sábado, 19 de junio de 2010

A-Dios Saramago

Ayer, 18 de Junio de 2010 murió José Saramago.

Murió consciente de morir, a sabiendas de lo que hacía, porque la muerte para él no era un designio externo sino una acción propia, y murió con la sinceridad que se propuso en vida, sin titubeos, «murió del todo» porque él decidió valientemente que así fuera, sin necesidad de nada más.
Ateo confeso, resolvió no apelar a ninguna esperanza fácil. Claro de toda claridad pensó la inmortalidad como un deber personal, decidió ser él mismo el creador de su inmortalidad, que durará cuanto dure su descendencia, sus libros y las ideas que a todos donó con alegría.
Dios de su creación, nos la donó sin pedir mucho a cambio. Quienes a Saramago algo debemos (en mi caso ese “algo” no es poco), estamos claros de que no le vamos a rezar ni a construir templos de culto, porque él creó otra idea de Dios, la de un Dios que vivió lo que tenía que vivir y al morirse no pretendió escabullirse de la realidad con la excusa ya trillada por antiguos Señores «Después de seis días de arduo trabajo los creé, ahora me voy a descansar un rato largo -no me despierten-».
«Me muero y punto. Ustedes sabrán lo que deben hacer con su vida» fue el mensaje claro y conciente que nos dejó. Por ello a Saramago no se le puede escribir un obituario con palabras que no sean las de él mismo. Saramago se pasó la vida cuidándose de que no le alteraran el propio epitafio. Despedir a Saramago sólo es posible con sus propias palabras:
«Comprendo que hay cosas que están huyéndome de las manos y otras que amenazan hacerlo, mi problema es distinguir aquellas por las que todavía vale la pena luchar de esas otras que deben abandonarse sin pena, O con pena, La peor pena, hija mía, no es la que se siente en el momento, es la que se sentirá después, cuando ya no haya remedio, Se dice que el tiempo todo lo cura, No vivimos bastante para hacer esa prueba»  (La Caverna, José Saramago)
A-Dios, compinche de utopías, hasta que la vida (o la muerte) nos alcance, A-Dios José.

sábado, 5 de junio de 2010

Consulta Portátil en Verona (con Romeo y Julieta)

La ciudad poética

Cuando por cualquier motivo aparece el tema del “benessere” (bienestar) italiano, no puedo evitar pensar en Verona. De todas las ciudades de Italia es la que más se me asemeja a la utópica idea de una urbe de “riqueza equitativa”, me refiero a que sus habitantes parecieran estar nivelados económicamente en una alta clase media, sin grandes contrastes todo parece de mediana medida, sin excentricidades, sin mendigos a las puertas de una torre de cristal, un lugar perfecto para imaginar que todo va bien en el mundo.
Una ciudad equilibrada de gente dedicada a lo suyo con agrado y bien remunerados, ni pomposa ni humilde, simplemente ordenada, cómoda, con todo en su lugar.
En Verona es fácil idealizar la vida, lo que permite minimizar las miserias humanas hasta llegar a imaginar que los únicos dramas posibles sean las pasiones amorosas. A mi modo de ver, Verona merece ser la albacea de Romeo y Julieta.
Es más, aunque suelo molestarme cuando veo que una ciudad exagera en crear falsos atractivos turísticos violentando la historia para que un sitio anodino se vuelva interesante (lo que hace viable cobrar por el derecho a verlo), en el caso de Verona me resulta aceptable que su departamento de promoción turística haya creado un mausoleo de Julieta (obviamente sin tumba, sin cadáver, sin Julieta), porque esta ciudad ha sabido ganarse con su “bienestar equilibrado” ésta y otras concesiones poéticas (la poesía sólo tiene sentido cuando las demás necesidades del hombre están cubiertas, no se lee poesía con hambre o ante un ultimátum de hipoteca o estando enfermo).
Por ello en Verona podemos sentarnos a hablar del amor como en cualquier otra parte hacen lo propio con la política.


Romeo despechado

En la supuesta casa de Julieta, debajo de su apócrifo balcón, al lado de la estatua cuyo pecho izquierdo todos los turistas soban para tener suerte en el amor, se me escapa una reflexión: ¡Y pensar que Romeo no estaba enamorado de Julieta!
—¡Qué? —casi me grita mi esposa cambiando de inmediato su semblante— ¡No me vayas a querer desinflar el momento, no me importa si esta es o no la verdadera casa de Julieta, lo importante es que yo me lo crea!
—Si, si, claro, por eso estamos aquí, pero te digo la verdad, Romeo nunca amó a Julieta y te lo puedo demostrar.
—Ya veo que vas a salir con una de las tuyas, pero que sea más tarde y frente a un café, ahora déjame tocarle el pecho izquierdo a la estatua de Julieta que no está de más tener a un poco de suerte ¿vale?
Más tarde, sentados en una hostería y frente a sendos cafés con grappa…
—Así que Romeo no amaba a Julieta…
—No es broma ni socarronería, es en serio, él estaba despechado por un amor imposible y usó a Julieta para aliviar el despecho. En realidad Romeo hace un «duelo por desplazamiento» sobre Julieta tratando así de aplacar la pena de no poder estar con su bienamada e inalcanzable Rosalía.
—O sea, desplazó sobre Julieta los valores que había visto en Rosalía…
—Correcto. El amor propio herido de Romeo lo lleva a “enamorarse a primera vista” de Julieta, que en realidad es una sustitución de Rosalía (a esta sustitución, que funciona como cataplasma analgésico para su amor propio, también se le suma la dulzura de la imaginaria venganza hacia Rosalía, demostrándole lo fácil y rápido que le encontraba sustituta), y así Romeo logra coronar velozmente su autoestima.
—Pero eso vale para Romeo, ¿y qué de Julieta?
—Ella también realiza un «duelo por desplazamiento», pero «por contraste». En este tipo de desplazamiento no se desplazan los valores de uno sobre el otro, sino que se valora a uno por ser lo contrario del otro. La Señora de Capuleto quería que Julieta se casara con Paris, y Julieta ve en Romeo lo contrario al compromiso por conveniencia, en otras palabras, valora a Romeo por ser la antípoda de Paris y no por lo que Romeo es.
— Y, ¿qué tienen que ver en todo eso la disputa entre las familias de los Capuleto y los Montesco?
—Mucho, eso es la tapa del frasco. En un amor a primera vista no hay tiempo para verificar si se tienen valores comunes, así que recurren a la «automutilación» de los propios valores (en este caso de los valores familiares de cada uno) y transforman aquello en un desesperado acto de valentía que los hace sentirse orgullosos el uno del otro.
—Y se casan de inmediato y en secreto…
—Exacto, de inmediato y en secreto. Este tipo de romances son puro bluf y la burbuja de jabón amenaza con reventar en cualquier momento, porque en el fondo ellos saben que no han puesto en juego ningún valor verdadero, al contrario, se han automutilado de los valores más significativos que tenían: la propia familia, el propio honor familiar y hasta la honestidad porque fue deshonesto casarse a espaldas de la familia.
—Pero se suicidan por amor…
—He allí el secreto de la obra, el amor yendo de la mano de la muerte es la formula de Shakespeare, porque en esencia el amor existe debido a que somos mortales, los inmortales no necesitarían amar, pero ésa es una historia resabida. Volviendo a Romeo y Julieta, era lógico que en tan poco tiempo esos muchachos metieran tantas veces la pata, fíjate que Julieta lleva a cabo el plan de hacerse pasar por muerta tomando un narcótico, pero Romeo (que no se entera del plan) la cree realmente muerta y se suicida con veneno (esta es una perfecta alegoría de cómo les va a los que se casan por amor a primera vista: no logran ponerse de acuerdo nunca), luego, cuando Julieta despierta y lo encuentra muerto, pues el autoestima se le cae tan bajo (por haber pagado tanto por nada) que ya la vida no le vale nada y se clava la daga. Es destino ineludible para este tipo de relaciones efímeras basadas en espejismos terminar mal y rápido.
—Me estoy arrepintiendo de haber tocado el pecho de la estatua de Julieta, ese tipo de fortuna más bien es mala suerte.
—Sí, pero la gente siempre estará tentada a soñar con amores a primera vista, doncellas vestidas de blanco en balcones y príncipes azules furtivos que trepan enramadas por la noche, la gente necesita creer que hay una manera mágica de valorar a otro y ser valorado, pero valer no es cosa de fábula o de flechas de cupido, se necesita de mucha energía y esfuerzo para llegar a valer. ¿Quieres otro café?
—Que sea doble, por favor.


sábado, 15 de mayo de 2010

Consulta Portátil en Barcelona (3) Síndrome de La Sagrada Familia

Barcelona es un reloj caprichoso...

