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miércoles, 28 de febrero de 2018

CPF EN EL MUNDO DEL EGOÍSMO


Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018

AMOR PROPIO Vs. EGOÍSMO

El egoísmo es un tipo de amor propio.
El amor propio es indispensable para soportar la vida, luego, el amor propio es bueno.
Sin embargo, el egoísmo es la acepción negativa del amor propio.
El egoísmo es la tentación de agrandar el propio valor menguando el de los demás.
Egoísmo es: estar dispuesto a hacerle una zancadilla a Dios para tumbarlo y usurpar su lugar. Ojo: por “amor propio” también se puede desear ser Dios, pero no tumbándolo, sino haciendo lo que un dios hace para merecer ese lugar.
Con lo anterior queda claro que el egoísmo es una tentación antisocial.
En el amor propio ideal el individuo debiera valorarse como parte de una comunidad, en consecuencia, amarse a sí mismo implicaría amar a la humanidad, amarse como consecuencia de amar a los demás.
El egoísmo es una acepción del amor propio que desconoce a los otros como parte de uno, o que desconoce que uno es parte de los demás. La malsana contradicción del egoísta es que aunque niegue la importancia de los demás, los necesita igual…, o hasta más.

EL EGOÍSMO ES UN SECRETO UNIVERSAL

No me cabe duda de que el egoísmo es, entre todas las características humanas, la más sofisticada. Tener que lidiar con él desde que tenemos conciencia, nos obliga a perfeccionar cada detalle de su funcionamiento y, en especial, el arte de disimularlo. El egoísmo es la «mentira por omisión» más endémica en la humanidad. Todos tenemos egoísmo y todos tratamos de ocultarlo. El egoísmo es un secreto a voces.
A diferencia de otras cualidades universales humanas que también tratamos de ocultar o disimular (por ejemplo las concernientes al sistema de vaciado de desechos del cuerpo), y cuyo ocultamiento tiene como única causa el pudor; al egoísmo lo tratamos de esconder por múltiples razones. Evidentemente el pudor está entre ellas, pero además se le suman motivaciones más oscuras como el engaño, la manipulación, la autocomplacencia o el mimetismo rapaz.
Nacemos egoístas y a medida que nos van domesticando, lo vamos ocultando. Desde el primer momento el egoísmo es relegado a status de convicto fugitivo. Los domesticadores familiares e institucionales esgrimen múltiples estrategias con las que pretenden neutralizárnoslo. Y de allí sale el primer aprendizaje sobre el arte de la disimulación egoísta: hacerle creer a los domesticadores que lograron su objetivo. Y los domesticadores se tragan el cuento más o menos entero de acuerdo a lo conscientes que estén de que ellos mismos engañaron (de la misma manera) a quienes a su vez les domesticaron. Es ley natural: el egoísmo se oculta, pero no se destruye.

LA OCULTA IMPORTANCIA DEL EGOÍSMO

Desde el primer impulso de ocultamiento del egoísmo, se dispara simultáneamente una acción contraria. Esta acción hace que, mientras por un lado el egoísmo avanza un paso en la oscuridad de su tapadera, por el otro lado, sube un peldaño en la escala de importancia. Más se oculta el egoísmo y más importante se vuelve. Y la vorágine resultante de estas dos tendencias contrarias proporciona al individuo una impresión inversa y falsa, la de que: a medida que el egoísmo cobra importancia se acentúa la necesidad de ocultarlo. En otras palabras, el egoísta siente que el egoísmo debe ocultarse más, a medida que cobra importancia. Pero la realidad es bien otra. El egoísmo cobra importancia a medida que se le oculta. Al igual que como en un sacerdote en quien la represión sexual aumenta el peso de la sexualidad (sobre su espalda y otras partes), es ley universal humana que: «la represión es directamente proporcional a lo reprimido» (©Mario Fattorello). De lo anterior es fácil deducir que quien mejor disfraza su egoísmo más a su merced está. Un egoísta Goliat se presentará (siempre que pueda), como un David solidario.

