miércoles, 1 de mayo de 2013

Consulta Portátil de Psicología en Lisboa. El Fado o Sobre la melancolía.

Cuando llegué a Lisboa en busca del Fado me encontré a mí mismo pensando en el alma, en esa cosa que se mantiene oculta sin derecho a opinar o a mostrarse y que no puede estar sino triste por su aislamiento, tal vez por ello, cuando logra decir algo, lo hace entre lágrimas… el Fado de Lisboa rememora los momentos en que el alma logra hablar, las palabras tristes que logran filtrarse a través del prepotente caparazón que se llama a sí mismo: «yo».


De Buenos Aires a Lisboa (hermanas en melancolía)

En el viaje a Lisboa para encontrarme con el Fado llevaba en mi maleta un tango, en la cabeza a Buenos Aires y en el corazón una pícara ansiedad por lo que resultaría de la comparación entre dos ciudades hermanadas (por mí) en la melancolía.
Aquellos 20 años en Buenos Aires...
Sólo puede estar triste quien ha conocido la alegría,
de lo contrario no reconocería la diferencia.
¡Qué triste debe ser, estar triste sin saberlo!
BUENOS AIRES: Desde que llegué a Buenos Aires a mis 17 años la registré entre mis ideas más concretas como «Capital de la melancolía» con su tango de niebla y calles empedradas, con su nostalgia de inmigrantes y amores frustrados, con su mítico Palermo de Mireya, de malevos, de compadritos y «El Túnel» y «Sobre héroes y tumbas» de Ernesto Sábato. Como estudiante aprendí las enseñanzas que Buenos Aires, sin reticencia alguna, estuvo dispuesta a darme sobre desencuentros, imposibles, fracasos, nostalgias… la vida misma. Desde entonces Buenos Aires ha sido, para mí, un blasón de la melancolía.

LISBOA: Pero en los últimos años, «El libro del desasosiego» de Fernando Pessoa permaneció en mi mesa de noche para ser leído con cuentagotas y hacerme navegar (gota a gota) las historias de otra ciudad que ostentaba la niebla y las calles empedradas de la melancolía, la Lisboa de Pessoa se fue dibujando en mi imaginario como otro gran templo melancólico, y sería 
Con Pessoa...
...con las ciudades melancólicas quedamos endeudados,
 no hay dinero que pague un abrazo en la tristeza…
injusto no mencionar que los libros de Tabucchi y Saramago también colaboraron en la construcción del santuario de la nostalgia lisboeta; pero existía una última y no menos importante colaboración: así como el alma de Buenos Aires se transmuta en tango, los avatares lisboetas se decantaban en el mítico Fado del barrio de Alfama. Todo esto labró mi anhelo de sentir lo que, sobre la tristeza humana, tuviera Lisboa para enseñarme.
La casualidad me llevó a estar en Lisboa justo cuando escribo un libro sobre el amor y el duelo ¡Hay casualidades tan apropiadas!
Dicen que Fado significa Destino. Y la muerte hace que «destino» sea un eufemismo de «fracaso».
Por ello es más fácil soportar la vida burlándose de la semántica.

El Fado
Con mis expectantes asociaciones mentales entre Buenos Aires y Lisboa es obvio que el fado se me antojara como la versión portuguesa del tango.
Así como hay tangos alegres también hay fados movidos, pero en ambos casos son los menos. El fado le canta a la melancolía cotidiana, el fado siempre es recuerdo nostálgico aunque sea nostalgia de los tiempos por venir. El fado se canta con los ojos cerrados mirando hacia dentro, hacia el ensimismamiento, el recuerdo, la oscuridad, el reencuentro con lo perdido. Cantar fado pareciera un ritual de duelo, un recuento de esperanzas pasadas, de anhelos que no alcanzaron el objetivo, de heridas aún abiertas en la piel del destino, de la insistencia de la memoria ante el acoso del olvido. El fado canta al sufrimiento ocasionado por aquello ante lo que nadie está preparado: a perder.
El fado se canta con los ojos cerrados,
tal vez para cantar desde el oscuro destino:
desde la noche eterna en la que todo estará perdido.
Y, es justo en su parecido al ritual del duelo que el fado se distancia de la mera queja para transformarse en una esperanza de alivio, de renacimiento desde la tristeza. Es inevitable que donde termina un fado comience una enseñanza, de la misma manera que donde termina un duelo comienza una nueva pasión.
El fado trata de rellenar con palabras un vacío, pero el vacío existencial necesita estar allí para que las otras piezas del anagrama puedan moverse, el fado lo intenta pero nunca lo logrará y por ello las calles de estos barrios de Lisboa, todas las noches, cantan fado: porque la esperanza nunca acaba ante lo imposible de ser, o, dicho de otra manera, lo imposible eterniza la esperanza.
Las ciudades melancólicas consienten a sus habitantes y los tratan con especial ternura, por culparse de que el moho de sus paredes les recuerde el tiempo pasado, lo perdido.

