miércoles, 4 de abril de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (2). Los Llanos (La mente es una fábrica de mentiras)

REFLEXIONES A SALVO DE LA INTEMPERIE
Pesca de Pavón en los llanos venezolanos

En el estado Apure de Venezuela se encuentran los inmensos llanos inundables en donde la presencia del hombre es mínima en comparación con su extensión territorial. Y lo compruebo con el ojo izquierdo viendo praderas tendidas hacia el horizonte Oeste en las que no se divisa presencia humana (salvo algunos irrisorios alambrados de palo y alambre de púas que representan la vana ilusión del hombre de marcar su derecho de propiedad sobre el planeta), mientras el ojo derecho descubre hacia el Este al río que alimenta pantanos colmados de cocodrilos, pirañas, nutrias, aves zancudas, tortugas, chigüires, anacondas, y los montes que crecen a lo largo de sus riberas donde se resguarda el mono araguato, el oso hormiguero, el venado, animales todos que pueden llegar a vivir la experiencia (impensable para cualquier cristiano), de pasar la vida sin enterarse de que existe la especie humana.
Acampar en estos parajes, bajo la inclemencia del sol durante el día y el continuo acoso de los zancudos, murciélagos y demás bichos nocturnos a la luz de la luna, a kilómetros del caserío más cercano donde la electricidad todavía parece un mito de forasteros; todo esto mueve a la reflexión,  o más bien, conmueve la reflexión. Pero no logro aclarar las ideas ante el acoso constante de los mosquitos y los caimanes que nos rodean con ojo avizor. A la intemperie, la reflexión es un lujo intelectual prohibitivo. Es por ello que escribo esto ya de regreso del viaje, en la comodidad de mi casa, ahora que puedo pensar sobre todo lo sucedido, sobre lo que esta aventura me puede haber enseñado sin haberlo buscado ni darme cuenta, sobre las nuevas transformaciones que haya sufrido mi siempre cambiante alma. De una sola cosa sí estoy seguro desde que crucé el río Apure para entrar a la vasta sabana: en estos parajes donde el hombre es minoría y sus ventajas están minimizadas (sin luz eléctrica, sin gasolineras, sin hospitales, sin cobertura telefónica) importa muchísimo, tal vez más que en cualquier otra parte, la concepción de "ciudadano del mundo". Comprendernos significa vernos en esencia, en "dermis", en piel, denudados de la indumentaria de pacotilla que utilizamos para creernos que estamos en la cúspide de la pirámide existencial y ubicarnos en el escalón correspondiente de la única pirámide existente: la alimenticia (para dejar de ver al mundo como alimento y sabernos alimento del mundo). En estas condiciones, sin celular, sin luz eléctrica, sin techo, casi en iguales condiciones que los demás seres vivos que nos rodean, en estas condiciones, es posible tomar conciencia de nuestra esencia de "monos desnudos". Y aquí me atrevo a sentenciar que el "ser" del ciudadano del mundo sólo es visible desde la conciencia del mono desnudo.

ENCUENTRO DE ALMAS GEMELAS


Durante este viaje mi atención estaba dirigida hacia los ríos y pantanos donde iba a pescar pavones (presa muy apreciada en la pesca deportiva). Pero la necesidad de un baquiano que nos guiara y el tener que relacionarnos con los caseríos dispersos para conseguir provisiones transformó el viaje en un encuentro entre el espíritu del pescador y el alma llanera.

El Llanero: Sería irreverente, insolente y torpe tratar de describir a los habitantes de estos lares cuando se cuenta con la insuperable e inmortal descripción que Don Rómulo Gallegos hiciera de ellos en la novela Doña Bárbara:
«—Pero como le digo esto, también le digo lo otro: eso es lo que cuenta la gente, pero no hay que fiarse mucho porque el llanero es mentiroso de nación, aunque me esté mal el decirlo, y hasta cuando cuenta algo que es verdad lo desagera tanto que es como si juera mentira».
Y en otro párrafo Gallegos remata la descripción así: «Y vio que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer, voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. En sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pie y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y las virtudes en las almas nuevas».

El pescador: Si pasamos por alto los acentos, no son pocos los defectos y las virtudes en las que se parecen el carácter del pescador y el del llanero. Pero hay una característica en particular en la que son idénticos: lo mentiroso.

Caimanes del mismo pozo: Si le preguntamos al llanero que nos guía cuánto falta para llegar, dirá que «ya estamos a un paso» cuando aún faltan 5 km por caminar. Cuando el pescador cuenta cómo llegó al lugar de pesca al que fue en lancha con motor, exagerará los detalles sobre las dificultades y los obstáculos sorteados hasta transformar el simple paseo en bote en una faena a lo Moby Dick. El llanero contará aventuras de cocodrilos de 15 mts. y anacondas que tragan un búfalo entero. No existe pescador que no exagere sobre el tamaño y peso de los peces que atrapó.

SOBRE LAS MENTIRAS, SU GÉNESIS Y SU APOCALIPSIS

Es por ello que elijo esta aventura de pesca en los llanos del Apure para reflexionar sobre la función principal de la mente: crear mentiras convencionales.  Y sobre la particular manera como cada quien utiliza esta capacidad para crear mentiras personales.

La mente, la gran fábrica de mentiras
Hace unos 40.000 años atrás el cerebro de los homínidos enfrentó un gravísimo problema: había logrado razonar y no sabía qué hacer con ello, ya que desde el primer momento los razonamientos que lograba eran uno peor que el otro, y todos apuntaban a que la vida misma no tenía sentido: "de qué vale afanarse para sobrevivir si al final todos terminaremos en carnaza para zamuros". De verdad que el cerebro se las vio feas y se arrepintió mucho de haber creado el razonamiento, y se enojó muchísimo con el razonamiento mismo, tanto que, al final, lo amenazó diciéndole: «tú me metiste en esto y tú me vas a sacar de esto». Suponemos que el razonamiento se asustó ante la inmensa rabia del cerebro, pero como era un razonamiento incipiente no encontró solución alguna para aliviar la bronca de su papá cerebro. Así las cosas, cuando el tronco encefálico se dio cuenta que el razonamiento no sería capaz de hacer nada por sí mismo más que descubrir malas noticias, decidió darle una manito y se puso a buscar remedio. Pasaron unos cuantos años antes de que el cerebro encontrara una solución, años que, hay que decirlo, lo pasaron muy mal tanto él como la recién nacida razón, la mayor parte del tiempo  sentados en la entrada de la cueva, rascándose los piojos en la cabeza y el cuerpo también (en aquel entonces el homínido era peludo parejo), melancólicos, sin poder dejar de pensar en el sin sentido de la vida. Pero la sufrida espera terminó dando resultados y el cerebro comenzó a ver una luz en la distancia (claro está, usando al razonamiento como herramienta de investigación), y entonces llego a razonar lo siguiente: «si todo el problema inicia cuando este desgraciado razonamiento me mostró la verdad, entonces, la solución estaría en no ver esa verdad, pero olvidarla no puedo, y taparme los ojos de nada sirve ¿qué puedo hacer para no verla?». Seis meses más tarde de esta primera reflexión el cerebro llegó al siguiente razonamiento: «la solución está en buscar la manera de no ver la verdad. ¿Y cuándo es que yo no veo las cosas? Yo no veo las cosas cuando no las miro porque tengo los ojos cerrados, pero ya sé que cerrar los ojos no me sirve para no ver la verdad. Otras oportunidades en la que no veo algo es porque estoy mirando otra cosa más importante; pero no hay nada más importante que la verdad de mi triste destino mortal». Y otra vez el cerebro pasó seis meses ensimismado tratando de resolver el asunto hasta que al fin, un día en que casi lo muerde un cocodrilo por estar distraído mirando una bandada de estorninos que revoloteaba en el cielo, se le ocurrió la siguiente idea: «si yo dejo de ver una cosa por estar viendo algo más importante, para no ver la triste verdad de mi destino debiera buscar algo más importante para mirar, pero no hay nada más importante que el sinsentido de vivir a sabiendas que se va a morir, y sin embargo, creo que este cocodrilo que casi me come el pie cuando yo estaba distraído mirando los estorninos me ha enseñado algo, ¿qué será? Pareciera haber una revelación oculta tras el hecho de que si bien es más importante evitar que un cocodrilo me coma el pie que mirar un estúpido estornino, en este caso la gran cantidad de estúpidos estorninos logró el efecto de parecer muy importante a pesar de que un estornino me es indiferente y por ello miles de estorninos debieran serme mil veces indiferentes, y, sin embargo, lograron distraerme ¿cuál es la enseñanza que debo aprender del cocodrilo que casi me come por andar mirando estorninos? ¡Zambomba! ¡Está claro! ¿Cómo no lo vi antes? Si bien es cierto que no hay nada más importante que la desagradable realidad de ser mortal (o perder el pie en boca de un cocodrilo), muchas cosas de poca importancia juntas y al mismo tiempo pueden ser tan llamativas que pudieran parecer más importante que la desgracia misma (perder un pie)». En este momento el cerebro se dio cuenta de que la bandada de estorninos había logrado distraerlo hasta permitir que se le acercara peligrosamente un cocodrilo y de allí no fue tan difícil llegar a la conclusión de que para dejar de pensar en la "insoportable levedad del ser" nada funcionaba mejor que la sumatoria de muchas cosas de poca monta, o sea, un engaño sobre el valor*(1) de las cosas, una sobrevaluación. Y allí se hizo evidente la necesidad de autoengañarse para dejar de pensar en la verdad. En ese momento se dirigió al razonamiento y le ordenó: «Tú me metiste en esto y tú me vas a sacar de esto. Necesito que fabriques engaños para mí, así yo dejo de pensar en la verdad y puedo seguir viviendo a pesar de saberme mortal. De ahora en más vas a ingeniarte estrategias*(2) para engañarme, le vas a otorgar valor a las cosas aunque no lo tengan y vas a tratar de que esas cosas me importen mucho, muchísimo, tanto que me quiera pasar todo el tiempo pensando en ellas, a ver si así dejo de pensar en la triste verdad y vuelva a vivir, mientras dure, como si fuera inmortal. De ahora en más serás mi fábrica de mentiras». Y así el cerebro decretó que el razonamiento creara las estrategias necesarias para autoengañarse, de la misma manera que nosotros compramos un televisor para distraernos de la vida misma.
Desde que tomamos conciencia de ello, a este conjunto de estrategias le hemos denominado: Mente.

