viernes, 6 de mayo de 2016

Consulta Portátil en el Condado de Coconino. Sobre la Gata loca o El Amor a Golpes.


Liseth y Mario Fattorello
(Corto animado en homenaje a George Herriman a más de cien años de la creación de Krazy Katz)



LA GATA LOCA
La gata loca, ama a muerte con el amor de una hembra dispuesta a dar todo por el todo, a pesar de todos los ladrillos, que su Ignacio amado le lanza por la testa.
Ya nadie se pregunta por qué la gata loca sigue enamorada del ratón que la desnuca, en el imaginario colectivo es sabido que no ama a pesar de los golpes sino porque no le duele la nuca. La gata loca no es masoquista ni alfarera, no le gustan los golpes ni los ladrillos, simplemente está ciega e Ignacio es su perro lazarillo.  Amor de albañilería, cosas de ratería.
Sin embargo, a riesgo de caer pesado, me propuse reabrir el expediente del caso que para todos esta cerrado ¿Cuál es el secreto del amor a pedradas? ¿Por qué de Ignacio la gata sigue enamorada a pesar de ser maltratada?
Al misterio conviene entrarle por su aspecto más extraordinario, Ignacio es un ratón, animal hacia el que los gatos sienten especial animadversión, y cuya única atracción debiera ser la que siente un comensal hacia un platillo a la provenzal, por lo que, no pudiéramos empezar sin habernos antes preguntado, ¿Cómo puede alguien, de su almuerzo estar enamorado?
Este fenómeno parece indicar que la gata ha dejado de ser minina, que ha perdido su esencia felina, que se ha traspapelado a sí misma para transformarse en otra cosa, ignoramos en quién y muy probablemente lo ignore ella también.
Mario y Liseth Fattorello

LA AUTOMUTILACIÓN
Solamente habiéndose mutilado de todo valor personal, se puede idealizar a alguien o algo hasta lo irracional. La idealización es consecuencia de un bajón de la propia estimación. Al sentir que no se vale nada, la premura por salvar la autoestima desesperada, obliga a buscar pronto algo importante que le cambie el semblante… y a lo primero que se cruce por el camino, como si fuera un tesoro tasará su peso en oro. El amor a primera vista no tiene ciencia, siempre es consecuencia de una carencia. Y a la gata loca se le cruzó en la vía, un ratón de alfarería.
Por cabeza dura la minina se mutiló de su estirpe felina, olvidando su instinto cazador al enamorarse de un roedor, y es este descalabro del amor propio, lo que le hace confundir el hambre con el amor, un retorcijón de estómago con la excitación, una jaqueca post ladrillazo con el fervor y la pasión, a Don Gato con un ratón.
Ignacio versión Don Gato
No menos extraña es la actitud del ratón que aun despreciando a la gata sin dignidad, no puede evitar la tentación de someterla a su voluntad, y de avivarle la esperanza nunca ha dejado, para obtener un valor agregado: una esclava. La gata loca dispuesta está a acatar del ratón todas las órdenes que le da, mientras él la usa como herramienta para alcanzar otros bienes en la cotidianidad. La gata loca de atar presta está a sus medias bordar, su ropa lavar, el mascarpone agitar y la raclette armar además de poner la mesa en su santo lugar, para que luego, cuando ya no le venga bien, el ratón le lance un adobe de arcilla a la sien, al mejor estilo amo -esclavo, del siglo cien.
Gata loca esclava
Y en su actitud de abnegada devota, la gata seguirá vaciándose como una alcancía rota. Al tiempo que, en proporción, ve cómo se aquilata el ratón, que como un banco suizo se levanta ante sus ojos hipnotizados, lavando dinero sucio por ella refregado. Y así la gata, moneda a moneda pierde sus capitales hasta quedar engatusada con su amado banquero roedor que, teniéndola hipotecada, sube de cargo en la Bolsa de Valor, ascendiendo a gerente de aquel amor.
Al final la historia rutina se volverá, el ratón a la gata cada vez más esclavizará, mientras ella le estará agradecida por verlo como un ratón altruista que le presta atención a una gata desprovista. Él seguirá tirándole adobes a la sien, y ella seguirá amándolo a fuerza de acetaminofén , y así continuará hasta que la muerte los separe o, hasta que a él le dé la gana, o, en esta coyuntura, hasta que ella deje de ser… de sí misma una caricatura… Pero…No se entusiasmen demasiado mininas.
Ignacio con autoestima de dominóTambién es cierto que sólo un ratón con la autoestima por el piso mantendría una relación con una especie odiada. Ignacio no parece haber cultivado nada que le haga la vida holgada, anda por ahí como un roedor anodino que termina más veces en la cárcel de las que mereciera cualquier político vecino. Ignacio denota una autoestima de pacotilla y a toda gata que se respete no debe dolerle como astilla que lo que a la gata no hacer se aconseja, vale para el ratón como moraleja.
Otra sería la historia si ambos personajes, antes de buscar pareja, a cultivar valores propios se hubiesen dedicado sin ambages. Así, de seguro, en una relación de intercambio de valores probados, del consorte apropiado, se habrían enamorado…




viernes, 20 de noviembre de 2015

EN VENEZUELA Y EL VATICANO, SOBRE LA APOLOGÍA A LA POBREZA (o sobre el argumentum ad lazarum)


El argumentum ad lazarum es una falacia que propone que la pobreza dota de méritos extraordinarios a los pobres. También es usado para hacer creer que el pobre lo es por falta de malas intenciones. El cristianismo está lleno de estos argumentos.
Para no pecar de rebuscado, utilizaré como ejemplos de argumentum ad lazarum los que pone la Wikipedia: 

«—Los monjes han hecho votos de pobreza. Seguramente gracias a ello han obtenido una iluminación especial que los hace más sabios.
—En una discusión entre empresarios y obreros hay que dar la razón a los obreros porque son más pobres.
—Este político se ha bajado el sueldo, por tanto seguro que lo que dice es correcto».

Tomando un atajo, pudiéramos decir que todo «argumentum ad lazarum» se traduce más o menos de la misma manera: «si es pobre, es bueno».
Supongo que esta falacia se sostiene en el imaginario colectivo debido a que se piensa que alguien, por ser pobre, no es una amenaza. Y esto pareciera ser realmente así para aquellos que ostentan el poder, debido a que las herramientas necesarias para amenazar al «PODER» están muy a trasmano para los pobres. Y pareciera ser ésa la principal causa por la que el poder los utiliza (a los pobres) como escapulario ajeno para ganar indulgencia. Al poder por el poder mismo no le interesa otra cosa que cuidar su empoderamiento, y ante esta prerrogativa le resultaría riesgoso asociarse con quien tenga las cualidades necesarias para ser tentado a quitarle el poder. Por ello el poder utiliza a los pobres como justificación, como razón de ser y como soldados que, por su condición, aceptan mantenerse firmes en la intemperie a extramuros del castillo, para defender el trono del poder que ellos no ambicionan por saberse limitados en su condición de pobres. Para el poderoso el pobre es definitivamente conveniente.
En países comunistoides como Venezuela, los poderosos son grandes consumidores de pobres, y utilizan eufemismos altisonantes para contentar a la pobreza, uno de los más rimbombantes es el de nombrar a los pobres como «el soberano», aunque este calificativo es utilizado sólo en discursos de especial esplendor o cuando quienes ostentan el poder amanecen con una excepcional euforia digna de un estreñido que tiene éxito después de una semana de fracasos, para el resto de los días tienen un diccionario entero de eufemismos para el ensalzamiento cotidiano de la pobreza, y entre ellos el más frecuentemente utilizado, casi como la ropa de andar por casa, es el de llamar a los pobres «el pueblo» con un acento retórico que deja entender que sólo es «pueblo» quien ostenta la categoría de «pobre». Y aquí entramos a una de las paradojas del poder: el pobre es admirado por ser pobre, pero a su vez se le manipula ofreciéndole una esperanza de cambiar su condición de pobre, y esta esperanza está basada en la eliminación de los que no son pobres, los cuales por antinomia son denominados «ricos» y satanizados como los culpables de la pobreza. En estas últimas palabras ya vemos otra paradoja: la pobreza es admirable pero son detestables las causas de la misma. Sin embargo estas paradojas sólo deben preocupar al pobre mismo, que al imaginarse un futuro donde ya no sea pobre perdería la admiración de los poderosos y pasaría a formar filas de los detestables «ricos» que a su vez generarían los pobres que pasarían a ocupar el lugar perdido de admiración de los primeros. Sospecho que es muy poco probable que algún pobre no quiera cambiar su condición para seguir ostentando la admiración de los poderosos, pero en asuntos de probabilidades todo es posible. Lo que sí parece claro es que estas paradojas no perturban al poder, a quien le basta con no cumplir con las esperanzas prometidas para que los pobres sigan gozando de su privilegio de ser «pueblo soberano».
Pero resulta aún más interesante que la ilusión de que los pobres no sean peligrosos (ilusión que se desdibuja fácilmente al ver que los barrios de pobreza son los focos de mayor peligrosidad, violencia y delincuencia en la sociedad), contagia en el error al resto de la población, aquellos que sin ser financieramente pobres no ostentan mayor poder y son víctimas de la delincuencia antes mencionada. Supongo que en gran parte este fenómeno provenga de lo conveniente que resulta a todos tener una excusa multiuso a la mano, y para ello no viene nada mal un argumentum ad lazarum guardado bajo la manga para usar como último recurso al ser pillados infraganti y desprevenidos: «Entiéndanme ¡soy pobre!».






