viernes, 15 de agosto de 2014

CONSULTA PORTÁTIL DE PSICOLOGÍA EN GRECIA. SOBRE EL PENSAMIENTO COMPROMETIDO

Mario Fattorello en la Acrópolis

SER OTRO
En Atenas me propuse, cual delincuente, eludir la vigilancia para recorrer la Acrópolis en horario de cierre al público. Así logré estar a solas en el teatro de Dionisio para abandonarme a mi vicio preferido: imaginar que no soy yo.
Y, por supuesto, en aquel lugar tenía que aprovechar para ser Sócrates y figurarme que andaba por Atenas, con postura de ignorancia, interrogando a la gente para poner al descubierto las incongruencias de sus afirmaciones. Hoy quiero pensar que no he tenido momentos más plenos que los vividos sabiendo que no sabía nada.

Mario Fattorello y Sócrates
LAS MIL Y UNA VIDAS
¿Quién no ha querido vivir otras vidas? ¡Vamos! Sé que no soy el único que después de ver The Shining fantasea con pasar unas semanas cuidando un hotel de lujo cerrado por temporada invernal (sin Jack Nickolson, claro); o que se imagina estudiando gorilas en la niebla africana (sin perder la cabeza por ello, se entiende) o hasta pasar las penurias de un náufrago con una pelota Wilson como único compañero ¡Cuántos sueños! ¡Cuántas vidas por vivir! Ser explorador, bucanero, chef, polizonte, Mozart, Charles Darwin, tabernero, ermitaño o Rock & Roll Star. En la vida hay tantas opciones, que el aburrimiento sólo puede concebirse como la indecisión ante la abundancia de alternativas.
Soñar es un lugar común, también lo es tener alternativas, sin embargo, el aburrimiento no es igual para todos, unos se aburren más que otros, unos son más indecisos que otros. Pero, ¿que ocasiona la parálisis ante las alternativas? Aún a riesgo de parecer pedante, debo decir que mis observaciones son concluyentes, el origen del aburrimiento por incertidumbre es: el pensamiento comprometido.

COMPROMETER EL PENSAMIENTO ES VENDER (BARATA) EL ALMA AL DIABLO
El proceso comprometedor del propio pensamiento se inicia en secreto, de incógnito, a espaldas de quien se compromete. Desde el nacimiento los padres reclutan a los hijos en la reglamentaria religión doméstica, en el folklore nativo, tradiciones familiares, moralismos del abuelo, complejos de la madre o frustraciones del padre, en fin, todas esas patrimoniales formas de pensar que componen la herencia parental. Luego de unos años, el hijo recibirá la orden de emanciparse y hacerse cargo del pago de alquiler por el espacio que ocupa en el planeta, lo cual, en un primer momento, será recibido con entusiasmo por el novato que siente aquello como un aliento de libertad. Es a la mañana siguiente que toma conciencia de ser prisionero sin cárcel ni condena. Es a la mañana siguiente cuando el joven se da cuenta de no poder pensar por sí mismo, de que las decisiones ya están tomadas antes de poder resolverlas, y entonces se consternará por haberle vendido, o más bien regalado, el alma al diablo, y allí caerá en cuenta de que a cambio de la herencia, durante su domesticación, ha sido desalmado. Y en una heladería, para aliviar el sofoco elegirá un helado de cualquier sabor menos el de fresa, porque alguna vez su padre sentenció que el color rosado no era de hombres.
Y así, el muchacho, sin elegir y sin alternativa, escogerá y escogerá los gustos del padre, las preferencias de la madre, lo que la religión le permita y lo que el abuelo no critique. Y escogerá y escogerá, sin elegir. Para siempre hipotecado «porque así me lo enseñaron, porque siempre ha sido así, porque soy italiano, comunista o fascista, o porque soy musulmán, budista o simplemente soy hijo, lo que no es poca deuda». El contrato hipotecario con la enseñanza impuesta no tiene cláusulas escondidas en letras pequeñas, directamente no tiene nada escrito porque lo obliga todo, cuando se vende el alma se firma un papel en blanco, porque el papel, aunque dicen que aguanta todo, tiene un límite, y el horizonte del pensamiento comprometido no acepta límites, porque no hay «más allá» en el compromiso.