Las mentiras personales: beneficio mundano de una herramienta de supervivencia
Si bien la mente fue creada para permitir la supervivencia de la especie, a posteriori sería utilizada para beneficio personal.
El destino esencial de la mente era darle un valor agregado a las cosas para que al cerebro le interesara seguir bregando a pesar de saberse fracasado de antemano. Así la mente tuvo que ingeniárselas para inventar valores convencionales de toda índole, desde el valor por la familia (que deriva de la tendencia genética a cuidar aquellos que llevan el propio ADN), hasta el valor del dinero, y entre estos dos polos, todos los valores imaginables: el valor por lo estético (verse bien), el valor académico (tener títulos), el valor moral (ser honesto), el valor social (tener amigos), entre otros miles. Y así el cerebro, por pensar en lo que sabe y quiere saber, en lo que hace y quiere hacer, en lo que tiene y quiere tener, en lo que es y quiere ser, se distrae y deja de pensar en el sinsentido de la vida
Pero este asunto no pudo mantenerse al margen de aquél lugar común de "das la mano y se toman el brazo" y por ello, los poseedores de esta máquina de hacer mentiras terminamos adaptándola a otros fines menos trascendentales, y fue hace mucho tiempo que aprendimos a mentir para provecho personal en detrimento de quienes caigan en el engaño. Habría sido tonto desaprovechar tal capacidad. Usamos la mentira para salir del paso, para hacer que los demás nos sirvan, para evitar culpas, y por sobre todo (y esto con la anuencia de la mente y el cerebro), para darle valor a la realidad que nos toca por contrariedad; virtuosismo que hasta permite al mártir transformar en valor su desgracia (escribo esto durante la semana santa, a buen entendedor, pocas palabras).
¿Me creen que esta piraña pesó medio Kilo?

Volviendo a los llanos del Apure, a las mentiras del llanero y del pescador
Aunque pueda ser muy divertido pescar en compañía, en el fondo, el pescador prefiere la faena solitaria. En principio porque la pesca es una contienda íntima entre el pescador y su presa, pero sobre todo porque sin testigos que lo desmientan el pescador podrá dar rienda suelta a la exageración de su mentira, para transformar cada faena en un cuento épico y, con un poco de suerte, en una leyenda. Aún cuando se pesque en grupo, se puede optar por mentir a los que no estuvieron presentes sobre la talla y peso de las presas, pero se corre el riesgo de ser desmentido.
El llanero arrea reses en la inmensa llanura sin otro testigo que él mismo. La inmensidad y la soledad se transforman en cómplices de sus mentiras. Al igual que el pescador, el llanero prefiere aventurarse a solas porque la falta de testigos favorece el secreto, y la mentira como tal, recalquémoslo, es un secreto incompartible.

Relación entre valores dudosos y las mentiras personales
¿Qué tienen en común el llanero y el pescador que los hace mentirosos? No creo que haya una respuesta a esta pregunta que no apunte a la inseguridad axiológica propia de los dos individuos. Si bien una persona puede hacer de cualquier cosa un valor, esto le será fácil solamente dentro de un circuito cerrado, dentro de un pequeño grupo. Por ejemplo: un drogadicto podrá hacer de la droga un valor únicamente en el círculo de drogadictos. Fuera del mismo le será muy difícil, sino imposible, hacerse valer por su adicción. La mayoría de los valores personales están determinados por las experiencias que el sujeto ha vivido, así un filósofo valora la filosofía por haberla estudiado, pero le será muy difícil hacerse valer como filósofo en un taller mecánico. Yo amo y valoro la pesca porque desde niño mi padre me enseñó a pescar. Fantaseo alcanzar el trofeo de pescar el pez más grande de cada especie; pero en el fondo sé que, para la mayoría de las personas, pescar es una forma aburrida de perder el tiempo. Y será por eso que en asuntos de pesca también he caído en la tentación de exagerar, de mentir, por inseguridad, por temor a que los demás no se sorprendan ante la faena que narro, y por ello siento la tentación de enriquecerla con adobos. Y el llanero también parece sufrir de la misma inseguridad, del miedo de quedar mal parado ante aquellos que han conocido la ciudad, o que se pasan el tiempo hablando con otras personas y no con vacas, caballos, o los rumazones de nubes y los extensos horizontes que nunca le responden a su monólogo. Pareciera que en su alma el llanero sabe que su valor sólo vale en un circuito cerrado. Circuito vasto, pero cerrado. Mentir es una opción válida para exagerar una realidad que no nos convence. Y si eso funciona para el llanero, y si eso funciona para el pescador, debe de ser válido. Pero, ¡siempre debe haber un pero! ¿Esto implica que también la mentira utilizada por los políticos para transformar su mito personal en movimiento de masas, es válido? Algo no anda bien en esto de las mentiras personales, pero llegados a este punto, en que nos encontramos con una mentira que puede ser beneficiosa o maléfica dependiendo del caso, prefiero dejar la incógnita como estímulo para pensar en ello, en vez de ponerme a buscar una respuesta que de seguro sería incierta.

Diferencia entre Mitomanía y Fabulación
El fabulador sabe que está mintiendo, miente a los demás pero no a sí mismo. El autoestima del fabulador está comprometida en el efecto de su mentira, el valor que obtiene proviene de la atención que logra en los demás. Si la exageración de su mentira logra llamar la atención, el fabulador habrá alcanzado su objetivo.
El  mitómano termina creyendo en la veracidad de su mentira. Aquí el compromiso de su autoestima está relacionado con la mentira misma. El mitómano se miente a sí mismo. El mitómano utiliza la exageración para darle importancia a sus vivencias, para enriquecer con ellas su autoestima. Si bien el valor del mito aumenta de ser reconocido por los otros, ya en sí mismo logra el efecto de subir los niveles de autoestima haciendo que el mitómano se sienta héroe. El non plus ultra de este recurso es la alucinación y el consecuente delirio. La psicosis es un recurso desesperado para subir la autoestima del que no tiene posibilidad, en un momento dado, de encontrar valores convencionales que distraigan a su cerebro de la miserable verdad mortal.
De una u otra manera en la mayoría de los casos la autoestima está comprometida en la mentira. Pero existe un grupo de individuos cuyas mentiras no están vinculadas a su amor propio, estos son los psicópatas. Los psicópatas mienten sólo para manipular a los otros, para ellos la mentira es únicamente una herramienta que utilizan de forma indiscriminada con la intención de estafar a los demás. La razón por la cual el psicópata puede mentir sin miramiento alguno y sin involucrar su autoestima es porque al no tener Auto Conciencia de Muerte (ACM) tampoco necesita de la autoestima para que distraiga a su cerebro, así que simplemente utiliza la capacidad de mentir heredada para lograr provecho en su vida social.