El argumentum ad lazarum parece estar arraigado en la cultura venezolana que es gran consumidora del pensamiento mágico y por lo tanto de brujerías, espiritismos, leedores de tabacos, médiums, y una larga serie de privilegiados comunicadores sociales con el más allá, que, sustentan gran parte de su credibilidad en la pobreza en la que viven y ejercen su profesión mesiánica. Brujo que se respete atiende a sus clientes en un rancho de latas con piso de tierra, orinal «detrás de la mata», letrina de campo y aguas servidas que encharcan los alrededores evaporándose en un particular hedor sulfuroso que le pone la guinda al ambiente de pobreza que le otorga credibilidad mágica a las buenas intenciones del curandero espiritual. Según mis cálculos, el 80 por ciento de los venezolanos ha acudido en algún momento a las artes mágicas de estos pordioseros mendicantes de ayudas sobrenaturales. En el imaginario colectivo del venezolano, un brujo rico no es confiable. Los políticos venezolanos son grandes consumidores de brujería, por ello, lo primero que hacen al ascender al poder es rebajarse el sueldo. Y como la brujería está emparentada con la religión (aunque mantengan peleas de familia), es lógico que los poderes mágicos sean más poderosos y más mágicos cuanto más pobre sea el brujo porque en algún escrito, de esos que apetecen leer sus primo hermanos, los curas, reza que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Debo confesar que este asunto me ha hecho imaginar al reino de los cielos como un gran barrio de extrema pobreza, porque de lo contrario, sería una paradoja de tal magnitud que no habría falacia que pudiera sustentarla. Y supongo, que en el fondo, el argumentum ad lazarum debe gran parte de su popularidad a esta visión de la vida después de la muerte. No tendría sentido vivir la vida tratando de enriquecerse si ésta no es más que un entrenamiento para la vida del más allá en los miserables ranchos ya descritos.

Y a pesar de correr el riesgo de que me juzguen de ingenuo, quiero suponer que las noticias que leemos en estos días en el Vatileaks, han sido mal interpretadas por mentes enfermizas que suponen que ciertos monseñores del Vaticano se hicieron del dinero destinado a los pobres comprando edificios de lujo y armando burdeles de cinco estrellas para beneficio personal. Siendo (para mí), bien otra la realidad, en la que, por abnegación espiritual, cardenales y obispos se deshicieron del dinero de la caridad para que los pobres no perdieran su potestad y pudieran seguir su camino hacia el cielo de ranchos de latas y sulfurosas aguas servidas; e hicieron todo esto donando el dinero a instituciones inocuas para las almas castas, porque burdeles para ricos sólo pueden extraviar más por el mal camino a quienes ya están perdidos, y por esto me asombra que la crítica principal se dirija a la suntuosidad, al lujo y alto precio de las propiedades compradas por los monseñores ¿es que acaso no está a la vista lo diferente que habría sido si ese dinero hubiera sido invertido en burdeles de poca monta y bajo costo frente a los cuales pudieran caer en tentación los pobres perdiendo así el cielo de orinales detrás de la mata y letrinas de tierra?
El argumentum ad lazarum le debe su nombre a la parábola del Nuevo Testamento llamada «El rico y Lázaro». El Vaticano sabe lo que hace.
¡Ops! Creo que con este post caí en el  argumentum ad lazarum. Sorry.

Consulta Portátil Fattorello en el Vaticano

lunes, 26 de octubre de 2015

EN VENEZUELA. AMOR DE DIVINA COMEDIA (sobre el amor idealizado)

El amor opera siempre de la misma manera, tanto al amar a un perro, a la patria, a un ideal o a una pareja, y en cada caso puede cometer los mismos errores y aciertos.

EN EL MUNDO ENTRE LÍNEAS (sobre el Legado)

LA LÍNEA DE LA VIDA

Dedicado a quienes han vivido, viven y vivirán por el legado y para el legado.

viernes, 27 de marzo de 2015

EN CABO DA ROCA (Portugal). SOBRE EL CHUCKI QUE LLEVAMOS POR DENTRO

Mario Fattorello en la Garganta del Diablo Portugal
Nos pasamos la vida caminando, pero ¿sabemos adónde vamos? O en todo caso, ¿nos esperan  en alguna parte?

PSICOLOGÍA DE PET SEMATARY

Existe cierto tipo de personas que andan por la vida con semblante de santurrón sabelotodo aconsejando a quienes no les han pedido consejo. Estos sujetos son unas chinches y sus recomendaciones sólo generan difidencia.
Una de las más frecuentes de estas recomendaciones es la de «dejar salir al niño que llevas adentro» ¿Dije difidencia? No. ¡Terror es lo que siento! Cada vez que pienso en un adulto comportándose como un niño no puedo evitar asociarlo con el crío asesino del «Cementerio de mascotas» de Stephen King, o con Chucky. Por más que trate, no puedo imaginarme de otra manera el resultado de mezclar el poder de un hombre o mujer adulta con la incontinencia instintiva infantil. Aconsejar a una persona adulta que se comporte como niño, sienta como un niño o piense como un niño, es como pedirle a una mariposa que se comporte como gusano con paracaídas. A todas luces una recomendación tan insensata como peligrosa. Para estrujar lo absurdo del asunto, imaginemos el familiar de un enfermo a punto de ser operado diciéndole al médico que entra al quirófano «por favor doctor, mi familiar está en sus manos, no se olvide de dejar salir al niño que tiene adentro cuando esté operando». Señores, la vida no es cosa de chiquilines, ni de andar disfrazado de Superman. Un poco de respeto, por favor. La vida es cosa seria y es por ello que hay que poner la cabeza en funcionamiento antes que la lengua en movimiento.
Asumo la responsabilidad de gritar a los cuatro vientos que es de estúpidos aconsejar dejar salir al niño que lleva adentro a alguien que durante años recibió educación para dejar de ser mocoso y poder llegar a vivir en sociedad con la solidaridad y empatía que sólo se logra luego de aniquilar el egoísmo propio del niño. Ridículo es aconsejarle volver al rol de niño a quien se esforzó para desarrollar la constancia y disciplina necesarias para la productividad y el desarrollo de destrezas que necesita la sociedad. Absolutamente incongruente es pensar en regresar a ese lugar de inocencia proporcional al desconocimiento de la cruda realidad del ser humano ¿Imaginan un profesional universitario repitiendo la escuela primaria? Y la incongruencia llega al máximo nivel cuando estos consejos son dados por personas que a su vez idolatran a un hombre crucificado, sangrante y torturado en una cruz. Sería imposible para mí no suponer que estos consejeros de infancia idílica nunca han estado en un hospital del tercer mundo, nunca han tratado a un familiar convaleciente de cáncer, nunca han temido que otro ser humano le apuñale para robarle a la vuelta de la esquina, y es que no me queda otra que suponer que estas personas no conocen a la humanidad. Pero el peligro llega a su punto máximo cuando alguien que por alguna razón pertenece al mundo de la psicología hace tal recomendación ¿Un psicólogo que recomienda sacar el niño que llevamos dentro? Al pensar en esto no puedo evitar imaginar a Freud investido de Torquemada.

Mario Fattorello en Cabo da Roca
Acantilados: buen lugar para reflexionar entre lo importante y lo nimio.