Manecillas irreverentes mezclan el tiempo a su antojo. De un sólo vistazo, desde el parque del Putget, se puede otear con el ojo izquierdo las agujas de la Sagrada Familia mientras el derecho observa un moderno rascacielos en forma de bala, la torre Agbar. Los ojos se encargan de focalizar y superponer las imágenes generando una sola panorámica y la mente hace el resto y, entre otras cosas, compara:
El proceso de construcción de la torre Agbar de 145 metros de alto, se alargó durante cerca de 6 años desde que a mediados de 1999 se iniciaron las actividades hasta principios de 2005 en que se dio por finalizada la obra. Mientras que el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia fue iniciado en 1882 y sigue en construcción hoy día. Seis años versus ciento veintiocho. ¿Por qué tanta demora? Razones no deben faltar, pero nuestro blog no está para escudriñar la historia de la arquitectura, sino lo que de humano haya hasta en las piedras.
Un evento fortuito me llevó a una afortunada abstracción, les cuento.
Pasaba por los alrededores de las taquillas de entrada del templo y observaba las largas colas de turistas que esperaban ansiosos por entrar a ver de cerca la obra de Gaudí, cuando mis oídos se detuvieron en la algarabía que venía de un grupo de italianos. Parecía una de esas colosales familias italianas que salen a turistear todos juntos (en familia le llaman) cargando desde el bisabuelo hasta el último nieto todavía en el vientre de la bisnieta embarazada. La discusión trataba sobre el motivo de la fila de personas, unos decían que era para entrar y otros debatían que era para pagar la entrada. Era evidente que no leían el español de los letreros que indicaban el coste del ticket de acceso, o tal vez no querían leer, lo cierto es que estaban discutiendo si se pagaba o no para entrar. Sin darme cuenta me había detenido a observar al inquieto grupo y de pronto veo que una de las señoras del clan, que por la edad y la comparación con los demás miembros de la “colosal familia” debía ser una bisabuela (aunque no era anciana), se me queda mirando con ojos de ¿habrá un alma piadosa que nos aclare esta confusión? ¿Alguien que nos explique si hay que pagar para entrar y así saber si nos metemos en la fila a esperar nuestro turno o no? Yo, creyendo entender el mudo mensaje le digo en italiano: «L'entrata costa 12 €».
De inmediato la bisabuela protestó con una imprecación en lo que creo que era dialecto romano, y seguidamente todos los miembros de la colosal familia (hasta el nonato de la bisnieta desde el útero) gritan en italiano: «Mai vista una roba del genere! Pagare per entrare a una chiesa! ¿Siamo tutti matti?...» (¡Nunca se ha visto una cosa así! ¡Pagar para entrar a una iglesia! ¿Estamos todos locos?...)
Interesante punto de vista el de los italianos colosalmente escandalosos. Cuando a mí me había tocado pagar para entrar no se me había ocurrido que aquello pudiera tener alguna connotación misteriosa. La verdad es que pagar para entrar a una iglesia es extraño, pero tal vez mi mente (como la de todos los que hacen cola para entrar) estaba ocupada en pensamientos de otra sublimidad, una fascinación estética que de místico sólo tuviera una lejana reverencia al «Gran Arquitecto Universal», y por lo tanto, pagar para entrar a una maravilla arquitectónica era un acto, símbolo o gesto habitual de un ritual atávico y heredado (quién sabe cómo) de un recóndito gen masónico.
La Sagrada Familia...
por los siglos de los siglos...
inconclusa.
He visitado unas cuantas catedrales y templos de diversas culturas y religiones, y sólo recuerdo haber pagado entrada para ver La última cena de Da Vinci en el refectorio del convento dominico de Santa María de las Gracias en Milán, y para ver la Capilla Sixtina en el Vaticano, pero en ambos casos se trataba de ver un tesoro artístico en salas separadas de las naves del templo. Definitivamente creo que La sagrada Familia es el único templo en el que he pagado para entrar, y no precisamente un precio tan modesto que se le pueda definir como franciscano, y para rematar: ¡el templo ni siquiera está acabado!
Reflexionando lo anterior fue que tuve la «afortunada abstracción» que anuncié al principio. Justamente por no estar acabado el templo es que pueden cobrar entrada: de estar habilitado para dar misa formalmente, no se podría regular el acceso.
Pero si bien lo anterior pudiera explicar la estrategia de cobro y la falta de prisa en terminar la edificación, queda por responder de dónde sale el ánimo y la voluntad de quienes pagan para entrar a una iglesia inconclusa y en plena construcción (adentro se camina entre atareados albañiles, que ahora me da la impresión de que son meros «sisifos» impenitentes).
No creo que la noción del Gran Arquitecto sea la inspiración (es muy agarrada por los pelos) que mueva la curiosidad de los visitantes, y tampoco creo que sea difícil concluir que La Sagrada Familia tiene, para sus seguidores, el valor de las cosas inconclusas.
Góticamente hablando (obviando a Inglaterra, la gran madre gótica) el Duomo es más imponente. Pero el Duomo es historia porque está hecho, acabado. Mientras que La Sagrada Familia «no es», y «ser» de alguna manera implica morir. Vivimos mientras hacemos, mientras cambiamos, y he allí el hallazgo de Gaudí y su elección de la manera medieval de construir cambiando los planos «en movimiento», haciendo que cada acto dependa del momento y logrando así que la obra sea interminable y por ello atractiva para el ser común que siempre estará tentado por el tesoro de lo Eterno (léase: inacabado).
En fin, Gaudí parece haber llegado a la lucidez de que una obra, para ser verdaderamente inmortal, debe permanecer inconclusa. Y aquí apareció la «afortunada abstracción» que ¡al fin! voy a explicar.