SER EGOÍSTA ES UN TRABAJO ARDUO

Saciar el egoísmo no es tarea fácil, pero además, tener que trabajar para su ocultamiento es una labor intensa y desgastante. No es exagerado decir que se nos va casi toda la vida en solventar asuntos egoístas.
Este complejo lío pareciera haberse originado en nuestro proceso evolutivo a raíz de la necesaria convivencia entre dos factores de igual importancia para la supervivencia de la especie: por un lado el egoísmo, que cuida la propia conservación y, por el otro lado, la compleja y exigente vida social de una especie inteligente (léase “inteligente” como, la capacidad de generar cambios afuera y adentro, o lo que es lo mismo, en otros y en sí mismo) en la que la supervivencia de cada individuo depende de todas las tribus.
Los animales también son egoístas y sociales. Pero el egoísmo de cada uno de ellos apenas debe moldearse un poco para cuidar la conservación de algún otro congénere y, en el mayor de los casos, de la manada. Pero la vida social de los humanos es diferente, necesita que tengamos en cuenta las necesidades de muchos, muchísimos otros humanos, más allá de la familia, de personas que ni siquiera conocemos pero que influyen de una u otra manera en la vida personal, en la vida de cada quien, en la supervivencia de la especie.

Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018


EL EGOÍSMO DISFRAZADO DE ALTRUISMO

Hay muchas bondades con las que se puede disimular nuestro egoísmo. Obviamente todas estas bondades son consideradas virtudes de corte altruista. La solidaridad, la colaboración, la consideración, la condescendencia, la conmiseración, entre muchas otras, son compensaciones que intentan remendar lo que más atrás haya roto o más adelante pueda romper nuestro egoísmo. Hay una especie de pacto social tácito en creer que quien más desarrolle estas actitudes, menos egoísta es. Pero la realidad demuestra lo contrario. A mayor egoísmo, mayor es la necesidad de ocultarlo con altruismo. Y este resultado no es para nada desdeñable. Esta tendencia proporcional parece tener toda la intención de alcanzar una paridad, que a pesar de parecer utópica por ahora, como tendencia evolutiva marca una dirección esperanzadora: llegar a tener de forma innata un sano egoísmo social.
Pero la evolución marcha a suo agio y mientras tanto nosotros vivimos con un egoísmo que demanda mucho trabajo y esfuerzo para mantenerlo satisfecho en su escondrijo, al tiempo que la sociedad demanda nuestra solidaridad.

SIETE MIL SEISCIENTOS MILLONES DE EGOÍSMOS

No se puede ser egoísta estando solo. Para ser egoísta hay que estar acompañado. El egoísmo necesita de alguien a quien encaramársele. Egoísmo significa aprovecharse del otro, ya sea rebajándolo para verse a sí mismo más alto o usándolo para propio beneficio.
La vida social es una constante tramitación de conflictos. No es nada fácil dedicarse a los propios intereses sin pisar los pies de los intereses de los demás. En una habitación abarrotada de personas cada quien buscará delimitar su propio espacio empujando disimuladamente a los que le rodean y vigilando que otros no ocupen más espacio que él. Empujamos como no queriendo empujar. Pisamos talones, cayos y dedos disculpándonos mientras seguimos empujando y dando codazos disimuladamente para agrandar nuestro espacio entre la multitud apretada de siete mil seiscientos millones de personas con siete mil seiscientos millones de egoísmos.
El egoísmo se basa en la filosofía del «sálvese quien pueda» y, en contraposición, el amor propio con conciencia social humana sigue la filosofía del «salvémonos los más que podamos». Lidiar con estas dos tendencias opuestas es una ardua tarea diaria. Se trata de ponerse el salvavidas y tirarse al agua desde un barco que naufraga al mismo tiempo que tendemos la mano para salvar a alguien más. Una verdadera acrobacia social.
En la naturaleza animal la filosofía del «sálvese quien pueda», puede que funcione para la supervivencia de algunas especies. Pero en la humanidad las complejas interdependencias sociales hacen inviable esa posibilidad. El entramado social ha desplazado la existencia colectiva por encima de la existencia individual, pero esta fase evolutiva está en pleno acontecimiento y obviamente adolece de los desajustes propios de algo que se está formando. Por inercia el egoísmo primordial se resiste al amor propio social. Vivimos una época de transición, aunque por lo visto, pareciera que la humanidad siempre estará en transformación. En este específico sentido pareciera que ya todo estuvo dicho después del «todo fluye» de Heráclito.