PERORATAS PSICOLÓGICAS

En mis andares por los antros de la psicología (léase antros como: psicoanálisis, conductismo, psicología cognoscitiva y todos sus familiares y monstruos más o menos cercanos), he escuchado tantas sentencias inverosímiles que me han llevado a pensar que los psicólogos están incapacitados para vivir. Sí, soy un convencido de que la musa que lleva de la mano a alguien a estudiar psicología se llama «incapacidad para vivir». Y también estoy convencido de que esta musa es la única que es común a todos, por ello todos los seres humanos piensan que pueden ser psicólogos.
Consejos como «deja salir al niño que llevas adentro» (como si la niñez fuera una solución y no una etapa a superar de la vida), «la felicidad es una decisión» (me gustaría ver cómo tratan de convencer de esto a un esclavo o un preso, «debes revisarte esa conducta» (frase preferida por las psicólogas que ven a la vida como una gaveta de ropa interior y la felicidad como la misma gaveta ordenada, «vive el momento» (como si los momentos de angustia transcurrieran en quién sabe qué tiempo, o como si los momentos de angustia no fueran momentos, sino bagatelas intemporales, y la peor de todas, «la vida es bella» (frase preferida entre quienes no entendieron nada de la película de Roberto Benigni); todas estas sentencias tan prepotentes como insustanciales, me incitan a crear un término que defina la patología más frecuente entre los psicólogos, todavía no tengo el término, pero sé lo que debiera significar: «persona capaz de inventar cualquier excusa, complicada o frívola, para no darse cuenta de lo evidente». Y lo evidente es que lo único que busca el ser humano es ser feliz, y que ser feliz significa "tener ganas de vivir" y punto. ¡Señores! ¡Sólo se trata de tener ganas de vivir! ¡Cuando se pueda! Porque hay situaciones en las que no se puede tener ganas de vivir, y es allí donde la psicología (me refiero a la que tiene cierta seriedad), está obligada a darnos una mano, no para apretárnosla y mentir asegurando que el vaso no está medio vacío sino medio lleno, sino para halarnos fuera de la arena movediza.
Pobres los psicólogos ciegos que imaginan a la neurosis como un problema de visión, una especie de incapacidad de ver ciertas cosas. Pobres los psicólogos que creen ser ojos auxiliares para sus pacientes como si fueran perros lazarillos, pobres son y más pobres serán cada vez que traten a un paciente como si fuera ciego de ver lo que ellos, como terapeutas con «super-visión de 20 megapíxeles» sí pueden ver, pobres, pobres y más pobres, porque no se dan cuenta que el paciente está viendo cosas que ellos no ven ¡qué tristeza debe sentir un paciente que paga una consulta para que alguien le diga que es ciego!, cuando el paciente en realidad se siente mal por ver demasiado. ¡Si la vida fuera bella en sí misma, no tendríamos que afanarnos tanto y nadie enloquecería!
Supongo que por creer en esas frases existen tantas personas a quienes escucho alardear de su felicidad al tiempo que observo la -diáfana- tristeza de su vida. Si bien, no descarto la posibilidad de que mis oídos y mis ojos sufran una discordancia patológica, creo que van a tener que esmerarse mucho para demostrarme que estoy equivocado en mi apreciación de que su discurso optimista contrasta con su realidad deprimente. Me pregunto si las frases gansas e incongruentes son las causantes de esta farsa o si la farsa misma es la que crea las frases para justificarse. Me lo pregunto, al tiempo que reconozco no esforzarme demasiado en buscar respuesta, total, el resultado es el mismo: negligencia triste. Porque el optimismo es una excusa para no hacer nada. ¿O es que alguien puede sostener que la embriaguez de mentiras justificantes de la pereza es sinónimo de tener ganas de vivir? Yo particularmente pienso que la antesala a la muerte debe ser muy, pero muy, perezosa.

Mario Fattorello en Cabo da Roca
CABO DA ROCA (La punta más occidental de Europa)

LA NOSTALGIA PARA SIEMPRE JOVEN

Y reflexiono sobre esto desde otro lugar común. Desde uno de esos paisajes inmensos en los que las personas no pueden evitar sentirse insignificantes granos de arena en el desierto. Reflexiono todo esto desde los acantilados de Cabo Da Roca en Portugal.
Los acantilados reproducen una conmovedora sensación por su sentido de fractura, por su semblanza de arruga del planeta, por su gigante paciencia de piedra. De alguna manera los acantilados se parecen al «por siempre joven» al que quería referirme en este escrito y que al final no pude hacerlo. Un lugar de inevitable nostalgia. Y aquí la nostalgia merece una nota aparte: la nostalgia es aquella sensación de pérdida y esperanza de reencuentro que no haya acomodo ni en la tristeza ni en la alegría, es una expectativa que a falta de palabras para explicarla se me ocurre que es una sensación «por siempre joven».

lunes, 16 de marzo de 2015

Consulta Portátil de Psicología en Sin City. Sobre el perdón imperdonable

EL PERDÓN IMPERDONABLE



Creamos las reglas para
poder vivir como vecinos.

Premiar a quien las sigue y
castigar a quien las quebranta,
es la PRIMERA LEY.

Que las reglas sean
iguales para todos,
es la SEGUNDA LEY.

El PERDÓN infringe
los dos principios legales.

El que pide perdón se sabe infractor
y aun así pretende deshacerse
de las consecuencias.

Si se perdona una vez,
habría que perdonar siempre;
si se perdona a uno,
habría que perdonar a todos.  

Perdonar, acabaría con la ley.

EL PERDÓN ES UNA INJUSTICIA.


VÍDEO

viernes, 9 de enero de 2015

CONSULTA PORTÁTIL DE PSICOLOGÍA EN BORGOSESIA, ITALIA. SOBRE LA VERGÜENZA DE MORIR.

EL CARNAVAL DE LA MUERTE EN BORGOSESIA

El fin de semana siguiente al Carnaval estaba en un balcón de apartamento en Borgosesia observando los Alpes italianos, cuando, de pronto, abajo en la calle, veo un sujeto de traje negro, ensombrerado con chistera y con capa modelo «Drácula de Bram Stoker». De la sorpresa pasé al asombro cuando de los edificios y casas comenzaron a salir mujeres y hombres vestidos igual. Fuera lo que fuera —pensé—, yo tenía que investigar ese posible aquelarre e incorporándome en modo Van Helsing bajé a la calle donde me enteré que estaba por iniciarse la celebración de la muerte del carnaval. Al principio me desilusionó enterarme que el supuesto Nosferatu tenía colmillos de silicón, pero luego me entusiasmó la idea de celebrar la muerte, un buen tema para alborotar las sienes.  

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS. EL SUEÑO DE LA VIDA ETERNA PRODUCE DESFACHATEZ.

¿Acaso es sólo impresión mía que, últimamente, cuando alguien se muere, la gente trata el asunto como algo vergonzoso? Sí, pareciera que sólo los que rondan los 100 años tienen derecho a una muerte honrosa y a descansar en paz sin resoplidos de indignación de quienes le sobreviven. Morir antes de la decrepitud molesta a los demás. Los deudos tienden a criticar post mortem al muerto por haberse ido antes de tiempo, culpándolo de las enfermedades, pasiones, vivencias o accidentes que no supo eludir. Tal vez me equivoque, pero me da la impresión de que hoy día es considerada una vergüenza culposa morir de algo que no sea de viejo. Como si la vida fuera una batería que hay que consumir hasta el final, sin importar cómo, aunque sea dejando las luces encendidas en un día soleado. Pareciera que la vida correcta implicara no levantarse de la mesa hasta haberse comido las servilletas. Y es que deben gustarle mucho las servilletas a quienes prolongan la existencia de alguien de noventa años, con más recorrido de lo que su cuentakilómetros pueda marcar, con respiradores, cables, mangueras y mil artefactos enchufados al cuerpo, como si se tratara de extraer hasta el último voltio de su celda electroquímica. Y es que también acabamos igual: al terminar la vida útil, tanto las baterías como los cadáveres son desechados siguiendo un estricto protocolo ecológico. No me resulta muy simpático parecernos tanto a una batería.
Al morir de viejo le llaman «muerte natural». Me gustaría saber qué pensaría Darwin de esto. Me imagino que el viejo Charles comentaría con cierta curiosidad sarcástica «¿Y de qué muere la víctima de un perro rabioso? Imagino que como la rabia no ha visitado con frecuencia sus casas le consideran antinatural. Entonces, —sigue comentando con sarcasmo Darwin— estarían llamando natural a lo frecuente e innatural a lo infrecuente. Pero, morir de viejos no es frecuente, por lo tanto, no es tan natural como lo pintan. En otras palabras, el que de viejo muere es porque logró franquear muchas muertes naturales, y por ello es un fenómeno, una desviación de la regla».
Cualquiera que sea la lógica, sigue sorprendiéndome que la muerte centenaria sea reverenciada como si a los 100 años otorgaran algún tipo de premio ¿O será que realmente hay un premio del que no estoy enterado? Y en todo caso, aunque así fuera, con o sin premio, no hay derecho a tratar de vergonzoso el deceso de alguien. Comentarios etéreos como «Él quiso vivir en la gran ciudad y ya ve lo que le pasó. No hay como la vida sana del campo», encierran la clara acusación de «¡Palmaste por mundano!». Piénsenlo un momento, es casi automático que cuando recibimos la mala nueva de la muerte de alguien lo primero que nos sale decir es «¡No puede ser!» y de seguido preguntamos «¿De qué murió? ¿Cuántos años tenía?». Luego, al tener los detalles, comentamos automáticamente «¡Ah, entiendo! Eso fue lo que pasó». Como una causa justificara la muerte. O algo aún peor, ¡que por tener una causa mereciera la muerte! No se trata de qué o cómo fue. ¡Dejó de vivir! ¡Ése es el punto!
Cuando un deudo en el velorio menciona que el muerto «vivía estresado» en realidad está tratando de asentar que él se toma la vida a la ligera y por ello está exento de que le suceda lo mismo. Y así, los que NO toman whisky comentaran que el muerto tomaba mucho whisky. Mientras, por otro lado, los gorditos que bebían whisky con el muerto comentarán que el muerto no comía lo suficiente (y jamás mencionarán al whisky). Al mismo tiempo, los otros compañeros de trago, los delgados y asiduos al fitness, comentarán que nunca lograron convencerlo de ir al gimnasio (aunque el difunto fuese delgado, musculoso y caminara con frecuencia), y todos estos comentarios servirán para que cada quien se sienta distanciado de la desgracia acaecida al muerto, y suspirarán aliviados, inmunes a la tragedia, a pesar de que el difunto falleciera rompiéndose la nuca al resbalar en el baño.