Síndrome de la Sagrada Familia

Desde hace tiempo he buscado un nombre para definir un síndrome muy frecuente en nuestra cotidianidad y estas reflexiones me facilitaron el nombre adecuado.
El síndrome en cuestión trata sobre la tendencia a no terminar lo empezado, a posponer ad infinitum tal proyecto o dejar para luego tal meta a punto de ser alcanzada, a dejar para luego la finalización de un trabajo, a dejar cabos sueltos con la excusa de que «después lo concluyo», la tendencia a no cuajar un plan, a dejar detalles para luego, la tendencia del «mientras tanto, mientras siempre». Esta propensión es tan común y prolífica que merecía tener (a mi parecer) una enunciación propia.
Y en este momento nada me parece más apropiado que llamarlo “Síndrome de la Sagrada Familia”: el placer de lo inacabado. No sólo le da beneficios secundarios al dueño, sino que también puede convencer a otros de su valor…, lo inacabado es todo un éxito de mercadeo psicológico.
El beneficio secundario del Síndrome de La Sagrada Familia es que se puede seguir fantaseando con la perfección absoluta mientras no se haya culminado la obra. Quien entra al templo (previo pago) no sólo ve lo que hay sino que imagina lo que falta (el truco es que siempre falte más de lo que haya), si yo no subiera al blog este post, podría seguir imaginando que editaría estos párrafos hasta que dejaran de parecer escritos en lengua humana y llegaran a ser lenguaje de ángeles, y que la gente encontraría en ellos la salvación misma, o, al menos, como pasó con el poema «El Cuervo» de Poe llegará a ser un escrito perfecto de su genero.
Pero si publico el post, me expongo al escarnio público, aunque ello no es lo más terrible en comparación con la tragedia implícita: la evaporación de las fantasías de perfección.
El beneficio secundario de lo inacabado es que siempre se lo puede imaginar mejor de lo que es, puede cambiar y el cambio es oportunidad y la oportunidad da para todo.
El Síndrome de La Sagrada Familia es una sentencia mental, de esas que es fácil creernos y que reza: «no terminar las cosas permite vivir de esperanza».
Aviso: pretender vivir de ellas es «a propio riesgo »

domingo, 2 de mayo de 2010

Consulta Portátil en Barcelona (2) Gaudí y Jack el destripador



Gaudí y la herencia de Jack el destripador.

A veces me despierto (por la mañana o después de una siesta) como liberado del raciocinio, y en las pocas oportunidades que esto sucede me permito cosas que más de unos cuantos llamarían libertad, y evidentemente este permiso moral siempre tiene como finalidad el placer.
En esa situación me encontraba cuando me deleité imaginando que Gaudí en 1888 se replanteaba el proyecto del Templo Expiatorio de La Sagrada Familia, me imaginé que antes de ir a su oficina de arquitectura, desayunaba en su casa siguiendo ávidamente en el periódico el caso londinense de Jack el destripador. La influencia de Londres, indiscutible capital de lo gótico, se renovaba diariamente en la mente de Gaudí gracias al misterio del destripador.
Aprovechándome de la negligencia de la historia al respecto de lo anecdótico personal, me dejé tentar por la elucubración para llenar los resquicios históricos y Jack el destripador se me apareció como una secreta inspiración de La Sagrada Familia, y así siguieron fluyendo las ideas en asociación libre, Jack el destripador como conexión entre el gótico ingles y Barcelona; la perversión de Jack el destripador como esencia de la subversión catalana del gótico ingles, un asesino inspirador de lo místico, el asesinato al principio de la religión, la muerte del cristo por manos del padre repotenciada en la figura del asesino tan omnipresente que se vuelve imposible de atrapar.
Llegado a este punto no había razón para no seguir permitiéndome deslices, esta vez de corte poético-místico: la imagen de Jack se instaura en la memoria de Gaudí como fondo de agua, incierta, inasible, etérea, igual que nuestra universal idea de Dios. Y siguiendo con la fantasía, las chorreantes figuras de La Sagrada Familia ya no son especiales representaciones de las formas de la naturaleza, sino una subversión sublimada de la morbosidad humana. Entonces Gaudí ya no se me presenta como un épico arquitecto del paraíso, sino como un alma atormentada del purgatorio. Y todos conocemos cuál es la verdadera condena, el verdadero suplicio del purgatorio: la espera. Y Gaudí decide proyectar una obra «para siempre inconclusa», con la morbosa intención de contagiar a todos con su drama personal, que es el drama de todos: saberse mortales limita cualquier proyecto. Y así nos lo hizo saber el mismo Gaudí cuando sentenció el inacabado eterno de su Templo: «Cada siglo tendrá su aporte a la Sagrada Familia». Y tal vez sea esa la causa de nuestra fascinación hacia este templo en continua construcción: ¿Quién no ha imaginado ser en si mismo el iniciador de una estirpe que a través de sucesivas generaciones logre hacer de su propia familia una cosa sagrada? Gaudí nos embeleza en la imagen de nosotros mismos.
Entonces, si todos somos Gaudí ¿quién de nosotros es el destripador?

viernes, 16 de abril de 2010

Consulta Portátil en Barcelona (1) Las estatuas vivientes

Barcelona no es Barcelona sin las Ramblas. Las Ramblas no son las Ramblas sin las estatuas vivientes. Los viandantes, catalanes o forasteros, caminan mirando a todos lados para no perderse los maniquíes vivientes que hacen parte de la arquitectura local. Las hay ataviadas como Venus de Mileto con el torso pintado de blanco o totalmente cubiertas con paños como frailes mendicantes, de estilo bizantino o esperpénticas, a lo Beckett o renacentistas, maquilladas o con máscaras, solas o con aditivos como la que esta sentada en el váter.
¿Qué nos dicen estas personas que esperan una recompensa por hacer de estatuas? Mirándolas al pasar, pareciera que el merito o lo interesante, está en sus atuendos, en su maquillaje, en su ocurrencia, en su atrevimiento, y la recompensa (unas monedas que la gente va dejando en el sombrero o la escudilla aposta) es un reconocimiento al decorado, al vestuario, al maquillaje, a veces hasta a la escenografía.
Pero si nos detenemos a verlas a cierta distancia, el campo visual va incluyendo dentro del cuadro a los espectadores. Estoy haciendo la prueba, a unos diez metros enfoco la escena y veo cómo los viandantes, al detectarlas, aminoran el paso, lentifican su marcha, y algunos se detienen ante la estatua viviente que representa una insólita figura, entre ángel y demonio, envuelta en paños pintados de bronce envejecido, con protuberancias y deformaciones que dan la idea de corrupción y óxido, la efigie se abre en dos alas extendidas, amplias, en parte de ave y en parte de murciélago. Tal vez el elemento más sugestivo sea el cuerpo del maniquí viviente que soporta toda la parafernalia sobrenatural, es un cuerpo chiquito, diría que de un enano. La cabeza grande y los ojos de mirada firme sin reflejo de inseguridad alguna, revelan que lo que pensé que pudiera ser un niño, es en realidad un adulto pequeño.
Sigo observando y veo que algunos pocos dejan unas monedas, la mayoría opta por la tacañería, algunos se están más tiempo que otros, hay quien saca fotos, quien se acerca a tocar la estatua y quien se asegura de mantener la distancia con aquel portento sobrenatural, pero al final, todos, absolutamente todos, son sacudidos por un mismo impulso que los sobresalta, como si de pronto las manecillas del reloj hubieran vuelto a moverse después de un pequeño descanso, y volviendo a tener conciencia del pasar del tiempo, arrancan con renovada ligereza, y aceleran para recuperar el tiempo perdido. Los sigo con la mirada y son contados los que vuelven a detenerse ante la próxima estatua. Me parece adivinar que los que andan solos piensan, y los que van acompañados le dicen al otro: «Es tarde, apuremos…»
Vuelvo a concentrarme en la estatua elegida para mi observación y vuelvo a preguntarme ¿Qué nos dicen estas personas que esperan una recompensa por estarse quietas? ¿Qué identificación está logrando el espectador?
En la ciudad de Gaudí no debiera ser el valor estético lo que haga tan significativas estas estatuas, al contrario, Barcelona es una ciudad para el síndrome de Stendhal (el síndrome de Stendhal es una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a una sobredosis de belleza artística, pinturas y obras maestras del arte). Pensando esto se me revela lo evidente (ya sabemos que lo evidente suele ocultarse detrás de su obviedad) y el panorama coge otro valor, y se me ocurre que las monedas recompensan otra cosa:
¡Estarse quieta! ¡Sí!, ¡lo asombroso es su quietud!
Las estatuas representan esa quietud que todos añoran. En las grandes ciudades la quietud es una reminiscencia de utopías pasadas, en las ciudades ya no se duerme la siesta, el citadino clásico no se puede estar quieto ni siquiera después de la cena mientras hace la digestión en el sillón de la sala, porque la tentación de hacer zap-zap con el control remoto del televisor no lo deja. No hay tiempo para detenerse, todo va tan inexorablemente rápido.
El arte es siempre una creación de una realidad alternativa. Y en ese sentido toda obra artística es un delirio (realidad paralela), y « la lentitud» o « la parada» para el citadino de hoy es un delirio tan extraordinario como «El grito» de Munch. Por ello es tan artística la representación viviente de lo estático como la sorpresa del espectador, son «fondo y forma» inseparables: el arte callejero involucra al viandante en la obra. No dudo de que el arte en la calle (¿o debiera mejor decir «la calle en el arte»?) es cómplice de que Barcelona haya sido y sea «parada» obligatoria de tantos artistas.
Sigo mirando a los espectadores y otorgándome licencia telepática imagino lo que están pensando:
—¡Ganarse la vida estándose quieto! ¡Vaya una delicia! —Parece gritar con asombro una neurona de alguien del público (una de esas neuronas que guardan recuerdos de otras épocas más calmadas, de las memorias infantiles o hasta de la memoria colectiva paleolítica, situaciones que en común tienen la falta de prisa).
—¡Y vamos, contribuyamos con esta bella fantasía, démosle dos euros y sigamos a lo nuestro!
Pero tal vez la identificación vaya mas allá, tal vez no esté admirando la nostálgica quietud que ya no puede permitirse, tal vez no sea esa fantasía perezosa el motivo principal del asombro, sino algo más pavoroso aún, reconocer que, aunque pudiera, ya no «quisiera» detenerse, porque lo atraparían quien sabe qué pensamientos. Moverse, ocuparse, es una forma de evadir el ensimismamiento.
De inmejorable manera lo define Kundera:
« Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por lo contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.
En matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido
.»
(Milan Kundera. La Lentitud. Tusquets editores. Pag 47 y 48)
—¡Per Déu! ¿Qué pensará este hombre medio ángel y medio diablo durante toda esa quietud? ¡Que tormento! ¡Démosle una moneda, se la merece el pobre!

