sábado, 27 de noviembre de 2010

Consulta Portátil de Psicología en Buenos Aires (4) La teoría de las ventanas rotas

La teoría de las ventanas rotas

En las ciudades como en el
vidrio, una raja agrieta el resto
«Consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio, y si está abandonado, es posible que sea ocupado por ellos o que prendan fuegos adentro».
El libro de George L. Kelling y Catherine Coles sobre «La teoría de las ventanas rotas» se fundamenta en la anterior consideración. Pero a su vez, esa consideración se basa en un experimento que realizó Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford en 1969:
1. Abandonó un coche en un barrio pobre, en el Bronx de Nueva York, sin placas de matrícula y las puertas abiertas para estudiar qué ocurría. A los 10 minutos empezaron a robar sus componentes. A los tres días no quedaba nada de valor. Luego empezaron a destrozarlo.
2. Abandonó otro coche en las mismas condiciones en un barrio acaudalado de Palo Alto, California. No pasó nada. Durante una semana el coche siguió intacto. Entonces, el psicólogo dio martillazos a la carrocería y esto actuó como señal vandálica para los virtuosos ciudadanos de Palo Alto, porque a las pocas horas el coche estaba tan destrozado como el del Bronx.

Mis propias ventanas rotas
Una ventana rota es
una señal para los vándalos
Recuerdo la fascinación que nos producía en la infancia a mis primos y a mi ver estallar el vidrio de las botellas bajo el proyectil lanzado con nuestras hondas de hule, y el non plus ultra del goce se obtenía al disparar y reventar los cristales de las ventanas. Pero nuestra estricta formación cívica jamás nos habría permitido apuntar a la ventana de una casa. Sin embargo, las veces que en nuestras peregrinaciones de cazadores furtivos por los terrenos baldíos del pueblo encontrábamos alguna edificación abandonada con alguna ventana rota, inmediatamente éramos seducidos por el llamado casi místico a terminar de romper el resto, recuerdo que era una sensación tajante como un imperativo categórico, y el ritual que seguía era siempre el mismo: nos mirábamos los unos a los otros para acordar el procedimiento, luego, hinchados de valor y decisión firme, cargábamos nuestras hondas con sendas piedras y disparábamos como si fuéramos soldados en el frente de batalla cumpliendo con un heroico juramento. Sí, eso era lo que sentía: que un invisible general de tres soles nos había dado una orden y nosotros cumplíamos nuestro deber: no dejar un solo vidrio en pie.
“La teoría de las ventanas rotas” nos alerta sobre la influencia del medio en nuestro comportamiento. Una acera sucia nos incita a olvidar la convicción de cuidar el ambiente de la misma manera que participar en un grupo de gente risueña nos invita a reír y un ambiente melancólico nos pone tristes. ¿Es simple mimetismo? ¿Simple contagio? NÓ, seguro que no. Recibimos señales, avisos y hasta órdenes del ambiente. Cuando entramos a una casa engalanada de blanco, con muebles de revista de decoración, los muebles nos dicen: «¡Mírame y no me toques!» Mientras que si entramos a un baño sucio no sólo nos desmerece cualquier cuidado por dejar alguna gota de agua regada sino que, de alguna manera, colaboramos a ensuciarlo más como si el baño nos estuviera ordenando: «¡Ensúciame!» A este fenómeno me refiero cuando critico los grupos de melancólicos, las asociaciones de gente que ha tenido pérdidas y se agrupa formando agrupaciones al estilo “Mujeres divorciadas” o “Deudos del VIH”, porque la matemática más simple nos alerta que el resultado final será el desaliento elevado exponencialmente a la cantidad de sus miembros.
El ambiente nos habla, nos dice cómo comportarnos, nos dirige, nos manda. No se trata de que sólo nos de permiso para tal o cual cosa sino que ¡nos comanda! ¡Dime en que estado está lo que te rodea y te diré cómo actuarás!

Ciudades Frágiles
Las ciudades latinoamericanas son particularmente frágiles, un político, un decreto, un sindicato, una agrupación vandálica, un simple mal hábito, es suficiente para astillarlas de muerte.
Buenos Aires es un ejemplo de la fragilidad urbana. La otrora Capital de Latinoamérica en pocos años ha cambiado el semblante: indigentes, basura, aceras rotas, autos y buses descarburados, contaminación deliberada, y mendigos, muchos mendigos, muchísimos mendigos ¡demasiados mendigos! Caminar por sus calles me rememoró continuamente la fábrica de mendicantes de “El callejón de los milagros” de Naguib Mahfuz. Y, al anochecer, Buenos Aires se transforma en un gran basurero, los “cartoneros” (personas que se dedican a la recolección y venta de cartones y metales para reciclaje y que están respaldados por un grupo mafioso) rompen las bolsas de basura y dejan las calles regadas de desperdicios que el viendo y los autos desparraman por dondequiera. De verdad que la cosa es tan triste que la tristeza desplaza y empequeñece la otrora melancolía romántica del tango (sí, ya ni la nostalgia del tango es igual, la avidez por chupar la billetera de los turistas lo ha despojado de su mística).
Los cartoneros riegan la basura,
el sucio genera más sucio
Y ni hablar de que en la ciudad del los cafés y los bistrós la salubridad pública brilla por su ausencia, unos años atrás se podía comer en cualquier restaurante confiando en la higiene porque parecía que todos los porteños siguieran el mismo patrón de mi madre: «pobres pero limpios». No, nada de eso, ahora (agosto del 2010) los bares y restaurantes de clase media, las fondas y tabernas cotidianas han sucumbido a la desidia y distan mucho de ser higiénicamente confiables, con cocinas sucias y pisos mugrientos con baños destrozados e infuncionales tapizados de melaza de orín resecado. Hoy Buenos Aires es smog, ruido, sucio, basura, mendigos y cartoneros que transforman la melancolía romántica de antaño en simple desaliento. La ciudad se está quebrando, la extrema vulnerabilidad de su equilibrio está cayendo bajo «el efecto de las ventanas rotas» (contagio de las conductas inmorales o incívicas), lo que hace que la altanería porteña que antes era tolerada por los foráneos por considerarla una curiosa particularidad de su idiosincrasia, ahora se vea ridícula: «se están hundiendo con la nariz respingada».

Cercos y controles represivos: inocentes intentos de rellenar
los vacíos políticos y de conciencia ciudadana
Los organismos encargados de la limpieza y el orden hacen lo inhumano, me consta, pero ninguna ciudad puede soportar el peso de la falta de conciencia ciudadana.
Un taxista, enojado por el embotellamiento causado por piqueteros (los piqueteros son mercenarios de la protesta de calle) que trancaban la Av. 9 de Julio, exclamó con rabia (sin saber de mi relación con Venezuela) «¡Es que ahora somos todos chavistas!».

Los "piqueteros" mercenarios urbanos de la infelicidad.
Y si, parece cierto, en los tres años que falto de Buenos Aires pareciera que hubiese pasado el mismo vendaval que vi llevarse lo poco de buen vivir que quedaba en Venezuela, tal vez esa sea la causa principal del desafuero: la transvaloración de los valores que gira por Latinoamérica con la desquiciada intención de cambiar la pobreza, pero no eliminándola sino dándole un nuevo estatus: «si todos embasuramos, si todos escupimos en el piso, si todos enfermamos de amibiasis si a todos nos da dengue y mal de Chagas ya la pobreza no se notará». Tentación de ventanas rotas.