LO ÚLTIMO QUE LE DIJO A SU ESPOSA FUE: QUE NO QUERÍA IR A TRABAJAR ESE DÍA

Hay una frase muy común en los velorios de muertos por accidente «Al salir de su casa le dijo a la esposa que no tenía ganas de ir a trabajar ese día». Esta frase se pasea, de boca en boca, por todos los asistentes y se vuelve la comidilla del funeral. La mayoría estará de acuerdo en comentar, o por lo menos pensar, que de alguna manera el difunto sabía que ese día le podía pasar algo malo, que si le hubiera hecho caso a su intuición todavía estaría entre los vivos, y no pocos considerarán aquel presentimiento como un mensaje divino que alertaba al futuro difunto del mal que le acechaba en la carretera. Sobre este comentario y las especulaciones resultantes, tengo algunas acotaciones que, me muero de ganas de hacer.
En primer lugar mencionemos lo obvio, la frase «Al salir le dijo a la esposa que no tenía ganas de ir a trabajar ese día» sirve para que cada quien pueda exorcizar de sí mismo la posibilidad de morir de la misma forma ya que cada uno pensará para sus adentros (y algunos hasta lo dirán) que siempre le hacen caso a sus corazonadas, que se han leído todos los manuales de inteligencia emocional y han asistido a incontables cursos de PNL (he llegado a pensar que la gente del PNL se cree realmente inmortal) y por lo tanto ellos, por ser tan precavidos, no morirán tan tontamente, como el tan difunto (léase tan tonto).
La segunda acotación va dirigida a los místicos, a los que ven en la intuición del muerto un mensaje divino de alerta, algo así como que dios le susurra al oído «quédate en tu casa, no vayas al trabajo hoy, a la vuelta de la esquina tengo un camión esperando para pasarte por encima». No es que ponga en duda la posibilidad de que el difunto haya tenido una intuición divina, sino que me resulta demasiado cuesta arriba imaginarme a dios, versión camionero en mangas de camisa y con gorra Bass Pro Shop, al frente del volante de un camión pasándole por encima a la gente que no le hace caso a los susurros divinos al oído.
Liseth, "albacea" de mis quejas.
Y la tercera acotación es un comentario de solidaridad con el difunto que la mañana fatídica le comenta a su esposa su desgano de trabajar y con el cual, muy por el contrario de lo que busca la gente, no me siento distante ni diferente y, por lo tanto, tampoco me siento seguro de no terminar igual, en cambio, me identifico completamente con él puesto que, todos los días, mi esposa escucha la misma queja de mí.

PURITANISMO NECROLÓGICO

En algunos casos especiales los concurrentes al funeral no necesitan hacer comentarios de distanciamiento con el desafortunado anfitrión. Por ejemplo, en el velorio de un gay víctima del sida, los heterosexuales se pavonean con plumas de Drag queen, maquillados de inmortalidad, libres de todo mal. Pero su silencio condena, es casi un grito de sordomudos «¡Te moriste por maricón!». Un silencio vestido de eufemismo necrológico.
Y, el non plus ultra de este estilo lo podemos encontrar en los periódicos (léase periódico como «teatro de revista en fascículos diarios»), cuando un personaje famoso muere por adicciones o sida, y el periodista no escatima esfuerzo en remarcar que «falleció tras una penosa enfermedad». Los pusilánimes no entenderán un carajo pero hasta los de espíritu cándido se preguntarán sin ánimo de esperar respuesta «si no querían mencionar la causa del deceso, ¿era necesario aclarar que la enfermedad era penosa?». A simple vista todas las enfermedades pudieran ser igual de penosas, pero los periodistas sólo usan el adjetivo cuando la enfermedad permite la crítica puritana, si es que existe algo así como un «puritanismo necrológico».
En fin, este asunto de tratar de soslayar la propia indefensión achacándole al difunto un defecto mortal que no se tiene, ha sido así desde siempre, y esto se puede entender y dejar pasar; pero, de allí a que la cosa se transforme en una especie de juicio final donde se condena al muerto por morir antes de tiempo, ¡Vamos, esto es un extremo que no puede, sino, catalogarse de histérico!

COMENTARIOS PROHIBIDOS

Si no fuera tan intrínsecamente humana la tendencia a preguntar la edad del muerto y la causa del deceso, me atrevería a decir que es una costumbre que debiera ser erradicada, estar prohibida. Pero como su condición es inmanente a la humanidad, sólo nos queda determinar su aspecto perjudicial para evitarlo, y un simple análisis resalta su principal perjuicio: la desvalorización del «cuánto se vive» por el «cuánto tiempo se vive". En otras palabras: de tanto preocuparnos por alargar la vida, se nos puede olvidar vivirla.
Y sólo podemos intervenir en nuestra conducta ante la muerte incluyendo la importancia del «legado» para que podamos complementar las preguntas automáticas con otras como «¿Qué dejó en su paso por la vida?».
Y a estas alturas del discurso creo que estamos en el horario que permite decir verdades: si alguien se cree piadoso por considerar que no todos los seres humanos pueden dejar un legado, debe saber que esa piedad no le sirve de nada a la humanidad. Lo mínimo que se espera de cada uno de nosotros es que aunque sea intentemos dejar algo digno de epitafio. Y no se trata de fechas, no se trata de cuánto tiempo se vivió, sino de qué dejó, sea para bien o para mal. Cristo con sólo treinta y tres años vividos dejó una doctrina por la que ha muerto más gente que en la segunda guerra mundial. Con sólo 33 años de vida logró tan extraordinario genocidio. Parece definitivo que la longevidad no determina la valía.

UNA VIDA ANCHA Y… TALVEZ… LARGA

Aclaremos lo que parece claro: para morir hay que vivir y para vivir hay que hacer algo y es por ello que todos morimos por algo que hayamos hecho ¡Por Matusalén! Dos más dos son cuatro, morir de algo es matemático. Una vida de 100 años es sin duda una vida larga. Pero la longitud no dice nada de la anchura, una medida no tiene que ver con la otra. Una vida ancha no necesita más tiempo que el necesario para expandirse. Un globo vale por cuanto se hincha y no por el tiempo que tarda en hincharse. Antes, cuando estas vergüenzas no existían, lo hablado en los funerales podía llamarse: biografía.

PARA QUÉ VIVIR ¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

Si hay algo en lo que la humanidad jamás se pondrá de acuerdo es sobre el sentido de la vida. El archivo de los «para qué vivir» se parece mucho a una tienda por departamentos, hay de todo para todos, y más se venden las rebajas. Y, desde siempre un sentido de la vida ha sido ganarle al tiempo, sí, la longevidad, vivir mucho, pero un «mucho» exclusividad de reloj suizo, vivir muchas horas, días, años, décadas, un reto matemático: llegar a una edad de tres dígitos. Y es que la cotidianidad apunta hacia la vejez, si te ven soltero te preguntan: ¿quién te acompañará cuando estés viejo? (bueno, reconozco que esta pregunta pudiera deberse a dos razones, a que en compañía se vive más o a que nadie quiere calarse a los decrépitos, salvo otro decrépito), y con los ahorros pasa lo mismo, el consejo unánime es «¡Ahorra para cuando seas viejo!» (De nuevo no se sabe si es para los cuidados de quien ya no produce, o porque se desconfía de los políticos y sus manejos de los fondos de jubilación, o porque los amigos o hijos temen tener que hacerse cargo de los viejos). Lo cierto es que la longevidad es un sentido muy común.