¿Rendí la idea? Espero que sí, porque ya le he dedicado bastante tiempo a esto de las estatuas vivientes, tengo mil cosas pendientes. Iba a escribir más sobre Barcelona, pero lo dividiré en capítulos, lo que pasa es que uno nunca sabe cuando le va a salir un inconveniente (y por eso los llamamos así), supongo que me entienden… el tiempo no alcanza para nada y todo pasa tan rápido…

domingo, 11 de abril de 2010

Consulta Portátil en París

¿Alguien ha escuchado decir que los parisinos son hospitalarios?
Aunque las veces que he estado en París me han tratado siempre bien, fuera de paso, como invitado, como turista, como estudiante, no me quejo del trato que recibí, pero también se que fui afortunado. Los parisinos no son famosos por ser hospitalarios, me consta que los mismos franceses (del interior) sienten más confianza de hacerle una consulta en la calle a una persona con aspecto de inmigrante que a un parisino en sí. Sentado en un café de Les Champs-Élysées, o como la llaman ellos -modestia aparte- «la plus belle avenue du monde», observo a la gente pasar y pienso que los parisinos cargan en sus espaldas el peso del Siglo de las Luces, de la Ilustración, de Napoleón, del Art Nouveau, y como si fuera poco, no sólo se sienten representantes de su acervo cultural, lo cual es absolutamente válido, no lo critico, sólo digo que parece pesarle, sino que además se han atesorado para sí a Leonardo, Paolo Veronese, el código Hammurabi, esfinges egipcias, y grandes trozos de culturas mundiales con colecciones de antigüedades orientales, griegas, etruscas, romanas, del Islam, lo cual se vuelve un potpurrí rococó, no dudo que sea poco decir que un investigador de la historia jurídica de la humanidad se sienta «desubicado» teniendo que ir al Louvre para ver el Código de Hammurabi. Pues imaginemos entonces cómo debe pesarle a los parisinos ser los tesoreros de tanta cosa propia y ajena. Sigo mirando la gente al pasar y me parece ver ciertas líneas de expresión en sus rostros que denotan un hastío cultural, un fastidio de que el mundo sea tan «ancho y ajeno» y ellos tengan que calarse ser el centro de gravedad ilustrativo, pero, ¿Qué más les queda? Sólo pueden alzar la nariz y seguir adelante con remarcado orgullo, y para aliviar la carga se valen de Louis Vuitton, Cartier, Hugo Boss, entre otros.

Para los parisinos el Esperanto es el francés.

Los parisinos son únicos. Una prueba es que a lo largo de todos los países de la Comunidad Económica Europea la mayoría de los avisos de tránsito, interés histórico, información turística, entre otros, están traducidos al ingles primero y a la lengua de los vecinos después (y no son pocos los vecinos fronterizos de Francia: España, Italia, Bélgica, Suiza, Alemania, y por mar el Reino Unido). Pero en Paris la mayoría de las indicaciones sólo están en francés ¿Son únicos o se creen únicos?
Innúmera es la literatura de latinoamericanos que narran sus vivencias en Paris, Julio Cortazar, Alfredo Bryce Echenique entre otros, que en los sesenta fueron “tocados” por el gusano comunista, y los otros que simplemente se dejaron llevar por la marea; pero dudo que actualmente un latinoamericano pueda pasar una temporada en Paris sin regresar de ella recordando el titulo de Rimbaud: “Una temporada en el infierno”. Y es que para el latinoamericano cuyo acervo cultural está formado ante todo por la hospitalidad, la amistad fácil y por sobre todo la disposición a tratar de entender la lengua de los forasteros, es casi inevitable que al regreso de su estancia en parís, asocien la torre Eiffel con la de Babel.

En casa de herrero cuchillo de palo.
En la cuna del perfume no es justamente un olor agradable el que inunda las calles, el metro, la muchedumbre parisina. De pronto mi esposa se detiene mientras caminábamos por Boulevard Saint-Germain y me pregunta: ¿Pepe L`amour es un zorrillo por ser francés? Imagínense qué estaría pensando u oliendo para haber tenido esa «revelación». A manera de chiste le respondí que para diferenciar los turistas de los autóctonos en París, hay que acentuar el olfato.