EGOÍSMO CIVILIZADO

El egoísmo es adjetivado como malo así como el altruismo es considerado bueno por designio del departamento humano que administra la evolución. Por supuesto que hablamos de la civilización. La civilización es una gran repartidora de estigmas y categorías. Una especie de cuerpo legislativo con ínfulas de poder controlar el proceso evolutivo humano y con un órgano propagandístico capaz de transformar una opinión en un convencionalismo. Todos los miembros de su Comité son laureados domesticadores en cuyas buenas intenciones confiamos, o, en todo caso, queremos confiar. No nos queda de otra, el mundo ya estaba hecho cuando nacimos.
La unión hace la fuerza. La humanidad ha logrado ser lo que es disminuyendo el poder individual. No nos queda de otra que abrazar al grupo y confiar, aunque somos libres de llevar bajo la camisa un chaleco antibalas, no vaya a ser que alguien se vaya a amotinar. En general nos conformamos con tener dos ojos adelante, pero en el fondo fantaseamos con tener ojos en la nuca para nuestras espaldas cuidar. El amor propio social es un ideal a perseguir y es bueno creer en ello como se cree en que la fe mueve montañas, sin embargo nuestra autoconciencia y sentido común nos recomienda tener a la mano un bulldozer por si la montaña se resiste o mengua la fe. Y todo esto debido a que la civilización es un proceso lento y con etapas.
Que el egoísmo individual acepte extenderse hacia una conciencia grupal, por ejemplo, a “egoísmo nacionalista”, es apenas un paso iniciático en el proceso de formación del amor propio social humano. En este primer paso, donde el individuo se siente grupo, el “egoísmo negativo” permanece activo y dispuesto a ser dirigido hacia otros grupos. El nacionalismo es una etapa maligna de la evolución hacia un amor propio  global. La siguiente etapa implicaría que los grupos se unieran en un solo sistema. Pero históricamente este paso ha representado una zancada muy larga y en el espacio entre un pie y la siguiente pisada queda mucho terreno donde germinan las malas hierbas, los conflictos y las guerras. La etapa del egoísmo grupal (como el nacionalista) se fundamenta en el principio de que la unión hace la fuerza, pero la fuerza suele ser usada hacia otros grupos que se encuentran en esa misma etapa. La ingeniería del resorte que impulsa el salto de una etapa a la siguiente es un misterio que la civilización todavía no ha podido solventar. Pero creo, o me gusta creer, que hacia allá vamos.

Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018


EGOÍSMO EN EVOLUCIÓN

La conciencia social versus el egoísmo individual son el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la civilización. Por supuesto no es necesario explicar las inconveniencias de una supremacía de Mr. Hyde. Pero, en cuanto al Dr. Jekyll, su dominación totalitaria tampoco parece una posibilidad viable, porque el egoísmo es la fuente principal de energía de autoconservación, necesaria para la supervivencia de la especie por razones que van desde la reproducción, hasta la defensa personal. Así que, al parecer, no nos queda más que insistir en la búsqueda de un equilibrio. No debe ser sorpresa para nadie que la última palabra esté en boca de la evolución.

domingo, 1 de enero de 2012

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (1) Chichiriviche (Sobre el egoísmo)