Lisboa atemporal

Lisboa es una ciudad de barrios comunicados entre sí por túneles del tiempo. Subir o bajar una colina, un paso a la izquierda o a la derecha, el más mínimo desplazamiento..., ¡cambia la fecha!
Sus callejuelas sinuosas con recodos caprichosos y empinadas escaleras son vasos comunicantes entre un multiétnico pasado épico, un presente nostálgico y un futuro incierto. Y en este recorrido intemporal nos cruzamos en la acera, sin censura alguna, con fantasmas de navegantes de otros tiempos (de esos tiempos que se cuentan en siglos) y que, con sus cabellos ondulantes al viento, sus patas de palo, sus ojos de vidrio y su fama de piratas, nos miran al pasar con esa mirada perdida de vista soñadora (que sólo puede tener quien lo ha perdido todo sin nunca tenerlo), mientras intercambian prodigios de ultramar con los espíritus de la bohemia que por ahí siempre andan..., autores auténticos todos, escritores los que aprendieron a escribir, cantantes quienes sabían el alfabeto de oído y poetas quienes al verbo cocinaban, escrito o hablado, para el mismo objetivo: acostarse con las mujeres de aquéllos; pero, al final, bohemios todos, que se resisten a renunciar a su barrio porque la nostalgia es un vicio difícil de dejar. Y basta caminar con la vista dispuesta para entrever en la neblina nocturna las almas en pena de las víctimas de la inquisición que conversan con fantasmas de moros, frailes y algún espíritu vestido de romano antiguo, todos andando a paso de perdedores por las calles empedradas en una Lisboa sin edad. Y así será por los siglos de los siglos porque (lo sabe el más incrédulo) la nostalgia es morada de fantasmas.
Las ciudades melancólicas se dejan amar sin miramientos,
conscientes de los pesares de su pueblo, apiadadas de sus duelos.
Igual que en la melancolía, en Lisboa el tiempo y el espacio habitan fragmentados, al pasar por una portezuela escondida a la vuelta de un recoveco nos encontramos con la ciudad antigua, al subir unas «escadinhas» tropezamos con «freguesias» donde vivieron los descubridores de las américas, si bajamos un poco nos encontramos en la ciudad Baixa, la Pombalina, rehecha con escombros de terremoto y gallardía de Ave Fénix, y cuatro o cinco saltos más allá está la Lisboa nueva y monumental levantada para la Expo del 98. Un rompecabezas con secretas reglas de armado, eso es Lisboa y a eso mismo se asemeja el corazón roto del melancólico. ¡Sí!, eso es el corazón del melancólico: un rompecabezas con secretas (y extraviadas) reglas de armado.

La Lisboa de andar por casa

Lisboa es una ciudad tan de andar por casa que, a los pocos días, en el barrio de Alfama, todos los vecinos me saludan por mi nombre al pasar, es difícil sentirse forastero en este lugar, y qué decir de la intimidad de sus olores, las callejuelas huelen al detergente de la ropa tendida que gotea sobre mi cabeza al pasar, y el olor a pan, o a bacalao salado, o a la Ginja con cerezas que sirven en el bar de la esquina. 
Recorriendo Lisboa he llegado a pensar que la ciudad como tal no existe, que la marcada diferencia entre sus barrios la hacen un racimo de pueblos de fronteras invisibles.
Lisboa no tiene falsos semblantes, su gente no tiene caretas, la gente parece ser igual cuando calza zapatos que cuando anda en pantuflas, caminar por sus barrios observando a los lisboetas me produjo la sensación de que las paredes de las casas eran transparentes, que la vida doméstica se mezclaba con la de la calle, los lisboetas son lo mismo en la casa, en la tienda o la oficina. En Lisboa no hay poses, sólo vida cotidiana..., y ahora que lo pienso mejor... ¿hay otra vida además de la cotidiana?

La bohemia fosilizada

Al llegar por primera vez al barrio de Alfama, barrio de callejuelas que suben y bajan y se enredan entre pequeñas edificaciones de tres o cuatro pisos apiñadas desquiciadamente y que en conjunto con los pasadizos de escaleras y recovecos terminan siendo un laberinto sin más organización que la de un plato de espaguetis, al llegar a este barrio heredero de la bohemia y el fervor artístico de Lisboa, al caminar unas cuantas calles y después de tratar con unas cuantas personas, me invadió un desasosiego que aun siento al momento de escribir estas líneas. 
Desasosiego es una palabra que no basta para definir la sensación de la que hablo, tal vez sería mejor decir que sentía que «faltaba algo», y ahora se me ocurre que no se trataba de una pieza que no encajara en el rompecabezas no, no se trataba de desencajes, el panorama estaba bien armado, el rompecabezas tenia cada pieza en su lugar pero, ahora se me ocurre decirlo así, el intersticio entre los mosaicos del rompecabezas era más grande de lo normal. Todo estaba allí, en su lugar, pero… ¡suelto!
Parafraseando biblias: 
«Un recuerdo suyo bastará para entristecerme».
Las casas de fado, las pequeñas tiendas, la ropa tendida en el balcón y su olor a lavandina, los semblantes pensativos y melancólicos, el final del otoño, las hojas secas, los árboles desnudos, el musgo en las paredes, los adoquines de la calle que, más que juntados con mortero parecían unidos por melcocha de colillas de cigarrillos; los faroles en las calles y la luz amarilla de los bombillos, y el óxido en las balaustradas, las bisagras, y en la piel de todo lo ferroso, el musgo, todo estaba allí; pero algo faltaba. Y esa «falta», esa «nada», ese «vacío» me siguió durante los quince días y noches que pasé allí.
A la melancolía siempre la antecede un adiós,
será por eso que las capitales melancólicas 
son puertos: lugares de despedida.
Ahora que lo veo desde el recuerdo me permito asociar aquella sensación con las «partículas de Higgs» (Higgs), por más que suene a sopa de quimeras con ostentosidad, creo que en el barrio de Alfama sentí la presencia (o tal vez la ausencia) de esas partículas que contribuyen a la formación de la «masa» y que los científicos saben que deben existir, pero todavía han podido descubrir. Y es que el barrio de Alfama se me presentaba como una pared de piedra cuya argamasa hubiera sido lavada por la lluvia; una ostentosa pared de piedra que se levanta altiva a pesar de que un pequeño empujón pudiera derrumbarla. Y en este momento se me ocurre la atroz idea de que esta pared endeble, osteoporósica, es, en el mundo entero, lo que de la bohemia queda.