Análisis psico-escatológico de los parisienses
Por más alterado que pueda despertarse un día mi narcisismo jamás caería en la trampa de analizar la psicología de la ciudad de Lacan. Pero no puedo olvidar que el sentido de este blog y de cada uno de sus post es colocar un grano de arena en el análisis psicológico del ciudadano del mundo, así que trataré de cuidarme las espaldas refiriéndome a una minima partícula de la psicología parisina, esperando que así de mínimo sea el retruque, y esa mínima partícula a la que voy a referirme es el pedazo de vida que pasan los parisinos en el retrete.
Comencemos por algunos datos de la arquitectura doméstica.
Es sabido por todos que en las grandes ciudades la gente de clase media vive en apartamentos diminutos, pero a mi me da la impresión de que la definición de «diminuto» en París sea aún más diminuta. Dejemos que Paul Auster sea quien lo describa:
«La plaza Pinel, en el distrito trece, donde vivía S; era un barrio obrero, pero aun así uno de los últimos vestigios del viejo Paris, el Paris del cual se sigue hablando aunque haya dejado de existir. S. vivía en un lugar tan pequeño que entrar en él se convertía en un desafío, y daba la impresión de que la habitación se resistía a albergar a alguien más. Una sola persona llenaba la estancia; dos la volvían sofocante. Era imposible moverse en su interior si contraer el cuerpo hasta sus mínimas proporciones y la mente hasta su dimensión más infinitamente minúscula.» (“La invención de la soledad” – Paul Auster) Definitivamente París se presenta como una ciudad no apta para claustrofóbicos. Aprovecho para remarcar que en ese párrafo Auster se refería al París de 1965 y ya hablaba de «el Paris del cual se sigue hablando aunque haya dejado de existir», sí, quien antes ha leído sobre París, luego, al verlo, inevitablemente siente que tanto la ciudad como sus habitantes son un recuerdo melancólico de luces ya extintas.
Pero volviendo a nuestro análisis, ya marcamos lo estrecho del espacio, ahora veamos las consecuencias de esto en el retrete. Trataré de representar lo que fue ocurriendo con los retretes parisinos a partir de la crónica de uno de sus elementos utilitarios: el Bidet.
El Bidet nació en Francia, allí conoció su esplendor y también su decadencia. Fue inventado por el señor John Kennet Bidet, francés y parisino. Napoleón le dio un lugar destacado entre los elementos de su aseo personal. Sin embargo, su uso en Francia comenzó a descender a causa de las dimensiones de los baños cada vez más reducidos, y por la necesidad de ubicar el lavarropas arrancaron el bidet. Recordemos que en los países donde el invierno conlleva a que el aseo personal durante esa época sea en la mayoría de los casos semanal, este artefacto en forma de violín es altamente beneficioso sino indispensable, y por ello es muy utilizado en los países europeos especialmente en Grecia, Italia, España y Portugal. Como verán, la falta de espacio obligó a los inventores del Bidet a no usarlo.
Hemos ido viendo como se han reducido los espacios de los apartamentos y en consecuencia de los retretes, y a esto habría que sumarle la gran cantidad de apartamentos, habitaciones, hoteles, pensiones, que usan baños compartidos. Pero permanezcamos en la descripción de estos cuartos de aseo, la mayoría de los baños no miden más de dos metros cuadrados, y allí debe caber el lavabo, la ducha, el lavarropas, e imaginen cuanto espacio queda para el WC y la incomodidad inherente a su uso. Ahora me surge una duda ¿Será que esas líneas de expresión lánguida que me pareció observar en el semblante de los parisinos y que asocié con el peso cultural que cargaban en sus espaldas, en realidad eran marcas del sufrimiento por estreñimiento? Entiendo que ante tanta incomodidad en los retretes, el estreñimiento pueda ser una tentadora solución. Cuando nuestros amigos Parisinos lean esto espero que no se enojen mucho al comprobar que la motivación de pedirle que nos prestaran el baño en sus casas y apartamentos era la secreta investigación que llevábamos a cabo sobre los retretes de Paris; a esos amigos les digo que recuerden que en la ciencia igual que en el amor jamás hay que decir “lo siento”. C'est la vie. 


viernes, 19 de febrero de 2010

Consulta Portátil en Nápoles (1) Napoles era una fiesta

«Vedi Napoli e poi muori»
(«Ve Nápoles y luego muere»)

Yo creo que la sentencia amerita un ultimo significante que resignifica la frase: «di noia». «Vedi Napoli e poi muori di noia» («Ve Nápoles y luego muere de tedio»).
¿La razón? Nápoles es una ciudad absolutamente ilógica y por lo tanto muy humana, y ser “humano” consiste en buscarle sentido a la vida, y la alegría es inherente a la vida sensata. Nápoles es la alegría encarnada en ciudad, de haberlo permitido la historia, Hemingway habría escrito «Nápoles era una fiesta»; pero razones obvias le otorgaron el privilegio a Paris. Sin embargo queda un premio de consolación y es que la fiesta de Paris ya se acabó, mientras que Nápoles sigue festejando valientemente. Y el “valientemente” no es una errata, no puede ser menos que valiente la juerga constante que los napolitanos mantienen (a pesar de su fervor religioso-mágico y por ende el temor al pecado) a la sombra del Vesubio y a pasos de la Pompeya que les recuerda a cada momento la envidia de los dioses y la ira que en ellos desencadena la alegría humana. Los napolitanos no le temen al castigo volcánico porque con su alegría se sienten a su vez volcanes capaces de retar a las erupciones moralizantes. Y escribiendo esto me viene a la memoria una frase de Saramago en el libro “La balsa de piedra”: «El mundo de la alegría tiene su propio y diferente sol».
De tener el tiempo y la inspiración yo escribiría un ensayo intitulado: “Nápoles es una orgía antropo-geológica”.
A diferencia del norte de Italia, las mujeres napolitanas son muy femeniles y no por ello menos hacendosas, diligentes, sino simplemente más representativas de un rol genérico definido. Sofía Loren no podría haber sido sino romana criada en Nápoles.
Nápoles hace (por comparación) que el resto de Italia parezca tediosa.

Una ciudad hecha de gente

A diferencia de la mayoría de las ciudades italianas, Nápoles no brilla por su pomposidad arquitectónica, sus monumentos colosales o la fastuosidad de su riqueza. Nápoles es su gente, y es que el fervor expresivo del napolitano no deja cabida a nada más, su alma expansiva lo abarca todo con sus exclamaciones deslumbrantes, sus poesías cotidianas llenas de sustancia afectiva, su pasión por el canto arrabalero, la música festiva, el teatro hecho de sangre sudor y lágrimas, el chiste rápido, la lengua exaltada: un napolitano se expresa de tal manera que parece tres personas al mismo tiempo.
Todas las ciudades en que he visto hileras de edificios con la ropa tendida al sol en los balcones me han dejado una impresión de descuido, pobreza de bolsillo y de alma, una desazón ciudadana. En cambio en Nápoles, la ropa tendida al sol en todos los edificios de una calle (y así en la mayoría de las calles) es parte de la cultura y la sensación resultante es la de estar disfrutando de un pintoresco cuadro Naif. Nápoles es una ciudad hecha de gente y su gente está hecha de adjetivos.

El napolitano social

Un napolitano me comentó:
«La facilitá d'aproccio fa paura a la persona secca, fredda del norte, che forse é solo tímida, é cosí l'aproccio rappresenta espontaneitá e valentía» («La facilidad de acercamiento da miedo a la persona seca y fría del norte, que tal vez es sólo tímida, así el acercamiento representa espontaneidad y valentía»)

A Napoli non si e stati se non si mangia a Nennella.
(A Nápoles no se ha estado si no se come donde Nennella)

Nennella, ícono de la napoletanitá
En Nápoles (más que en cualquier parte de Italia) no son los tragos el pretexto de reunión entre amigos sino la comida, y si es buena y barata mejor (a diferencia de los italianos del norte, los napolitanos no se avergüenzan de regatear). Siguiendo con la licencia hemingwayana que me permití en este post, se me ocurre que en Nápoles lo flemático del Harry's Bar de Hemingway se trasmuta en un ambiente de exclamaciones altisonantes, espontaneidad, amistad fácil, «gioia d'esser vivo», toda una explosión de alegría capaz de derretir la roca basáltica (sin miedos a represalias vesuvianas). Y es que hasta en esto la diferencia, entre el “Paris era una fiesta” y el hipotético libro que pudiera haber escrito Hemingway sobre Nápoles, la marca el paso del tiempo: en los Harry's Bar actuales un sórdido whisky cuesta 20 euros mientras en la trattoría Nennella una abundante y suculenta cena para dos con un litro de vino de la casa cuesta lo mismo ¡Cuanta falta le hace a cada lugar del mundo un Nápoles!