SIN SABERLO
Lo más frecuente es que la falta de pensamiento propio pase desapercibida, y los hijos actuemos sin darnos cuenta de que no elegimos al decidir, la naturaleza es así, manipuladora. A la naturaleza no parece gustarle que sepamos por qué hacemos las cosas, por eso suele comportarse como niña aficionada a las escondidas, y, en esa actitud, la naturaleza se parece mucho al dios que castigó a su creación por arrimarse al árbol de la sabiduría, dejando claro su primer mandamiento «haz lo que yo digo sin chistar». A la naturaleza llana y salvaje, como a ciertos dioses, parece venirle bien la ignorancia. Y así, un muchacho (supuestamente emancipado) evitará leer “Una temporada en el infierno” de Rimbaud porque su madre juraba que «a las cosas del demonio basta nombrarlas para que aparezcan», y vivirá en secreto el temor de enloquecer porque un maestro prostático aseguró en la clase que «la masturbación hace perder la razón», se suicidará estrellando un avión contra el World Trade Center de New York  porque un tío sentenció que «nació para ser mártir» o tendrá hijos a los diecinueve años porque su bisabuela «necesitaba» ser tatarabuela. Y todo esto lo hará, sin saberlo.
Vivimos entusiastas de nuestro libre albedrío, juramos sobre nuestra libertad, y en ella trabajamos la jornada de ocho horas despertándonos a las seis de la mañana cada día, cumpliendo con desayunar a las siete, almorzar a las doce y cenar según lo dicte la ocasión, vistiéndonos según las tiendas de descuento, oscuro de noche y claro de día, y todos los años vacacionamos en la misma fecha por la misma cantidad de tiempo. Somos verdaderamente libres, libres de no darnos cuenta de no serlo.

¿COMPROMISO O CHANTAJE?
Uno de los compromisos más terrible que con frecuencia me toca presenciar es el del hijo comprometido a respetar a sus padres a ultranza. El meollo del asunto es que el respeto es algo que se tiene que ganar y también tiene límites que, de trasponerlos, puede obligar al “respeto mismo” a transmutarse en “defensa propia”. Pero el pensamiento comprometido a la ligera forja historias donde algunos hijos, luego de narrar las atrocidades del propio padre, luego de describir las humillaciones, vejaciones y demás maltratos recibidos, se sienten comprometidos a terminar el discurso aclarando «pero yo lo amo igual». Ni hablar de la posibilidad de denunciar al maltratador, su pensamiento está demasiado comprometido con la enseñanza que sus padres, previendo lo que pudiera suceder, le inculcaron convenientemente «honrar a dios y a los padres por sobre todas las cosas». «Y claro —dirá el hijo maltratado—, si Jesucristo aceptó con resignación el ensañamiento parricida del propio padre ¿quién soy yo para juzgar al mío?». Y si seguimos en la categoría de compromisos familiares, nos encontramos con esas parejas que viven juntas a pesar de odiarse y tratarse a zapatazos. Parejas que se hacen la vida imposible por estar comprometidos con aquello de que «lo que dios ha unido nadie lo puede separar» ¿Dónde termina el compromiso y comienza el chantaje?