 Pessoa y el desasosiego

«El libro del desasosiego» de Fernando Pessoa se expresa del  mismo modo que el pensamiento melancólico: fragmentado. Un libro hecho de ideas aisladas, pequeños párrafos, aforismos, donde el mismo autor se queja de no hallar continuidad, de no encontrar un hilo conductor que genere una historia lineal o circular o zigzagueante, pero una historia al fin.
No ha vivido quien no ha conocido la melancolía, no ha crecido quien no ha amado,
perdido y hecho duelo.
El libro del desasosiego se me presenta como una confusión entre metas a corto, mediano y largo plazo; todo mezclado en la misma olla de pensamientos profundos que, aunque brincan al mismo tiempo hacia todos los puntos cardinales, terminan siempre arrumándose hacia el mismo e inevitable lugar: el desasosiego del hombre por saberse limitado, mortal. Y es que esto es la melancolía, una triste y prolongada toma de conciencia de la finitud de la vida. Al perder la razón de vivir el melancólico vuelve a ver la vida sin anteojos, desprovista de color, cruda y gris, sin sentido.
Así narra Pessoa las calles de Lisboa: [...] En ciertos momentos muy claros de la meditación, como aquellos en que, al principio de la tarde, vago observador por las calles, cada persona me trae una noticia, cada casa me ofrece una novedad, cada letrero contiene un aviso para mí. Mi paseo callado es una conversación continua, y todos nosotros, hombres, casas, piedras, letreros y cielo, somos una gran multitud amiga, que se codea con palabras en la gran procesión del Destino.
La peor decepción está reservada a quien se crea una excepción.

La Lisboa nuestra de cada pan
Zapatero a sus zapatos, argentinos a sus asados y lisboeta a sus panaderías. Para mí, Lisboa es la Meca del pan. Cada cuadra hay una o dos panaderías de horno a leña, cuyos panes, merecen que se invente un adjetivo que rebase al «boccato di Cardinale» tradicional para calificarlos, y, siguiendo la tónica católica, se me ocurre que el pan de Lisboa es «de santa hostia papal».
Dificulto que haya en el planeta un pan tan acicalado, augusto, crocante y blando a la vez, consistente y suave, delicado y lleno, y, sobre todo, ¡delicioso!
Una sensación particular: el pan portugués cocinado a leña se me presenta como un pan melancólico, con gusto de antaño.
Almuerzo ensimismado
Lisboa ondea la bandera del ensimismamiento auténtico y humilde. El barrio de Alfama sigue siendo la quimera perfecta de cualquier melancólico tanguero. Por convicción he repetido hasta el cansancio que la comida es alegría, sin embargo, si alguien quiere ver una comida francamente triste vengan a Lisboa y pidan un
Cocido a la portuguesa...melancolía a la carta...
«Cocido a la Portuguesa», no creo que se emplate en el mundo comida más desconsolada que esos trozos lúgubres de hervido.

La melancolía

La melancolía es el tiempo que transcurre entre la pérdida de un objeto amado y la realización del duelo, dicho en otras palabras, entre la pérdida de una razón de vivir y el hallazgo de otra.
La vida es una constante búsqueda de una razón para vivirla. La vida humana no tiene sentido en sí misma, y la prueba de ello está en que debemos buscárselo. Y el sentido último siempre será la búsqueda de la inmortalidad, o mejor dicho la fantasía de inmortalidad, sin embargo esta fantasía le está vedada al melancólico que, por la crudeza cómo se le devela la realidad, se sabe y se siente mortal en cada respiro. Cada inhalación es un Memento Mori.
Lo contrario a la melancolía es ese estado de alivio (a veces alegre) en el que, por estar entusiasmados en alguna pasión, olvidamos momentáneamente el sinsentido de seguir viviendo a pesar de ser mortales. Vista así, la vida se sintetiza en una constante búsqueda de pasiones para apegarse a ella.
Para entender la melancolía hay que partir del duelo.

Duelo y melancolía

El duelo es el proceso que resuelve las alteraciones ocasionadas por la pérdida de un objeto amado o valorado. Y digo «objeto» a propósito, porque la gente asocia regularmente el término «duelo» con lo que debe hacer una persona cuando se le muere un ser querido: el deudo se sentirá triste y decaído hasta que realice el duelo y vuelva a tener ánimos de comerse el pedazo de torta que le corresponde de este mundo. Pero los duelos no se dan sólo ante pérdidas absolutas, también se activan ante la ruptura de relación con el objeto amado-valorado, por ejemplo, en un divorcio. Pero, ojo, también se hará duelo si nos roban el automóvil, será un duelo proporcional al valor que el mismo tenga para nosotros, pero ¿quién no ha conocido a alguien que valora más su vehículo que a su madre?  Y eso es posible porque nada tiene valor propio, ni el automóvil ni la madre tienen valor alguno, ¡somos nosotros que se lo damos!
Y aún más, el duelo no sólo se moviliza ante la ruptura absoluta de la relación con un objeto amado, el duelo también se activa para mantener relaciones. Dentro de esta categoría hay un grupo predominante que denomino «duelos por la pérdida de la imago». En estos casos el objeto perdido es la «imagen» que se tenía de lo amado. Veamos un ejemplo: una madre viene a la consulta para hacer duelo por su hijo de 25 años de edad, la razón del duelo es que el hijo le confesó que es gay. En ese momento la madre pierde «la imagen heterosexual» que tenía de su hijo. Sin embargo, ella no quiere dejar de ser madre de su hijo, aunque en ese momento no lo pueda tolerar. Entonces la señora realiza (terapia mediante) el duelo y termina teniendo una excelente relación con su hijo a sabiendas de que es homosexual.
Llegados a este punto tenemos (por ahora) dos conceptos. Por un lado está el concepto de pérdida, que es el momento en el que se pierde la conexión con el objeto amado; y por el otro lado tenemos el concepto de duelo que en sí mismo no es la pérdida, sino la resolución de la misma, y esto quiere decir que al hacer duelo, todas aquellas ideas relacionadas al objeto del duelo que atormentan los pensamientos, y que van desde ideas de rabia, traición o culpa, hasta ideas de nostalgia por los buenos tiempos vividos, todas esas ideas, al hacer duelo, desaparecen.
Entre el día de la pérdida y el momento en que se realiza el duelo pasa un tiempo, ese tiempo es el que llamamos: melancolía* (*según nuestra Escuela de Psiconomía).
Por razones que no viene al caso explicar aquí, la gente suele relacionar la angustia con el amor, y así, erróneamente, pensar que la cuantía de pesar, dolor o angustia que sienta después de la pérdida es proporcional al amor que sentía hacia el objeto perdido. Este pensamiento es mítico. Absolutamente falso. El amor nada tiene que ver con el dolor. El dolor sólo existe entre aquellos que no han resuelto la pérdida por no haber hecho duelo. Y la controversia en este asunto no la genera sólo el doliente sino también quienes le rodean. El problema principal radica en que hay creyentes de que el dolor es un «valor» y, por ello, lo defienden como una virtud y con patético «virtuosismo» se abandonan a él.
A las ciudades melancólicas le salen ojeras de tanto mirar al mar llorando despedidas.