Mentir es una regla del juego de vivir, y no hay otro juego.
Liseth y su mascota
Ante estas inmensas extensiones de terreno siento el alma ensancharse porque, estar aquí, pisar estas tierras, dormir en hamacas a la intemperie, pescar en sus ríos, estar rodeado de cocodrilos, y el oso hormiguero que caza termitas detrás de mí mientras yo pesco pavones, ver la alegría de Liseth que estudia un pequeño cocodrilo atrapado en el pantano y que sería por un rato la mascota del campamento, caminar por el cenagal sorteando las anacondas, pesar y medir las presas que pesco (y la posterior exageración de las cifras), todo esto hace que sienta que esta llanura es mía y de alguna manera enriquece mi autoestima. También cuidar el medio ambiente, tratar de instruir a los llaneros en la conservación de las especies, instigarlos a impedir la caza indiscriminada del chigüire (Capibara), me hace sentir parte de la naturaleza e inyecta vitaminas a mi autoestima. 
El primer pavón de Liseth
Nos pasamos la vida tratando de saber, hacer, tener y ser algo valioso; es el juego de la vida, no hay otro, y si lo vivimos siguiendo las reglas naturales, la vida puede ser hermosa, a pesar de sabernos mortales.





*(1): El conjunto de estos valores componen nuestra axiología. Comúnmente la axiología personal es denominada "Autoestima".
*(2): Este conjunto de estrategias que conforman lo que llamamos "mente", en la escuela de Psiconomía las denominamos "Estrategias constituyentes mentales". Entre ellas se encuentra la capacidad de autoestima, la capacidad de sentir satisfacción, la capacidad de mentir, la capacidad psicótica, entre otras.

domingo, 1 de enero de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (1) Chichiriviche (Sobre el egoísmo)

Reserva natural de Cuare...futuro incierto
El egoísmo de andar por casa

El egoísmo tiene dos acepciones, la que se refiere a la autoestima sana y necesaria para soportar la vida, y la otra, más comúnmente utilizada, que se refiere a la actitud malsana de quien pretende alcanzar sus objetivos a toda costa y sin miramiento alguno hacia los otros (siendo el non plus ultra que "el costo" sea para los demás). El egoísmo de esta segunda acepción (al que me referiré de aquí en adelante), es la actitud de aquellos sujetos cuyo leitmotiv es "sálvese quien pueda, y si los demás no se salvan, mejor".
El egoísta necesita de quienes le rodean en mayor proporción al común de los mortales; pero esta realidad le es insoportable, se siente humillado por depender y trata  de ocultar su necesidad detrás de una careta de prepotente y falsa autosuficiencia.
Ser egoísta es la voluntad e incapacidad a la vez de no ver más allá de las propias narices.
¿El egoísmo como patología oftalmológica, o aberración naso-morfológica? Analicémoslo.
Ver, lo que se dice ver, no parece ser una de las habilidades del egoísta, pues a menos que le estimule  alguna conveniencia, no suele ver al vecino. Lo que le rodea, de no serle necesario, le es invisible y, por ello, suele atropellarlo. Lo que no le sirve no existe, es más, para el egoísta no tiene sentido que exista algo que no le sea de provecho; y con lo dicho queda claro lo inútil que le sería tener una visión minuciosa o de larga distancia: siendo el centro del universo, su fuerza de gravedad hace que todo gire a su alrededor. Siendo el mismísimo sol, ¿de qué preocuparse? ¡Que se cuiden los demás de verlo! Y, ¡para su bien! ¡Que se cuiden de tropezar con él! El egoísta es despiadado en la defensa de su territorio y su territorio es el mundo entero. Un sinónimo procedente para "egoísmo" sería: «presbicia social».
En cuanto a su naso, digamos que ya sea chato, aguileño o quevedeano, da igual. Sólo le sirve para olfatear oportunidades y si se diera el caso de que le gustara el queso Roquefort prepararía sándwiches pestilentes dentro del Metro en las horas de más aglomeración, o en la sala de cine en una noche de estreno, y sin mayor disimulo se limpiaría las manos restregándolas contra el abrigo del vecino o la butaca.

El egoísta estridente

Escribo esto en el balcón con vista a la playa de nuestro apartamentito en Chichiriviche. Es la primera vez que nos atrevemos a pasar un mes en esta playa. El Parque Morrocoy ofrece tanta hermosura que bien vale largas estadías, pero mi esposa y yo lo hemos frecuentado sólo de lunes a viernes evitando el bullicio de fin de semana. Éste es nuestro primer sábado en Chichiriviche. Desde el amanecer he observado los preparativos de los tolderos en la playa, la llegada de los buhoneros, heladeros (poleros) y, por fin, los bañistas. Playa Sur es frecuentada principalmente por bañistas venezolanos que vienen a pasar el fin de semana desde las cercanas ciudades de Caracas, Valencia y Barquisimeto, lo que hace que pudiéramos definir a Playa Sur como una playa popular, sin turistas extranjeros que prefieren transportarse en lanchas a los cayos cercanos.
Mi observación del hormiguero de orilla transcurrió tranquila y meditabunda hasta las 10:30 de la mañana cuando se hizo patente la llegada del primer egoísta.
Estacionó su vehículo a unos 10 m del toldo que alquiló en la playa (primera infracción: la playa no es para vehículos). El egoísta se quita la playera dejando descubierto su vientre regordete, luego corre hacia el agua y se zambulle al mejor estilo orca asesina para rápidamente regresar al toldo donde lo espera su compañera rubia teñida. De seguido el egoísta se coloca un par de grandes gafas negras que le tapan la cara desde la mitad de la frente hasta media mejilla (a estas alturas de mi observación todavía no lo reconozco como egoísta y, sólo después, las inmensas gafas negras se tornarán metáfora de la cortedad de visión del egoísta). La rubia teñida, que ya está en traje de baño de dos piezas, ha destapado dos cervezas y le ofrece una al sujeto de grandes gafas negras que la vacía de un largo trago. Seguidamente, nuestro sujeto corre a explayar su egoísmo, y es que literalmente corre hacia el vehículo que se encuentra a 10 m del toldo, abre la cajuela de atrás y un minuto más tarde estalla a 50.000 decibeles un pandemónium de ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! apocalíptico que hace temblar las ventanas de nuestro apartamento (ubicado a unos 100 m de distancia).
Entonces empecé a escribir estos comentarios sobre el egoísmo, claro está que previamente tuve que conectar los audífonos a la laptop y poner "Animals" de "Pink Floyd" a todo volumen para mitigar el estruendo del concierto Rave-vernáculo que nuestro antihéroe egoísta había decidido que todos nos caláramos.
En este momento son las 12:30 y, después de unas 10 cervezas, el egoísta de las grandes gafas negras y la rubia teñida bailan "vallenato" al ritmo de 100.000 dB en la arena tropezando con la gente de los toldos aledaños, demostrando así que son el centro del universo y que no existe nadie más que ellos.

El Egoísmo endémico

Es una realidad, en Venezuela el egoísmo patológico es endémico. Atisbar sobre sus orígenes étnicos-genéticos-culturales no puede sino ser un trabajo tan inmenso como infructuoso; así que no nos queda de otra que intentar un ligero sincretismo, una cosmovisión fácil, que nos libere de la necesidad de marcar una etiología, así que me voy a atrever a sentenciar que, en general, el egoísmo es endémico en Venezuela porque la cultura ha permitido la formación de mucha gente acomplejada. Si bien Alfred Adler pecó de simplista en su descripción psicológica del "complejo de inferioridad" y "complejo de superioridad" como principales fuerzas motrices de las actitudes humanas, se le reconoce el mérito de haber creado una fórmula efectiva para salir del paso cuando no se quiere profundizar mucho en las causas, y gracias a él podremos evadir este tema diciendo que los egoístas necesitan tapar sus inconfesables interioridades con actitudes de superioridad. ¡Qué tremendamente predecible puede llegar a ser el ser humano!
El egoísmo pica y se extiende. 
Liseth y yo ya tenemos una semana en Chichiriviche, tiempo suficiente para haber vivido la experiencia paradisíaca de caminar por un islote desierto, de cosechar ostras en las raíces de los mangles rojos, de snorkelear en los arrecifes, de pescar huachinangos para luego limpiarlos en la misma orilla, filetearlos y comerlos crudos con limón sintiéndonos parte de esos tiempos primordiales del homo cazador y recolector.
Pero también hemos tenido tiempo para recorrer la costa de Chichiriviche de norte a sur y percatarnos de la ausencia de recolectores de basura, y de la triste presencia de un desperdicio en particular que denota el egoísmo más básico y nocivo que si bien es menos escandaloso es mucho más desastroso: el de quien destruye el mismo lugar donde vive. El asunto es que, entre los innumerables recipientes de plástico naufragados en las orillas, hay un tipo en especial de recipiente que deja ver la desidia del egoísmo local: decenas, cientos, miles de recipientes plásticos de "aceite dos tiempos", del que usan como combustible los lancheros lugareños. ¡Son los mismos lancheros que viven de los turistas que vienen a disfrutar la belleza natural de este trozo de Caribe los que contaminan!
Autodestrucciòn
No ver más allá de las propias narices también conlleva a la incapacidad de pensar el tiempo más allá del minuto que se está viviendo. El egoísmo impide la conciencia global, y como piensa que el mundo ha sido construido para su beneplácito le parece absolutamente natural arrojar basura dondequiera porque «ya habrá gente que se dedique a recogerla».
En el momento que escribía esto, subió al apartamento la chica encargada de la consejería, una mujer oriunda de un pueblo pesquero cercano, portadora de esa buena voluntad y disposición heredada de haber crecido en un pequeño caserío donde todos se conocen y están pendientes de la salud de cada vecino, linaje éste que genera en su imaginario la idea de que del mundo es una gran familia donde todos se conocen y merecen ser tratados como hermanos. Lo cierto es que esta mujer se llega hasta el balcón donde escribo estas líneas para comentarme algo referente a la conserjería y yo le hago referencia al egoísta de grandes gafas negras y discoteca ambulante, a lo que ella me responde: «Eso debiera estar prohibido, ¿verdad?, al lado de la casa de mi suegra en Boca del Tocuyo hay una señora que vende cerveza, y esos ponen música a todo volumen toda la noche, ya se le ha dicho a todos para que hagan algo, pero igualito».
La maldad egoísta no hace distingo de lugar, clase, cultura o posición social. El egoísta es un agujero negro que chupa la luz de su alrededor y no alumbra a nadie. El egoísta trata a los demás como cosas que le sirven y se aprovecha de que los demás (altruistas) no pueden aplicarle la misma medicina porque se lo impide su condición de humanos. Si ser humano es un fenómeno esencialmente gregario, si la colaboración y la empatía forman parte de la esencia de la humanidad, entonces el egoísta no puede ser considerado humano.