¿Recitando? en Nennella

En la anatomía italiana Milano es el cerebro; Florencia y Bologna, en el tórax, son sus pulmones; y (tal vez un poco desalineados en el mapa) Roma es su indiscutible corazón y Nápoles el hígado del sistema visceral italiano. Innumerables estudios y leyendas han relacionado al hígado con la envidia, y decisivamente Nápoles es el centro italiano de la envidia; aunque está en discusión la dirección de la misma: los italianos del norte dirán que Nápoles los envidia; los napolitanos dicen ser la envidia del mundo. Bueno, en cualquier caso, es natural que todo hígado esté acompañado de la bilis.
Napoli desde la costa, desde el casteldell'ovo

Consulta Portátil en Figueras (con Dalí)














El narcisismo valiente
¿Quién no tiene su talón de Aquiles?
Mi lado más débil es el lado fuerte de quienes admiro. Cuando leí «Diario de un genio», me impactó el parrafo con el que Salvador Dalí definía su vida:

«Cada mañana, al despertarme, experimento un placer supremo del que hasta hoy no me he dado del todo cuenta: el de ser Salvador Dalí, y me pregunto maravillado, qué cosa maravillosa le reserva el día a Salvador Dalí. Y se me hace siempre más difícil comprender cómo los demás pueden vivir sin ser Gala o Salvador Dalí».
(DIARIO DE UN GENIO. Salvador Dalí.
Tusquets editores. 1983. Pág. 123)
No se ha escrito frase más humilde en el mundo.
La prepotencia es tratar de ser otro.
Las quimeras son espejismos de lo que no se es.
No hay acto más humilde que querer ser uno y nada más que uno.
El superhombre nietzscheano es puro blabla ante la convicción Dalí.
Yo no lo he logrado. Mis respetos a quien si.
¡Que grande sería poderme imaginar grande con sólo ser yo!
¡Qué grande sería tenerme a mí mismo como meta!
¡Grande Salvador Dalí!


Toda ofrenda
es para uno mismo
Llegar a Figueras, llegar a donde él nació y decidió armar su propio museo, no podía haber sido de otra manera que como fue: una ofrenda. Y aunque tengo poca práctica en esto de ofrendar, algo me decía que una ofrenda no es tal cosa, si no se está desconectado de lo demás porque: toda ofrenda es para uno mismo. Aprovecho para disculparme con los pacientes que por aquellos días tenía que atender por Skype; pero llegando a Figueras, con la expectativa de ver a Dalí, solo había una voz que dirigía mi voluntad, y decía: No estás para nadie más.
Y es que no estar para nadie es estar para uno mismo, y es que admirar a alguien es un atisbo de lo que uno quisiera ser, y esto que digo nada tiene que ver con la envidia: la admiración nos libera de toda confrontación. Eso fue lo que aprendí de Dalí, o mejor dicho, de mi admiración hacía él: que si cada quien tuviera algo que ser admirado por cada cual, no existirían las guerras.

En Figueras con Dalí
Estoy en Figueras, en el Museo Dalí, que con justicia se le llama: «el mayor objeto surrealista del mundo», porque no sólo ocupa el edificio del antiguo Teatro Municipal, (construcción del siglo XIX destruido al final de la Guerra Civil, y sobre cuyas ruinas Dalí decidió crear su museo), sino que toda la ciudad de Figueras ha sido absorbida por su magia, cada calle es un vaso capilar del sistema sanguíneo del artista, los árboles, las plazas y plazoletas parecen prolongaciones de su moustache. Figueras es un lugar para quedarse a respirar el aire de complicidad entre los habitantes y su héroe, necesitaré varios días para dar riendas sueltas al placer de adivinar lo que no fui.
¡Grande Salvador Dalí!

Consulta Portátil en Venecia











Aclaratoria
Cuando sentí que debía saldar de alguna manera mi deuda con el lago de Maracaibo, con Venezuela, con el trópico caribe por lo años vividos allí, pensé en escribirle algo, y ante la pregunta de qué y cómo lo escribiría, el esquema se me presentó tajante y definitivo:
1) Mi convicción como ciudadano del mundo no me permitiría la exclusión geográfica refiriéndome sólo al lago de Maracaibo. En otras palabras: debía hablar del lago sin excluir al resto de Venezuela y el caribe, pero al mismo tiempo no debía mencionarlos directamente.
2) Mi pasión por la biografía y el realismo no me permitiría fabular más de tanto, debía hablar de mis vivencias venezolanas.
3) La sangre veneciana que corre por mis venas marcó la pauta, y no podía ser de otra manera porque «coincidencialmente» Venezuela proviene de una referencia a Venecia, por el asunto sabido de que Américo Vespucio asoció los palafitos del lago de Maracaibo con sus recuerdos de Venecia, y es sabido que no hay tema literario más valioso que el de las coincidencias. Por ello decidí resolver el punto 1 y 2 ubicando los eventos en un pueblo palafitico, y así nació «San Mateo de Agua».
4) Y por ultimo, tratando de ser realista y conciente de que la memoria no es fiable, estaba claro que no debía escribir sobre anécdotas y mucho menos hacer una biografía. Así se fueron gestando las «Crónicas del Caribe» que no podían ser otra cosa que cuentos (porque recordar no es revivir, apenas es echar el cuento) sobre personas que vivían en un pueblo palafitico a orillas del lago de Maracaibo, descendientes todos de aquella ocurrencia de Américo.
Esta introducción tiene la finalidad de alertar que todo lo que de Venecia diga pudiera estar «tocado» por mi ascendencia.
A quien le moleste la subjetividad tiene la libertad de dejar de prestarle atención a este post, pero a quien logra disfrutar del misterioso placer de descifrar en un escrito lo que de real hay entre lo que el autor narra, para ellos escribo las próximas líneas sobre Venecia.

Para quienes el romanticismo no es un souvenir turístico.

Imperdonable es el error de quien pretende visitar Venecia en dos o tres días. De la carrera sólo queda el cansancio, pero además es ridículo estar apurado en un lugar que se mueve a ritmo de laguna.
Venecia se ofrece en cuerpo y alma en los momentos de menor afluencia turística, yo la he conocido en primavera, a mediados de otoño y en pleno invierno y me quedo con esta última temporada, el agua alta y el frío que corre a los turistas hacen a Venecia inolvidable, Venecia sin turistas es viento de otras épocas.
Todos tenemos varios pasados, el propio, el familiar, el que de común compartimos con la humanidad, el genético, el evolutivo, en Venecia se respira un pasado transcultural, su fusión entre occidente y oriente todavía está presente en el aire.
Venecia transpira secretos, lujuria, expiaciones, desenfreno, herejías, vida desenfrenada pero por sobre todo un gran gusto por el placer estético.
En Venecia no hay ningún lugar donde ir, porque a diferencia de otras ciudades muy turísticas, Venecia no tiene centros de atracciones, ella misma es la atracción principal.
La gran laguna veneciana fue caldo de cultivo de extraordinarios engendros que van desde la política y la jurisprudencia, pasando por las bellas artes, hasta al ocio frenético del carnaval, pero aún así, Venecia no ha dado lo que puede dar, flotando en los líquidos amnióticos de la laguna madre Venecia es una ciudad nonata, todavía en gestación, esperando el momento justo para nacer. No faltará quien juzgue que la metáfora anterior es completamente disparatada, porque de Venecia se habla de su desaparición, de su destino de Atlantis, me replicarán ¿Cómo se le ocurre decir de Venecia que está por nacer cuando ya no tiene espacio para crecer, y sus construcciones amenazan con derrumbarse? Es justamente esto lo que hace posible la visión de una Venecia a punto de reventar a la vida, el neonato sólo puede nacer sano si lo hace cuando está listo, cuando ya el útero no lo contiene más, cuando está completo, cuando el líquido se le acaba. Pero salgámonos del ámbito especulativo e imaginario y pongamos un pie en la tierra firme de la realidad para confirmar lo dicho: pronto, muy pronto un muro de contención rodeará a Venecia, y cuando esté listo, no solamente el agua alta dejará de ser una amenaza, sino además habrá otras zonas donde crecer y mostrar un nuevo esplendor. Lo vuelvo a decir sin temor a exageración: Venecia está por nacer.