PENSAMIENTO PROPIO
«Somos uno y muchos», escribió Jorge Luis Borges. Admiro a Borges, pero no le puedo perdonar no haberle puesto exclamativos a su afirmación para darle visos de advertencia «¡Somos uno y muchos! (exhortándonos así a tomar precauciones)». Quien sabe, hasta él puede que tuviera el pensamiento comprometido. Borges comprometido con ser Borges…, jajá, muy digno de él. Pero nuestro tema exige dejar de lado las excepciones como Borges, para ser más terrenales, o sea, más paradójicos, como aquel dios que luego de imponer mil condiciones se llena la boca regalándonos el libre albedrío ¿Es una broma? ¿Cómo se puede pensar con tanto compromiso? ¿Cómo puede nuestro pensamiento ser libre debiéndole pleitesía a tanto instructivo?
Y por otro lado ¿cómo es posible que existan libre pensadores si el compromiso es inevitable por comenzar a imponérsenos antes de tener voluntad propia?
Pido disculpas por lo presuntuoso que pueda parecer (de nuevo) el responder estas preguntas con otra conclusión categórica: para liberarse de lo establecido, previamente debe conocerse a fondo los compromisos (culturales y sociales) en boga. Sólo después de aprender a barajear los naipes del imaginario colectivo, es factible vencer el miedo de pasar por la puerta de un itinerario propio. Beethoven tuvo que aprender hasta el tuétano las reglas musicales de la época de manos y látigo de su autoritario padre para luego renacer. La música de Beethoven renació de la muerte de lo establecido. Para influir en el futuro hay que tener plena conciencia del presente. El ateísmo de Schopenhauer vence el miedo a través de su conocimiento del catolicismo y las religiones orientales. Freud pudo ser un librepensador porque conocía, o por lo menos trató de conocer, la psicología, la neurología, antropología, filosofía y literatura que colmaba su época, sólo después de ello pudo pasar más allá. Si Freud hubiese estado comprometido con la religión judía, con la psicología del momento, con el puritanismo victoriano, el psicoanálisis no habría despuntado. Pero hoy día los músicos deben conocer a Beethoven para superarlo, y no puede llamarse científico quien repita como papagayo a Freud. De no dejar de ser papagayo no habría novedad. Al repetir como urracas a un librepensador, aunque lo hagamos por propia voluntad y sin intervención alguna del librepensador emulado, también caemos en el pensamiento comprometido. Al repetir no se avanza, la repetición camina en círculos. Para avanzar no hay que ser como los librepensadores, sino hacer lo que ellos hicieron, tener pensamiento propio.
Liseth Fattorello en la Acrópolis

COMPROMISO DE COMPROMETERSE
Pero, los hombres de a pie, parecen estar propensos al «compromiso de comprometerse», con lo cual trancan la cerradura de entrada al libre pensamiento y quedan aislados en un infinito pasillo de puertas cerradas: el aburrimiento. Razonemos la metáfora ¿quién puede considerar divertido un pasillo de piso de hotel con cientos de cerrojos idénticos y cerrados?
Piénsenlo, el que se queja de aburrimiento se queja de laberintos con puertas trancadas, de callejones sin salida. El aburrimiento está condicionado a un previo abandono al destino y es por ello que los comprometidos se lamentan con estoicismo «… ¿qué le voy a hacer? Hago todo lo que puedo para ser un buen… padre, hijo, cristiano, miembro del partido, patriota… (la lista será tan larga como compromisos sean  posibles)».
Comencé este escrito hablando de las aventuras que quisiéramos vivir además de la propia y ahora el reto parece ser otro mucho más elemental: lograr que la única vida que tenemos sea «propia». En consecuencia el concepto de aburrimiento también cambia, y termina siendo «aburrido» quien no tiene una vida propia sino, tantos compromisos ajenos que no le queda tiempo de vivir el suyo…, y por cierto ¿Puede haber un compromiso con la propia vida que no sea hacerla única?

LA DIFERENCIA APARENTE
Por otro lado, es justo mencionar que existen compromisos que promueven la diferencia. Una publicidad de televisión muestra el atuendo particular de un cantante pop de moda. Y al mismo tiempo que exalta su originalidad, ofrece el atuendo en cuestión a un módico precio de oferta. A los días, la calle está repleta de viandantes ataviados con el original y exclusivo ropaje del mencionado cantante. Cada una de estas personas, con semblante soberbio y andar presumido exhibe su desprecio por lo común y su gusto por la originalidad. Cientos de personas vestidas idénticas caminan por las calles seguras de marcar la diferencia y de que su libre pensamiento está bien representado en su prêt-à-porter.

TODO ESTÁ POR DECIRSE
¿Han prestado atención a la cara de sobrado que ponen aquellos que aseguran que «ya todo está dicho»? Suelen decirlo con aires de haber descubierto cómo superar la velocidad de la luz. Lo peor (o mejor) del asunto es que un físico matemático jamás se atrevería a decir tal cosa. Pero, lo infame de afirmar que todo está dicho es que trata de justificar la propia falta de autenticidad.
«¡No te pongas a inventar! Ya todo está dicho» —asegura el flojo—. ¡Por favor! ¡Qué carencia de estética! ¡Como si la forma no fuera un valor en sí mismo! Como si hacer pan fuera lo mismo que preparar pizzas, empanadas, brioches y demás pitanzas hechas con la misma harina, agua y levadura. En la vida no se trata de hacer bollos, sino de moldear y hornear. No se trata de lo que está dicho, sino de la forma de decirlo. Un troglodita es tan humano como un astronauta, pero no son lo mismo, son distintos en la forma y en el objetivo.
Los seres humanos le otorgamos valor a las cosas para darle un sentido a la vida, y es ahí donde está la magia: el valor no es estable, depende de uno, del lugar, del momento, en el fondo el valor es personalísimo. Por eso, todo está por decirse.

