y por ello suponía que la evolución de las especies era tan maravillosa e incuestionable que los creyentes debían considerarla el milagro mejor logrado de Dios.

RESPONSABILIDAD EVOLUTIVA O NARCISISMO VERDE

En Tortuga Bay (Isla Santa Cruz), después de recorrer una inmensa playa de arena blanca bañada de olas suaves como caricias enjabonadas, nos recostamos debajo de unos árboles a orillas de una laguna de agua mansa separada del mar por una saliente de rocas y mangles.
Tortuga Bay, Isla de Santa Cruz, Galapagos
Nomás acostarnos en la arena fuimos visitados por una bandada de pinzones que más que pájaros se comportaban como moscas. Carentes de todo miedo y vergüenza nos revoloteaban alrededor y se paraban sobre las mochilas o hasta en nuestras cabezas. Un pinzón negro se posó sobre mi rodilla, me miró fijamente y dijo:
—¿Sería mucho pedir que me sirviera un poco de té? ¡Ah!, y ya que estamos, ¿Podrían acompañarlo con unas migas de galletas de mantequilla?
—Está prohibido darle de comer a los animales, si se acostumbraran a ello perderían su natural instinto de buscar comida. —Le respondí al pinzón habiendo reconocido en él a mi viejo amigo metamórfico, Godot. —Hola amigo, creía que los pinzones Geospiza conirostris comían sólo semillas.
—Buenas tardes Doc. Mis reverencias señora Liseth. Un placer volver a verlo joven Alan. Disculpen el abuso, pero estoy investigando la vida secreta de los pinzones de Darwin (por eso mi atavío) y la referencia al té ingles es obvia, además que ya van a ser las cinco, veo que traen un termo y conociendo el buen gusto de la señora ¡cómo extraño una taza té con las short-bread de Mrs. Liseth!
Mientras Liseth y Alan servían el té con galletas (Liseth desmenuzó unas galletas y las sirvió sobre una servilleta y Alan encontró apropiada la careta de buceo para servirle el té a Godot), mi amigo y yo continuamos conversando.
Godot, comiendo galletas.
—Quienes vienen a las islas buscan una revelación, y aquí la única revelación posible es que entre el judaísmo, el catolicismo, el musulmanismo o el budismo la opción correcta es el narcisismo. —Dijo Godot.
—Eso te lo copiaste de Woody Allen que asegura haberse convertido del judaísmo al narcisismo.
—Sí, pero no es plagio, la realidad no tiene derecho de autor. Woody es una de esas personas que no necesita venir a las Galápagos para entender que el individualismo es la única manera para ser "humanos" y "verdes". El narcisismo va mucho más allá del mito de Narciso, el narcisismo es el amor-valor que se le dé al propio yo, y el propio yo está compuesto de todo lo que se pueda llamar "mío". El yo es él y sus "pertenencias". Mío significa mi-yo así como "suyo" es lo que está en relación de pertenencia con su-yo. La fuerza de gravedad del amor propio atrapa todo lo que considere suyo, su saber, su hacer, su tener y su ser. Un "narcisismo verde" es aquel que hace su-yo al planeta. Esa es la gran revelación que, sin saberlo, vienen a buscar los curiosos a las Galápagos.
Conversando con Godot transmutado en Pinzón
—Totalmente de acuerdo. Y, aunque suene evidente, nunca estará de más remarcar que la solidaridad, la compasión, la empatía entre seres humanos también deben su origen al amor propio. La empatía con el prójimo sólo la siente quien logra sentir al otro como su-yo, y esto sólo es posible después de comprender la interrelación de dependencia que la vida individual tiene con todos los demás seres vivos del planeta.
—De cosas evidentes está hecha la ignorancia, mi querido amigo. Nunca será demasiado enfatizar que para tener empatía es necesaria la previa concienciación de lo frágiles que somos y de cómo nuestro sistema (económico, social, político, industrial, energético y de salud) se balancea sobre una cuerda floja, sostenida, desde ambos bordes del precipicio, por todas las razas humanas. Sólo sabiéndonos parte de tan grande y frágil empresa comunitaria se puede sentir el deseo de ayudar al otro, porque amar significa valorar, y el yo de cada quien sólo valora aquello que le es bueno y considerará bueno a todo lo que le da una mano en la vida.