El Carnaval de la vida
Conocimos gente que trabaja todo el año en espera del Carnaval. Saber que hay gente que vive del carnaval y para el carnaval, ensancha la capacidad de mis pulmones, me quita toda angustia, el mundo se me vislumbra más grande de lo que es porque me revela que las alternativas de la vida humana son infinitas. Le expongo a mi esposa que quisiera vivir dos años en Venecia, tal vez al frente de una fábrica de máscaras de papel maché, vivir para el Carnaval. Ella me mira, se sonríe y me responde:
- «Con una condición: Yo me encargo de la fábrica y tú sólo escribes.»
- «¡Trato hecho!»

Consulta Portátil en Italia del norte

El norte de Italia
El «norte» en Italia no es un punto cardinal. El norte (cuyas provincias en conjunto las llaman Padania) para los italianos sirve como referencia de otra cosa, como «adjetivo psicológico», un laudo caracterial exclusivo de sus habitantes.
El norte significa adicción al trabajo por sobre todas las cosas, frialdad en lo afectivo a pesar de todas las tentaciones, organización en lo social con su consecuente tendencia a la individualidad, ecuanimidad en lo emotivo con el aburrimiento correspondiente.
A ver, intentaré definirlo con una metáfora femenina: la Padania es una hermosa mujer de exasperantes formas voluptuosas reprimida en una histeria frívola y estéril.
O con una metáfora masculina: el norte es frío, la nieve es blanca, y el blanco es la ausencia de color, el norte italiano se presenta como un pulcro, ordenado, bien hecho lienzo blanco, de un blanco blanquísimo, inmaculado, extraordinario, carente de color.
¿O será mejor intentar explicarlo por la calificación del adjetivo? El norte italiano visto como adjetivo psicológico es: sentir que los demás italianos no tienen derecho de serlo; ser nórdico significa mostrase altamente escrupuloso al tiempo que se envidia en silencio las libertades ajenas. Intentaré platicarles sobre esa procesión que llevan por dentro.

El norte workaholic

Si no se anda con cuidado en las provincias del norte te pueden convencer rápidamente de que ser workaholic es la quinta esencia de la vida y hacerte olvidar fácilmente que toda acción humana, y en especial las maniáticas, son una forma de evasión. Creo justo enfatizar que hablo del trabajo como elección de vida y no como abuso del amo sobre el esclavo, como lo deja entrever Javier Marías en una entrevista del Clarín de Buenos Aires:
«Hablo con mis amistades de toda España, y todos están igual, tengan el trabajo que tengan o cobren mucho o poco: no paran, no tienen tiempo de nada, trabajan sin cesar y cada vez les cunde menos. Amplían sus jornadas no para ganar más sino para dar abasto al trabajo diario. Apenas tienen ocio y están permanentemente agotadas, medio enfermas o desquiciadas. Es el gran mal de nuestros días. Las personas que están hoy a sueldo se desloman como no se había visto en los últimos 40 años. Es la opresión más grande que vive la gente corriente.»
El workaholismo en el norte italiano es otra cosa, más que una opresión tiene visos de morboso masoquismo.
Y al masoquista sólo le importa su dolor. En el ambiente veneto, lombardo, piemontese y sobre todo friulano, la empatía se eclipsa, el ámbito del otro desaparece haciéndose irreal, por lo tanto cada individuo también se siente irreal y sólo logran vivir sintiendo que son actores de una frívola epopeya: fabricar, producir, hacer, deshacer y volver a reconstruir, sísifos impenitentes, los italianos del norte se consideran la gente más «progresista» que hay y tal vez por ello sientan el derecho de pensar que el resto de los italianos no merecen llamarse gente. Quien sabe, tal vez tengan razón, tal vez al resto sólo le quede llamarse Giuseppe, Alfredo o Giovanni.
Al lector odioso que sólo está buscando por dónde demostrar que sólo él tiene la capacidad de observar y opinar sobre el mundo (y que por esa razón no escribe, porque sino qué quedaría para los demás), a ése que en este momento está pensando que la diferencia entre norte y sur está presente en cada continente, en cada país y hasta en cada región y pueblo, le remarco que sólo estoy hablando del norte de Italia, y específicamente en el sentido de “adjetivo psicológico” de “rasgo cultural”, lo cual no contrasta con lo dicho sobre la “Milán terapéutica” de la que hablamos en la reflexión dedicada en este blog a esa ciudad norteña. En otras palabras, ni me inspira ni tengo tiempo de analizar en qué otros nortes se cumple las misma características. Nuestra Consulta Portátil viaja para conocer a la gente, para aprender de los demás algo que sea bueno para nosotros, así que vayamos a lo nuestro y sigamos hablando de este gentilicio tan particular que son los «polentones» del norte de Italia.

El hombre del norte de Italia
El descendiente de Casanova, resulta que hoy en día es un hombre habitualmente soltero, huraño, dispuesto a chistes misóginos, y muchos de ellos viven con sus padres «hasta que la muerte los separe». Al obsérvalos parecen empecinados en esconder detrás del workaholismo sus necesidades afectivas. Muchas y evidentes son las pruebas de la frustración de este hombre ante la emancipación femenina. La mujer liberada del norte italiano se ha vuelto « exigente» y de ser «respetada» a pasado a ser «temida», tanto que el onanismo es una alternativa más segura ante el riesgo de caer en la temida figura del «macho dominado», porque así como hay una gran cantidad de hombres que no logran formar pareja y en promedio pasan años sin una relación sexual (y son los principales clientes del turismo sexual cubano), así mismo en los que se casan se nota la figura de bajo perfil del hombre temeroso y esclavizado en su condición de esposo por confundir el significado de «amor» con el de «miedo a la soledad».
Muy probablemente estas observaciones no tengan valor alguno o suenen peyorativas para quien vive en el norte europeo, pero son una referencia por lo mas educativa y premonitoria para el hombre latinoamericano. El otrora latín lover italiano se ha quedado solo.
En los restaurantes es común ver una mesa con una veintena de hombres bebiendo y burlándose uno de otro con chistes verdes (un lugar común es bromear imitando actitudes femeninas u homosexuales), al tiempo que en la otra esquina del mismo restaurante hay una mesa de mujeres. Al ver aquello se siente en el aire la división de bandos y sus actitudes me hacen pensar en bandos contrarios, irreconciliables y entonces el restaurante se me presenta como un ring de boxeo donde el «cross a la mandíbula» es sustituido por la indiferencia.
Aclaro que no digo “todos” los hombres, pero el fenómeno es tan frecuente que vale la pena remarcarlo. Un colega terapeuta que vive en Piemonte asiente reflexivamente cuando le hago estos comentarios, el colega tiene sesenta años, está casado y reconoce que se casó antes de estos cambios culturales y me dice:
«…muy probablemente si yo tuviese hoy día 35 años, no tendría pareja y viajaría cada vez que pudiera a Tailandia o a Cuba para saciar con sexo pagado la larga abstinencia, bueno, a lo mejor me hubiera casado con una cubana, conozco quien lo ha hecho, viajó a Cuba con la intención de regresar casado, y lo hizo en 15 días, y además sé de muchos que sueñan con eso».