Sentencias melancólicas 
©Mario Fattorello2013

— Sólo puede estar triste quien ha conocido la alegría, de lo contrario no reconocería la diferencia. ¡Qué triste debe ser, estar triste sin saberlo!
—La melancolía transcurre entre la pérdida de una razón para vivir y el hallazgo de otra.
—Para la melancolía sólo hay una condición previa: haber amado algo perdido.
—La melancolía es consecuencia de la erosión del tiempo sobre el amor.
—El amor es un encuentro, la melancolía un desencuentro, y entre los dos, transcurre la vida.
—Es una de las terribles leyes de la vida, ante la que hay que tragar grueso, que todo lo que encontremos, a alguien se le haya perdido (y viceversa).
—El melancólico erróneamente cree que «por estar triste ha dejado de sentir pasiones». Cuando en realidad: «es por dejar de sentir pasiones que el melancólico está triste».
—No ha vivido quien no ha conocido la melancolía, no ha crecido quien no ha amado, perdido y hecho duelo.
—Para crecer hay que cambiar, pero todo cambio implica una crisis previa. Quien tema la crisis, se esconderá en la rutina y desde su cobardía tratará de vender las bondades de una vida sin sobresaltos, ocultando con sonrisas falsas el propio hastío. El miedoso trata de disfrazar su charco de agua estanca con olas de "diáfana turbulencia", mientras envidia, en secreto, a quien nada contracorriente.
—Todos sabemos que la vida está hecha de materia: de agua, tierra, aire y fuego. La vida es un barco en el océano. Vivir es abrir las velas al aguacero, al viento, al relámpago. Triste y aburrido anda por allí quien se cree protegido por el paraguas de la rutina. La pasión es cosa de marineros, no de quien se sienta a esperar en la orilla.
—A todos se nos acabará al viento algún día, pero, no por ello estamos absueltos del "deber de iniciativa", arriesgarse no es una alternativa, es un deber de la vida.
—Disfruto porque he sufrido. Sufro para poder disfrutar. Quien haga lo contrario. ¡Que no se venga a quejar!
—La melancolía nos llena de recuerdos para advertirnos que sólo somos lo que recordamos haber sido. Recuerdo, luego existo.
—Parafraseando biblias: «Un recuerdo suyo bastará para entristecerme».
—Vida farisea la de quien por miedo a perder evite encontrar.
—La peor decepción está reservada a quien se crea una excepción.
—Tomamos una roca e imaginamos su humor, tardamos segundos, horas, años en reconocer su melancolía, el mismo tiempo que tardamos en notar sus vetas de polvo humano ¿Cuántas rocas hemos de mirar para entender que de ellas venimos? Y, ¿cuánta vida debemos recorrer para aceptar que hacia ellas vamos? En este ir y venir de la piedra, sólo se trata de encontrarnos…
Si supiera cuánto voy a vivir, trataría de olvidarlo,
la incertidumbre es el motor de los sueños...
Bacalao a la portuguesa...la comida da alegría...
Video: Sobre el fado, el duelo y la melancolía desde Lisboa


viernes, 5 de abril de 2013

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (5). Cabo San Román: Pescando paciencia (o Sobre la Paciencia)

Psicología de la paciencia. Mario Fattorello.
Todos tenemos sueños; pero hay quien trata de realizarlos.

Paciencia y pesca

Hay palabras que van de la mano con otras; términos que jalan otros significados como si tuvieran sangre de mellizos, y así «Navidad» va de la mano con «regalos», «político» con «corrupción», «comunismo» con «todos somos iguales pero algunos somos más iguales que otros»…
En el imaginario colectivo la pesca está tan emparentada con la paciencia que pudieran usarse como sinónimos.

La paciencia es el arte de saber esperar el momento justo manteniéndose listos para actuar.
La Paciencia del pescador