Buenos Aires, ciudad frágil, no permitas que te cambien del todo el significado del estribillo: “Mi Buenos Aires querido ¿Cuándo te volveré a ver?...

BUENOS AIRES, CIUDAD DE CIELOS AMBIVALENTES (vídeo)


viernes, 26 de noviembre de 2010

Consulta Portátil de Psicología en Buenos Aires (3) Escatología porteña.

Buenos Aires bajo excrementos
Así como en mi época de estudiante en Buenos Aires una canción de Miguel Mateos (Zas) lanzaba el grito en las radios «En la Argentina hacen falta huevos», creo que llegó el momento de decir que «en las calles de Buenos Aires hacen falta huevos y bastan los de codorniz» porque de lo que se trata es de tener la mínima bravura de poner una ley, pero no una ley con la altivez de la ley de policías de Macri, sino una simple ordenanza decente contra la mierda, sí, así como lo digo, una ley de mierda, porque no se puede decir de otra manera, las aceras de Buenos Aires están llenas de mierdas que ameritan regulación. Y es que las aceras de Buenos Aires están plagadas de excremento de perro.
No puede ser que los canes en Buenos Aires tengan derecho de anarquía (escatológicamente hablando), no puede ser que la gente pasee impunemente su mascota dejando un rastro de excremento delante de las puertas ajenas. Tuve oportunidad de detenerme a ver una viejita encapotada con tapado de piel de zorro gris que paseaba su perrito enano y que sonreía mientras el can de cuatro pulgadas dejaba un sorete más grande que él frente al zaguán de entrada de un edificio. La viejita del tapado hecho con las pieles de toda una familia de primos de su perro ¡Sonreía contenta por la gran hazaña de su perrito! ¡Que narcisismo escatológicamente alterado! ¡Esa misma señora probablemente sea (en su casa) una maniática de la limpieza y obligue a sus invitados a descalzarse para no rayar o ensuciar sus pisos de parquet plastificado!
Un día, mi esposa y yo decidimos seguir por unas cuadras a uno de esos muchachos que se ganan unos pesos paseando perros ajenos y que van por la acera llevando de la correa a tomar aire fresco a una veintena de canes, al principio lo observamos recoger calmosamente animales en las casas y edificios del barrio de San Telmo, luego tuvimos que apurar el paso porque el muchacho empezó a caminar ligero halando a los canes como para no darles tiempo de accionar sus esfínteres y así siguió su marcha nerviosa hasta cruzar la Avenida Independencia. Ya del otro lado, o sea, cruzando la frontera del barrio donde viven los dueños de los perros que llevaba, se detuvo a que los animales hicieran de las suyas. Se paró en la primera esquina y los canes depositaron unos diez regalos secos y cinco húmedos, luego se detuvo a mitad de la cuadra siguiente y fueron tantos los secos y húmedos que nos dio asco contarlos (el lector tiene todo el derecho en pensar que el matrimonio Fattorello no tiene nada que hacer si anda persiguiendo jaurías de perros y estudiando sus procesos intestinales, pero me defiendo recordándoles que la búsqueda de la “ciudad mundial” y del “ciudadano del mundo” es algo que nos hemos tomado muy en serio y por ende debemos ser escrupulosos en todas nuestras observaciones). Lo cierto es que pudimos comprobar que este delincuente múltiple (así como hay condenas especiales para los Serial Killers debiera existir leyes y penas especiales para estos enmierdadores masivos), llevaba a los canes a depositar sus excrementos en el barrio de al lado.

El "paseador" de perros en realidad es un valet de váter.
Así como hay leyes que prohíben que un país contamine con sus desechos tóxicos a otro, debiera estar prohibido que el can de un barrio deje su caca en el barrio vecino. ¡Vamos, es cosa de sentido común, tanto el que cada quien se haga cargo de su propia miseria como el que nadie se quiera hacer cargo de la miseria del otro! Pero seguramente la cosa no pasa a mayores porque los del barrio donde los perros de San Telmo defecaron, llevan a sus perros a defecar en San Telmo. ¡Lo que es igual no es trampa! ¿Entienden esta filosofía barata? ¡Todos pisan mierda, pero como no es la propia….!
Lo cierto es que Buenos Aires Capital está bajo el dominio fecal de los perros.
Esto debe ser regulado. Y me siento con especial derecho a denunciarlo porque pertenezco a esa gran cantidad de latinoamericanos que nos hemos pasado la vida hablando bien de Buenos Aires, soy parte de los que hemos contribuido a crear (en el imaginario colectivo) la idea de que Buenos Aires es la eterna París de La Belle Époque, la capital latinoamericana del buen gusto y las aceras para caminar. En fin, nadie espera que las aceras de Caracas estén limpias, ni las de Guayaquil, ni las de La Paz, pero Buenos Aires es un ícono y eso implica una responsabilidad.
El rastro excrementicio perturba lo que la ciudad puede ofrecernos, Buenos Aires tuvo la suerte de que en su periodo de planificación como ciudad capital a finales de 1800 el encargado de la programación urbanística se inspirara en los bulevares de París, y propulsara la construcción de amplias aceras para que la gente pudiera pasear y admirar la arquitectura de los edificios (que fue proyectada para que representara las tendencias del momento), y que hoy nos muestra una colección inigualable de art nouveau, neoclásico y ecléctico que pareciera puesto allí sólo para el disfrute de los viandantes. Pero la poesía se acaba cuando tenemos que caminar mirando al piso para no pisar una caca de perro.
Trataré de ilustrar la idea con una anécdota: camino del brazo con mi esposa, vamos lo más cercanos posibles para generar ese halo de calor que contribuye a disminuir el frío del invierno austral (esa es la excusa, la verdad es que no hay nada mejor que andar juntito al ser amado), y vamos conversando, y voy diciendo: «Mira esa fachada neoclásica parece que fuera...» «¡Merd!» ―prorrumpe mi esposa―» (“merd” es la señal de alarma para evitar pisar una caca de perro). Después del correspondiente saltito, trato de continuar la conversación, «¿te diste cuenta que los porteños no pierden oportunidad para…» «¡Merd!».
«¡No! ¡Así no se puede sostener una conversación!»
Por más que se vista de seda....
Al momento de editar este escrito de Agosto de 2010, (ahora es noviembre del 2010) acabo de regresar a Venezuela de un viaje corto a España. Y fue el hecho de encontrarme en Barcelona con el mismo problema lo que me motivó a editar este escrito de hace meses. ¿Es que la anarquía fecal de los perros está desatada? No, seguramente tiene que ver con algunas de estas tendencias actuales a querer más a los animales que a tu prójimo. Pues espero que este post sirva para levantar un grito más contra quienes no se apiadan del hambre del vecino y compran pellets de salmón ahumado para el gato de la plaza. Está bien la solidaridad con la vida en general, pero las amebas que mataron a mi vecino también eran cosas vivas y sinceramente mi vecino hubiera preferido que fueran cosa muerta antes que morirse él, ¡Ah, y él también tenía un perro!
Se dice que «quien tiene tienda que la atienda». Pues creo que quien tenga mascota debe atenderla y entender que sus inmundicias son parte de ella.
Buenos Aires ¡Date tu lugar! ¡No nos hagas quedar mal! Hay otros países, hay otras ciudades de las que no se espera más de tanto, es más, de algunas no se espera absolutamente nada, como el caso de las ciudades de Venezuela donde las prioridades son otras, como lograr regresar a tu casa sin que te asesinen en el camino y por ello la suciedad en las calles es una nimiedad secundaria. Pero Buenos Aires tiene otra responsabilidad, la de ser un patrimonio de todos y todos esperamos mucho de ella.
Injusto sería no mencionar que hay ciudadanos concientes que pasean a sus perros con bolsas para recolectar sus residuos