—En la escuela de Psiconomía le hemos dado el nombre de "Responsabilidad Evolutiva" a todo esto, y es nuestro único dogma: «Todo miembro de la Escuela de Psiconomía debe estar consciente de que cada acto individual influye sobre la evolución». Y creo que siguiendo tu filosofía de que la realidad no tiene derecho de autor, en el futuro incluiremos también el término "narcisismo verde". Y mientras digo esto me imagino iglesias, templos, catedrales, con las paredes cubiertas de frescos con escenas de la vida de Fleming y Pasteur, con iconografías y tallas que representen las complejidades urbanas de nuestras ciudades junto a representaciones de la mitosis y la meiosis y un espacio especial para iconografías darwinianas. Templos dedicados a la pluralidad narcisista de nuestra responsabilidad evolutiva, catedrales en honor a la humanidad verde.
Llego a mí como viniendo de ti.
—Estamos en uno de esos templos, Doc. Las Galápagos son catedrales, levantadas en medio del mar, al narcisismo verde. Fíjese en esta cuestión curiosa: ¿Será una llamada de atención sobre la “responsabilidad evolutiva del narcisismo verde” lo que está simbolizado en la transformación de Narciso en planta floral después de haber tratado cruelmente a Eco?

El sindicato de los inmortales

—Y hablando de templos y catedrales, te cuento que en el aeropuerto Seymour en la Isla Baltra mientras esperábamos el transporte que nos llevaría a Puerto Ayora, la primera cosa que me llamó la atención, junto con ver mi primer pinzón, fueron cuatro clérigos vestidos de negro, de esos que llevan el cuello blanco. Más tarde, el autobús que nos trajo a Puerto Ayora nos dejó frente al edificio más grande de la plaza del pueblo: la Iglesia. Muy simbólico eso de llegar al ojo del huracán evolucionista en medio de sacerdotes e iglesias.
Iglesia de Puerto Ayora, Galapagos
—Me imagino la cara que puso, Doc. Las paradojas hacen divertida la vida. La verdad es que yo también vi más gente religiosa de lo que hubiera podido imaginar. Y esto le da una graciosa vuelta de tuerca al rechazo que obtuve de mi amigo Richard Dawkins cuando le oferté acompañarme, ahora pienso que tal vez intuyera que podría encontrarse con un pelotón de inquisición. Recuerdo que para evadir el tema me comentó: «No se trata de una batalla entre la evolución y el creacionismo. La lucha real está entre el racionalismo y la superstición. La ciencia no es más que una forma de racionalismo, mientras que la religión es la forma más común de superstición. La religión puede existir sin el creacionismo, el creacionismo no puede existir sin la religión». La verdad es que mi amigo se ha vuelto susceptible y terco después del revuelo que causara El espejismo de Dios.
—Oye, Godot, con toda la admiración que profeso hacia el Richard Dawkins etólogo y zoólogo, creo que el descubridor de los "memes" y divulgador del "gen egoísta" no necesitaba publicar un libro tan radical que puede terminar distorsionando el importante aporte de sus anteriores trabajos. Lo que trata de demostrar en El espejismo de Dios ya estaba entredicho y no era necesario aclarar lo obvio. Es como si Kafka, al final de La metamorfosis hubiese escrito la advertencia: «¡Cuidado! La rutina burocrática te transforma en un bicho».
—Yo también creo que no era necesario exponerse tanto, aunque entiendo como un acto de valentía el haberse colocado del otro lado de la balanza y en el borde más extremo del platillo, tratando de hacer contrapeso para nivelar las creencias en aras de evitar los fanatismos.
Canal hecho por una erupción volcánica.
La geología es parte activa de la evolución.