Mimetismo egoísta

La vida trepa a través de estrategias. Sobrevivir es consecuencia de un plan. Lo más probable es que nosotros seamos parte de la atávica intención de las amebas de dominar el planeta. El egoísta no escapa a esta regla, y siendo tan evidente lo execrable de su condición, su principal estrategia no puede ser otra que simular ser lo que no es. El plan del egoísta está concentrado en el mimetismo. Debido a que su dominio del territorio dependerá de su capacidad de manipulación, el egoísta debe arreglárselas para que la víctima no se dé cuenta de ser usado, y así, nuestro egoísta bañista de vientre regordete, clavadista de estilo ¡Salta Willy, salta!, cervecero, amante de rubias teñidas, y portador de grandes gafas negras, no desaprovechará la oportunidad de caerle adelante el vecino antes de que éste se fastidie por el ruido y le remarcará el insospechado detalle de que: «¿Viste que buen sonido? El amplificador me costó un ojo de la cara. ¡Es importado! Ya vas a ver, hoy todos bailamos al son de mi música, me van a deber esa...» Porque, hay que decirlo, en los egoístas aflora el mismo espíritu atribuido a algunos dioses que a pesar de ser aparentemente todopoderosos e independientes hasta más no poder, padecen la morbosa necesidad de ser alabados. ¿Se dan cuenta? Ambos (dioses y egoístas) andan por ahí dándose aires de sobrados y, al final, buscan reconocimiento… Sin pretender analizar lo inanalizable, me resulta imposible no considerar que la prepotencia egoísta es, tanto en los hombres como en los dioses, sospechosa de tener cola de paja.
Levanto la mirada hacia el horizonte marino. A lo lejos los cayos marcan su presencia solitaria en medio del mar, la vista se me pierde y con ella se van mis pensamientos, lejos, muy lejos, con la brisa, hacia las nubes que se dibujan en el cielo de más allá, y, de pronto, una idea en forma de pregunta, como una pesada ancla, me engancha a la tierra y me devuelve al aquí y ahora jalándome la mirada hacia el egoísta, sus gafas negras, la rubia teñida, el vehículo escupe-ruido, y me pregunto: ¿Será el ateísmo un reclamo ante el egoísmo de los dioses?
Tal vez llegó la hora de ser más radicales, tal vez llegó la hora de decir que "El ciudadano del mundo" también tiene posiciones definidas en las que no otorga concesiones, tal vez llegó la hora de decir que el ciudadano del mundo participa de una guerra y que su enemigo es: el egoísmo impenitente. Si logré rendir la idea de que el egoísmo es el par antitético del ciudadano del mundo, entonces el escrito logró su objetivo.

Hospitalidad versus rapiña

Cuando una ciudad o un paraje natural se transforma, por las razones que sean, en un sitio de frecuente visita de foráneos, simultáneamente sus habitantes se convierte en anfitriones y no pocos de ellos terminan dedicándose a ofrecer servicios a los visitantes. Los que se dedican a dar servicio a gente de paso o a turistas, tienen (según su temperamento y educación) dos actitudes posibles: la solidaridad hospitalaria; o la actitud oportunista del que hace gárgaras con la empatía y le interesa un comino el otro por estar consciente de que «hoy te veo y mañana no te reconozco».
La hospitalidad
La opción de la hospitalidad es posible sólo para personas que tengan una educación, unos principios básicos de civismo que les permita sentir confraternidad, tendencia solidaria hacia la humanidad y empatía hacia personas que ven por primera y, muy probablemente, última vez.
"Yiyo el pescador" buscando
patarucas para que salieramos de pesca
El mero valor hacia el ser humano debiera ser suficiente para determinar nuestra actitud positiva hacia él. Ayudar con la única finalidad de hacerlo no necesita el trueque como motivación. La colaboración y solidaridad no es negociable porque ya es suficiente intercambio de valor la acción misma, el valor de sentirse bien consigo mismo por haber hecho el bien a otro, por ayudar, por servir, por ser útil.
La rapiña
La actitud del que se aprovecha de la desventaja ajena (porque los turistas, viajeros de paso, forasteros recién llegados, son todas gentes en desventaja) actúan según la más primitiva ley animal: los fuertes se aprovechan de los débiles. Y esta ley está bien para los animales porque sigue patrones efectivos para la supervivencia y la selección natural, nada puede ser más perfecto para el equilibrio natural que el león que persigue la manada termine alcanzando y comiéndose al ejemplar más enfermizo y débil, con esto gana el león y también la manada. Pero los seres humanos no somos gacelas ni leones, nuestra manada ya evolucionó de la horda a la tribu y de allí a la sociedad civilizada. Los seres humanos pretendemos caracterizarnos por la protección del más débil y no por su abandono o aniquilamiento. ¿Se imaginan si los médicos actuaran según el primitivo impulso animal ante sus desvalidos pacientes?
El pueblo de Chichiriviche tiene como tendencia predominante hacia los que optan por la actitud de rapiña aprovechadora (y eso puede detectarlo cualquier visitante con sólo media hora de estadía). En este pueblo costero la mayoría de la gente estará dispuesta a ofrecerte ayuda para conseguir alojamiento, estacionamiento, lugar en la playa, donde comprar pescado, es más, lo más seguro es que te aborden por la calle para ofrecerte ayuda, pareciendo buenos samaritanos desesperados por alcanzar el cielo haciendo el bien sin esperar nada a cambio; pero la ilusión de altruismo sublime no dura más que unos minutos para el que recién llega, la mayoría son comisionistas y quien menos pretende espera una propina, hasta si el favor prestado fue levantar el dedo para indicar la dirección hacia la gasolinera más cercana. Es posible que haya quien, ante lo dicho, objete indignado algo como esto: «Ése es el negocio de esta gente. Ser comisionista es también una forma de trabajo.» Para quienes puedan ostentar de una tan portentosa suspicacia comercial me detengo a remarcar el detalle de que si la indicación de una dirección es mercadeable ¿dónde queda el concepto de favor? El comerciante ofrece su mercancía, muy diferente es ofrecer ayuda y luego cobrar por ella.

El desastre o sobre las diferentes subespecies del Pez León

Chichiriviche comenzó sus planes para transformarse en centro turístico playero de altura hace unos 25 años atrás. Se hicieron dos o tres hoteles y algunos edificios residenciales. Un cuarto de siglo después Chichiriviche se encuentra peor que al momento de partida, y lo «peor» es que además de haberse resignado al olvido de su sueño de urbe turística ya está a punto de devastar la belleza natural que originalmente la había motivado.
Por otro lado, los biólogos marinos vaticinan una cercana catástrofe ictiológica que vendría por mano, o más apropiadamente dicho, por boca del "Pez León". Una especie de pez venenoso no natural de estas aguas y que, aparentemente escapado de un acuario de Miami, está colonizando todas las costas del Caribe donde se reproduce muy rápido y su apetito voraz hace estragos en las larvas y crías pequeñas de todas las demás especies sin, a su vez, tener ningún depredador natural que equilibre su proliferación. En fin el Pez León está destinado a transformarse en la peor amenaza para la fauna marina del Caribe. En algún sitio de Internet las autoridades alertan a los que frecuentan en las playas de Morrocoy (donde se encuentra Chichiriviche) de que notifique cualquier avistamiento o pesca de un Pez León para seguir su desplazamiento evolutivo. Pero parece que no va a ser el Pez León quien arruine el ecosistema de Chichiriviche, en todo caso será otro chivo expiatorio más. El ecosistema está siendo destruido a pasos agigantados por los mismos habitantes (humanos) de la zona. El verdadero Pez León de estas costas es la gente (egoísta) que vive en ellas.