martes, 9 de noviembre de 2010

Buenos Aires (2): La “Psicorentabilidad”. Nueva pandemia entre psicoterapeutas

Psicología enlatada

No debiera ser necesario aclarar que soy responsable de todo lo que escribo en este blog y que si alguien se siente ofendido o aludido por mis notas tiene derecho a réplica en la sección de comentarios. Aún así lo aclaro porque al sentarme a escribir este post presiento que la indignación que me atribula dificultará que encuentre eufemismos al momento de dar mis opiniones sobre cierta situación actual de la psicoterapia en Buenos Aires.
Pero antes debo aclarar que los psicoanalistas, neurólogos, psiquiatras y psicólogos argentinos que fueron mis profesores en Buenos Aires los tendré siempre en un pedestal de honor, valor y agradecimiento por no haber sido nunca reticentes en enseñarme todo lo que sabían, mi deuda con los profesores argentinos es impagable, mi reconocimiento es inmarcesible y mi admiración casi mística. Y es justamente esta admiración hacia los profesionales de la salud mental de Argentina la que hizo que me indignara con la actitud de algunos colegas bonaerenses en el reencuentro de este año (2010).
Para reasegurarme, vuelvo a enfatizar que de ninguna manera las observaciones que haré sobre algunos psicoterapeutas en las próximas líneas son atribuibles a la mayoría de los profesionales de la salud mental de Buenos Aires, al contrario estoy seguro que corresponden a una minoría, pero una minoría que trata a muchos pacientes y de allí su trascendencia.
Y para que mi juicio no sea visto de entrada como una calumnia, comenzaré hablando de las causas antes que de las consecuencias.
Resulta que en Buenos Aires, por ser desde hace mucho una capital mundial de la psicología ha logrado incluir la psicoterapia como componente de la “cesta básica” de la familia porteña (un altísimo porcentaje de la población acude a consulta psicoterapéutica), y así las “obras sociales” han incluido en sus programas de salud el tratamiento psicológico. Seguros sociales del estado como Pami (seguro social para jubilados), y seguros privados como OSDE (Organización de Servicios Directos Empresarios), entre otros, ofrecen a sus afiliados consultas con los psicoterapeutas de su staff. Estos psicoterapeutas (psiquiatras, psicólogos) perciben unos 8 -10 dólares por paciente visto, con lo que, para redondear su salario, los terapeutas se transforman en ballenas con la boca abierta tratando de tragar todo el krill (léase pacientes) que puedan. ¿El resultado de esto? ¡Imagínenselo! ¡Una docta salvajada!
El elemento común de todos los sucesos que ocasionaron mi indignación, fue la frecuente utilización, por parte de algunos psicoterapeutas que trabajan en estos sistemas masivos de salud, del término “rentabilidad” al referirse a la atención de pacientes y a las terapias utilizadas. Allí donde yo esperaba que se hablara de «efectividad terapéutica», «remisión de síntomas», «curación», «alivio», «investigación» y «descubrimiento», se repetía el comentario «esto no es rentable» o « aquello es más rentable».
Para muestra un botón, hablando con un psiquiatra de uno de estos servicios le pregunto:
—¿Y qué tipo de psicoterapia haces con tus pacientes, acaso psicoanalítica?
A lo cual me respondió:
—No, no, para nada, la psicoterapia no es rentable, se necesita demasiado tiempo, para bancarme esto debo ver por lo menos cuarenta pacientes diarios, yo les doy medicamentos, con psicoterapia no me daría la base.
¿Se entiende lo que trato de decir? Otro psicoterapeuta me cuenta: «Bueno Mario, yo trabajo 16 horas al día para que me den los números y preparo algunos talleres, tú sabes, “enlatados” y ese tipo de pavadas que le vendemos a organizaciones gubernamentales, fundaciones, etc.»
¿Dieciséis horas al día atendiendo pacientes? ¡Eso no es psicoterapia, es un desquiciado maratón! ¿Enlatados y pavadas? Por definición estas cosas nada tienen que ver con la psicología, ya está dicho, son pavadas enlatadas, pero la cosa no es tan sencilla, porque en estos discursos hay un gran ausente, que es el personaje principal del asunto: el paciente, que es quien se traga el botulismo de los enlatados.
Un colega me propuso, de buena fe, trabajar con su equipo (para atender cientos de pacientes en tiempos impensables) y antes de poder negarme cortésmente, comenzó a mencionarme los tramites que debía realizar para ingresar y en primer lugar mencionó: «Necesitás el “Seguro de mala praxis» (un seguro para resguardarse de una demanda por mala práctica profesional). Sentí una alarma entristecedora por dentro (la pena ajena no me permitió expresar lo que pensaba). «¡Qué cola de paja! Lo primero que piensa es en resguardarse de ser juzgado por el cadáver que ya guarda en el refrigerador-pensé a lo Breton-». Deshonestidad premeditada. ¡Y, claro!, con un sistema que propone psicoterapia para todos pagando una miseria a los terapeutas es lógico que se propague la mala praxis. Pero he aquí el centro de gravedad del asunto: debieran ser los psicoterapeutas mismos los que no aceptaran en posición genuflexa la aberración propuesta. ¿Cuánto cuesta la conciencia de un psicoterapeuta?
Desde este momento me declaro militante de la cruzada para que la “Psicorentabilidad” se incluya en la semiótica psiquiátrica como una enfermedad grave (y peligrosa) a la que están expuestos los trabajadores del área de la salud mental (en especial los que trabajen en sistemas públicos de salud en Latinoamérica).