—En la lucha gremial supersticiosa el sindicato más pendenciero es el de los "inmortales a ultranza" que siente la necesidad de defender "a muerte" el creacionismo del que depende su vida eterna.
—"Lucha a muerte por la vida eterna", refinada paradoja, Doc.
—Fíjate que desde mi infancia quería venir a las Galápagos, y desde que estoy aquí he rememorado ciertas visiones que tenía del mundo cuando era niño (leí El origen de las especies estudiando en un colegio agustiniano), y recordé que yo imaginaba a Adán y Eva como neandertales que vivían entre mamuts y descubrían el fuego. Pero sobre todo me he sorprendido al recordar la infantil actitud conciliatoria de ver a la evolución como un milagro divino. ¡Ah!, Te podrás imaginar que entonces fantaseaba con ser arqueólogo.
Comparando modorras
—Y eso significa que en el fondo ya ese niño reconocía las incongruencias y pretendía profundizar arqueológicamente en busca de la verdad. En la infancia nos parece que la verdad no compromete a nadie y le interesa a todos. Son años de oro donde se está convencido de que la verdad nos hará libres. Pero luego terminamos descubriendo la susceptibilidad de las personas de autoestima convencional y frágil, que se apoyan (por comodidad y pereza) sobre las muletas de cristal del establishment.
—Imagino la denigración que sufren los creacionistas ante la deshonra de que un pinzón, un ave tan pequeña, ponga en entredicho a Dios. Querido amigo, hoy estas disfrazado de hereje.
—"Pinzónes herejes", otra exquisitez,  Doc.
—Fíjate que anoche, paseando por los tarantines de Puerto Ayora, observé suvenires con motivo de tortugas, piqueros patas azules, lobos marinos tallados en madera, esculpidos en ónix, estampados en camisetas, bolsos, pero no encontré ni un solo suvenir que aludiera a los pinzones o los cúcuves de Darwin. Entre los suvenires pareciera que Darwin sólo es un nombre y la evolución un tabú. ¡Ah!, y  escucha lo que me pasó en la Isla Isabela, comencemos con una anécdota: Después de varios días conociendo la isla Isabela (Alan tenía un mes trabajando de voluntario allí y nos sirvió de guía), logramos planificar lo que parecía ser el zenit de nuestras exploraciones en la isla, alquilamos una lancha por un día entero para estudiar las zonas más recónditas. Así contratamos al capitán Henry Segovia y horas más tarde, después de haber recorrido los canales de tiburones tintoreras y haber llegado a ver los raros y pequeños pingüinos galapagueños, me enteré que nuestra embarcación se llamaba "Capitán Freud". 
El Capitán Freud en la isla Isabela
Ahora sigamos con un detalle: En la Isla Isabela se ven tres canales de televisión: Gamatv de Quito, el canal de la alcaldía y un canal de evangélicos. Y por último término dándote una impresión: En las Galápagos evangelizadas hasta Freud tiene su homenaje pero Darwin brilla por su ausencia.
—El asunto parece estribar en si la verdad es vista como un derecho o como un deber. Los creacionistas parecen defender su derecho a creer en la verdad que más le convenga. Los evolucionistas sienten el deber de buscar la verdad por la verdad misma.
—Y haciendo uso del derecho a la verdad más conveniente, se es libre de ver sin entender.
—Exacto. Entender la evolución nada tiene que ver con llorar sobre la extinción de las especies, al contrario, la extinción es parte de la evolución. En términos actuales podríamos decir que la naturaleza también maneja un concepto de obsolescencia: la vida del individuo sólo tiene sentido hasta que sirva de algo para la manutención del ADN de su especie y las especies mismas fluyen (desapareciendo algunas) hacia el cambio más conveniente.  Pero ahora, si me lo permiten, quisiera merendar, se me hace la boca agua, digo, el pico.
—Buen provecho.