Reserva natural de Cuare...futuro incierto
El egoísmo de andar por casa

El egoísmo tiene dos acepciones, la que se refiere a la autoestima sana y necesaria para soportar la vida, y la otra, más comúnmente utilizada, que se refiere a la actitud malsana de quien pretende alcanzar sus objetivos a toda costa y sin miramiento alguno hacia los otros (siendo el non plus ultra que "el costo" sea para los demás). El egoísmo de esta segunda acepción (al que me referiré de aquí en adelante), es la actitud de aquellos sujetos cuyo leitmotiv es "sálvese quien pueda, y si los demás no se salvan, mejor".
El egoísta necesita de quienes le rodean en mayor proporción al común de los mortales; pero esta realidad le es insoportable, se siente humillado por depender y trata  de ocultar su necesidad detrás de una careta de prepotente y falsa autosuficiencia.
Ser egoísta es la voluntad e incapacidad a la vez de no ver más allá de las propias narices.
¿El egoísmo como patología oftalmológica, o aberración naso-morfológica? Analicémoslo.
Ver, lo que se dice ver, no parece ser una de las habilidades del egoísta, pues a menos que le estimule  alguna conveniencia, no suele ver al vecino. Lo que le rodea, de no serle necesario, le es invisible y, por ello, suele atropellarlo. Lo que no le sirve no existe, es más, para el egoísta no tiene sentido que exista algo que no le sea de provecho; y con lo dicho queda claro lo inútil que le sería tener una visión minuciosa o de larga distancia: siendo el centro del universo, su fuerza de gravedad hace que todo gire a su alrededor. Siendo el mismísimo sol, ¿de qué preocuparse? ¡Que se cuiden los demás de verlo! Y, ¡para su bien! ¡Que se cuiden de tropezar con él! El egoísta es despiadado en la defensa de su territorio y su territorio es el mundo entero. Un sinónimo procedente para "egoísmo" sería: «presbicia social».
En cuanto a su naso, digamos que ya sea chato, aguileño o quevedeano, da igual. Sólo le sirve para olfatear oportunidades y si se diera el caso de que le gustara el queso Roquefort prepararía sándwiches pestilentes dentro del Metro en las horas de más aglomeración, o en la sala de cine en una noche de estreno, y sin mayor disimulo se limpiaría las manos restregándolas contra el abrigo del vecino o la butaca.

El egoísta estridente

Escribo esto en el balcón con vista a la playa de nuestro apartamentito en Chichiriviche. Es la primera vez que nos atrevemos a pasar un mes en esta playa. El Parque Morrocoy ofrece tanta hermosura que bien vale largas estadías, pero mi esposa y yo lo hemos frecuentado sólo de lunes a viernes evitando el bullicio de fin de semana. Éste es nuestro primer sábado en Chichiriviche. Desde el amanecer he observado los preparativos de los tolderos en la playa, la llegada de los buhoneros, heladeros (poleros) y, por fin, los bañistas. Playa Sur es frecuentada principalmente por bañistas venezolanos que vienen a pasar el fin de semana desde las cercanas ciudades de Caracas, Valencia y Barquisimeto, lo que hace que pudiéramos definir a Playa Sur como una playa popular, sin turistas extranjeros que prefieren transportarse en lanchas a los cayos cercanos.
Mi observación del hormiguero de orilla transcurrió tranquila y meditabunda hasta las 10:30 de la mañana cuando se hizo patente la llegada del primer egoísta.
Estacionó su vehículo a unos 10 m del toldo que alquiló en la playa (primera infracción: la playa no es para vehículos). El egoísta se quita la playera dejando descubierto su vientre regordete, luego corre hacia el agua y se zambulle al mejor estilo orca asesina para rápidamente regresar al toldo donde lo espera su compañera rubia teñida. De seguido el egoísta se coloca un par de grandes gafas negras que le tapan la cara desde la mitad de la frente hasta media mejilla (a estas alturas de mi observación todavía no lo reconozco como egoísta y, sólo después, las inmensas gafas negras se tornarán metáfora de la cortedad de visión del egoísta). La rubia teñida, que ya está en traje de baño de dos piezas, ha destapado dos cervezas y le ofrece una al sujeto de grandes gafas negras que la vacía de un largo trago. Seguidamente, nuestro sujeto corre a explayar su egoísmo, y es que literalmente corre hacia el vehículo que se encuentra a 10 m del toldo, abre la cajuela de atrás y un minuto más tarde estalla a 50.000 decibeles un pandemónium de ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! apocalíptico que hace temblar las ventanas de nuestro apartamento (ubicado a unos 100 m de distancia).
Entonces empecé a escribir estos comentarios sobre el egoísmo, claro está que previamente tuve que conectar los audífonos a la laptop y poner "Animals" de "Pink Floyd" a todo volumen para mitigar el estruendo del concierto Rave-vernáculo que nuestro antihéroe egoísta había decidido que todos nos caláramos.
En este momento son las 12:30 y, después de unas 10 cervezas, el egoísta de las grandes gafas negras y la rubia teñida bailan "vallenato" al ritmo de 100.000 dB en la arena tropezando con la gente de los toldos aledaños, demostrando así que son el centro del universo y que no existe nadie más que ellos.