Al final, el psicoanálisis sigue con la ética en alto

Cuando en 1993 tomé la decisión de alejarme del psicoanálisis lo hice con firme convicción de que debía emprender un camino hacia una psicoterapia más efectiva para el paciente. En aquél momento dije en un congreso psicoanalítico que me alejaría porque lo que ellos llamaban “psicoanálisis” a mi se me iba pareciendo cada día más a un romance entre el terapeuta y el paciente (en el psicoanálisis clásico la duración de la terapia era calculada en años de tratamiento de cuatro sesiones a la semana). El motivo principal de mi búsqueda de terapias más breves y rechazo a los tiempos psicoanalíticos radicaba en que reconocía “la velocidad y la efectividad” como los valores más evidentes de fin de siglo, y ante estas demandas culturales las terapias de larga duración eran anacrónicas, mi intención era crear una terapia más concreta, acorde a las exigencias del mundo del momento porque estaba claro que el psicoanálisis no marcaba las pautas del mundo, y que la gente pedía algo diferente y de no acudir a esta llamada habría sido como escupirle en la cara a Darwin.
Hoy en día siento que fui demasiado prepotente en mi aseveración, a pesar de que lo pronosticado terminó siendo cierto, me arrepiento del tono crítico y peyorativo con que denigré del psicoanálisis, porque hoy en día los psicoanalistas siguen siendo los más fieles a la investigación y a la vocación científica. Los psicoanalistas son los únicos que se han podido deslindar del mercado de la autoayuda, de los enlatados y de la “Psicorentabilidad” (el psicoanálisis es una terapia cara pero muy profesional y basada en el paciente, y nunca se podría someter a sistemas perversos de atención masiva).
Al desligarme del psicoanálisis automáticamente estaba entrando al bando de “los demás”. Pero tristemente debo reconocer que algunos de “los demás” son “ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”, la mayoría se dicen “eclécticos” (ser ecléctico significa saber un poco de todo y mucho de nada), dicen ser descendientes del psicoanálisis y de que estudiaron Lacan antes de darse cuenta que el mundo había cambiado (yo diría que dejaron de ser Lacanianos cuando se dieron cuenta que no lo podían entender si lo estudiaban mientras sacaban cuentas domésticas para cambiar el modelo de automóvil). Pero lo cierto es que pareciera que de Lacan les quedó lo que no entendieron. Lacan enfatizó: “Hagan como yo, no me imiten”. Pero el consejo no cundió y pareciera que hicieron lo contrario, porque terminaron imitándolo sin comprenderlo, y así se aislaron del mundo científico y entraron al sueño de contar lingotes, como dijo de Jacques Lacan la revista L'evénemente du Jeudi (que como la mayoría de las voces de la época, también desapareció): “El chamán del psicoanálisis, el gurú de los años setenta terminó su vida en el mutismo, coleccionando lingotes de oro, ávido de silencio y de dinero”. Así parecen haber decidido terminar varios de mis colegas “eclécticos”, esos colegas que “no son ni uno ni lo otro sino todo lo contrario” y que en general cayeron en la tentación pesetera de pensar la psicoterapia en términos de mercancía. La muerte de toda mística. La vocación ahogada por la finanza doméstica, el ocaso de ídolos que no llegaron a ser ni estatuillas de cerámica.
«Desubicados» los llamaría si estuviéramos hablando de una posición ideológica en una agora griega, pero como hablamos de atención a pacientes en un blog personal de alguien que cree en la ética, no hay alternativa en el calificativo: «criminales».

Por otro lado sale el Sol

Respiro hondo y me tranquilizo al recordar las fructuosas reuniones que pude departir en Buenos Aires con gente seria e interesada sobre los estudios e investigaciones que en la Escuela de Psiconomía hemos realizado, y de cuánto me nutrí del interesante trabajo que muchos colegas están haciendo en importantes campos de la psicología; lamento ahora la rabia implícita en los párrafos anteriores, lamento que lo malo tienda a opacar lo bueno así como una indigestión desvirtúa un suculento almuerzo.
Innumerables fueron los gratos tratos y enseñanzas que recibí en Buenos Aires, y repito, los buenos son los más, por ejemplo: Juan Carlos Feole, que dirige una comunidad terapéutica para droga-dependientes en la provincia de Buenos Aires, un trabajo de trincheras, soldados que se saben en guerra contra el flagelo de la droga y que como en cualquier guerra saben que «vale todo» y por ello deben inventar sobre la marcha estrategias nuevas y cada terapeuta termina volviéndose una eminencia anónima en lo particular de su enfoque.

Con el Psic. Genaro Juan Carlos Feole
Y como ellos son muchos los doctos batalladores que acrecientan las ciencias psicológicas en Buenos Aires. Muchos recién graduados y jóvenes terapeutas me enseñaron sus ganas de trabajar por la vanguardia científica y en general para colaborar en hacer del mundo un lugar mejor, muy especial fue conocer psicólogos que ayudan a los inmigrantes sin techo: todos héroes. Tuve la suerte de conocer al director de la revista “Actualidad Psicológica” que desde hace 30 años se mantiene en la vanguardia con un esfuerzo y calidad digno de un premio Nacional de las Artes y Ciencias. Me reencontré con profesores que recordaban discusiones filosóficas serias que habíamos sostenido 20 años antes: fue maravilloso.

Y es por eso que...

Y justamente porque existe esta gente honesta, proactiva, humana y seria, es tan grande la indignación por los que ven la profesión psicoterapeutica como una mercancía. En una relación medico-paciente, el paciente es un ser indefenso que pone su vida en manos del médico, por ello, la ética profesional es tan importante, porque la relación médico-paciente se presta para el abuso.
Y quiero terminar volviendo a enfatizar que “La Psicorentabilidad” es una enfermedad pandémica entre los profesionales de la salud mental, ahí se lo dejo a la ciencia para que trate de curarla ¿Cual ciencia? ¿La política? ¿La psicología? ¿La economía? ¿La ética?...

miércoles, 28 de julio de 2010

Consulta Portátil en Buenos Aires (1) Don Giovanni y la Misoginia

El Colón es...el Colón.
El Colón y Don Giovanni

Después de años de remodelaciones reabrieron el Teatro Colón. Y mi reencuentro con él no podía ser más impactante, vería la “Opera de operas”: Don Giovanni.
Al salir, sentados en un café, con un tinto Malbec grueso e inmejorable, y con Mozart como eco en los oídos, reflexiono sobre el donjuanismo y forzosamente sobre la «misoginia»