LA ÚLTIMA PALABRA

Es cierto que la última palabra resignifica toda la frase, y así al decir «árbol de manzanas» la última palabra, «manzana», hace que el árbol no sea un árbol genealógico o un árbol de leva, sino un árbol frutal; y por ello, nuestras palabras ante la muerte ajena no debieran referirse a la causa de la muerte, sino a la causa de la vida.
¿Alguien sabe a qué edad y de qué murió Cervantes?... A nadie le importa. Lo importante es que vivió para escribir el Quijote.
Recuerdo las exequias de Gabriel García Márquez. Durante la transmisión en vivo desde México me mantuve de pie junto al televisor a manera de rendirle honores. No me pregunten de qué murió porque, si lo supe, lo olvide ¿qué puede importar la hojarasca del deceso ante los cien años de soledad de la vida que se va con la muerte?
Sócrates prefirió la pena de muerte al exilio para hacer de su último acto un pasquín inmortal contra la injusticia. Pero no fue la cicuta quien hizo grande a Sócrates, fue Sócrates quien hizo grande a su muerte. La muerte de Sócrates fue magna porque magna fue la vida que allí acabó.
¿Quién se atreve a asegurar que no ha juzgado la muerte prematura de Mozart como castigo por su libertinaje? ¿Qué Mozart se atreve a juzgar la muerte de Mozart? ¿Se entiende la pregunta? Quien no entienda esta pregunta está claro que no es un Mozart.
Confieso que me perturba pensar que, según mis temores y estadísticas personales, mi muerte promete ser vergonzosa y criticable ya que (aunque quisiera), no creo llevarme el premio por centenario; pero, amén del premio fantasma, ¿que más me puedo perder? La vergüenza es cosa de vivos e igual que las dietas, el psicoanálisis y la crema de afeitar, a los muertos le debe resbalar.

PARADOJAS TEMPORALES

Un amigo sexagenario y metrosexual, o sea de esos que usan cremas antiarrugas desde que eran adolescentes, me dijo hace días «la forma en que llevo mis 60 años avergüenzan tus 50». No me quedó claro si aquello fue una broma, una ofensa o un alarde narcisista; pero después de escucharlo quedé mudo porque me invadió una tristeza cargada de incertidumbre sobre el valor de la humanidad.
Resulta paradójico que, por un lado el código del decoro sólo acepte la muerte por vejez, y al mismo tiempo en la historia de la humanidad siempre haya subsistido el culto a la juventud. Mitología ésta muy compleja que compromete desde el Ave Fénix y retratos de Dorian Gray hasta la cirugía plástica. En este siglo el culto a la juventud está presente como siempre, con la novedad de que ahora es posible un maquillaje incrustado y permanente: cosmética visceral. Hoy en día es más factible mentir sobre la edad y hay toda una cultura institucionalizada sobre esta mentira que, paradójicamente, logra engañar a casi todos, menos al tiempo. Supongo que la coexistencia contradictoria del culto a la muerte por vejez y el culto a la eterna juventud, como el choque del agua contra el aceite hirviendo, debe generar explosiones de monstruosas consecuencias. Pienso en lo que significa este asunto para los anoréxicos o bulímicos que prefieren morir con talla 28 que vivir con talla 30. El retrato de Dorian Gray sería una solución, pero la escasez de ese tipo de cuadros me hace temer que la fantasía de morir joven para verse lozano en la urna, está próxima a expandirse como prima hermana de la anorexia y la bulimia.
Por otro lado, me da la impresión que se espera demasiado de la apariencia juvenil. En primer lugar porque sólo los que no son jóvenes le atribuyen a la juventud la condición de felicidad, y, esta correlación parece aún más improbable en la «apariencia juvenil» vía mamoplastias de aumento y otras válvulas de inflado, ya que supone una competición perdida de antemano. Un futbolista de 40 años que apueste a competir contra uno de 28, puede ser varias cosas: un fenómeno, un tozudo, o alguien a quien le guste perder. Pero la principal fuente de frustración de la «apariencia juvenil forzada» parece deberse a que aparentar ser lo que no se es, no encaja con el buen gusto.

MORIR ES UN ASCO

Morir es la peor traición que le podemos hacer a quienes nos quieren, a quienes depositaron en nosotros una parte de sus ganas de vivir. Muriendo, nuestra presencia pierde toda importancia y pasamos a ser una basura maloliente y agusanada, pero lo más terrible para aquellos que creyeron en nosotros, para todos aquellos que fuimos parte de su esperanza, es que le recordamos lo que trataron de olvidar: que algún día también estarán muertos. La muerte no es chiste. ¡Es una traición! No nos quejemos de que nos desaparezcan rápido, con un pequeño ritual de cortesía y un «hasta nunca» dos metros bajo tierra o hechos polvo en un horno, porque lo hacen con la esperanza de que nos volvamos recuerdo, porque piensan ingenuamente que en la memoria podemos seguir estando vivos, o, por lo menos, evitar el pútrido olor del valor perdido… pero esto es un vano consuelo que apenas dura hasta que muera quien los recuerde.
Morir es un asco, y justo por eso, en la vida, habría que hacer algo merecedor de mención para cuando no haya más nada que decir. En otras palabras, a cada quien le corresponde editar lo que quiera que se comente en su funeral. Eso, es el legado. No es gran cosa. Pero es algo más que la nada.

MEMENTO MORI, CARPE DIEM            

Mario Fattorello Carpe Diem
En esos ratos de ocio en que soltamos las riendas y la mente aprovecha para hacer de las suyas, he llegado a especular que la más terrible palabra de la vida, tiene relación con el momento de la muerte, y es la palabra «inconcluso». Lo inconcluso se me propone como la esencia de lo que llaman infierno: los instantes antes de la muerte en los que se piensa en todo aquello que ha quedado sin completar: el árbol que no llegué a cosechar, la ecuación que estaba a punto de resolver, la novela que dejé por la mitad, el viaje que siempre postergué…, el infierno son puntos suspensivos. Al momento de morir debe ser más patente que nunca que la mitad de un billete de 100 no vale 50, que la mitad de un billete de 100 no vale nada. La vida, dure lo que dure, no es mitad de nada, lo que sea que se llame vida merece tal nombre por ser algo consumado. No se vive a medias porque no se muere a medias.


viernes, 15 de agosto de 2014

CONSULTA PORTÁTIL DE PSICOLOGÍA EN GRECIA. SOBRE EL PENSAMIENTO COMPROMETIDO

Mario Fattorello en la Acrópolis

SER OTRO
En Atenas me propuse, cual delincuente, eludir la vigilancia para recorrer la Acrópolis en horario de cierre al público. Así logré estar a solas en el teatro de Dionisio para abandonarme a mi vicio preferido: imaginar que no soy yo.
Y, por supuesto, en aquel lugar tenía que aprovechar para ser Sócrates y figurarme que andaba por Atenas, con postura de ignorancia, interrogando a la gente para poner al descubierto las incongruencias de sus afirmaciones. Hoy quiero pensar que no he tenido momentos más plenos que los vividos sabiendo que no sabía nada.

Mario Fattorello y Sócrates
LAS MIL Y UNA VIDAS
¿Quién no ha querido vivir otras vidas? ¡Vamos! Sé que no soy el único que después de ver The Shining fantasea con pasar unas semanas cuidando un hotel de lujo cerrado por temporada invernal (sin Jack Nickolson, claro); o que se imagina estudiando gorilas en la niebla africana (sin perder la cabeza por ello, se entiende) o hasta pasar las penurias de un náufrago con una pelota Wilson como único compañero ¡Cuántos sueños! ¡Cuántas vidas por vivir! Ser explorador, bucanero, chef, polizonte, Mozart, Charles Darwin, tabernero, ermitaño o Rock & Roll Star. En la vida hay tantas opciones, que el aburrimiento sólo puede concebirse como la indecisión ante la abundancia de alternativas.
Soñar es un lugar común, también lo es tener alternativas, sin embargo, el aburrimiento no es igual para todos, unos se aburren más que otros, unos son más indecisos que otros. Pero, ¿que ocasiona la parálisis ante las alternativas? Aún a riesgo de parecer pedante, debo decir que mis observaciones son concluyentes, el origen del aburrimiento por incertidumbre es: el pensamiento comprometido.