Paraíso perdido

Liseth lamentando la caída del Paraìso
 Todo lo dicho no tiene ningún tipo de ánimo de advertencia. Para pensar en profilaxis ya es demasiado tarde. Chichiriviche está en plena caída, el paraíso ya está perdido. Lo que nos queda es aprender de la experiencia. Tratemos de aprender de ésta para que no se nos vuelva costumbre destruir paraísos para lamentar infiernos.
Una semana tenemos mi esposa y yo viviendo a orillas de la playa y observando en el horizonte las islas que se ríen del mar y del cielo como si estar allí fuera una broma. Una semana de brisa constante, de olas incansables, de soles y lunas que se alternan sin error, una semana y media de ver que la naturaleza sigue su curso haciéndose cargo de los resultados sin buscar culpables, sin necesitar chivos expiatorios.

En busca del gran sàbalo
 El viento simplemente sopla, no necesita excusas para ello, y con el mismo derecho la noche es oscura, las olas hacen espuma al chocar contra la playa, la arena acepta enriquecerse con cualquier cosa (para ser arena sólo hay que pasar el tiempo suficiente en la playa). Todo tiene sus leyes. La marea sube y baja con la luna y el sol. La mitocondria se encarga de las células, la gravedad del peso. ¿Quién se encarga del plástico, de la gasolina y de todas aquellas cosas que llamamos basura porque no nos las podemos comer?

No es un arcoíris reflejado en el agua,
es gasolina...
 La naturaleza tiene sus leyes y estas leyes no pueden contrariar las del universo. De esto todo estamos claros, tan claros como que nosotros tuvimos que crear otras leyes, más allá de las biológicas, para que nos gobiernen desde adentro (moral) y desde afuera (jurisprudencia) bajo el ojo avizor de las leyes naturales que nos gobiernan desde todas partes. Nuestra condición de vivir es seguir leyes, las nuestras (que llamamos en conjunto: civilidad) nos permiten convivir en el planeta a pesar de haber alterado la naturaleza inventando antibióticos y vacunas que nos alargaron los años de vida. Leyes que nos permiten seguir aquí a pesar de habernos sobrepoblado y alterado el plan del mundo. En fin, la humanidad depende de cumplir con ciertas condiciones y quienes no respeten estas condiciones nos ponen en peligro a todos. Sólo las regulaciones pueden evitar nuestra autodestrucción. Pero en el pensamiento del egoísta no existe el futuro, su plan se reduce a sacarle provecho a lo inmediato y por ello no le interesan los códigos de ética colectiva. El egoísmo es un peligro y como tal debe ser investigado, reconocido, aislado y tratado hasta erradicarlo. El primer paso de esta limpieza no puede ser otro que la creación de leyes estrictas que rápidamente limiten sus acciones maléficas.

Los crímenes de la calle morgue de Chichiriviche (o sobre los monos con hojilla)

No pude evitar acostarme pensando en la desidia de los pobladores del paraíso. En Adán y Eva que, multiplicados y en versión menos iconográfica terminaron poblando estas playas y que, como sus antecesores, perdieron el paraíso. El valor de esta observación en Chichiriviche gravita alrededor del hecho de estar siendo testigo del justo instante en que Adán y Eva cometen la ingenua fechoría de echarlo perder todo, haciendo que el paraíso quede prohibido para nosotros y todos los que vendrán después. ¡Si!, este pueblo está comiéndose la manzana, y perdiendo el Edén prometido por no haber comprendido la responsabilidad que conlleva el libre albedrío. A fuerza de desidia, de contaminación, de la testarudez que caracteriza a los bichos que vuelan alrededor de la llama de una vela y terminan achicharrados, el pueblo de Chichiriviche se está destruyendo a sí mismo.

La naturaleza pasará la factura
 Eso fue lo que pensaba al acostarme, pero mi mayor sorpresa fue que más tarde me desperté de un sueño en el que rememoraba el cuento de Edgar Allan Poe "Los crímenes de la calle Morgue", el célebre cuento que da inicio a la literatura detectivesca, donde la genialidad analítica de Dupin logra descifrar el misterio detrás del asesinato de dos mujeres que la policía de París había declarado “imposible de resolver”.
No vendría al caso hacer un resumen del cuento que la mayoría de la gente conoce, más aún cuando para lo que me interesa decir sólo es necesario recordar que se trataba del crimen de dos mujeres, una madre y su hija, decapitada la primera y estrangulada e insertada dentro del ducto de la chimenea la segunda. Y que, genialmente Dupin descubre que el asesino fue un orangután mascota de un marinero que, habiéndose escapado con la navaja de afeitar de su amo, quiso reproducir lo que su amo hacía cuando se afeitaba en el cuello de la pobre señora que terminó decapitada. "Un mono con hojilla" es frase comúnmente utilizada para referirse a alguien que no está a la altura de la posición que ostenta. Monos con hojilla son todas aquellas personas que tienen acceso a los beneficios de la civilización sin estar a la altura de su manual de uso. Mono con hojilla es aquél que toma una Coca-Cola y lanza la lata por la ventana del automóvil. Mono con hojilla es quien desecha combustible en el mar, monos con hojilla son todos los egoístas que no ven más allá de sus narices.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Consulta Portátil de Psicología en Guayaquil (Sobre psicopatía y regeneración)



Ecuador/Guayaquil/Malecón 2000/ Cerro Santa Ana
 Guayaquil: La Perla del Pacífico.

Llegué al aeropuerto de Guayaquil con un entusiasmo poco común en mí. Había leído sobre el proceso de “Regeneración urbana” que el alcalde de la ciudad había emprendido desde el comienzo de su mandato (Agosto 2000) y que se vendía como ícono latinoamericano de saneamiento urbano. Estaba ansioso de ver de qué se trataba eso de “regenerar una ciudad”, en especial porque en las campañas de divulgación se mencionaba como uno de sus principales objetivos: «elevar la autoestima de la población». ¿A qué investigador de la "ciudadanía mundial" no se le haría la boca agua ante semejante oferta?
La iniciativa regeneradora de la alcaldía de Guayaquil, consiste (en síntesis) en la construcción de nuevos espacios públicos (de los que son íconos emblemáticos el Malecón del Estero Salado y el Malecón 2000), restauración de edificaciones, arreglo de fachadas, eliminación del cableado aéreo, parqueos, farolería, jardinería ornamental, limpieza y descontaminación, mejoras para el tránsito peatonal con amplias aceras, accesos para minusválidos, bancas, tachos de basura, semaforización inteligente, entre otros.
No suelo ser optimista, pero cuando me enteré que el mismo Macri de Buenos Aires había visitado Guayaquil para sacar nuevas ideas para la ciudad porteña (que, para mí, sigue siendo una de las ciudades más felizmente vivibles del mundo), fui a "La Perla del Pacífico" esperanzado de encontrar un fenómeno que me sorprendiera, un icono del cambio, un ejemplo a seguir.

Con GODOT en el Malecón del Salado (o ¿A qué se dedica el guerrero en tiempo de paz?)