En el Colón se es más que expectador…
La Misoginia

El concepto de «misoginia» ha ido cambiando con el tiempo a medida que se ha profundizado en la comprensión de la naturaleza humana, y así, de su antiguo significado de antipatía hacia las mujeres, ahora se lo entiende como una serie de mecanismos complejos de ambivalencia (amor y odio simultáneo) hacia el sexo femenino, hasta el punto de llegar a considerar al donjuanismo como una de las expresiones más elevadas de la misoginia.
El hombre puede causar indiferencia. La mujer no.
¿La razón?
Reverencia obligada...
Tanto hombres como mujeres provienen de una hembra de la especie.
El amor hacia la madre es un amor “de hecho” y cada sentimiento lleva implícito su polo opuesto (consciente o inconscientemente).
Se desea lo que se necesita. Pero la necesidad revela una carencia del necesitado. El odio nace de una necesidad insatisfecha, se odia lo necesitado porque necesitarlo nos hace dependientes de él.
Un misógino guarda dentro de sí un deseo inconsciente de venganza hacia las mujeres. No lo sabe. Se siente atraído por ellas y no sabe porqué. Las desea con vehemencia. Cree que ése es su móvil. Luego las denigra, las humilla y maltrata en un vago intento de demostrarse y demostrar que no las necesitaba.
La técnica del misógino consiste en seducir hasta enamorar a la víctima, y cuando la tiene enredada en la fragilidad del embelesamiento amoroso, empieza a ponerle pruebas difíciles, humillantes, denigrantes. La mujer que ha caído en sus redes, sigue el juego porque el misógino se esmera en hacerle ver que lo que pide son pruebas (válidas) de amor. El misógino hiere sutilmente hasta verla llorar, humillada. En ese momento se tranquiliza y disminuye el ataque. Ha logrado su objetivo. La ha rebajado, la ha hecho sufrir, denigrado. Y el misógino siente que su deseo de venganza tiene un momentáneo alivio.
Pero pronto regresará a la carga.
El deseo vengativo del misógino nunca se sacia.
Ultrajar, buscar nuevas víctimas y seguir ultrajando, se le ha vuelto un placer inevitable, impostergable. Se hace adicto y como todo vicioso: insaciable. De esa necesidad de buscar siempre nuevas víctimas cae en el donjuanismo (siempre que sus dotes personales se lo permitan).
La mujer con más atributos femeninos es la víctima preferida del misógino. La belleza femenina lo perturba: ¿Quién se ha creído? ¿Se cree tan mujer que puede seducirme con sus encantos hasta hacerme desearla? La cacería del misógino empieza... y como ha pulido tanto sus estrategias, casi siempre logra su deseo: conquistar enalteciendo el ego de la víctima es su primera estrategia, la coloca sobre un pedestal para luego serrucharle el piso y disfrutar viéndola caer. De más alto caiga, más duro será el golpe y más grata la malvada satisfacción. Pero cabría preguntarnos cuál es el atributo más seductor del misógino, pues el donjuanismo mismo. Las mujeres se sienten atraídas por Don Juan justamente porque tiene muchas amantes, lo cual lo revaloriza exponencialmente ante sus ojos: la fama de haber tenido muchas mujeres genera la primera valoración rápida: ¡Algo especial debe tener! Pero la segunda valoración que la mujer hace del Don Juan es: Si él se interesa en mí, luego, yo valgo más que todas sus otras amantes.
Y esto es así porque la misoginia no es exclusividad de los hombres
La denigración entre mujeres es más que frecuente. ¿La razón? Ellas también provienen de una madre. Desde que el mundo es mundo nadie ha sido parido por el padre. Por lo tanto, si el deseo de venganza proviene de sus primeras relaciones afectivas, del rechazo por la dependencia de lo que necesitan, de una traumática relación con sus orígenes, las mujeres tienen tanta posibilidad de sentir ambivalencia hacia el sexo femenino como los hombres, lo que se evidencia en múltiples actitudes, desde la constante competitividad entre ellas, hasta los sentimientos misóginos que he podido observar en pacientes lesbianas promiscuas.
El odio hacia las mujeres es mucho más generalizado de lo que creemos. Pero, igual que con la mayoría de los aspectos de la personalidad, sólo vemos su fachada, normalmente enmascarada para ocultar la verdad (es condición de la verdad que en su forma natural aparezca disfrazada de lo contrario). Disfrazamos el mundo a conveniencia. Por ello la idolatría hacia la mujer, en la mayoría de los casos, es una transformación en lo contrario de ocultos sentimientos hostiles. Como si en el fondo no se perdonara a la madre por haberla necesitado y por haber dependido de ella.
El misógino se cree un San Juan Bautista tratando de lavar con su venganza sobre las mujeres el imborrable pecado original de haber sido hijo .

martes, 27 de julio de 2010

Consulta Portátil en Argentina (1) Nupcias Homosexuales

Una nueva bandera Argentina

Me ha tocado estar en Argentina en momentos más y menos trascendentes para el país: cuando acabó la dictadura militar y Alfonsín reinicia la democracia, cuando ganó el mundial de futbol, y ahora cuando se promulga la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo.
Es una condición inexorable del «ciudadano del mundo» autoinventar su código moral, su superyo, su ética. Se suele posponer la posición a tomar ante ciertos temas por pensar que no nos atañen, y así, quien es infértil puede desentenderse de la ley sobre el aborto, o quien goza de buena salud y vive una vida afortunada cree que no le incumbe el tema de la eutanasia, pero sentirse ciudadano del mundo, intentar serlo, implica tomar posición sobre lo que sería bueno para uno y para cada cual, así que todo conflicto humano de mayorías o minorías le incumbe.
Estoy en Buenos Aires en el momento en que se anuncia la ley sobre matrimonios entre parejas del mismo sexo y recojo las opiniones de los porteños.
Pero antes de hablar sobre la reacción de los argentinos, quisiera plantear que el asunto para nosotros parte de un principio básico: la homosexualidad no era ni es ilegal, por ende no puede ser motivo de de limitación de derechos y deberes. La jurisprudencia es clara en su principio más general: el que infringe la ley será punido con multas y/o limitaciones de libertad, pero el hombre justo gozará de todos los derechos, y en cuanto a los deberes, si es justo se da por hecho que los cumple.
Concretamente nuestra posición es que la homosexualidad no excluye a quien la practica de ninguna obligación ni beneficio legal.
La aclaración anterior trata de establecer un orden antes de entrar al caos, porque la ley que avala el matrimonio entre personas del mismo sexo ha causado un revuelo entre los porteños debido a que el ámbito legal (jurisprudencia), es invadido por el ético (moral personal) y el político (estado y religión), un menjunje de opiniones que nos llevan a una primera cuestión sobre los límites del caso: ¿Quiénes tienen vela en este entierro?
Quienes toman la religión como un dogma rígido y por lo tanto frágil, levantan la voz contra la «aberración», porque en sus libros sagrados no se habla de homosexualidad y todo lo que en ellos no se mencione no debe ser, olvidando que esos libros tampoco mencionan que la Tierra es redonda.
Para quienes pensar es comprometerse y comprometerse implica responsabilidad y la responsabilidad les da fastidio, como es habitual toman el tema a broma inventando nuevos chistes.
El gobierno y sus partidarios repiten a coro la frase que la presidenta sentenció el día que se firmó la ley: «Esta ley hizo a la sociedad un poco más igualitaria». Los políticos son especialistas en crear frases cliché para usar cuando no saben qué decir.
Los militantes de la oposición lógicamente despotrican en contra de «la abominable ley» acusando al gobierno de tratar desesperadamente de ganar votos entre las «minorías».
Los fóbicos, temerosos ante todo cambio, pronostican el fin del mundo.
Desde la plaza del Congreso, pienso en el pensador...
En fin, todos tienen algo que decir porque no saben qué decir (y la verdad es que no hay nada que decir), pero lo cierto es que los homosexuales argentinos celebran y están felices.
Aristóteles nos advertía que a veces nos proponemos cosas contradictorias como ser justos y llevarnos bien con todo el mundo, y que para evitar tal conflicto necesitaríamos que todas nuestras acciones estuvieran dirigidas hacia un fin último, supremo y absoluto. Pero, ¿cuál ha de ser el fin o bien supremo? Todo el mundo está de acuerdo: la felicidad (se pregunta y responde Aristóteles).
Y para ser felices es necesario estar entre gente feliz, el «ciudadano del mundo» está conciente del valor que tiene el entorno para su propio estado de ánimo y no puede sino estar de acuerdo con todo aquello que promueva el bienestar a la más pequeña minoría, porque está claro que las virtudes son prácticas cotidianas, nadie obtiene título de virtuoso, se es virtuoso o no en cada acto, la virtud ética más importante es la justicia, porque en ella el individuo busca no sólo el bien propio, sino también el de los demás. Y por ello toda ley que impida cualquier tipo de segregación será apoyada por el «ciudadano del mundo».

sábado, 24 de julio de 2010

Consulta Portátil de Psicología en Lima (1) Todos somos uno y uno somos todos



El fin de la historia
Toda Lima aupando a los españoles sin anacrónicos rencores.
En la Plaza Mayor de Lima viendo en pantalla gigante la final del mundial Fifa 2010, junto a miles de limeños vitoreando a la escuadra de España, me siento partícipe del «fin de la historia».