COMPROMETER EL PENSAMIENTO ES VENDER (BARATA) EL ALMA AL DIABLO
El proceso comprometedor del propio pensamiento se inicia en secreto, de incógnito, a espaldas de quien se compromete. Desde el nacimiento los padres reclutan a los hijos en la reglamentaria religión doméstica, en el folklore nativo, tradiciones familiares, moralismos del abuelo, complejos de la madre o frustraciones del padre, en fin, todas esas patrimoniales formas de pensar que componen la herencia parental. Luego de unos años, el hijo recibirá la orden de emanciparse y hacerse cargo del pago de alquiler por el espacio que ocupa en el planeta, lo cual, en un primer momento, será recibido con entusiasmo por el novato que siente aquello como un aliento de libertad. Es a la mañana siguiente que toma conciencia de ser prisionero sin cárcel ni condena. Es a la mañana siguiente cuando el joven se da cuenta de no poder pensar por sí mismo, de que las decisiones ya están tomadas antes de poder resolverlas, y entonces se consternará por haberle vendido, o más bien regalado, el alma al diablo, y allí caerá en cuenta de que a cambio de la herencia, durante su domesticación, ha sido desalmado. Y en una heladería, para aliviar el sofoco elegirá un helado de cualquier sabor menos el de fresa, porque alguna vez su padre sentenció que el color rosado no era de hombres.
Y así, el muchacho, sin elegir y sin alternativa, escogerá y escogerá los gustos del padre, las preferencias de la madre, lo que la religión le permita y lo que el abuelo no critique. Y escogerá y escogerá, sin elegir. Para siempre hipotecado «porque así me lo enseñaron, porque siempre ha sido así, porque soy italiano, comunista o fascista, o porque soy musulmán, budista o simplemente soy hijo, lo que no es poca deuda». El contrato hipotecario con la enseñanza impuesta no tiene cláusulas escondidas en letras pequeñas, directamente no tiene nada escrito porque lo obliga todo, cuando se vende el alma se firma un papel en blanco, porque el papel, aunque dicen que aguanta todo, tiene un límite, y el horizonte del pensamiento comprometido no acepta límites, porque no hay «más allá» en el compromiso.

SIN SABERLO
Lo más frecuente es que la falta de pensamiento propio pase desapercibida, y los hijos actuemos sin darnos cuenta de que no elegimos al decidir, la naturaleza es así, manipuladora. A la naturaleza no parece gustarle que sepamos por qué hacemos las cosas, por eso suele comportarse como niña aficionada a las escondidas, y, en esa actitud, la naturaleza se parece mucho al dios que castigó a su creación por arrimarse al árbol de la sabiduría, dejando claro su primer mandamiento «haz lo que yo digo sin chistar». A la naturaleza llana y salvaje, como a ciertos dioses, parece venirle bien la ignorancia. Y así, un muchacho (supuestamente emancipado) evitará leer “Una temporada en el infierno” de Rimbaud porque su madre juraba que «a las cosas del demonio basta nombrarlas para que aparezcan», y vivirá en secreto el temor de enloquecer porque un maestro prostático aseguró en la clase que «la masturbación hace perder la razón», se suicidará estrellando un avión contra el World Trade Center de New York  porque un tío sentenció que «nació para ser mártir» o tendrá hijos a los diecinueve años porque su bisabuela «necesitaba» ser tatarabuela. Y todo esto lo hará, sin saberlo.
Vivimos entusiastas de nuestro libre albedrío, juramos sobre nuestra libertad, y en ella trabajamos la jornada de ocho horas despertándonos a las seis de la mañana cada día, cumpliendo con desayunar a las siete, almorzar a las doce y cenar según lo dicte la ocasión, vistiéndonos según las tiendas de descuento, oscuro de noche y claro de día, y todos los años vacacionamos en la misma fecha por la misma cantidad de tiempo. Somos verdaderamente libres, libres de no darnos cuenta de no serlo.

¿COMPROMISO O CHANTAJE?
Uno de los compromisos más terrible que con frecuencia me toca presenciar es el del hijo comprometido a respetar a sus padres a ultranza. El meollo del asunto es que el respeto es algo que se tiene que ganar y también tiene límites que, de trasponerlos, puede obligar al “respeto mismo” a transmutarse en “defensa propia”. Pero el pensamiento comprometido a la ligera forja historias donde algunos hijos, luego de narrar las atrocidades del propio padre, luego de describir las humillaciones, vejaciones y demás maltratos recibidos, se sienten comprometidos a terminar el discurso aclarando «pero yo lo amo igual». Ni hablar de la posibilidad de denunciar al maltratador, su pensamiento está demasiado comprometido con la enseñanza que sus padres, previendo lo que pudiera suceder, le inculcaron convenientemente «honrar a dios y a los padres por sobre todas las cosas». «Y claro —dirá el hijo maltratado—, si Jesucristo aceptó con resignación el ensañamiento parricida del propio padre ¿quién soy yo para juzgar al mío?». Y si seguimos en la categoría de compromisos familiares, nos encontramos con esas parejas que viven juntas a pesar de odiarse y tratarse a zapatazos. Parejas que se hacen la vida imposible por estar comprometidos con aquello de que «lo que dios ha unido nadie lo puede separar» ¿Dónde termina el compromiso y comienza el chantaje?

PENSAMIENTO PROPIO
«Somos uno y muchos», escribió Jorge Luis Borges. Admiro a Borges, pero no le puedo perdonar no haberle puesto exclamativos a su afirmación para darle visos de advertencia «¡Somos uno y muchos! (exhortándonos así a tomar precauciones)». Quien sabe, hasta él puede que tuviera el pensamiento comprometido. Borges comprometido con ser Borges…, jajá, muy digno de él. Pero nuestro tema exige dejar de lado las excepciones como Borges, para ser más terrenales, o sea, más paradójicos, como aquel dios que luego de imponer mil condiciones se llena la boca regalándonos el libre albedrío ¿Es una broma? ¿Cómo se puede pensar con tanto compromiso? ¿Cómo puede nuestro pensamiento ser libre debiéndole pleitesía a tanto instructivo?
Y por otro lado ¿cómo es posible que existan libre pensadores si el compromiso es inevitable por comenzar a imponérsenos antes de tener voluntad propia?
Pido disculpas por lo presuntuoso que pueda parecer (de nuevo) el responder estas preguntas con otra conclusión categórica: para liberarse de lo establecido, previamente debe conocerse a fondo los compromisos (culturales y sociales) en boga. Sólo después de aprender a barajear los naipes del imaginario colectivo, es factible vencer el miedo de pasar por la puerta de un itinerario propio. Beethoven tuvo que aprender hasta el tuétano las reglas musicales de la época de manos y látigo de su autoritario padre para luego renacer. La música de Beethoven renació de la muerte de lo establecido. Para influir en el futuro hay que tener plena conciencia del presente. El ateísmo de Schopenhauer vence el miedo a través de su conocimiento del catolicismo y las religiones orientales. Freud pudo ser un librepensador porque conocía, o por lo menos trató de conocer, la psicología, la neurología, antropología, filosofía y literatura que colmaba su época, sólo después de ello pudo pasar más allá. Si Freud hubiese estado comprometido con la religión judía, con la psicología del momento, con el puritanismo victoriano, el psicoanálisis no habría despuntado. Pero hoy día los músicos deben conocer a Beethoven para superarlo, y no puede llamarse científico quien repita como papagayo a Freud. De no dejar de ser papagayo no habría novedad. Al repetir como urracas a un librepensador, aunque lo hagamos por propia voluntad y sin intervención alguna del librepensador emulado, también caemos en el pensamiento comprometido. Al repetir no se avanza, la repetición camina en círculos. Para avanzar no hay que ser como los librepensadores, sino hacer lo que ellos hicieron, tener pensamiento propio.
Liseth Fattorello en la Acrópolis

COMPROMISO DE COMPROMETERSE
Pero, los hombres de a pie, parecen estar propensos al «compromiso de comprometerse», con lo cual trancan la cerradura de entrada al libre pensamiento y quedan aislados en un infinito pasillo de puertas cerradas: el aburrimiento. Razonemos la metáfora ¿quién puede considerar divertido un pasillo de piso de hotel con cientos de cerrojos idénticos y cerrados?
Piénsenlo, el que se queja de aburrimiento se queja de laberintos con puertas trancadas, de callejones sin salida. El aburrimiento está condicionado a un previo abandono al destino y es por ello que los comprometidos se lamentan con estoicismo «… ¿qué le voy a hacer? Hago todo lo que puedo para ser un buen… padre, hijo, cristiano, miembro del partido, patriota… (la lista será tan larga como compromisos sean  posibles)».
Comencé este escrito hablando de las aventuras que quisiéramos vivir además de la propia y ahora el reto parece ser otro mucho más elemental: lograr que la única vida que tenemos sea «propia». En consecuencia el concepto de aburrimiento también cambia, y termina siendo «aburrido» quien no tiene una vida propia sino, tantos compromisos ajenos que no le queda tiempo de vivir el suyo…, y por cierto ¿Puede haber un compromiso con la propia vida que no sea hacerla única?

LA DIFERENCIA APARENTE
Por otro lado, es justo mencionar que existen compromisos que promueven la diferencia. Una publicidad de televisión muestra el atuendo particular de un cantante pop de moda. Y al mismo tiempo que exalta su originalidad, ofrece el atuendo en cuestión a un módico precio de oferta. A los días, la calle está repleta de viandantes ataviados con el original y exclusivo ropaje del mencionado cantante. Cada una de estas personas, con semblante soberbio y andar presumido exhibe su desprecio por lo común y su gusto por la originalidad. Cientos de personas vestidas idénticas caminan por las calles seguras de marcar la diferencia y de que su libre pensamiento está bien representado en su prêt-à-porter.