EL COMPROMISO DE CREER
La resignación al compromiso proviene de la comodidad apática: «no pienso, luego descanso». En este sentido, creer en el destino divino es equivalente a un confortante diván de plumas. Y todo esto es increíblemente popular a pesar de que creer a ciegas no genere beneficios a nadie en la práctica. Al que se está ahogando en el mar, de nada le sirve que un creyente desde un bote cercano le asegure que «dios proveerá». Creer en milagros no sirve de nada ante una apendicitis a punto de estallar. Y tal vez haya quien diga que estos ejemplos son inadmisibles por radicales. Pero bastaría con cambiar los personajes, bastaría con mencionar que los testigos de Jehová prefieren que un hijo muera antes que se le realice una transfusión sanguínea. Bastaría pensar un poco en esto para sentir que el diván de plumas no es tan cómodo.
Como mínimo tenemos que reconocer que lo que de admirable pueda tener la humanidad actual no proviene de quejas y consecuentes plegarias que piden ayuda y solución, sino de las ideas atrevidas y el valor de actuar. No basta con quejarse del calor, hay que atreverse a pensar una solución, y tener el valor de llevar a cabo esa idea, esto lo sabía Willis Carrier al inventar el aire acondicionado. Quejarse de tanto y buscar consuelo de tonto es una prebenda del pensamiento comprometido, sin lugar a dudas cómoda, pero que genera muy pocos cambios, para no decir ninguno. Creer a ojos ciegos sobre algo que viene diciéndose, impide que se diga algo nuevo. La novedad es una ruptura de lo establecido. La novedad, mientras lo sea, es valiente; por eso las gallinas la evitan ¿para qué preocuparse por el tiempo si el gallo las despierta?
En el mundo de Lewis Carroll, el periódico preferido de los comprometidos se llamaría «El Diario de antes de ayer », y sólo reseñaría obituarios. Al pensamiento comprometido le incomoda la novedad, prefiere lo obvio, lo previsible. Al comprometido le fascinaría que le leyeran el futuro día a día, minuto a minuto, para no tener que enfrentar nada por primera vez. A quienes disfrutan del pensamiento comprometido no le van las sorpresas, les parecería insoportable la vida de un gusano si el mismo no supiese que algún día será mariposa, como insoportable sería la vida de un creyente comprometido si no creyera firmemente en su postrera metamorfosis en alma celestial con alas de gallina blanca.