Malecón del Salado, patios de comida

En el Malecón del Salado hay una serie de infraestructuras emblemáticas de la "regeneración urbana" de Guayaquil, camineras, quioscos, cafeterías, patios de comida, miradores, espacios contemplativos, jardinerías decorativas rodeadas de mangles que como un todo confluyen en su hito principal: el Puente del Velero.
En el puente peatonal que cuelga sobre las aguas del estero, en una banca de madera y dando la espalda a los manglares para ver la gente pasar, veo sentado a mi amigo Godot. Todo vestido de blanco, de chaqueta, camisa, pantalones, zapatos, sombrero bombín y guantes blancos, parece un mimo o una de esas estatuas vivientes de las Ramblas de Barcelona. Con un escueto saludo me siento su lado y evito mostrar sorpresa cuando veo que, del bolsillo interno de su chaqueta saca dos copas de cristal de Swarovski y dos cervezas Pilsener a punto de congelación. En silencio me pasa una copa, abre las cervezas con un destapador que saca de otro bolsillo, me invita a que me sirva, y brindamos.
Puente peatonal colgante del Salado
Con la mirada perdida en el estero del Salado, Godot inició la conversación diciendo:
― Me identifico con Guayaquil. Salvando las lógicas distancias creo que me parezco a esta ciudad.
― Reconozco que sueles sorprenderme, te he visto metamorfoseado en lo más impensable, pero parecerte a una ciudad…, es una metáfora demasiado compleja para abarcarla.
― Guayaquil y yo nos parecemos en nuestra individualidad y firme independencia. Nos parecemos en que hemos luchado a muerte para defender nuestra originalidad en contra de cualquier alienación. Somos semejantes en nuestra resistencia.
― ¿Resistencia?
― Sí, fíjese que la resistencia nativa expulsó los primeros intentos colonizadores de Pizarro en 1534, y lo hicieron una y otra vez, hasta que, al final, los colonos lograron fundar Guayaquil en 1547, pero le hicieron chupar a los españoles ¡trece años de férrea resistencia!
La ciudad portuaria floreció y, como era de esperar, atrajo corsarios y piratas; y con ellos, saqueos, incendios y peste. Dos siglos de ir y venir, pero Guayaquil volvió a florecer. Después vinieron las batallas por la independencia, que no fueron sólo para librarse de los españoles sino también de los mismos independentistas (Bolívar, San Martín, etc.), que se peleaban por quedarse con Guayaquil (mientras el pueblo pretendía seguir independiente de todos). Al principio, Bolívar logra salirse con la suya anexándola a la Gran Colombia; pero también esa subordinación duró poco y unos ocho años más tarde nace la República del Ecuador a la que se adhiere Guayaquil. Pero la ya estigmática historia de resistencia Guayaquileña no habría de tener descanso. El primer Presidente de Ecuador fue un venezolano de apellido Flores, que después de 15 nefastos años en el poder, en 1945 cambió la constitución para cargarse con el poder absoluto, beneficiarse con la reelección inmediata y aumentar el período de gobierno…, mi querido amigo, por su expresión, parece que tuviera un Déjà vu… ¿Otra cerveza?
― Sí, claro. ― Alcancé a responder, mientras Godot sacaba otras dos cervezas heladas del bolsillo interior de su chaqueta y continuaba su disertación.
― Como le decía, a raíz de este abuso de poder explota una revolución en Guayaquil que termina derrocando la prepotencia presidencial del venezolano. Unos años más tarde tras la renuncia de otro presidente, se formaron varias jefaturas supremas en el país. En Guayaquil el general Guillermo Franco se autoproclamó Jefe Supremo del Guayas y, vuelta a empezar con los conflictos…
En aras de hacerla corta, digamos que más tarde, cuando Guayaquil había sido adherida de nuevo al Ecuador y el gobierno estaba en manos de los conservadores, estalló la revolución liberal en Guayaquil liderada por quién después terminaría siendo el nuevo presidente de Ecuador. Luego, un gran incendio (posiblemente iniciado por los conservadores) destruye la ciudad, y casi al mismo tiempo les cayó encima una epidemia de fiebre amarilla. A pesar de todo, la ciudad volvió a surgir. Pero los estigmas son imborrables, y a mediados de los 20 (1920) sufren una fuerte depresión económica, pero Guayaquil se levanta y cumple con su función de pivote central del comercio de Ecuador enfrentando la depresión mundial de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial, los estragos de la guerra peruano-ecuatoriana del 41 (en la que se involucran navalmente), y, al final, (aquí me permito hacer un salto histórico por sobre varias dictaduras y presidentes), hoy en día Guayaquil sigue siendo único y aparte, de la mano de su alcalde Jaime Nebot ha dado que hablar en el mundo entero como bastión de la oposición al gobierno de Rafael Correa, y, sobre todo, por su proyecto de "Regeneración urbana". Con estos antecedentes genéticos, no se puede subestimar la resistencia de este gentilicio.
Buscando a Godot en el Salado
― Entonces, Godot, ¿crees que la regeneración es posible? ¿Piensas que la regeneración de la ciudad pueda regenerar también a la gente de mala voluntad? Me refiero a que Guayaquil tiene los índices más altos de delincuencia del país. Me ha entusiasmado escuchar que como parte de la regeneración se han creado leyes, ordenanzas dirigidas a reeducar la población más resistente al cambio, a quien hace graffitis o mancha las paredes se le multa en efectivo y con trabajo comunitario; quien tira basura se le hace barrer tres cuadras (y te confieso que, aunque defiendo la idea de que el talión es salvaje, me parece genial que apelen a la vergüenza como castigo por un transgresión a las buenas costumbres), en general creo que han hecho un trabajo muy inteligente como esa campaña publicitaria que reza: «Guayaquil eres tú, cuida tu rostro». Pero, me desencantó caminar por las zonas en las que la "regeneración" no ha entrado (que son muchas), y he visto muy exacerbados los mismos problemas que en otras ciudades de Latinoamérica, en todas partes hay tanta gente de mala voluntad.
― Este pueblo tiene historia de épicas resistencias y alto nivel de orgullo, Doc. Y eso no es poco decir. Pero, todo tiene por lo menos dos caras. Dependerá de que lado juegue la resistencia. Recuerde, mi querido amigo, que el reto de la civilización moderna es vencer la resistencia al cambio. Se me ocurre que la incógnita a revelar sería: ¿La resistencia mayor será en defensa del cambio o en contra de él? La historia está llena de virtudes que se transformaron en lo contrario. ― ¿Otra cerveza?

Regeneración urbana y regeneración ciudadana.

Desembocando al Malecón regenerado.
Cuando conocí por primera vez el Malecón 2000 me sobreexcitó. Dos y medio kilómetros de costanera que ofrece a sus visitantes plazoletas con monumentos históricos, museos, jardines, fuentes, miradores, centros comerciales, restaurantes, bares, patios de comida, cines, muelles y embarcaciones para pasear día y noche por el río Guayas. Sin embargo, había algo que me inquietaba: el Malecón estaba encerrado dentro de una gran reja que lo cercaba (separándolo de la ciudad) a todo lo largo. Mi inquietud se transformó en consternación al darme cuenta que sólo cuatro o cinco de sus portones, cercanos a la entrada principal, estaban abiertos, los demás estaban encadenados. Sí, es cierto que en toda el área del Malecón 2000 se respira seguridad, pero a costa de estar encerrados.
Ya era de noche cuando salimos, el clima no estaba de buen humor, hacía un calor aceitoso que ni la brisa del río Guayas lograba refrescar. Al llegar al portón principal le pregunto a un guardia del malecón (no se si era un oficial de policía, pero estaba vestido de uniforme con insignias, cachiporra y todo eso que los distinguen):
― Buenas noches, por favor, ¿me indicaría dónde puedo tomar un taxi seguro? Me han contado tantas historias sobre la inseguridad que prefiero buscar consejo antes de tomar un taxi cualquiera.
El oficial me mira, pone cara pensante, mira hacia la avenida, me vuelve a mirar, luego esgrime un atisbo de sonrisa y dice:
― Bueno, esos que están parados allí hacen de taxis…
Miro hacia donde indica el oficial y veo dos autos, estacionados contra la acera, que le tocan bocina a todo el que pasa para invitarlos a subir, no son amarillos ni tienen insignia alguna que los identifique como taxis. ¡Son taxis piratas!, o sea, sin matricula de transporte público. Ante mi evidente expresión de asombro el guarda añadió:
― Bueno, es que como está la ciudad hoy en día no hay taxi seguro, hasta los amarillos resultan ser ilegales, estos de acá deben ser buenos porque he visto que llevan gente y vuelven. Si fueran delincuentes no volverían al mismo lugar, ¿no le parece?
― ¡Ah, Ok! Si, claro, no volverían. Bueno, hasta luego, seguiremos caminando otro poco, gracias.
¡El policía me estaba incitando a creer más en un taxi pirata que en los amarillos oficiales porque los amarillos a veces eran piratas! Parecía decirme: «¡Si te vas a arriesgar, tírate directo a la fosa de las serpientes!» El hábito no hace al monje. Ese sujeto vestido de guardia, de policía o lo que fuera, ¡es un enemigo público que fomenta la ilegalidad! ¡Un degenerador!
Las ciudades necesitan hacer que sus habitantes sean ciudadanos, y ser ciudadano implica tener conciencia de que «cualquiera que salga perjudicado perjudica a todos». Ser ciudadano es «cuidarnos los unos a los otros».
Al referir lo sucedido a un colega guayaquileño, me preguntó:
― ¿Has notado la gran cantidad de guardias privados que hay en los diferentes edificios de la ciudad?
― Si, la verdad es que he visto muchos. ― Le respondí.
― ¿Y a qué crees que se deba? ― Me preguntó con sarcasmo.
― ¿A la alta tasa delincuencial? ― Repregunté con semblante ingenuo.
― A la torpeza policial. ― Me respondió tajante.
El método de "regeneración urbana" aplicado en Guayaquil es un ejemplo a seguir para crear espacios aptos y dignos que faciliten a los ciudadanos su crecimiento en el constante proceso civilizador; pero, por ahora, en la práctica, todavía es una especie de cerco que intenta separar y proteger a los ciudadanos de buena voluntad de los enemigos de la ciudad: los psicópatas.
El quid de la cuestión es: ¿Quién puede (en la calle) hacer un diagnóstico rápido de psicopatía?
La "regeneración urbana" de Guayaquil es absolutamente hermosa, válida y, por lo que he podido ver, efectiva en primera intención. Pero no basta. El "urbanismo ciudadano" necesita, además, mantenerse en constante pie de guerra contra su más terrible enemigo interno: la psicopatía.