TODO ESTÁ POR DECIRSE
¿Han prestado atención a la cara de sobrado que ponen aquellos que aseguran que «ya todo está dicho»? Suelen decirlo con aires de haber descubierto cómo superar la velocidad de la luz. Lo peor (o mejor) del asunto es que un físico matemático jamás se atrevería a decir tal cosa. Pero, lo infame de afirmar que todo está dicho es que trata de justificar la propia falta de autenticidad.
«¡No te pongas a inventar! Ya todo está dicho» —asegura el flojo—. ¡Por favor! ¡Qué carencia de estética! ¡Como si la forma no fuera un valor en sí mismo! Como si hacer pan fuera lo mismo que preparar pizzas, empanadas, brioches y demás pitanzas hechas con la misma harina, agua y levadura. En la vida no se trata de hacer bollos, sino de moldear y hornear. No se trata de lo que está dicho, sino de la forma de decirlo. Un troglodita es tan humano como un astronauta, pero no son lo mismo, son distintos en la forma y en el objetivo.
Los seres humanos le otorgamos valor a las cosas para darle un sentido a la vida, y es ahí donde está la magia: el valor no es estable, depende de uno, del lugar, del momento, en el fondo el valor es personalísimo. Por eso, todo está por decirse.

EL COMPROMISO DE CREER
La resignación al compromiso proviene de la comodidad apática: «no pienso, luego descanso». En este sentido, creer en el destino divino es equivalente a un confortante diván de plumas. Y todo esto es increíblemente popular a pesar de que creer a ciegas no genere beneficios a nadie en la práctica. Al que se está ahogando en el mar, de nada le sirve que un creyente desde un bote cercano le asegure que «dios proveerá». Creer en milagros no sirve de nada ante una apendicitis a punto de estallar. Y tal vez haya quien diga que estos ejemplos son inadmisibles por radicales. Pero bastaría con cambiar los personajes, bastaría con mencionar que los testigos de Jehová prefieren que un hijo muera antes que se le realice una transfusión sanguínea. Bastaría pensar un poco en esto para sentir que el diván de plumas no es tan cómodo.
Como mínimo tenemos que reconocer que lo que de admirable pueda tener la humanidad actual no proviene de quejas y consecuentes plegarias que piden ayuda y solución, sino de las ideas atrevidas y el valor de actuar. No basta con quejarse del calor, hay que atreverse a pensar una solución, y tener el valor de llevar a cabo esa idea, esto lo sabía Willis Carrier al inventar el aire acondicionado. Quejarse de tanto y buscar consuelo de tonto es una prebenda del pensamiento comprometido, sin lugar a dudas cómoda, pero que genera muy pocos cambios, para no decir ninguno. Creer a ojos ciegos sobre algo que viene diciéndose, impide que se diga algo nuevo. La novedad es una ruptura de lo establecido. La novedad, mientras lo sea, es valiente; por eso las gallinas la evitan ¿para qué preocuparse por el tiempo si el gallo las despierta?
En el mundo de Lewis Carroll, el periódico preferido de los comprometidos se llamaría «El Diario de antes de ayer », y sólo reseñaría obituarios. Al pensamiento comprometido le incomoda la novedad, prefiere lo obvio, lo previsible. Al comprometido le fascinaría que le leyeran el futuro día a día, minuto a minuto, para no tener que enfrentar nada por primera vez. A quienes disfrutan del pensamiento comprometido no le van las sorpresas, les parecería insoportable la vida de un gusano si el mismo no supiese que algún día será mariposa, como insoportable sería la vida de un creyente comprometido si no creyera firmemente en su postrera metamorfosis en alma celestial con alas de gallina blanca.

NO ES LO MISMO SER UN BUEN CREYENTE QUE UN CREYENTE BUENO
El primer dogma que cree el creyente es creer que, por creer en dios, es bueno. El segundo dogma que cree el creyente es que, creyendo el primer dogma está libre de toda condena. Conociendo la tendencia a idealizar que tenemos todos, me pregunto si los teólogos se cuidan de no sobreestimar a los dioses, porque siendo tan parecidos a nosotros, ¡no vayan a tener también una doble moral! Por ejemplo, es imposible ocultar que el racismo proviene de los dioses. Todos los dioses han sido racistas. Racistas y segregacionistas, porque las deidades tienden a favorecer ciertas razas y dentro de ellas a cierta clase social, que, por ser defecto de dioses necesitar reconocimiento, al ser más multitudinarios los pobres que los ricos, su preferencia no tiene opción, como lo aclara Mateo «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de dios…». ¡Vamos!, sea contra los pobres o sea contra los ricos, discriminación es discriminación. A mí, esto de que el dios hebreo, supremo, todopoderoso, omnipotente y gustoso del halago, arremeta contra los ricos, me huele a ese temor paranoico de perder el monopolio muy propio de los oligarcas comunistas. Pero aclaro que sólo me huele, sólo es un olor, una impresión, sería deshonesto de mi parte no reconocer mi inexperiencia con los dioses, de hecho, personalmente, no he tenido el agrado de conocer ninguno.
Es comprensible que en este momento nos venga a la mente la idea de que es más factible ser tolerante si se es ateo, porque el deberse a un dogma dificulta la tolerancia con quien no comulgue con dogmas, o sea, hacia el libre pensador. Pareciera que no se puede ser tolerante al cien por ciento si no se es ateo o, por lo menos, no se puede ser creyente sin ser segregacionista. Hasta el dios judeocristiano cuando quiso engendrar a su hijo prefirió armar todo ese enredo de la divina trinidad inventando al espíritu-santo-semental para fecundar a María, dejando entrever que un simple José no era digno de portar su simiente. Todos entendemos que para un dios omnipotente no es mayor complicación transmutarse en espíritu o en carpintero, así que, de haberlo querido, habría puesto la simiente en el marido para evitar a José la vergüenza del cornudo; pero no, dios estaba comprometido con la profecía y a no juntarse con la chusma. Los compromisos divinos son incoercibles e inescrutables, le aseguró el ángel a San Agustín.
Mario Fattorello en el Partenon

COMPROMISOS Y MAS COMPROMISOS
Comentando a los amigos el aburrimiento y fastidio que suelen provocarme los libros de historia, descubrí que esta reacción mía no era inusual, y supongo se deba a que los historiadores han escrito comprometidos con la vanidad de los gobernantes y la arrogancia patriótica de su época, con lo cual la historia se reduce a panegíricos paradójicos: matanzas dirigidas desde hermosos corceles blancos con las crines al viento, puñales clavados valientemente por la espalda en nombre de la justicia, saqueos a toque de clarín, gloriosos genocidios, banderas de victorias divinas clavadas sobre los cadáveres de los fieles caídos. Y sigo suponiendo que aquellos mismos mecenas de historiadores, por temor a pasar al olvido, pagan para poner su nombre a calles, plazas y condominios. La historia no es aburrida, la hacen aburrida los cuentacuentos comprometidos. Se me ocurre que el pensamiento propio germina donde acaba la historia y comienza la novedad.
En la política la principal matriz de compromisos es la corrupción. Pertenecer a una red de corrupción implica el esfuerzo de ser campeones de salto alto con las cortas piernas de la mentira. Los corruptos se la pasan engañando, ocultando, sobornando a diestra y siniestra para que cada eslabón de la cadena guarde el secreto. El pobre corrupto no tiene vida propia.
Y si miramos con detenimiento, podremos ver, como arbustos entre los árboles, otras especies de compromisos que espigan en la sombra, las autoalienaciones, el pensamiento comprometido con uno mismo. El machista comprometido a demostrar algo que a nadie interesa. Los obsesivos comprometidos con la cruz del orden y la limpieza. Los bulímicos y los anoréxicos comprometidos hasta los huesos en deshonrar gli Spaghetti alla Carbonara. Los autoalienados pertenecen al orden de lo enfermizo, porque ni están comprometidos con nadie ni están comprometidos con un deseo propio, no siguen una decisión ajena ni tienen decisión propia, simplemente no lo pueden evitar, y no poder evitarse a sí mismo, enferma.