NO ES LO MISMO SER UN BUEN CREYENTE QUE UN CREYENTE BUENO
El primer dogma que cree el creyente es creer que, por creer en dios, es bueno. El segundo dogma que cree el creyente es que, creyendo el primer dogma está libre de toda condena. Conociendo la tendencia a idealizar que tenemos todos, me pregunto si los teólogos se cuidan de no sobreestimar a los dioses, porque siendo tan parecidos a nosotros, ¡no vayan a tener también una doble moral! Por ejemplo, es imposible ocultar que el racismo proviene de los dioses. Todos los dioses han sido racistas. Racistas y segregacionistas, porque las deidades tienden a favorecer ciertas razas y dentro de ellas a cierta clase social, que, por ser defecto de dioses necesitar reconocimiento, al ser más multitudinarios los pobres que los ricos, su preferencia no tiene opción, como lo aclara Mateo «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de dios…». ¡Vamos!, sea contra los pobres o sea contra los ricos, discriminación es discriminación. A mí, esto de que el dios hebreo, supremo, todopoderoso, omnipotente y gustoso del halago, arremeta contra los ricos, me huele a ese temor paranoico de perder el monopolio muy propio de los oligarcas comunistas. Pero aclaro que sólo me huele, sólo es un olor, una impresión, sería deshonesto de mi parte no reconocer mi inexperiencia con los dioses, de hecho, personalmente, no he tenido el agrado de conocer ninguno.
Es comprensible que en este momento nos venga a la mente la idea de que es más factible ser tolerante si se es ateo, porque el deberse a un dogma dificulta la tolerancia con quien no comulgue con dogmas, o sea, hacia el libre pensador. Pareciera que no se puede ser tolerante al cien por ciento si no se es ateo o, por lo menos, no se puede ser creyente sin ser segregacionista. Hasta el dios judeocristiano cuando quiso engendrar a su hijo prefirió armar todo ese enredo de la divina trinidad inventando al espíritu-santo-semental para fecundar a María, dejando entrever que un simple José no era digno de portar su simiente. Todos entendemos que para un dios omnipotente no es mayor complicación transmutarse en espíritu o en carpintero, así que, de haberlo querido, habría puesto la simiente en el marido para evitar a José la vergüenza del cornudo; pero no, dios estaba comprometido con la profecía y a no juntarse con la chusma. Los compromisos divinos son incoercibles e inescrutables, le aseguró el ángel a San Agustín.
Mario Fattorello en el Partenon

COMPROMISOS Y MAS COMPROMISOS
Comentando a los amigos el aburrimiento y fastidio que suelen provocarme los libros de historia, descubrí que esta reacción mía no era inusual, y supongo se deba a que los historiadores han escrito comprometidos con la vanidad de los gobernantes y la arrogancia patriótica de su época, con lo cual la historia se reduce a panegíricos paradójicos: matanzas dirigidas desde hermosos corceles blancos con las crines al viento, puñales clavados valientemente por la espalda en nombre de la justicia, saqueos a toque de clarín, gloriosos genocidios, banderas de victorias divinas clavadas sobre los cadáveres de los fieles caídos. Y sigo suponiendo que aquellos mismos mecenas de historiadores, por temor a pasar al olvido, pagan para poner su nombre a calles, plazas y condominios. La historia no es aburrida, la hacen aburrida los cuentacuentos comprometidos. Se me ocurre que el pensamiento propio germina donde acaba la historia y comienza la novedad.
En la política la principal matriz de compromisos es la corrupción. Pertenecer a una red de corrupción implica el esfuerzo de ser campeones de salto alto con las cortas piernas de la mentira. Los corruptos se la pasan engañando, ocultando, sobornando a diestra y siniestra para que cada eslabón de la cadena guarde el secreto. El pobre corrupto no tiene vida propia.
Y si miramos con detenimiento, podremos ver, como arbustos entre los árboles, otras especies de compromisos que espigan en la sombra, las autoalienaciones, el pensamiento comprometido con uno mismo. El machista comprometido a demostrar algo que a nadie interesa. Los obsesivos comprometidos con la cruz del orden y la limpieza. Los bulímicos y los anoréxicos comprometidos hasta los huesos en deshonrar gli Spaghetti alla Carbonara. Los autoalienados pertenecen al orden de lo enfermizo, porque ni están comprometidos con nadie ni están comprometidos con un deseo propio, no siguen una decisión ajena ni tienen decisión propia, simplemente no lo pueden evitar, y no poder evitarse a sí mismo, enferma.