Refrescamiento al final del primer tiempo
Dejo de ver el partido y cierro los ojos para que desfilen ante un merecido fondo negro los Incas muertos por el hierro retaliativo, los campos de batalla, las estatuillas de Atahualpa, la cara que he visto en retratos de Pizarro y siento un viento fresco que me alivia del sol que cae perpendicular sobre nosotros (dicen que en Lima nunca sale el Sol, pero he comprobado que sólo sale cuando encuentra a uno en descampado), un viento fresco lleno de aires de reconciliación: limeños descendientes de los sobrevivientes de la colonia están reunidos en la plaza para vitorear por decisión propia y mero gusto al que otrora fuera el enemigo, al equipo español; definitivamente la historia llegó a buen fin.


El Gol de todos los hispanohablantes.

Ahora la lengua demarca un lugar común, o mejor dicho: de comunión (que es mucho más decir que "comunicación"). La religión que otrora fuera excusa de dominación ahora es razón de libertad y elimina distingos entre rasgos indígenas y caucásicos; y el Real Madrid o el Barsa son puntos de encuentro, de afición, de disfrute, de goles, de evolución, en fin, estoy en presencia de lo que mil pensadores del pasado habrían considerado pretencioso atribuírselo a la definición de libertad: la falta de resentimientos. De pronto se me ocurre que Iberoamérica debiera ser el nombre de un buen matrimonio en el que las contrapartes hispanohablantes crecen aprendiendo juntos.
Dicen que las competencias deportivas internacionales son sublimaciones de la actitud guerrera, sitios ideados para que pateando pelotas se descargue la energía que de lo contrario se expresaría en tiroteos. Para mí esta experiencia es entusiasmante, como lo es toda acción o circunstancia que me devuelva la fe en la gente, que aliente la posibilidad de que exista el «ciudadano del mundo», y creo que Latinoamérica tiene espacio para la tolerancia, para la fraternidad, para la fusión étnica, para la cooperación sin necesidad de tener un enemigo común para unirse, un espacio para la paz y el repudio a toda confrontación. Creo que en esta Plaza Mayor en la que los limeños celebran la victoria futbolística de España está germinando un trozo del nuevo mundo.

LA ALEGRÍA: buena nueva universal del ciudadno del mundo.


Consulta Portátil en Pompeya (De ruinas y Autoconciencia De Muerte)

Al llegar a las ruinas de Pompeya me asalta una duda de esas que suelen anticiparme una convicción:
¿Qué placer esconde recorrer ruinas?
 «la desolación de estas ruinas no puede ser (en sí misma) la causa de la fascinación que atrae a miles de personas que la visitan. Tampoco la historia de la ciudad y de su cultura pareciera merecer un capítulo aparte, su atractivo debe provenir de algo más».
Camino por las veredas de adoquines derruidos, observo las columnas castradas, las guías turísticas hablan de terremotos, de erupciones volcánicas, de gente carbonizada, de civilizaciones desaparecidas…, en fin, por donde se lo mire el tema es recurrente: Pompeya fue destruida por terremotos y por la erupción del Vesubio.
Y es esto lo que no me cuadra, ¿de dónde proviene la fascinación de este lugar ícono mundial de los desastres naturales? En muchas otras partes hay ruinas de cataclismos naturales, que muy lejos de generar hechizo alguno, se presentan como desgracias penosas, como desastres que quisiéramos tratar de evitar y (en lo posible) olvidar. Pero la gente viene a Pompeya a tratar de imaginar (y revivir) el desastre, presiento que hay algo morboso en todo esto, tardo un tiempo en dar con la primera pista, no es fácil mantener el pensamiento lúcido cuando se está en un sitio que ha sido pensado para distraer al turista (sí, lo reconozco, en Pompeya yo también era un turista cualquiera).

Una luz entre ruinas
Sin embargo, al rato llegó una pequeña luz a mi entendimiento y me di cuenta de tener ante las narices lo que estaba buscando bajo tierra: Pompeya es relacionada por el imaginario colectivo con Sodoma y Gomorra y esta asociación transmuta el cataclismo geológico en castigo divino.
He aquí la esencia del atractivo del gigantesco esqueleto vesubiano: ser el reducto, el recordatorio de la inmensidad del castigo que persigue al hombre, en este caso la ira de Dios sacudió a la ciudad con terremotos y escupió lava y cenizas sobre la población sacrílega, he aquí el motivo de su embrujo, nuestra humana fascinación por el castigo divino.
La muerte hace al castigo inexorable. Es uno de los principios de nuestra Escuela de Psiconomía: que la ACM (Autoconciencia de Muerte) es estructurante del aparato psíquico. Y eso es lo que nos recuerda Pompeya en sus huesos: la importancia del temor al castigo como base de la civilización. Castigo divino o mágico…; terremotos, erupciones volcánicas, son sólo fenómenos geológicos del planeta; pero en Pompeya adquieren categoría de castigo y de allí su trascendencia.
Pompeya es un gran monumento al temor a Dios, que al final no es otra cosa que una transmutación del temor a la muerte. Pompeya sirve a la gente que la visita para imaginar (aunque sea por unos momentos) que la muerte es evitable, que los habitantes de Pompeya se carbonizaron bajo la lava por haberse portado mal, por tener prostíbulos y abandonarse al hedonismo, como en Sodoma y Gomorra.
Me detengo a mirar a los turistas y no dudo de que muchos de ellos saldrán de las ruinas y tomarán el tren de regreso a Nápoles sintiéndose casi inmortales, liberados de la ira divina, pensando en todas las razones por las que un volcán no escupirá lava sobre ellos, y por las cuales también irán al cielo y así tampoco arderán en la lava del más allá infernal.
Sigo caminando las veredas de piedra entre las ruinas y tarareo una canción que había olvidado, una melodía de mi infancia, un cántico de iglesia. Entonces llegó la convicción: visitar Pompeya es otra manera de ir a misa.