Explicando la estructura del ADN a mi pariente
EL EVANGELIO SEGÚN GALÁPAGOS

Durante toda mi permanencia en las Islas Galápagos me acompañó una extraña melancolía, y fue ya casi al regreso cuando comprendí qué me la ocasionaba: esa forma en que los turistas observaban los animales y hablaban de ellos como si fueran seres de otra dimensión. Aquella señora asombrada al ver un lobo marino caminar sobre sus aletas «¡Y camina!», gritaba, los chistes de un grupo de gringos sobre los piqueros patas azules (los chistosos vestían el típico uniforme “arlequinado” de turista mayamero)  , todo ese tipo de actitudes marcaba una distancia extraordinaria entre quien observaba y quien era observado, y es que de verdad parecía que aquellos bípedos humanos provinieran de un linaje totalmente ajeno a los animales, como si fueran de otro planeta, parecía que con su sombrerito y bermudas de explorador trataban de disimular todo rastro de su realidad animal.
Eso fue, y me doy cuenta ahora, la causa de la sensación triste que me acompañó en las islas, la ausencia de Darwin, de su enseñanza, de nuestra conciencia de parentela genética con todo lo que está vivo.
Estoy sentado en la plaza del puerto de Ayora y pienso que en otras partes del mundo viven, Richard Dawkins, Daniel Dennett, Desmond Morris, luego miro a mi alrededor y fijo la mirada en la iglesia, un pinzón picotea un trozo de pan en el piso y de pronto siento la absurda convicción de que no hay lugar en el mundo donde Darwin esté más ausente que aquí.
Libre albedríoLiseth danza en Galápagos con la evolución
DOS APRECIACIONES, DOS GENERACIONES

Regresando de la Estación Científica Charles Darwin hacia Puerto Ayora, nos desviamos del camino para llegar a una pequeña bahía desde la que se podía observar, a la izquierda, el pacifico que entraba al golfo y a la derecha, el Puerto de Ayora. Liseth, Alan y yo nos sentamos en un tronco de la orilla con los pies en el agua a mirar los colores del atardecer. Al poco rato Alan me dice:
—Papá, esto es formidable, estamos a 1000 km del continente, en una isla volcánica, con torturas gigantescas, con estas iguanas negras que se disimulan en la roca volcánica, rodeados de cangrejos zapaya, con un pelícano que te saluda con el pico desde la escollera y los lobos marinos que juguetean frente a nosotros en el mar ¿no es esto el Paraíso?
Dos visiones...
Escucho las palabras de Alan con la mirada perdida en los diferentes azules y naranjas del horizonte. Luego volteo hacia el puerto de Ayora y veo que las primeras luces se encienden en los barcos anclados y en el pueblo. Sonrío ante el entusiasmo de Alan, el entusiasmo del estudiante de biología marina ante su paraíso terrenal, me agrada pensar que le gusta su carrera y que ha disfrutado el tiempo que pasó en las islas Galápagos trabajando como voluntario para el Instituto del Parque. Pero mi mirada termina fijándose en el puerto y señalándolo con el brazo extendido le respondo:
—Mi admiración principal es hacia eso que se ve allá, los barcos que logran navegar grandes distancias, las casas que protegen del sol y la lluvia a sus habitantes en estas islas inhóspitas que parecieran creadas para impedir la presencia humana; yo admiro la electricidad que alimenta los bombillos y nos permite participar de la noche. Mi principal admiración es hacia el hombre y su capacidad de adentrarse en el mecanismo evolutivo para transformar la simple supervivencia en calidad de vida. Y tú formas parte de eso también, cuando seas biólogo marino vas a trabajar para que podamos vivir y dejar vivir a las demás especies. Formamos parte de un gran juego y cada quien debe ser responsable del rol que le corresponda y el rol que nos corresponde en este momento es el de admirar al hombre viviendo junto a la naturaleza salvaje sin desplazarse uno al otro, colaborando entre todos, tratando de mantener un equilibrio.
No hubo más palabras, no hacían falta. Nos quedamos allí sentados en silencio, viendo caer la noche sobre las Galápagos.
Dos generaciones, dos visiones, una confluencia: la "responsabilidad evolutiva".