EL COMPROMISO MAYOR
Si buscamos el peor de los compromisos, sin lugar a dudas, sin ningún temor a equivocarme es: el tiempo comprometido. Siendo la vida un número de horas, el compromiso temporal es un serial killer de vidas propias. Nos duele reconocerlo, pero todos sabemos que el tiempo comprometido es tiempo perdido. Y para endulzar el mal trago, usamos fanfarrias y prosopopeyas para, por ejemplo, condecorar al tiempo laboral con la medalla de oro de la dignidad «fulano trabaja hasta los domingos, es un sujeto muuy responsable». Cuando en realidad, en el trabajo, en los compromisos, no hay responsabilidad alguna puesto que no hay elección. Si debo llegar al trabajo a las siete de la mañana, no puedo escoger otro horario sin que pronto me despidan. Es en el tiempo libre donde tenemos opción de elegir, donde somos libres de preferir y por lo tanto responsables de nuestra elección. Once meses de prisión y un mes de libertad condicional es lo que ofrece la mayoría de las cárceles empresariales.
Opss, esta vez parece que me he metido en un gran lío, porque hablar mal del trabajo…, por mucho menos le hicieron beber cicuta a Sócrates, pero, todavía no lancen la piedra…. ¿Se han dado cuenta que hay gente que trabaja con entusiasmo, creatividad, aportando innovaciones, personas de las que solemos decir que aman lo que hacen, mientras otros realizan la misma labor de mala gana, despotricando de su destino y perturbando el ánimo de quienes le rodean? ¿Qué marca la diferencia?
Hay sólo dos intenciones que mueven nuestra voluntad, el deseo y la obligación. El deseo es querer, la obligación es deber. El deseo elige, la obligación exige ¿Ya se aclara la respuesta? El pensamiento comprometido aniquila el propio deseo. Mirémoslo de más cerca, en nuestro bolsillo. ¿Quién no ha recibido un regaño por no responder el celular? ¿Qué pasó con el libre albedrío de responder al teléfono cuando nos dé la gana? ¿Cuándo se volvió ilegal o pecado o irrespetuoso el no tener ganas de hablar con alguien o hasta con nadie? ¿En qué parte del contrato con la telefónica dice que al comprar el teléfono se pierde la opción de no usarlo? Y lo peor ¿Por qué debo anunciar a los demás en qué horario no puedo responder? Nacido por parto natural o cesárea da lo mismo, en cualquier caso, nacer es cortar el cordón telefónico…., perdón, umbilical. Hay quienes son esclavos del teléfono y quienes hacen del teléfono su esclavo. Y así como hay dos tipos de usuarios de celular, hay dos tipos de trabajadores, y dos formas de vivir el tiempo, como propio o como perdido.
Pero, ¿cómo saber si el tiempo invertido en algo no fue un tiempo perdido? Analicémoslo, perdido es algo que se tenía y del que se desconoce su paradero actual. Si el tiempo fue invertido en una hazaña que no deja prueba de su existencia, estará para siempre perdido. Un ejemplo de esto sería el tiempo invertido en tratar de enseñar a quien no quiere aprender.
No hay pensamiento propio que no esté obsesionado por el tiempo. El libre pensador cuida con avara meticulosidad el tiempo propio. El libre pensador siempre tiene presente que el tiempo no se devuelve, que el tiempo no se recupera. El libre pensador sabe que no hay tiempo peor malbaratado que el invertido en tratar de recuperar el tiempo perdido. El libre pensador no cree en cuentos baratos de mariposas que reingresan al estado de crisálida para resolver asuntos que quedaron pendientes en su vida de gusano.

LA CARA OCULTA DE LA LUNA
¿Y qué decir de la contraparte, de los que comprometen a los demás? ¿Por qué los padres comprometen a sus hijos? ¿Por qué los testigos de Jehová salen a la calle a inseminar el libre pensamiento ajeno? ¿Por qué el político trata de convencer a todos de que respirar es hacer política? También en este caso la respuesta es categórica: porque ellos, a su vez, están comprometidos. Comprometidos a comprometer. Aquí el asunto se nos muestra en su esencia más profunda: el sadomasoquismo. «Como me comprometieron, ¡comprometo!» y se promulga como alucinación colectiva en clave de trabalenguas «El pensamiento quiere un compromiso, ¿quién lo comprometerá? El  comprometedor que lo comprometa un buen comprometedor será». Pero, ¿cómo accedemos a este parampampám? ¿Por qué de niños nos dejamos comprometer? Todo parece apuntar a que, en la infancia, al momento de ser domesticados, con una mente casi vacía y con millones de neuronas deseosas de información para volverse neuróticas…, en semejante escenario todo lo que brilla es oro, todo es novedad, y somos seducidos y atrapados por el atractivo del descubrimiento, y así llegamos a encontrar atractiva hasta la primera cláusula de la domesticación, la cláusula heredada de padre en padre, de hijo en hijo: «haz lo que yo digo sin chistar». Pero, la cúspide del asunto es que le cojamos gusto, entonces la cosa continúa más allá de la infancia, en el colegio, ante la tele, entre la masa, como público, y ante todos aquellos letreros que nos indican el camino. La autenticidad despunta cuando lo que aspiramos hacer se abre camino en la tierra de lo que se espera de nosotros.