Consulta Portátil en Nápoles (2) El Súper-Yo de La Camorra

Napoli: una ciudad admirable.
LA CAMORRA: UN «SÚPER-YO» PARTICULAR

Nápoles, sin saberlo, intenta retener el antiguo resplandor de cuando era parte del “Reino de las dos Sicilias”,  a días de cumplirse los 150 años de haber sido anexionada al “Reino de Italia” mantiene todavía (en el imaginario colectivo) su soberano semblante, su estampa de cosa aparte, y esto pasa tanto en los napolitanos que se saben diferentes de los demás italianos (y lo exponen con esa rendida altivez que sólo ellos saben gozar), como en los italianos del norte que no pierden oportunidad de usar a los napolitanos como chivo expiatorio del mal de turno del país (a la mejor usanza trillada de las campañas políticas latinoamericanas).
Para nadie es secreto que los italianos del norte juzgan de irresponsables a los meridionales y a los sureños, sin embargo, hay muchas maneras para demostrar que los meridionales son tan o más juiciosos que cualquiera, aunque a su manera. La expresión más paradojal de esto es La Camorra Napolitana.  
La Camorra en esencia no es un grupo delincuencial, sino un código moral, estricto, inexorable, riguroso, pulcro y claro.
Delincuente es aquél que no ha internalizado un código moral, que evade o rompe las leyes, en todo caso un delincuente vive “fuera de la ley”, y nada menos parecido a esto que la Camorra Napolitana que en sí misma es un código, una institución tradicional del paterfamilias, un conjunto de reglas y leyes que deben ser seguidas a cabalidad so pena de muerte (por favor abstenerse de críticas moralistas, acá no se está discutiendo sobre la legitimidad de la pena de muerte).
El código de la Camorra es instruido de generación en generación como enseñanza familiar de sobremesa en el almuerzo casero del domingo, y viene transmitiéndose de abuelo a padre, de padre a hijo, no sólo dentro de la “familia camorrista” sino también de los “protegidos” de la misma.
Me cuenta un viejo napolitano: «el respeto por la Camorra es implantado en la familia, el abuelo que encontró trabajo gracias al “Padrino” le estará siempre agradecido y enseña este respeto al hijo y este al nieto recordándole la mano que les dio de comer. Así hemos funcionado desde que tengo memoria. Dentro de este aparente caos tenemos un orden que funciona y aquí estamos: vivos y napolitanos».
Me dice un camorrista: «Somos nuestro propio gobierno a falta de un gobierno estatal que nos tome en serio».

Desde Castel dell´Ovo: Liseth, el viento y Napoli

La Camorra no es psicopática, no es una cofradía delincuencial como pudiera entenderse de una lectura superficial de las películas de Francis Ford Coppola. La Camorra en sí misma es un “súper-yo” (estructura legal) con reglas propias, adecuadas al lugar, la Camorra es un gobierno adecuado a Nápoles.
Este es el momento en que mi interlocutor exclama: « ¿Adecuado? ¿Cómo juzgar a la Camorra como gobierno adecuado? ¿Qué criterio usas para definir un sistema como adecuado?»
Reconozco cierta reticencia a responder esta pregunta, pero me atreveré a señalar lo que la propia ciudad de Nápoles me inspira:
“Un sistema público es propicio, adecuado y funciona si logra que sus participes, sus miembros, sus operadores, quien dirige y quien es dirigido, sean felices. Y, ¡sí!, los napolitanos son uno de los pueblos más felices que he visto, gritones, entusiastas, estruendosos, efusivos, emotivos, simpáticos, risueños… felices (en Nápoles se me hace imposible separar la espontaneidad de la idea de felicidad).
Pero esta felicidad tiene un precio social: una resistencia natural a la homogeneización, a la globalización, a la transculturización. La espontaneidad conlleva al individualismo en su más amplia acepción, y por ende genera una sensación de caos social donde cada quien reclama su derecho a ser “a mi manera” (en varias oportunidades, mientras caminaba por Nápoles, me descubrí tarareando inconscientemente “My Way” en versión de Sinatra) y esta “espontaneidad” es lo que ellos llaman “meridionalidad”, la cual, salvando las distancias geográficas e históricas, tiene mucho que ver con la esencia caribeña (es una experiencia extrasensorial caminar por Nápoles y escuchar un merengue o un tango que sale de un café o un bar).
Definitivo: hay que vivir en Nápoles para entender la napolitaneidad.

EL VIRUS MUTANTE

La Camorra no es lo que muestran las películas de Hollywood sobre la mafia.
El escenario donde transcurre la historia marca la gran diferencia entre la Mafia Siciliana o la Camorra Napolitana y los Pacinos, Deniros, Coppolas, De Palmas, Capones y Lucianos gringos. El “contexto camorrista” sólo tiene sentido en la Italia Meridional.
Camorristas o mafiosos fuera de Nápoles o Sicilia ya no son “adecuados” y es irremediable que estos “desubicados” se vuelvan “desadaptados”. Al dejar de ser “oportunos reguladores sociales” se vuelven “oportunistas disociales”.
Aún así (y Puzo lo enfatiza en sus libros), los mafiosos en Estados Unidos no eran psicópatas, pero en contraste con la cultura (y la jurisprudencia) que los rodeaba, sus acciones eran psicopáticas, delincuenciales; se entiende, eran gatos en el agua… con snorkel de alto calibre.
En fin, la Camorra que es parte de la estructura familiar-social de Nápoles, en cualquier otro sistema se transforma en un pernicioso virus mutante.

EL CAMBIO

Los cambios son precedidos por crisis. Y la crisis napolitana está en antesala, hace lobby ante el inminente trapicheo impuesto por la tendencia universal de la humanidad: la globalización.
Nápoles sigue siendo una fiesta, pero la sombra del Vesuvio y las ruinas proféticas de Pompeya anticipan la ruptura de su esquema tradicional, los vientos tecnológicos rasgan los ritos ancestrales; las sísmicas corrientes del norte anuncian la muerte de las solemnidades del paterfamilias trayendo emancipación femenina, divorcio, un nuevo concepto de linaje, matrimonios homosexuales, una nueva estructura social con tendencia a la uniformidad homogénea, el suicidio del folklore, suplantación absoluta de Totó por los Wakawakas de Shakira. Y para rematar, el Estado, cual erupción volcánica con capacidad de derretir las más concretas fundaciones, no tolerará más jefaturas paralelas e invertirá dinero y tecnología para achicar el cerco alrededor de lo que considera una contracultura subversiva.
El planeta da vueltas y más pronto que tarde Nápoles terminará cayendo por su peso específico cuando se encuentre boca abajo en el vacío de la levedad insustancial del mundo por venir, y no habrá Camorra que valga ni nadie dispuesto a salvarla; sin embargo para sus habitantes y admiradores, para los napolitanos, para los otros y para nosotros que le conocemos  quedará una consolación: «morir después de haber visto Nápoles» no será una muerte sin sentido, sino el sentido mismo de la muerte. Nadie nos podrá quitar lo bailado.
Vedi Napoli e poi muori ¡Salute!

sábado, 19 de junio de 2010

A-Dios Saramago

Ayer, 18 de Junio de 2010 murió José Saramago.

Murió consciente de morir, a sabiendas de lo que hacía, porque la muerte para él no era un designio externo sino una acción propia, y murió con la sinceridad que se propuso en vida, sin titubeos, «murió del todo» porque él decidió valientemente que así fuera, sin necesidad de nada más.
Ateo confeso, resolvió no apelar a ninguna esperanza fácil. Claro de toda claridad pensó la inmortalidad como un deber personal, decidió ser él mismo el creador de su inmortalidad, que durará cuanto dure su descendencia, sus libros y las ideas que a todos donó con alegría.
Dios de su creación, nos la donó sin pedir mucho a cambio. Quienes a Saramago algo debemos (en mi caso ese “algo” no es poco), estamos claros de que no le vamos a rezar ni a construir templos de culto, porque él creó otra idea de Dios, la de un Dios que vivió lo que tenía que vivir y al morirse no pretendió escabullirse de la realidad con la excusa ya trillada por antiguos Señores «Después de seis días de arduo trabajo los creé, ahora me voy a descansar un rato largo -no me despierten-».
«Me muero y punto. Ustedes sabrán lo que deben hacer con su vida» fue el mensaje claro y conciente que nos dejó. Por ello a Saramago no se le puede escribir un obituario con palabras que no sean las de él mismo. Saramago se pasó la vida cuidándose de que no le alteraran el propio epitafio. Despedir a Saramago sólo es posible con sus propias palabras:
«Comprendo que hay cosas que están huyéndome de las manos y otras que amenazan hacerlo, mi problema es distinguir aquellas por las que todavía vale la pena luchar de esas otras que deben abandonarse sin pena, O con pena, La peor pena, hija mía, no es la que se siente en el momento, es la que se sentirá después, cuando ya no haya remedio, Se dice que el tiempo todo lo cura, No vivimos bastante para hacer esa prueba»  (La Caverna, José Saramago)
A-Dios, compinche de utopías, hasta que la vida (o la muerte) nos alcance, A-Dios José.