La psicopatía

La manipulación, la demagogia, la falta de conciencia de culpa o remordimiento, la impulsividad, el abuso de poder, la indisciplina e inconstancia que le impiden continuar estudios superiores, el usar a las personas como cosas, ser juez de los demás y considerarse absuelto de toda culpa, la ausencia de empatía y afectividad positiva, el irrespeto a las normas, reglas y leyes son el corolario sintomático de la psicopatía.
La psicopatía es un tipo de personalidad cuyo origen es determinado por una interrupción en el proceso evolutivo mental del niño.
Desde el nacimiento, y durante los primeros cuatro años y medio de vida, todos los seres humanos carecemos de la capacidad de archivar dentro de nuestra mente ideas referentes al código legal (normas, reglas y leyes).
En otras palabras, todos los seres humanos somos psicópatas hasta los cinco años de edad.
Pero, un particular evento que debe suceder entre los cuatro y seis años de edad permite que se forme dentro de la mente infantil un archivo en el que, a partir de ese momento y durante toda la vida, se guardarán las ideas-leyes, cuya función será: filtrar los impulsos de la persona según los criterios morales. Si este archivo no se forma en ese período, no se formará nunca más. Los psicópatas, por una específica carencia sufrida en estas edades, no forman el archivo del código legal y por ello no pueden metabolizar las leyes. El psicópata es esencialmente un sujeto ilegal. Y como la sociedad está basada en un conjunto de normas, reglas y leyes, el psicópata es disocial por condición y antisocial en acción.

La ACM como estructurante del aparato psíquico

En la evolución normal de la personalidad, los seres humanos civilizados, después de haber integrado, alrededor de los cinco años, el archivo del código legal en su mente, articularán luego, alrededor de los 10 años de edad, el principal talento que los diferenciará de los animales: la Auto Conciencia de Muerte (ACM). Somos los únicos animales que vivimos a sabiendas de que vamos a morir.
Los animales viven como inmortales porque no saben que van a morir, y cuando la muerte les llega, pues ni cuenta se dan porque ya no están. Luego, los animales se conforman con la rutina instintiva de comer, beber, escapar del dolor, procrearse y descansar. Al no saberse mortales, nada les apura ni les falta.
La civilización es una consecuencia de nuestra Auto Conciencia de Muerte (ACM). Es nuestra conciencia de finitud lo que nos mueve a buscar algo más a través de los afectos, la empatía, la ciencia, la cultura, y esta búsqueda es la que ha generado lo que llamamos: civilización.
Nuestros estudios demuestran que la estructuración de la Auto Conciencia de Muerte (alrededor de los 10 años de edad) depende de la previa formación del código legal (alrededor de los 5 años de edad), y una de las principales pruebas de ello deriva del estudio de la psicopatía. Los psicópatas, por no tener código legal tampoco acceden a la Auto Conciencia de Muerte (ACM).
La carencia de Auto Conciencia de Muerte (ACM) en el psicópata, le permite vivir creyéndose inmortal y sentir que tiene todo el tiempo del mundo para asechar, en la sombra, la oportunidad de asaltar al otro, al quien ve simplemente como una cosa que le importará sólo en la medida de que le pueda beneficiar, y, por su falta de sentimientos positivos, le tendrán la misma consideración que nosotros podemos tener hacia un vaso de cartón o una colilla de cigarrillo.

Profilaxis

En la escuela de Psiconomía estamos seguros, por haberlo comprobado en la experimentación, de que con dos o tres leyes civiles, podría irse disminuyendo, hasta su eliminación total, la formación de nuevos psicópatas. Desde hace 20 años aplicamos en niños candidatos a ser psicópatas nuestra "ecuación civilizadora" y, en todos los casos en que se siguieron las (simples) pautas marcadas, los niños evolucionaron hacia una personalidad socialmente adaptada; siendo una reconfirmación de la regla aquellos casos en que los padres no cumplieron las pautas y ahora tienen hijos psicópatas.

La psicopatía: Enemigo Nº 1 del ciudadano del mundo

Tachos de basura en Guayaquil.
Debemos avergonzarnos de que en latinoamerica
todavía sea novedad la clasificación de la basura
y el reciclaje.
La zonas regeneradas de Guayaquil son islas en un mar turbulento de altas oleadas psicopáticas que intentan arrasarlas; es más, a medida que estas islas se embellecen, aumenta proporcionalmente la tentación malintencionada. La paradoja del progreso de una ciudad es que, a medida que aumenta en riqueza, también se vuelve más atractiva (y sin las medidas adecuadas, vulnerable) para los psicópatas atraídos como ratones por el queso.
«Elevar la autoestima de la población» no es una medicina que pueda hacer mella en la personalidad psicopática. Los seres humanos en general nacen con la capacidad de estimarse. Pero esta función es necesaria (después de los diez años) en las personas que instauran la Auto Conciencia de Muerte (cosa que no pasa en los psicópatas), para encontrarle sentido la existencia y aferrarse a la vida a pesar de saberse mortales.
Los psicópatas tienen la posibilidad de usar o no esta capacidad de estima, no necesitándola (por no tener ACM), la usarán sólo por el placer que deriva de ella, pero no desarrollarán apego alguno hacia los valores.
Mucho se ha dicho de la falta de afectividad del psicópata; pero la realidad es que sí pueden sentir afecto. Lo que marca la diferencia es que no tienen interés de mantener una relación de amor – valor porque no les afectan las pérdidas. De allí deriva su desapego, la insensibilidad que le permite ver a los demás como cosas. El psicópata explotará los beneficios sensoriales de todas las capacidades que ha heredado aunque vive al margen de la razón de ser de estas capacidades.
El contacto con lo natural
sensibiliza al ciudadano.
En Guayaquil las cartas están echadas. El alcalde apostó al control de zona por zona creando trincheras ubicadas estratégicamente. Es una guerra. La civilización versus la psicopatía. Pero, ¡cuidado con el optimismo! No hay que subestimar al enemigo, los psicópatas son artistas de la manipulación y expertos del disfraz. En las batallas contra la psicopatía siempre seremos el bando débil. ¡Nada es más destructivo que el hombre! ¡Y no hay hombre más destructivo que el psicópata¡ Y poco parecen valer las bellas camineras y los espacios para la contemplación, si el sujeto que transita por ellos es ciego de todo sentimiento positivo. Será por esto que lo más común en el resto del mundo es que se apueste a la regeneración de los antisociales (empresa que a dado escasos resultados ya que los planes de rehabilitación que se han utilizado con los psicópatas parece que sólo logran que el delincuente agudice su astucia y perfeccione su capacidad de manipulación).
Contra los psicópatas actuales sólo hay un camino: legislación apropiada, docta y estricta.
Contra la psicopatía en general hay que evitar que siga propagándose y para ello sólo hay un camino: que instituciones como la ONU, la OMS, la UNESCO, la Red Global de Ciudades, y demás organizaciones con voz y voto en el mundo, escuchen lo que tenemos que decir los estudiosos de la psicopatía para generar una profilaxis universal.