Supongo que quienes miran a los pescadores de lejos imaginan que pescar consiste en anzuelar un gusano y sentarse a esperar con sacrosanta paciencia que un pez se lo coma.
Y no los culpo por pensar así, ya que de eso se trata; pero el pequeño detalle que marca la gran diferencia entre la concepción general sobre la pesca y la visión que tiene el pescador, radica en el concepto mismo de «paciencia».
El pescador no ve a la paciencia como algo estático, como sentarse a esperar que algún bicho acuático se decida a caer en la tentación de comerse la carnada. La paciencia del pescador es estratégica, una constante indagación de cómo vencer a la contraparte (en su caso el pez), el pescador se mueve de un lugar a otro hurgando espacios, temperaturas, horarios y costumbres de su presa, o estudiando vientos y mareas propicias para su arte. Esta paciencia, además de no ser estática tampoco es vacía, la paciencia del pescador está llena de ideas, de nuevas estratagemas, de previsualización de los planes a seguir según lo que suceda antes y después de la picada, de cálculo de probabilidades, la paciencia del pescador es un manual de ingeniería mecánica, física, química…, al estilo de los antiguos sabios, los pescadores deben estar al tanto de todo aquello que las ciencias puedan aportar a su oficio.
La pareja une esfuerzos en metas comunes.
Es comprensible que quien desconozca el arte de pescar piense, al ver un pescador esperando detrás de su caña, que aquello es una tonta manera de perder el tiempo, y esto es así porque sólo está viendo al pescador y su caña, el observador externo no ve los pensamientos que colman la cabeza del pescador, y por sobre todo porque el tiempo de quien observa no es el mismo de quien es observado. Para el pescador el tiempo siempre será poco porque sabe que nunca podrá predecir todas las probabilidades.
El pescador es un filósofo lleno de preguntas y dudas sobre el tamaño del anzuelo según el lugar en que se pesque, sobre los nudos usados, el tipo de carnada, la resistencia de la caña, el tipo y tamaño de la línea, la época del año, la temperatura del agua, y paremos aquí de contar las variables porque con lo dicho es suficiente para entender que el pescador es una víctima de las probabilidades infinitas del misterio submarino, o de lo que es lo mismo, del estudio de los escenarios de la improbabilidad. Los pescadores suelen tener una mente muy complicada.
¿Y no es así la vida toda? ¿No es el vivir un constante cálculo de probabilidades?
Si comparamos en serio la aventura de pescar con la aventura de vivir de seguro encontraremos muchas similitudes, obviamente porque pescar es parte del vivir del pescador, de tal palo tal astilla, y el pescador es una astilla de la humanidad-palo, pero es justamente en esta similitud, donde nace la gran diferencia, y es que, por ser la pesca sólo un segmento, puede tener un final exitoso, mientras que, la vida está condenada a tener siempre el mismo fatal desenlace. En este sentido podríamos decir que las salidas de pesca son islas utópicas en el funesto océano de la vida.
La paciencia tiene ansia de victoria, la paciencia no desfallece ante la adversidad, el héroe es paciente hasta la muerte.
Paciente fe

Pocos saben tanto de fe como quien pasa horas y horas detrás de su caña de pescar esperando una novedad. El pescador es un gran creyente (aunque sea ateo) y es por ello
que no hay pescadores «ocasionales», hay pescadores de por vida y comprometidos en espíritu, con postulados de héroes naturales de una patria chica que no aparece en la cartografía de la historia universal. La heroicidad de los pescadores es cosa de adentro, íntima y no de GPS historiógrafo. Y antes de que se juzgue lo dicho como hipérbole patética aclaro que la heroicidad de la que hablo no es algo que se puede otorgar o recibir, es algo que sólo se puede sentir. Los otros, los héroes a quienes se les otorga dicho rango, son héroes de papel, héroes convencionales certificados por documentos, y eso… es otra cosa.

La paciencia es preparación. La preparación es aprendizaje. El mundo es una gran escuela.
Sentenciando con paciencia...

—La paciencia es el arte de saber esperar el momento justo manteniéndose listos para actuar.
—La paciencia sin reflexión es abandono.
—La paciencia es la correcta administración del tiempo de acción.
—Paciencia no es antítesis de prisa.
—Paciencia no es estarse quieto, la paciencia sondea la prontitud, nada más brioso que un galope paciente.
—Ser paciente es actuar pensando.
—La paciencia es preparación.
—El rostro de la paciencia siempre está de perfil, porque sólo tiene una mejilla.
—Para ser paciente sólo se necesita un motivo.
—La paciencia tiene ansia de victoria, la paciencia no desfallece ante la adversidad, el héroe es paciente hasta la muerte.
—La paciencia jugó al fútbol con la impulsividad, la impulsividad goleó siete a cero. Al final, la paciencia, con tranquilidad de vencedor, le explicó a la impulsividad el significado de « auto-gol».
—Teniendo la paciencia fama de virtud, no son pocos los defectos que tratan de disfrazarse de ella, así suelen hacerlo la pereza, la indolencia, la negligencia, y muchas otras de esas artimañas que buscan ganar indulgencia con escapulario ajeno.
"...dar la otra mejilla...". Hay frases de la biblia que deberían ser editadas...

La paciencia y el tiempo

El tiempo es parte de la «materia mental» y esto va más allá de que (en nuestra percepción) cada cosa tenga su tiempo. Se trata de que todo lo mental está hecho de tiempo, que la materia es tiempo en sí misma, por eso es que somos lo que fuimos, nuestro pasado, nuestra historia, nuestra biografía, el tiempo que hemos vivido, eso somos. La paciencia es aquello que reconoce el tiempo que conforma cada cosa. Tal vez no exista objeto que simbolice mejor la paciencia que un reloj.
Y en esta relación con el tiempo comienza a perfilarse la silueta del misterioso significado de la paciencia.
La noción del tiempo parece ser la más asombrosa de las consecuencias del primordial razonamiento humano: «mi vida acabará con mi muerte».
Fue la noción de la muerte inexorable, la Auto Conciencia de Muerte (ACM) lo que permitió que se cerrara en un círculo la línea imaginaria del tiempo y se transformara en algo concreto con inicio y final: el tiempo humano va desde el nacimiento hasta la muerte; el tiempo de la humanidad existe desde la aparición del primer homínido hasta la desaparición del último hombre (y su reloj).
La noción de dos polos (nacimiento y muerte) le permitieron al tiempo abstracto transformarse en tiempo concreto en la mente, y, después de aquel fusilazo racional, surgió la necesidad de soportar la fatal revelación, sin ninguna duda allí comenzó el protagonismo de la paciencia.
La paciencia humana está íntimamente ligada a la «insoportable levedad del ser*» (*Con permiso de Kundera).
La vida es demasiado corta para vivirla impulsivamente.
La paciencia humana es el arte de reconocer y aprovechar la limitación temporal advertida por la Auto Conciencia de Muerte (ACM).
Y digo "paciencia humana" para diferenciarla del sigilo con que los felinos acechan a su presa o la perezosa siesta de los perros, porque en el reino animal lo que puede parecer paciencia tiene que ver con la supervivencia o el ahorro de energía, y en sí misma es sólo precaución o estrategia instintiva, indiferente a la noción de tiempo (no pudiera ser de otra forma, los animales ignoran que van a morir, viven como inmortales, lo que es lo mismo que no saberse vivos); mientras que en el ser humano la paciencia sobrepasa lo instintivo para transformarse en arte, ya no para sobrevivir, sino para «soportar» la vida a pesar de tener conciencia de que nadie saldrá vivo de aquí; juego insulso (pero único posible) de intentar vencer las batallas de una guerra que se sabe perdida.
Y lo insulso abarca también este escrito, porque lo dicho se transforma en un galimatías redundante al tener en cuenta que en la etimología de la palabra «paciencia» ya está todo dicho, porque proviene de «sufrir». El «paciente» es un «sufriente» de la «insoportable levedad del ser» por saberse mortal.
La vida ya está escrita, hay que tener paciencia para leerla.