El Egoísmo endémico

Es una realidad, en Venezuela el egoísmo patológico es endémico. Atisbar sobre sus orígenes étnicos-genéticos-culturales no puede sino ser un trabajo tan inmenso como infructuoso; así que no nos queda de otra que intentar un ligero sincretismo, una cosmovisión fácil, que nos libere de la necesidad de marcar una etiología, así que me voy a atrever a sentenciar que, en general, el egoísmo es endémico en Venezuela porque la cultura ha permitido la formación de mucha gente acomplejada. Si bien Alfred Adler pecó de simplista en su descripción psicológica del "complejo de inferioridad" y "complejo de superioridad" como principales fuerzas motrices de las actitudes humanas, se le reconoce el mérito de haber creado una fórmula efectiva para salir del paso cuando no se quiere profundizar mucho en las causas, y gracias a él podremos evadir este tema diciendo que los egoístas necesitan tapar sus inconfesables interioridades con actitudes de superioridad. ¡Qué tremendamente predecible puede llegar a ser el ser humano!
El egoísmo pica y se extiende. 
Liseth y yo ya tenemos una semana en Chichiriviche, tiempo suficiente para haber vivido la experiencia paradisíaca de caminar por un islote desierto, de cosechar ostras en las raíces de los mangles rojos, de snorkelear en los arrecifes, de pescar huachinangos para luego limpiarlos en la misma orilla, filetearlos y comerlos crudos con limón sintiéndonos parte de esos tiempos primordiales del homo cazador y recolector.
Pero también hemos tenido tiempo para recorrer la costa de Chichiriviche de norte a sur y percatarnos de la ausencia de recolectores de basura, y de la triste presencia de un desperdicio en particular que denota el egoísmo más básico y nocivo que si bien es menos escandaloso es mucho más desastroso: el de quien destruye el mismo lugar donde vive. El asunto es que, entre los innumerables recipientes de plástico naufragados en las orillas, hay un tipo en especial de recipiente que deja ver la desidia del egoísmo local: decenas, cientos, miles de recipientes plásticos de "aceite dos tiempos", del que usan como combustible los lancheros lugareños. ¡Son los mismos lancheros que viven de los turistas que vienen a disfrutar la belleza natural de este trozo de Caribe los que contaminan!
Autodestrucciòn
No ver más allá de las propias narices también conlleva a la incapacidad de pensar el tiempo más allá del minuto que se está viviendo. El egoísmo impide la conciencia global, y como piensa que el mundo ha sido construido para su beneplácito le parece absolutamente natural arrojar basura dondequiera porque «ya habrá gente que se dedique a recogerla».
En el momento que escribía esto, subió al apartamento la chica encargada de la consejería, una mujer oriunda de un pueblo pesquero cercano, portadora de esa buena voluntad y disposición heredada de haber crecido en un pequeño caserío donde todos se conocen y están pendientes de la salud de cada vecino, linaje éste que genera en su imaginario la idea de que del mundo es una gran familia donde todos se conocen y merecen ser tratados como hermanos. Lo cierto es que esta mujer se llega hasta el balcón donde escribo estas líneas para comentarme algo referente a la conserjería y yo le hago referencia al egoísta de grandes gafas negras y discoteca ambulante, a lo que ella me responde: «Eso debiera estar prohibido, ¿verdad?, al lado de la casa de mi suegra en Boca del Tocuyo hay una señora que vende cerveza, y esos ponen música a todo volumen toda la noche, ya se le ha dicho a todos para que hagan algo, pero igualito».
La maldad egoísta no hace distingo de lugar, clase, cultura o posición social. El egoísta es un agujero negro que chupa la luz de su alrededor y no alumbra a nadie. El egoísta trata a los demás como cosas que le sirven y se aprovecha de que los demás (altruistas) no pueden aplicarle la misma medicina porque se lo impide su condición de humanos. Si ser humano es un fenómeno esencialmente gregario, si la colaboración y la empatía forman parte de la esencia de la humanidad, entonces el egoísta no puede ser considerado humano.