LA GUERRA DE LOS PROTOZOARIOS
En las guerras, ambos bandos creen tener la razón, ambos juran que les acompaña la justicia. Aunque lo parezca, esto no es una paradoja, porque ambas convicciones están erradas. En las guerras no hay razón ni justicia, sólo compromiso. Y esto nos lleva a un lugar común del que ya hemos hablado varias veces, un mundo dividido en dos bandos, los pastores (comprometedores) y las ovejas (comprometidas). La granja humana parece imposibilitada de subsistir sólo con ovejas o sólo con pastores. Por ello, al tratar de imaginar una humanidad donde cada quien tiene pensamiento propio nos da jaqueca y para aliviar el dolor sacudimos la cabeza soltando un «Vade retro utopía». Luego, plácidamente, seguimos pastando en la pradera o durmiendo la siesta.
Pero, ¿y por qué no? ¿Por qué damos por sentado la inviabilidad de un mundo de libre pensadores? La respuesta, de nuevo, salta a la vista: es muy difícil evitar la tentación de dejar que otros piensen por uno. La pereza se apoya en la ley del menor esfuerzo, el agua que busca su cauce. Ley de ahorro de energía, economía orgánica. Ley física y biológica, presente en cada átomo y en cada célula viva. En fin, ahorrar energía es protocolo de protozoarios ¿Qué loco está dispuesto a perder el diáfano confort de las amebas?
 
Mario Fattorello ante la cárcel de Sócrates
Ante la cárcel de Sócrates
VOLVER AL YO
Ya no me queda tiempo. Llegó la hora de abrir los portones de la Acrópolis al público y los curiosos hacen cola para entrar. Debo quitarme las indumentarias de Sócrates y volver a ser yo, o lo que creo que soy. Ante mí se abren los caminos, unos más cómodos y otros más oscuros, unos para andar descalzo y otros para andar con resguardo. Ya no soy un Sócrates, se acabó mi oportunidad. Y me despido del teatro de Dionisio con un aplauso, un aplauso en el teatro vacío, sin actores, sin espectadores, sin obra, sin mensaje y me contenta pensar que jamás haya existido aplauso más sordomudo y menos comprometido.

©Mario Fattorello 2014

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EL COMPROMISO DE COMPROMETERSE CON LOS COMPROMETIDOS
Aprovecho este espacio para confesar un secreto que oculté con vergüenza desde mi adolescencia. Convencido de que quería ser escritor, trataba de frecuentar toda tertulia bohemia, más o menos literaria, que se me atravesara por el camino, y es sabido que los ímpetus juveniles nos mueven a querer aparentar saberlo todo sobre aquello que nos interesa, es casi imposible que un muchacho no presuma de veterano en su primera vez sexual. Y lo mismo sucedía en el círculo literario, era vergonzoso no conocer algún autor o no darse cuenta de algún símbolo en cierta película, «Mario, ¿te diste cuenta que la mariposa que volaba allí cerca representaba la psicología del personaje?». Y yo, que normalmente no veía la mariposa o no sabía que los lepidópteros simbolizaban la psiquis, asentía tímidamente como si considerara obvia la observación. En los casos extremos, cuando mi ignorancia estaba por quedar expuesta, recurría a la excusa de necesitar el orinal. Supongo que alguien llegó a pensar que tenía problemas de vejiga. Lo cierto es que había un tema que no terminaba de entender y por el cual fui muchas veces al baño, era el tema de los «escritores comprometidos». En aquella época era cuestión de culto leer a los autores comprometidos. «Pero, ¿comprometidos con qué?» —pensaba yo—. La gente hablaba de compromisos que no tenían nada que ver con escribir bien. En general se referían al compromiso con una forma de pensar, con el antirracismo o con el comunismo. Eso me hacía sentir muy mal porque yo no estaba comprometido con nada, yo sólo quería aprender a escribir. Ahora sé que los compromisos son limitantes y que, para mí, la literatura es una ventana a la libertad. Hoy sigo tratando de aprender a escribir, pero sólo voy al baño cuando lo necesito.