Venezuela: hay que tener mucha paciencia

Por motivos ajenos a mi voluntad tuve que permanecer más tiempo del previsto en Venezuela (con toda la paciencia correspondiente). Mis ansias de viajero tuvieron que conformarse con explorar las zonas despobladas (selvas, costas recónditas) de este país donde el hampa y la descomposición social impiden la investigación de sus ciudades. En este momento las ciudades venezolanas son literalmente zonas de guerra, la delincuencia domina todos sus ámbitos, no hay lugar donde se pueda sentir confianza o seguridad, en cada conversación están presentes comentarios sobre robos, asesinatos, guerra de pandillas, atracos, secuestros, violaciones, muertes por balas perdidas…. Y en consecuencia el semblante de la gente es paranoico, preocupado, melancólico, agresivo, desconfiado, aterrado.
Antes, en las ciudades había espacios demarcados como «zonas rojas», que era como se designaba a los barrios más peligrosos donde ni siquiera la policía se atrevía a entrar. Hoy en día ya no se usa ese término porque las zonas rojas se han expandido como pandemia. Cualquier ciudad venezolana da miedo, y aunque el peligro aumenta de noche, la mayoría de los casos que conozco de asesinatos por robo de automóvil, secuestros, atracos, violaciones, fueron cometidos a plena luz del día. Cualquiera que conozca Venezuela sabe que no exagero, si vive en el país conoce las cifras (21.416 homicidios en el 2012), y si llegó del extranjero la primera comprobación de esto la habrá tenido en el aeropuerto ¿quién no siente miedo al salir del aeropuerto de Maiquetía en Caracas?
Y si tuviéramos el ánimo de hacer un manifiesto sobre las razones por las que visitar ciudades venezolanas no tiene sentido alguno, deberíamos sumarle a lo anterior la indigencia en que se encuentra el sistema vial, el maltrato propiciado por los policías que inventan malsanas excusas para matraquear (quitar dinero) a los viajeros, las colas, el desabastecimiento, el racionamiento eléctrico, y que desde hace años pareciera que las ciudades venezolanas compitieran entre sí por el galardón de «Miss Fealdad» (aunque me duela reconocerlo), las urbes venezolanas son cada vez más sucias, desordenadas, hostiles, caóticas, pero sobre todo feas, muy feas, desproporcionadamente feas.
En cierta forma todas las zonas pobladas del país parecen estar involucionando (a voluntad y a toda carrera) hacia el ADN del esperpento. Por ello, en este año y medio he tratado de calmar mis ansias de «ciudadano del mundo» visitando lugares despoblados y naturales que contrastan, en su belleza, con el desparpajo de una humanidad desorientada.
La paciencia es estoica.