Mimetismo egoísta

La vida trepa a través de estrategias. Sobrevivir es consecuencia de un plan. Lo más probable es que nosotros seamos parte de la atávica intención de las amebas de dominar el planeta. El egoísta no escapa a esta regla, y siendo tan evidente lo execrable de su condición, su principal estrategia no puede ser otra que simular ser lo que no es. El plan del egoísta está concentrado en el mimetismo. Debido a que su dominio del territorio dependerá de su capacidad de manipulación, el egoísta debe arreglárselas para que la víctima no se dé cuenta de ser usado, y así, nuestro egoísta bañista de vientre regordete, clavadista de estilo ¡Salta Willy, salta!, cervecero, amante de rubias teñidas, y portador de grandes gafas negras, no desaprovechará la oportunidad de caerle adelante el vecino antes de que éste se fastidie por el ruido y le remarcará el insospechado detalle de que: «¿Viste que buen sonido? El amplificador me costó un ojo de la cara. ¡Es importado! Ya vas a ver, hoy todos bailamos al son de mi música, me van a deber esa...» Porque, hay que decirlo, en los egoístas aflora el mismo espíritu atribuido a algunos dioses que a pesar de ser aparentemente todopoderosos e independientes hasta más no poder, padecen la morbosa necesidad de ser alabados. ¿Se dan cuenta? Ambos (dioses y egoístas) andan por ahí dándose aires de sobrados y, al final, buscan reconocimiento… Sin pretender analizar lo inanalizable, me resulta imposible no considerar que la prepotencia egoísta es, tanto en los hombres como en los dioses, sospechosa de tener cola de paja.
Levanto la mirada hacia el horizonte marino. A lo lejos los cayos marcan su presencia solitaria en medio del mar, la vista se me pierde y con ella se van mis pensamientos, lejos, muy lejos, con la brisa, hacia las nubes que se dibujan en el cielo de más allá, y, de pronto, una idea en forma de pregunta, como una pesada ancla, me engancha a la tierra y me devuelve al aquí y ahora jalándome la mirada hacia el egoísta, sus gafas negras, la rubia teñida, el vehículo escupe-ruido, y me pregunto: ¿Será el ateísmo un reclamo ante el egoísmo de los dioses?
Tal vez llegó la hora de ser más radicales, tal vez llegó la hora de decir que "El ciudadano del mundo" también tiene posiciones definidas en las que no otorga concesiones, tal vez llegó la hora de decir que el ciudadano del mundo participa de una guerra y que su enemigo es: el egoísmo impenitente. Si logré rendir la idea de que el egoísmo es el par antitético del ciudadano del mundo, entonces el escrito logró su objetivo.

Hospitalidad versus rapiña

Cuando una ciudad o un paraje natural se transforma, por las razones que sean, en un sitio de frecuente visita de foráneos, simultáneamente sus habitantes se convierte en anfitriones y no pocos de ellos terminan dedicándose a ofrecer servicios a los visitantes. Los que se dedican a dar servicio a gente de paso o a turistas, tienen (según su temperamento y educación) dos actitudes posibles: la solidaridad hospitalaria; o la actitud oportunista del que hace gárgaras con la empatía y le interesa un comino el otro por estar consciente de que «hoy te veo y mañana no te reconozco».
La hospitalidad
La opción de la hospitalidad es posible sólo para personas que tengan una educación, unos principios básicos de civismo que les permita sentir confraternidad, tendencia solidaria hacia la humanidad y empatía hacia personas que ven por primera y, muy probablemente, última vez.
"Yiyo el pescador" buscando
patarucas para que salieramos de pesca
El mero valor hacia el ser humano debiera ser suficiente para determinar nuestra actitud positiva hacia él. Ayudar con la única finalidad de hacerlo no necesita el trueque como motivación. La colaboración y solidaridad no es negociable porque ya es suficiente intercambio de valor la acción misma, el valor de sentirse bien consigo mismo por haber hecho el bien a otro, por ayudar, por servir, por ser útil.
La rapiña
La actitud del que se aprovecha de la desventaja ajena (porque los turistas, viajeros de paso, forasteros recién llegados, son todas gentes en desventaja) actúan según la más primitiva ley animal: los fuertes se aprovechan de los débiles. Y esta ley está bien para los animales porque sigue patrones efectivos para la supervivencia y la selección natural, nada puede ser más perfecto para el equilibrio natural que el león que persigue la manada termine alcanzando y comiéndose al ejemplar más enfermizo y débil, con esto gana el león y también la manada. Pero los seres humanos no somos gacelas ni leones, nuestra manada ya evolucionó de la horda a la tribu y de allí a la sociedad civilizada. Los seres humanos pretendemos caracterizarnos por la protección del más débil y no por su abandono o aniquilamiento. ¿Se imaginan si los médicos actuaran según el primitivo impulso animal ante sus desvalidos pacientes?
El pueblo de Chichiriviche tiene como tendencia predominante hacia los que optan por la actitud de rapiña aprovechadora (y eso puede detectarlo cualquier visitante con sólo media hora de estadía). En este pueblo costero la mayoría de la gente estará dispuesta a ofrecerte ayuda para conseguir alojamiento, estacionamiento, lugar en la playa, donde comprar pescado, es más, lo más seguro es que te aborden por la calle para ofrecerte ayuda, pareciendo buenos samaritanos desesperados por alcanzar el cielo haciendo el bien sin esperar nada a cambio; pero la ilusión de altruismo sublime no dura más que unos minutos para el que recién llega, la mayoría son comisionistas y quien menos pretende espera una propina, hasta si el favor prestado fue levantar el dedo para indicar la dirección hacia la gasolinera más cercana. Es posible que haya quien, ante lo dicho, objete indignado algo como esto: «Ése es el negocio de esta gente. Ser comisionista es también una forma de trabajo.» Para quienes puedan ostentar de una tan portentosa suspicacia comercial me detengo a remarcar el detalle de que si la indicación de una dirección es mercadeable ¿dónde queda el concepto de favor? El comerciante ofrece su mercancía, muy diferente es ofrecer ayuda y luego cobrar por ella.