EL COMPROMISO MAYOR
Si buscamos el peor de los compromisos, sin lugar a dudas, sin ningún temor a equivocarme es: el tiempo comprometido. Siendo la vida un número de horas, el compromiso temporal es un serial killer de vidas propias. Nos duele reconocerlo, pero todos sabemos que el tiempo comprometido es tiempo perdido. Y para endulzar el mal trago, usamos fanfarrias y prosopopeyas para, por ejemplo, condecorar al tiempo laboral con la medalla de oro de la dignidad «fulano trabaja hasta los domingos, es un sujeto muuy responsable». Cuando en realidad, en el trabajo, en los compromisos, no hay responsabilidad alguna puesto que no hay elección. Si debo llegar al trabajo a las siete de la mañana, no puedo escoger otro horario sin que pronto me despidan. Es en el tiempo libre donde tenemos opción de elegir, donde somos libres de preferir y por lo tanto responsables de nuestra elección. Once meses de prisión y un mes de libertad condicional es lo que ofrece la mayoría de las cárceles empresariales.
Opss, esta vez parece que me he metido en un gran lío, porque hablar mal del trabajo…, por mucho menos le hicieron beber cicuta a Sócrates, pero, todavía no lancen la piedra…. ¿Se han dado cuenta que hay gente que trabaja con entusiasmo, creatividad, aportando innovaciones, personas de las que solemos decir que aman lo que hacen, mientras otros realizan la misma labor de mala gana, despotricando de su destino y perturbando el ánimo de quienes le rodean? ¿Qué marca la diferencia?
Hay sólo dos intenciones que mueven nuestra voluntad, el deseo y la obligación. El deseo es querer, la obligación es deber. El deseo elige, la obligación exige ¿Ya se aclara la respuesta? El pensamiento comprometido aniquila el propio deseo. Mirémoslo de más cerca, en nuestro bolsillo. ¿Quién no ha recibido un regaño por no responder el celular? ¿Qué pasó con el libre albedrío de responder al teléfono cuando nos dé la gana? ¿Cuándo se volvió ilegal o pecado o irrespetuoso el no tener ganas de hablar con alguien o hasta con nadie? ¿En qué parte del contrato con la telefónica dice que al comprar el teléfono se pierde la opción de no usarlo? Y lo peor ¿Por qué debo anunciar a los demás en qué horario no puedo responder? Nacido por parto natural o cesárea da lo mismo, en cualquier caso, nacer es cortar el cordón telefónico…., perdón, umbilical. Hay quienes son esclavos del teléfono y quienes hacen del teléfono su esclavo. Y así como hay dos tipos de usuarios de celular, hay dos tipos de trabajadores, y dos formas de vivir el tiempo, como propio o como perdido.
Pero, ¿cómo saber si el tiempo invertido en algo no fue un tiempo perdido? Analicémoslo, perdido es algo que se tenía y del que se desconoce su paradero actual. Si el tiempo fue invertido en una hazaña que no deja prueba de su existencia, estará para siempre perdido. Un ejemplo de esto sería el tiempo invertido en tratar de enseñar a quien no quiere aprender.
No hay pensamiento propio que no esté obsesionado por el tiempo. El libre pensador cuida con avara meticulosidad el tiempo propio. El libre pensador siempre tiene presente que el tiempo no se devuelve, que el tiempo no se recupera. El libre pensador sabe que no hay tiempo peor malbaratado que el invertido en tratar de recuperar el tiempo perdido. El libre pensador no cree en cuentos baratos de mariposas que reingresan al estado de crisálida para resolver asuntos que quedaron pendientes en su vida de gusano.

LA CARA OCULTA DE LA LUNA
¿Y qué decir de la contraparte, de los que comprometen a los demás? ¿Por qué los padres comprometen a sus hijos? ¿Por qué los testigos de Jehová salen a la calle a inseminar el libre pensamiento ajeno? ¿Por qué el político trata de convencer a todos de que respirar es hacer política? También en este caso la respuesta es categórica: porque ellos, a su vez, están comprometidos. Comprometidos a comprometer. Aquí el asunto se nos muestra en su esencia más profunda: el sadomasoquismo. «Como me comprometieron, ¡comprometo!» y se promulga como alucinación colectiva en clave de trabalenguas «El pensamiento quiere un compromiso, ¿quién lo comprometerá? El  comprometedor que lo comprometa un buen comprometedor será». Pero, ¿cómo accedemos a este parampampám? ¿Por qué de niños nos dejamos comprometer? Todo parece apuntar a que, en la infancia, al momento de ser domesticados, con una mente casi vacía y con millones de neuronas deseosas de información para volverse neuróticas…, en semejante escenario todo lo que brilla es oro, todo es novedad, y somos seducidos y atrapados por el atractivo del descubrimiento, y así llegamos a encontrar atractiva hasta la primera cláusula de la domesticación, la cláusula heredada de padre en padre, de hijo en hijo: «haz lo que yo digo sin chistar». Pero, la cúspide del asunto es que le cojamos gusto, entonces la cosa continúa más allá de la infancia, en el colegio, ante la tele, entre la masa, como público, y ante todos aquellos letreros que nos indican el camino. La autenticidad despunta cuando lo que aspiramos hacer se abre camino en la tierra de lo que se espera de nosotros.

LA GUERRA DE LOS PROTOZOARIOS
En las guerras, ambos bandos creen tener la razón, ambos juran que les acompaña la justicia. Aunque lo parezca, esto no es una paradoja, porque ambas convicciones están erradas. En las guerras no hay razón ni justicia, sólo compromiso. Y esto nos lleva a un lugar común del que ya hemos hablado varias veces, un mundo dividido en dos bandos, los pastores (comprometedores) y las ovejas (comprometidas). La granja humana parece imposibilitada de subsistir sólo con ovejas o sólo con pastores. Por ello, al tratar de imaginar una humanidad donde cada quien tiene pensamiento propio nos da jaqueca y para aliviar el dolor sacudimos la cabeza soltando un «Vade retro utopía». Luego, plácidamente, seguimos pastando en la pradera o durmiendo la siesta.
Pero, ¿y por qué no? ¿Por qué damos por sentado la inviabilidad de un mundo de libre pensadores? La respuesta, de nuevo, salta a la vista: es muy difícil evitar la tentación de dejar que otros piensen por uno. La pereza se apoya en la ley del menor esfuerzo, el agua que busca su cauce. Ley de ahorro de energía, economía orgánica. Ley física y biológica, presente en cada átomo y en cada célula viva. En fin, ahorrar energía es protocolo de protozoarios ¿Qué loco está dispuesto a perder el diáfano confort de las amebas?
 
Mario Fattorello ante la cárcel de Sócrates
Ante la cárcel de Sócrates
VOLVER AL YO
Ya no me queda tiempo. Llegó la hora de abrir los portones de la Acrópolis al público y los curiosos hacen cola para entrar. Debo quitarme las indumentarias de Sócrates y volver a ser yo, o lo que creo que soy. Ante mí se abren los caminos, unos más cómodos y otros más oscuros, unos para andar descalzo y otros para andar con resguardo. Ya no soy un Sócrates, se acabó mi oportunidad. Y me despido del teatro de Dionisio con un aplauso, un aplauso en el teatro vacío, sin actores, sin espectadores, sin obra, sin mensaje y me contenta pensar que jamás haya existido aplauso más sordomudo y menos comprometido.

©Mario Fattorello 2014

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EL COMPROMISO DE COMPROMETERSE CON LOS COMPROMETIDOS
Aprovecho este espacio para confesar un secreto que oculté con vergüenza desde mi adolescencia. Convencido de que quería ser escritor, trataba de frecuentar toda tertulia bohemia, más o menos literaria, que se me atravesara por el camino, y es sabido que los ímpetus juveniles nos mueven a querer aparentar saberlo todo sobre aquello que nos interesa, es casi imposible que un muchacho no presuma de veterano en su primera vez sexual. Y lo mismo sucedía en el círculo literario, era vergonzoso no conocer algún autor o no darse cuenta de algún símbolo en cierta película, «Mario, ¿te diste cuenta que la mariposa que volaba allí cerca representaba la psicología del personaje?». Y yo, que normalmente no veía la mariposa o no sabía que los lepidópteros simbolizaban la psiquis, asentía tímidamente como si considerara obvia la observación. En los casos extremos, cuando mi ignorancia estaba por quedar expuesta, recurría a la excusa de necesitar el orinal. Supongo que alguien llegó a pensar que tenía problemas de vejiga. Lo cierto es que había un tema que no terminaba de entender y por el cual fui muchas veces al baño, era el tema de los «escritores comprometidos». En aquella época era cuestión de culto leer a los autores comprometidos. «Pero, ¿comprometidos con qué?» —pensaba yo—. La gente hablaba de compromisos que no tenían nada que ver con escribir bien. En general se referían al compromiso con una forma de pensar, con el antirracismo o con el comunismo. Eso me hacía sentir muy mal porque yo no estaba comprometido con nada, yo sólo quería aprender a escribir. Ahora sé que los compromisos son limitantes y que, para mí, la literatura es una ventana a la libertad. Hoy sigo tratando de aprender a escribir, pero sólo voy al baño cuando lo necesito.