Pescando paciencia en el Cabo San Román

Como en cualquier otra parte de América, en Venezuela todavía hay selvas, sabanas, montañas y playas casi vírgenes o por lo menos deshabitadas. Uno de estos lugares es el cabo San Román, el punto más al norte del país, ya escribí un post sobre la península de Paraguaná de la cual este cabo es el punto más extremo. 
La paciencia es una tenaz exploradora...
Sus kilómetros de playas deshabitadas e inapropiadas para ser balnearios turísticos lo transforman en una especie de paraíso perdido para quien quiere escapar de la fealdad humana y descansar en el equilibrio natural.
Fuimos al cabo a pescar. El programa era hacer surfcasting, spinning, trolling, en fin, aprovechar cualquier ocasión de pesca que se nos presentara.
Cargar equipo para diferentes tipos de pesca es incómodo, armar y desarmar campamentos es agotador, pero la mayor cantidad de energía la destinamos a cargar el equipo más importante de todos: la paciencia, porque mucha paciencia íbamos a necesitar.
La paciencia tiene buen humor.
El primer y segundo día fracasamos en el surfcasting y en el spinning, las condiciones no estaban dadas, un fuerte viento en contra dificultaba los lances y la temperatura alta del agua ahuyentaba mar adentro a los peces. Fueron dos días bajo el sol, recorriendo kilómetros de playa, probando aquí y allá, así y asao, explorando acantilados, y viendo cómo una a una fracasaban nuestras estrategias. Bajo el despiadado sol, la paciencia fue nuestra única sombrilla.
La paciencia insiste, pero no cae en rutinas, la paciencia es creativa...
En la madrugada del tercer día preparé café mucho antes de que el sol despertara, me lo tomé afuera, todavía era de noche, de oscuridad azulada con luna menguante y algunas estrellas, y me encontré con una extraña sensación que no supe diagnosticar de inmediato, algo pasaba pero no entendía qué, sólo sentía una sensación parecida al presentimiento, a la corazonada, a la intuición, pero en este caso era algo que estaba pasando pero no distinguía, hasta que, entre sorbos de café, me di cuenta: el aire estaba totalmente quieto, el viento se había ido. Caminé rápido, casi corriendo, hacia la orilla de la playa para ver el mar. Estaba calmo, quieto, dormido. Un mar perfecto para pescar con el equipo de trolling a corta distancia. Regresé resuelto a la casa (llegué extenuado -casi ahogado- por correr y reír al mismo tiempo).
Listos y animados salimos hacia nuestro destino al mismo tiempo que el sol se asomaba en el horizonte. Íbamos a contactar un lanchero del que me habían hablado y que vivía en uno de los tantos pequeños pueblos de contrabandistas de la costa. La idea era alquilar una embarcación desocupada.
A las nueve de la mañana todo estaba listo. Contratamos al capitán de la lancha, arreglamos el precio, preparamos el equipo, lo montamos en la embarcación, mientras tratábamos de controlar nuestro entusiasmo eufórico porque el mar seguía calmo, muy calmo, seductoramente calmo. Pero la paciencia fue necesaria de nuevo. Justo cuando íbamos a embarcar para partir, llegó un niño corriendo y le dijo algo a nuestro capitán. Fue la última vez que lo vimos. Se fue y no regresó. Quedamos solos, con el equipo en el bote, nos sentamos en la playa sin entender nada. Desde el caserío (cuatro chozas de tabla y zinc) los lugareños nos observaban huraños y hacían comentarios entre sí.
Yo por mi parte: «Paciencia, hay que tener mucha paciencia, esta gente son contrabandistas, es comprensible su desconfianza ante los desconocidos, esperemos a ver qué pasa». Y pasaron dos horas. Y llegó el mediodía. Y ya estábamos por irnos cuando se nos acercó un hombre moreno descalzo, sin camisa y en pantalón corto, que no debía tener más de 20 años pero aparentaba 30 por cortesía del sol y de una vida desordenada, y nos dijo: «José tuvo que irse, me encargó que yo los llevara».
En ese momento la paciencia tuvo que ceder su lugar de reflexión a la audacia. El sujeto no parecía un capitán de lancha, no inspiraba confianza ni mucho menos, pero vinimos a pescar y no nos vamos a ir sin hacerlo.
La paciencia ama las alternativas...
Zarpamos. No tardamos mucho en comprobar que era la primera vez que el sujeto maniobraba una lancha para pescar. Aquí sería demasiado largo y aburrido explicar los detalles de la pesca a trolling, sólo diré que fue necesaria mucha paciencia para soportar y entender los señuelos que perdimos, las veces que estuvimos a punto de caernos al agua, pero también reconozco que la paciencia fue coronada con dos barracudas de 15 kilos cada una. Acordamos que volveríamos a salir al otro día.
Con paciencia se ven cosas que sin ella nadie vería.
Y al otro día la paciencia fue necesaria para soportar la impuntualidad de nuestro incipiente capitán, pero al final salimos, tarde, pero salimos.
"No le des peces, enséñale a pescar",
es el reclamo más sagaz que se le ha hecho a Cristo.
En cada una de sus modalidades, la pesca, cuenta con técnicas y condiciones específicas para poder realizarse, y en esta modalidad las maniobras de la embarcación son fundamentales. Así que la mañana pasó sin recompensa alguna (capitán incapaz mediante). Pero sólo estuvimos en el agua una hora porque nuestro incipiente e impuntual capitán había llegado a las 11am, y al mediodía en punto decidió regresar para su almuerzo. Nosotros comimos un sándwich en la playa y tuvimos que esperarlo hasta casi las tres de la tarde. La paciencia también evita indigestiones y discusiones.
Un verdadero pescador es un inconforme - satisfecho.
Volvimos a levar anclas y dos horas más tarde teníamos otra barracuda. El capitán ya se dio por satisfecho y comentó que regresaríamos. Entonces mi paciencia sacó una de sus armas, la de hablar lo justo en el momento correcto, y fue allí que le canté cuatro al tipo diciéndole todo lo que me había guardado para aquel momento. Con las cuentas claras seguimos pescando. 
A medida que avanzaba el atardecer también avanzaba el pesimismo de nuestro incipiente, impuntual y ansioso capitán, según él a esa hora los peces no veían los señuelos. 

El arte de vivir es vivir con arte.
Pero el pescador sabe qué señuelos usar según la posición del sol. Yo presentía que era el momento, y el momento fue. El carrete sonó. La caña se dobló. Y a unos 150 metros de la embarcación brincó un sábalo gigantesco, el sábalo más grande que  jamás haya visto. Y el capitán de la lancha gritó —¡Un sábalo! —¡Saltó!—. Comencé a recoger línea y el sábado volvió a saltar, esta vez dos o tres metros sobre el agua, era gigante. Y el incipiente y ya no tan pesimista capitán de la lancha volvió a gritar —¡Saltó de nuevo! ¡Y van dos! ¡Si salta tres veces está listo!—. Nuestro incipiente, ahora optimista y entusiasta capitán, resultó que no sabía nada de pesca pero conocía el mito de los pescadores de que si un sábalo salta tres veces sin desengancharse, no se soltará más.
Soy un convencido de que el destino no está para que lo aceptemos, está para que nos rebelemos contra él.
Y yo seguía luchando con el sábado que parecía un caballo salvaje que corría en zigzag en el agua, cuando volvió a saltar. Nuestro incipiente y ahora eufórico capitán gritó —¡Tres veces, se jodió! Yo sostenía con todas mis fuerzas los jalones de la bestia pero aun así no pude evitar sonreír al ver la expresión del capitán maníaco depresivo.
Casi diría que me contentó cuando el sábalo se soltó. Yo perdía un trofeo, pero también asistía al ocaso de un mito y a una complicada y extraña venganza hacia el capitán bipolar. Controlada la euforia del momento el sujeto se atrevió a decir que ahora sí nos íbamos. Esta vez no fue necesario cantarle cuatro, bastó con mi expresión para que retomara su puesto. Y en ese momento (creo que para romper la tensión reinante), mi esposa dijo: «vamos por un pargo, quiero un pargo de 30 kilos».
Pescar un pargo con trolling no es común en estas aguas, yo diría que era casi imposible, y esto mismo fue lo que el capitancito bipolar le dijo a mi esposa. 
Pero donde manda capitán no manda marinero y hace tiempo que mi esposa capitanea nuestro barco común; así que comandé (como siguiendo las órdenes de ella): «Vamos a pasar más cerca de la costa, por sobre esa zona de piedras».
Ante el ocaso, la paciencia se estremece
 en ansias de auroras...
Cinco minutos más tarde sonó el carrete trarrrr…. El sol estaba en el ocaso. El cielo rojizo ennegrecía el agua marina, con el motor en neutro las olas nos empujaban peligrosamente hacia las rocas, pero yo tenía un gran pez enganchado, y lo tendría todo el tiempo que fuera necesario, porque este pez era la recompensa a la paciencia.
La paciencia jamás se sacrifica, se esfuerza.
La caña se doblaba hasta su punto máximo, apenas lograba recuperar diez metros de línea..., el pez se llevaba ¡veinte!, era un pez muy tenaz, casi diría…paciente. Mientras, el incipiente capitán bipolar no paraba de pronosticar el apocalipsis: «vamos hacia las rocas… esto no me gusta… sáquelo de una vez… nos vamos a estrellar…sáquelo o suéltelo…». Pero la paciencia siempre tiene los sentidos alerta, yo luchaba con el animal pero también chequeaba nuestra distancia de las rocas. La paciencia es muy buena calculando.