Con GODOT en el Malecón 2000 (o Sobre el salvajismo y la civilización)

Godot me había citado en un café del Malecón 2000 (que en realidad lleva por nombre Malecón Simón Bolívar, pero la gente prefirió llamarlo de otra manera. ¿Será que la negación del nombre proviene de recónditas rencillas genéticas contra el Bolívar que los acopió en la Gran Colombia? ¿Tendrá razón Godot al decir que los genes de este pueblo están estigmatizados con el digno fervor de la independencia y la autonomía?). Al llegar al sitio veo que mi amigo ocupa dos mesas del café con un montón de periódicos latinoamericanos, lo saludé (escuetamente) y me senté sin poder evitar hacer una de esas preguntas que después de hacerlas nos avergüenzan por obvias:
― ¿Leyendo periódicos? ― pregunté.
Godot levantó la mirada sin mover la cabeza, e hizo una mueca cuyo significado traduje como: «supongo que no pretenderá una respuesta». Por suerte llegó la mesonera y aproveché para romper la incomodidad del momento pidiendo un capuchino. Entonces Godot, sin quitar la vista de los periódicos que subrayaba empezó a decir:
― "Asesinó a su concubina y la escondió en el tanque de agua" (en Maracaibo). "Cuarenta y ocho asesinatos el fin de semana (en Caracas)". "Policías involucrados en el tráfico de drogas (en México)". "Desmantelada banda de asaltantes de bancos, se incauta un arsenal de guerra (de nuevo en Venezuela)". ¿Se le puede llamar a esto civilización? ― pregunta mi amigo Godot, mientras sigue hojeando la prensa.
― Uhm…, tú y yo, sentados aquí, tomando un capuchino y leyendo la prensa en este Malecón regenerado, nos vemos bastante civilizados. ― Le respondo con ánimo ligero.
― No me sorprende que usted sea un sociólogo de café, de los que suponen que la civilización es un estado evolutivo que deja atrás para siempre al salvajismo y la barbarie como si fueran estadios que, al superarlos, caducaran, así como el recién nacido no puede volver a entrar al útero. Eso vale para algunos estadios o desarrollos biológicos y no para entelequias como "la civilización" o "la evolución social". La civilización conserva su propia barbarie transformada, a veces a acicalada, otras veces enmascarada, pero barbarie el fin. La civilización es una pretensión que en sí misma de nada sirve si cada uno de sus miembros no sigue un personal y adecuado proceso civilizador. La civilización está llena de psicopatía.
― Si los psicópatas son salvajes y la civilización está llena de ellos, luego, la civilización no es civilizada.
― A eso me refiero cuando digo que la civilización es una pretensión. Es el proyecto que un grupo de personas asume como meta; pero en ningún caso es un hecho, en todo caso es un derecho.
― Por ello no existe civilización sin jurisprudencia, sin poder judicial, sin jueces, sin policías, sin cárceles...
― Va mejorando ¿Recibe clases intensivas?
― Viniendo de usted, lo tomaré como un cumplido.
― Preste oídos a esta noticia del diario Clarín de Buenos Aires fechada el 19 agosto 2010: «Corrió a una mujer que robó una cartera y la mató a golpes. El atacante llamó a la policía y quedó detenido. Tiene 29 años. Oyó los gritos de una mujer a la que otra mujer asaltaba en la calle y salió a correr a la delincuente. Alcanzó a la ladrona y le dio una paliza. La víctima fue internada y murió»
― En buen lío se metió el muchacho. Para impedir un delito terminó cometiendo otro.
― La cuestión es: ¿la acción de perseguir a un maleante que conlleva a la muerte del maleante, es un acto civilizado o una barbarie? ¿Fue heroico o fue un delito lo que hizo el muchacho? ¿Merece un premio o un castigo, una medalla o la cárcel?
― No es correcto tomar en propias manos la ley.
― ¡Fácil decirlo! En especial para aquellos que nunca toman nada en sus propias manos. ¡Síndrome Poncio Pilatos! ¿Y qué con la conciencia del valiente defensor de la asaltada? ¿Qué decir del proceso civilizador personal de ese muchacho de 29 años? ¡Piénselo! De haberse quedado parado ante el asalto, viendo como robaban a la muchacha sin hacer nada, ¿es justo que luego se recrimine a sí mismo por indolente, negligente, inhumano y cobarde? ¿No son la "empatía" y la "solidaridad" características que diferencian a un ser civilizado de un psicópata? Ahí está el problema de la civilización, al igual que diría Goya, «el sueño de la razón produce monstruos», vale decir que «el sueño (o la pretensión) de civilización produce monstruos», y estos monstruos siempre serán inevitables. No habrá posibilidad para que la civilización llegue a ser tal sin hacer un esfuerzo máximo para defender los casos excepcionales. La civilización pretende ser ley, y ya sabemos que la excepción confirma la regla.
― ¿Está tratando de decirme que todos esos asesinatos y delitos de los que hablan los periódicos son monstruos paridos por el proceso civilizador?
― Yo no "trato" de decir nada Doc. Sólo digo lo que digo, el que tenga oídos que oiga y quien tenga razón que entienda. Además le diré que sobre este tema ya Dostoievsky lo dijo todo en "Crimen y castigo": Raskolnikov cree hacer justicia cometiendo un crimen. Pero Dostoievski logra que esta aparente paradoja no sea tal, al distanciar, en la obra, el momento en que Raskolnikov reflexiona sobre el derecho que pueden tener algunos hombres superiores a cometer crímenes en pro del bienestar de la sociedad, del momento en que Raskolnikov es atormentado por el arrepentimiento. Pareciera que Dostoievski quisiese remarcar la evolución psicológica de Raskolnikov. En un principio el héroe se siente un ser extraordinario, superior, con derecho a pensar las leyes en forma rígida y, por sobre todo, creyendo que puede estar por encima del castigo; pero, al sobrevenirle el arrepentimiento, se derrumba la ilusión y toma conciencia de pertenecer al tipo de hombre ordinario que tanto desprecia: un simple mortal.
― Si, claro. Este proceso evolutivo del funcionamiento de las leyes en la mente humana lo hemos definido en nuestra Escuela como parte del desarrollo de la personalidad. Alrededor de los cinco años el niño inaugura su estructura legal mental e irá archivando las primeras leyes básicas, ordinarias y rígidas; estos primeros principios legales los denominamos "Protonomos". Estas proto-leyes siguen inscribiéndose en el niño hasta, más o menos, los 10 años de edad, momento en que se instaura la Auto Conciencia de Muerte (ACM). Antes de los 10 años el niño puede pensar que el castigo es eludible, pero al activarse en él la Auto Conciencia de Muerte el castigo se hace inevitable y fatal (ahora la muerte, como juez, es omnipotente y omnipresente). A partir de ese momento el mandato legal será inexorable y por ello se hace necesaria una mayor elaboración del código legal para permitirse un espacio de acción sin infringir las leyes; así nacen las "excepciones" que no son más que leyes específicas para un tiempo y espacio determinado, para una situación determinada; estas supraleyes las denominamos "Supernomos". En otras palabras, de cinco a diez años el niño aprende la proto-ley: «No matarás». Y después de los diez años el niño aprende la supra-ley (o excepción): «A menos que seas un soldado en el frente de guerra». Dostoievski, con su agudeza científica pareciera querer representar esta evolución del código legal mental a través de las reflexiones de Raskolnikov, pero, además, incluyendo la limitante de que la ética personal no puede contrarrestar la jurisprudencia reinante. En otras palabras, pareciera que cuando Raskolnikov siente la capacidad de poder crear excepciones no tiene en cuenta que éstas también son leyes, y sólo después toma conciencia de la inexorabilidad del castigo mortal (se siente enfermo, se enferma de verdad), y cuando se entrega a la policía (sin necesidad puesto que no había pruebas en su contra y otra persona se había declarado culpable) está melancólico, ofuscado por su Auto Conciencia de Muerte (ACM).
― Por eso me gusta hablar con usted, cuando tiene razón (las pocas veces que la tiene), tiene razón.
― Con lo dicho, Godot, ¿Te atreves a asentar tu opinión sobre la naturaleza humana? ¿Es la naturaleza humana esencialmente buena o mala?
― Los conceptos de bueno o malo pertenecen a la civilización y llevan implícita las virtudes de respeto y colaboración entre los de la misma especie. La naturaleza humana es salvaje y necesita de un largo proceso educativo para civilizarse. ¿Estaba bueno el capuchino?
― Si, exquisito, y la tostada también, gracias. Lindo el "Malecón 2000" de Guayaquil ¿verdad?
― Excepciones Doc, excepciones.
Caminerias

― Si, lo sé. He paseado por las zonas que, por contraste, pudiéramos llamar "degeneradas" y he visto el peligro, la desidia, la psicopatía reinante, el miedo, el desorden. Pero reconoce que la "regeneración urbana" de Guayaquil demostró hace tiempo ya que no era sólo un impulsivo entusiasmo fugaz. Se ha mantenido por años y continúa, lo que aquí sucede merece ser cátedra para Latinoamérica, en especial por haber incluido en el proceso nuevas leyes edificantes que castigan la desidia.
― Esta idea es buena, es cuestión de insistir, insistir e insistir, como diría mi amigo Og Mandino. ¡Larga vida a la Regeneración de Guayaquil!
― Que así sea. ¿Oye, no te queda una de esas cervezas heladas para brindar?
― El bar siempre está abierto Doc, siempre está abierto…

La Guayaquil regenerada: impecable.