sábado, 5 de junio de 2010

Consulta Portátil en Verona (con Romeo y Julieta)

La ciudad poética

Cuando por cualquier motivo aparece el tema del “benessere” (bienestar) italiano, no puedo evitar pensar en Verona. De todas las ciudades de Italia es la que más se me asemeja a la utópica idea de una urbe de “riqueza equitativa”, me refiero a que sus habitantes parecieran estar nivelados económicamente en una alta clase media, sin grandes contrastes todo parece de mediana medida, sin excentricidades, sin mendigos a las puertas de una torre de cristal, un lugar perfecto para imaginar que todo va bien en el mundo.
Una ciudad equilibrada de gente dedicada a lo suyo con agrado y bien remunerados, ni pomposa ni humilde, simplemente ordenada, cómoda, con todo en su lugar.
En Verona es fácil idealizar la vida, lo que permite minimizar las miserias humanas hasta llegar a imaginar que los únicos dramas posibles sean las pasiones amorosas. A mi modo de ver, Verona merece ser la albacea de Romeo y Julieta.
Es más, aunque suelo molestarme cuando veo que una ciudad exagera en crear falsos atractivos turísticos violentando la historia para que un sitio anodino se vuelva interesante (lo que hace viable cobrar por el derecho a verlo), en el caso de Verona me resulta aceptable que su departamento de promoción turística haya creado un mausoleo de Julieta (obviamente sin tumba, sin cadáver, sin Julieta), porque esta ciudad ha sabido ganarse con su “bienestar equilibrado” ésta y otras concesiones poéticas (la poesía sólo tiene sentido cuando las demás necesidades del hombre están cubiertas, no se lee poesía con hambre o ante un ultimátum de hipoteca o estando enfermo).
Por ello en Verona podemos sentarnos a hablar del amor como en cualquier otra parte hacen lo propio con la política.


Romeo despechado

En la supuesta casa de Julieta, debajo de su apócrifo balcón, al lado de la estatua cuyo pecho izquierdo todos los turistas soban para tener suerte en el amor, se me escapa una reflexión: ¡Y pensar que Romeo no estaba enamorado de Julieta!
—¡Qué? —casi me grita mi esposa cambiando de inmediato su semblante— ¡No me vayas a querer desinflar el momento, no me importa si esta es o no la verdadera casa de Julieta, lo importante es que yo me lo crea!
—Si, si, claro, por eso estamos aquí, pero te digo la verdad, Romeo nunca amó a Julieta y te lo puedo demostrar.
—Ya veo que vas a salir con una de las tuyas, pero que sea más tarde y frente a un café, ahora déjame tocarle el pecho izquierdo a la estatua de Julieta que no está de más tener a un poco de suerte ¿vale?
Más tarde, sentados en una hostería y frente a sendos cafés con grappa…
—Así que Romeo no amaba a Julieta…
—No es broma ni socarronería, es en serio, él estaba despechado por un amor imposible y usó a Julieta para aliviar el despecho. En realidad Romeo hace un «duelo por desplazamiento» sobre Julieta tratando así de aplacar la pena de no poder estar con su bienamada e inalcanzable Rosalía.
—O sea, desplazó sobre Julieta los valores que había visto en Rosalía…
—Correcto. El amor propio herido de Romeo lo lleva a “enamorarse a primera vista” de Julieta, que en realidad es una sustitución de Rosalía (a esta sustitución, que funciona como cataplasma analgésico para su amor propio, también se le suma la dulzura de la imaginaria venganza hacia Rosalía, demostrándole lo fácil y rápido que le encontraba sustituta), y así Romeo logra coronar velozmente su autoestima.
—Pero eso vale para Romeo, ¿y qué de Julieta?
—Ella también realiza un «duelo por desplazamiento», pero «por contraste». En este tipo de desplazamiento no se desplazan los valores de uno sobre el otro, sino que se valora a uno por ser lo contrario del otro. La Señora de Capuleto quería que Julieta se casara con Paris, y Julieta ve en Romeo lo contrario al compromiso por conveniencia, en otras palabras, valora a Romeo por ser la antípoda de Paris y no por lo que Romeo es.
— Y, ¿qué tienen que ver en todo eso la disputa entre las familias de los Capuleto y los Montesco?
—Mucho, eso es la tapa del frasco. En un amor a primera vista no hay tiempo para verificar si se tienen valores comunes, así que recurren a la «automutilación» de los propios valores (en este caso de los valores familiares de cada uno) y transforman aquello en un desesperado acto de valentía que los hace sentirse orgullosos el uno del otro.
—Y se casan de inmediato y en secreto…
—Exacto, de inmediato y en secreto. Este tipo de romances son puro bluf y la burbuja de jabón amenaza con reventar en cualquier momento, porque en el fondo ellos saben que no han puesto en juego ningún valor verdadero, al contrario, se han automutilado de los valores más significativos que tenían: la propia familia, el propio honor familiar y hasta la honestidad porque fue deshonesto casarse a espaldas de la familia.
—Pero se suicidan por amor…
—He allí el secreto de la obra, el amor yendo de la mano de la muerte es la formula de Shakespeare, porque en esencia el amor existe debido a que somos mortales, los inmortales no necesitarían amar, pero ésa es una historia resabida. Volviendo a Romeo y Julieta, era lógico que en tan poco tiempo esos muchachos metieran tantas veces la pata, fíjate que Julieta lleva a cabo el plan de hacerse pasar por muerta tomando un narcótico, pero Romeo (que no se entera del plan) la cree realmente muerta y se suicida con veneno (esta es una perfecta alegoría de cómo les va a los que se casan por amor a primera vista: no logran ponerse de acuerdo nunca), luego, cuando Julieta despierta y lo encuentra muerto, pues el autoestima se le cae tan bajo (por haber pagado tanto por nada) que ya la vida no le vale nada y se clava la daga. Es destino ineludible para este tipo de relaciones efímeras basadas en espejismos terminar mal y rápido.
—Me estoy arrepintiendo de haber tocado el pecho de la estatua de Julieta, ese tipo de fortuna más bien es mala suerte.
—Sí, pero la gente siempre estará tentada a soñar con amores a primera vista, doncellas vestidas de blanco en balcones y príncipes azules furtivos que trepan enramadas por la noche, la gente necesita creer que hay una manera mágica de valorar a otro y ser valorado, pero valer no es cosa de fábula o de flechas de cupido, se necesita de mucha energía y esfuerzo para llegar a valer. ¿Quieres otro café?
—Que sea doble, por favor.