Soy un convencido de que el destino no está para que lo aceptemos, está para qué nos rebelemos contra él.
Quince minutos más tarde, el gran pez asomó por primera vez, y entonces nuestro incipiente y bipolar capitán cambio de nuevo su estado de ánimo y pasó de la preocupación al desparpajo eufórico: «¡Un pargo! ¡Un pargo! ¡Un pargo grande!...»...
Después de mucho luchar, casi de noche, a salvo de profecías apocalípticas, sin estrellarnos contra piedra alguna, y con la ayuda de un gancho manejado con frenesí por nuestro incipiente e hipo-maníaco capitán, subíamos a la embarcación un pargo rojo de 35 kilos.
Cuando los sueños y la paciencia andan juntos, se les arrima, gallarda, la alegría.

La paciencia es tan efectiva que sus resultados parecen mágicos, el inverosímil deseo de mi esposa se había cumplido.


Liseth celebra el éxito de la paciencia. En el amor de pareja las victorias son mutuas.



martes, 6 de noviembre de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (4) -2ª Parte-. Boca de Aroa: El Surf Casting (o sobre el miedo a enfrentar situaciones nuevas)


Del ocaso al amanecer ¿Quién dijo miedo?
(Primer Open de Surf casting de Venezuela)

Una situación nueva deja de ser temible cuando se vuelve experiencia vivida.


En el post anterior traté de hablar del miedo a las situaciones nuevas desde el escenario de mi primera experiencia con el Surf Casting y unos días más tarde, todavía sin recuperarme de la novedad, participé en una competencia sobre la modalidad. Ahora que lo pienso mejor, este escrito debiera intitularse "Del neófito atrevido".

La cosa empezó con una llamada telefónica invitándome a participar en el primer “Open de Surf Casting de Venezuela”. ¡Nomás describí en el blog las desaventuras de mi incursión en este tipo de pesca y ya me están invitando a competir! Donde uno menos lo piensa brinca la liebre, la perdiz o la invitación a participar en un torneo. Con Internet la indiscreción se ha vuelto una forma de comunicación. Y yo nunca he estado en desacuerdo con vivir a la vanguardia, así que, como era de esperar, acepté la invitación.


Ante todo, un torneo de pesca es: estresante. No pudiera ser de otra manera, si no fuera así, el premio no tendría valor.

Para Alan también era la primera vez

Pero el corto y respetuoso mensaje que pretendo dejar en este apéndice del post anterior, va dirigido a todas las especies de fóbicos para colaborar  en su proceso de vencer el miedo a las situaciones nuevas.

De no saber cómo usar los implementos de este tipo de pesca brinqué a competir con expertos. Hay pocas cosas en la vida que no estén hechas de cambios afortunados (ya sea de buena fortuna o de mala fortuna). De ser niños omnipotentes (en la fantasía) saltamos a ser adolescentes atormentados (en la realidad) y de allí, casi siempre, a adultos desorientados pero con capacidad de aparentar lo contrario; de ser mantenidos pasamos a mantenernos (aquí no me queda claro si el cambio es positivo o negativo, que cada quien lo juzgue según su experiencia); de votar por un candidato a presidente pasamos a ser oposición. La vida entera se nos va en rápidos cambios radicales.

Liseth también sentenció: ¡Quien dijo miedo?

El torneo fue justo y, como era de esperarse, logré el más honorable último lugar. Si un novato no llegara de último, la competencia sería un fraude.

¡Cuán satisfactoria es la derrota cuando se sabe que es justo ser derrotado!

Aunque el orgullo, en su esencia prepotente siempre busca algún merito, y en este caso no puedo dejar de comentar que mi esposa Liseth casi llega a ganar el primer lugar en la categoría del pez más grande. Pero igual que la lotería, de nada vale que los números sean aproximados, mi esposa no figuró entre los ganadores (no había segundo lugar en esa categoría), así que todo lo dicho en este párrafo no sirve para otra cosa que para aliviar el fastidio del propio orgullo que pugna por manifestarse.




El miedo es la peor limitación psicológica de la vida.
Quiero suponer que la tabla de Moisés tenía 20 mandamientos y no solamente 10 y que el onceavo mandamiento era: ¡Prohibido temer!
Qué lindo es fantasear la posibilidad de ser Moisés, mi tabla tendría en primer lugar la ley de ser fiel a la propia aventura de vivir por sobre todas las cosas.

¡Cuánto se puede ganar al perder!