El desastre o sobre las diferentes subespecies del Pez León

Chichiriviche comenzó sus planes para transformarse en centro turístico playero de altura hace unos 25 años atrás. Se hicieron dos o tres hoteles y algunos edificios residenciales. Un cuarto de siglo después Chichiriviche se encuentra peor que al momento de partida, y lo «peor» es que además de haberse resignado al olvido de su sueño de urbe turística ya está a punto de devastar la belleza natural que originalmente la había motivado.
Por otro lado, los biólogos marinos vaticinan una cercana catástrofe ictiológica que vendría por mano, o más apropiadamente dicho, por boca del "Pez León". Una especie de pez venenoso no natural de estas aguas y que, aparentemente escapado de un acuario de Miami, está colonizando todas las costas del Caribe donde se reproduce muy rápido y su apetito voraz hace estragos en las larvas y crías pequeñas de todas las demás especies sin, a su vez, tener ningún depredador natural que equilibre su proliferación. En fin el Pez León está destinado a transformarse en la peor amenaza para la fauna marina del Caribe. En algún sitio de Internet las autoridades alertan a los que frecuentan en las playas de Morrocoy (donde se encuentra Chichiriviche) de que notifique cualquier avistamiento o pesca de un Pez León para seguir su desplazamiento evolutivo. Pero parece que no va a ser el Pez León quien arruine el ecosistema de Chichiriviche, en todo caso será otro chivo expiatorio más. El ecosistema está siendo destruido a pasos agigantados por los mismos habitantes (humanos) de la zona. El verdadero Pez León de estas costas es la gente (egoísta) que vive en ellas.

Paraíso perdido

Liseth lamentando la caída del Paraìso
 Todo lo dicho no tiene ningún tipo de ánimo de advertencia. Para pensar en profilaxis ya es demasiado tarde. Chichiriviche está en plena caída, el paraíso ya está perdido. Lo que nos queda es aprender de la experiencia. Tratemos de aprender de ésta para que no se nos vuelva costumbre destruir paraísos para lamentar infiernos.
Una semana tenemos mi esposa y yo viviendo a orillas de la playa y observando en el horizonte las islas que se ríen del mar y del cielo como si estar allí fuera una broma. Una semana de brisa constante, de olas incansables, de soles y lunas que se alternan sin error, una semana y media de ver que la naturaleza sigue su curso haciéndose cargo de los resultados sin buscar culpables, sin necesitar chivos expiatorios.