Para muestra: un hijo
Pero antes dijimos que la Padania era una hembra frondosa de esas que con sólo mirarlas quedan embarazadas, y así el norte de Italia se embarazó y parió a un digno engendro representante de su idiosincrasia: Umberto Bossi. El vástago no podía ser más representativo, un tipo que quiso ser médico pero no pudo, luego intentó ser cantante y grabó un disco bajo el pseudónimo de “Donato” que como nombre artístico es muy representativo del narcisismo nórdico, “Donato” viene del latín y significa “regalo de dios” (una cosa es que los padres sientan a su hijo como un don de dios, y otra muy diferente es que alguien se autodenomine así). Debe ser toda una experiencia particular creerse un regalo de Dios a la humanidad. Pero buscando lo que de «psicológico» tenga de interesante el engendro de la Padania, vemos que este «Boss» después de varios intentos fallidos de ser «alguien» decide ser un «político» y promulgar su proyecto de secesión de la Italia del Norte, o sea, de separar la Padania de esos otros bichos que no merecen llamarse italianos.
Quien me conoce sabe que no me inspiran las cuestiones políticas, la única razón por la que mencioné a Bossi es por ser tan representativo de este tipo de hombres que creen tener a Dios agarrado por las que no le hacen falta; que creen ser amo de la verdad y que en el fondo esconden realidades inconfesables, en el caso de Bossi, la de ser un cantante frustrado, un bohemio venido a menos por su incongruencia dentro de una sociedad workaholica y, frustrado, no le queda más que arremeter contra los demás acusándolos de sanguijuelas, (tal vez Freud diría que esta actitud del “Donato venido a menos que acusa a los demás de sanguijuelas” sea una venganza proveniente de cuando su compañera en el 1979 le dio un ultimátum: tenía que tener un trabajo fijo para mantener la familia o ella se separaría, y en el 1982 Gigliola Guidali se separa de él, por vago). Pienso que es muy posible y altamente probable que Bossi, durante las siestas entre reunión y reunión con Berlusconi, sueñe con ser rufián de un lupanar en Cuba.

La mujer padana

Me disculpo de antemano por lo que voy a decir, pero no puedo dejar de comentarlo: «Las mujeres del norte de Italia inspiran miedo»
Sí, miedo. Aunque no estoy seguro si la sensación resulta de una «irradiación castradora» emitida por ellas o por el contagio con el temor que le tienen los mismos italianos del norte.
Las «mujeres polentonas» tal vez sean el estandarte de la emancipación femenina, pero el precio que me parece que pagaron es la pérdida de mucho de lo que se llama femineidad. Las mujeres se han emancipado en todo el mundo y todos, hombres y mujeres debemos estar orgullosos de ello. Pero algo más pasó con la mujer de Italia del Norte, algo se fue más allá.
Quiero aclarar que cuando digo que pagaron el precio de perder algo de su femineidad, no me refiero a que ahora sean hombrunas ni mucho menos, al contrario, como en cualquier lugar del mundo el cuidado por la belleza femenina ha sobrepasado también allí el límite impuesto por la naturaleza y lo que no pueden hacer las dietas o el gimnasio lo hace la cirugía implantando lo que esté en falta y suplantando lo que sobre. Pero he aquí un detalle simbólico de lo que quiero decir:
En Venezuela una mujer sometida a mamoplastia y demás portentos plásticos se le llama «hembrón», evidente superlativo de «hembra».
En Argentina se le dice «minón», superlativo de «mina» que a su vez es un diminutivo de «fémina».
Pero en Lombardía, en Piemonte y en el Véneto pude escuchar repetidas veces llamarlas «Robocop», por aquello de ser reconstruidas como el personaje de la historieta; pero ¡Robocop es macho! Espero que este simbolismo logre rendir la idea de lo que trato de explicar.

Lo que el viento se llevó

Hace unos años, sentados en un café de Buenos Aires mirando la gente pasar, mi esposa me hizo notar la gran cantidad de parejas de tercera edad que iban de la mano o abrazados (ambos somos creyentes de que la perduración del afecto en el tiempo es la meta común más valiosa que una pareja pueda compartir). Desde entonces creamos el hábito de observar a las parejas de jubilados en cada lugar que visitamos con la esperanza romántica de reconfirmar la longevidad del amor.
Al escribir esto le pedí a mi esposa que tratáramos de recordar situaciones en las que hayamos visto expresiones de afecto espontáneo entre personas de la tercera edad (que no son pocas en Italia) durante nuestra estadía en las provincias de la Padania y no pudimos recordar ninguna. Ciertamente las habrían, pero no tan comúnmente como para que las notáramos.
No es difícil imaginar que en una cultura donde se vale por lo que se produce, se des-precie a quien pierda el vigor del trabajo, y si le sumamos a eso el culto por el individualismo y la que parece cada vez más frecuente tendencia a preferir quedarse solos que a cultivar el valor de pareja, es fácil imaginar que los jubilados norteños italianos no tiendan a pasearse abrazados o agarrados de la mano con sus parejas. Ahora recuerdo la repetida imagen de ancianas solas con su bolsa de mercado y de veteranos en una esquina hablando con alguien. Hay muchos viejos en Italia, pero no emparejados.
Escribiendo lo anterior me viene a la mente otra idea: entre aquella gente que se queja de todo a pesar de que todo funciona bien, las pocas veces que alguien reconocía que el sistema social era eficiente solían dar como referencia positiva los hospicios para la gente de la tercera edad, lo cómodos que son y lo bien equipados que están. Hay que reconocer que esta gente no improvisa y por ello tiene bien prevista la soledad en la vejez.

Tips de esos que sólo entienden los caribeños.
Después de la publicación del “Amor en los tiempos del cólera” leí en alguna parte, o tal vez lo dijo el propio Márquez, que «Los europeos no pueden entender la forma de amar del Caribe». Nunca olvidaré como esa sentencia me cacheteó dejándome una impronta de revelación. Y en honor a ello he pensado que sería apropiado que la Consulta Portátil, en sus reseñas peregrinas, tuviera un espacio para comentarios dirigidos a los caribeños.
Hoy comienzo estos Tips puntuales como «pasapalos» que espero sean más alegres que tristes.

1) En el norte de Italia escuché repetidas veces a niños pequeños dirigirse a sus padres llamándolos por el nombre de pila. Imaginen a un pitufo de cinco años diciéndole al padre grande como una mole: «Aldo, quiero helado»; o refiriéndose a su mamá: «Es que Silvia no me quiere comprar el celular». Me reservo el juicio de valor sobre esto.

2) Estuve de visita en la Academia de unos amigos artistas en Besozzo (ciudad a una hora de Milano), allí colaboramos en el concierto de fin de año de la Academia de música, fue un evento íntimo, los alumnos tocaban ante un publico casi enteramente compuesto de amigos y familiares (la mayoría gente del centro de investigaciones de Ispra, gente que (literalmente) tienen en sus manos el futuro del planeta. El maestro Dipietro me contaba sus apreciaciones sobre las nuevas generaciones de alumnos, y afligido comentó: «Una de las cosas más preocupantes que veo es que los niños se están volviendo seres incontrolables por sus padres, los niños mandan, y lo que es realmente espantoso es que se creen con derecho a mandar en su casa».

3) En una estación de trenes escuché un hombre que imprecaba: «Ya no se puede soportar la desidia de este gobierno. Los trenes llegan a la hora que les da la gana» (gritaba esto mientras llegaba el tren en cuestión con tres (3) minutos de retraso). ¿Será por eso que esta gente es de pocos amigos? Digo, si todo es tan puntual, ¿en qué rato de espera se conoce a alguien?

4) En fin, pareciera que el dicho que tanto se usa entre los que vivimos en la tierra tropical de América, hubiera sido hecho para la gente de la Padania: «¡Vas pál cielo y vas llorando!»

5) Un paciente originario de Castel Franco (Veneto) que vive en Cabimas (Zulia – Venezuela) opina así de la familia que se quedó en Italia y que son industriales: «Allá sólo van y van, van y van, trabajo y más trabajo. Por nada se detienen, mi tío tiene cinco hijos que viven en su casa y se ven 3 o 4 veces al año. Lo extraordinario es que mi tío en vacaciones viene a Venezuela, mi madre es su hermana mayor, dice que acá se siente demasiado bien, sólo por estar en casa con la familia, dice que reencuentra algo perdido de su pasado, otros valores. Pudiendo ir a cualquier parte del mundo, prefiere venir a este pueblo forajido, imagínese»