En busca del gran sàbalo
 El viento simplemente sopla, no necesita excusas para ello, y con el mismo derecho la noche es oscura, las olas hacen espuma al chocar contra la playa, la arena acepta enriquecerse con cualquier cosa (para ser arena sólo hay que pasar el tiempo suficiente en la playa). Todo tiene sus leyes. La marea sube y baja con la luna y el sol. La mitocondria se encarga de las células, la gravedad del peso. ¿Quién se encarga del plástico, de la gasolina y de todas aquellas cosas que llamamos basura porque no nos las podemos comer?

No es un arcoíris reflejado en el agua,
es gasolina...
 La naturaleza tiene sus leyes y estas leyes no pueden contrariar las del universo. De esto todo estamos claros, tan claros como que nosotros tuvimos que crear otras leyes, más allá de las biológicas, para que nos gobiernen desde adentro (moral) y desde afuera (jurisprudencia) bajo el ojo avizor de las leyes naturales que nos gobiernan desde todas partes. Nuestra condición de vivir es seguir leyes, las nuestras (que llamamos en conjunto: civilidad) nos permiten convivir en el planeta a pesar de haber alterado la naturaleza inventando antibióticos y vacunas que nos alargaron los años de vida. Leyes que nos permiten seguir aquí a pesar de habernos sobrepoblado y alterado el plan del mundo. En fin, la humanidad depende de cumplir con ciertas condiciones y quienes no respeten estas condiciones nos ponen en peligro a todos. Sólo las regulaciones pueden evitar nuestra autodestrucción. Pero en el pensamiento del egoísta no existe el futuro, su plan se reduce a sacarle provecho a lo inmediato y por ello no le interesan los códigos de ética colectiva. El egoísmo es un peligro y como tal debe ser investigado, reconocido, aislado y tratado hasta erradicarlo. El primer paso de esta limpieza no puede ser otro que la creación de leyes estrictas que rápidamente limiten sus acciones maléficas.

Los crímenes de la calle morgue de Chichiriviche (o sobre los monos con hojilla)

No pude evitar acostarme pensando en la desidia de los pobladores del paraíso. En Adán y Eva que, multiplicados y en versión menos iconográfica terminaron poblando estas playas y que, como sus antecesores, perdieron el paraíso. El valor de esta observación en Chichiriviche gravita alrededor del hecho de estar siendo testigo del justo instante en que Adán y Eva cometen la ingenua fechoría de echarlo perder todo, haciendo que el paraíso quede prohibido para nosotros y todos los que vendrán después. ¡Si!, este pueblo está comiéndose la manzana, y perdiendo el Edén prometido por no haber comprendido la responsabilidad que conlleva el libre albedrío. A fuerza de desidia, de contaminación, de la testarudez que caracteriza a los bichos que vuelan alrededor de la llama de una vela y terminan achicharrados, el pueblo de Chichiriviche se está destruyendo a sí mismo.

La naturaleza pasará la factura
 Eso fue lo que pensaba al acostarme, pero mi mayor sorpresa fue que más tarde me desperté de un sueño en el que rememoraba el cuento de Edgar Allan Poe "Los crímenes de la calle Morgue", el célebre cuento que da inicio a la literatura detectivesca, donde la genialidad analítica de Dupin logra descifrar el misterio detrás del asesinato de dos mujeres que la policía de París había declarado “imposible de resolver”.
No vendría al caso hacer un resumen del cuento que la mayoría de la gente conoce, más aún cuando para lo que me interesa decir sólo es necesario recordar que se trataba del crimen de dos mujeres, una madre y su hija, decapitada la primera y estrangulada e insertada dentro del ducto de la chimenea la segunda. Y que, genialmente Dupin descubre que el asesino fue un orangután mascota de un marinero que, habiéndose escapado con la navaja de afeitar de su amo, quiso reproducir lo que su amo hacía cuando se afeitaba en el cuello de la pobre señora que terminó decapitada. "Un mono con hojilla" es frase comúnmente utilizada para referirse a alguien que no está a la altura de la posición que ostenta. Monos con hojilla son todas aquellas personas que tienen acceso a los beneficios de la civilización sin estar a la altura de su manual de uso. Mono con hojilla es aquél que toma una Coca-Cola y lanza la lata por la ventana del automóvil. Mono con hojilla es quien desecha combustible en el mar, monos con hojilla son todos los egoístas que no ven más allá de sus narices.