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miércoles, 14 de marzo de 2018

CPF EN EL MUNDO DE LA LENTITUD Y LA PRISA


TIEMPOS ENERVANTES

Me enerva la lentitud. En el zoológico paso de largo ante la jaula de las perezas. Me mortifican. En un planeta que se mueve a 107.000 kilómetros por hora, ser lento es, por lo menos, una insolencia. Pero una cosa muy diferente es andar deprisa. Todo amerita su tiempo. Hacer algo rápido no significa hacerlo aprisa, sino en el tiempo mínimo que se amerita para hacerlo. Con lo dicho confieso que me enerva tanto la lentitud como la prisa. Sí, tal vez una primera conclusión ligera sea que a mí me enervan muchas cosas. Y eso es posible. Pero ¡vamos!, por lo menos debemos aceptar que no es por calumnia que los extremos tengan mala fama.

EL MAL EJEMPLO

Creo que tendría nueve años la primera vez que escuché que Dios había hecho el mundo en siete días. En aquella oportunidad también me enteré que el séptimo día se echó a dormir. De lo que de inmediato deduje que en realidad Dios hizo al mundo en seis días. Eso es tener prisa. Eso es extremismo. Eso es querer salir rápido del compromiso para irse temprano a la cama. No pienso discutir cómo le quedó el mundo a Dios. Pero tampoco puedo dejar de decir que tal vez las cosas pudieran ser diferentes si se hubiese permitido un tiempito más. Igualmente con el hecho de que nadie menciona en ninguna parte cuándo despertó de la siesta que inició en el séptimo día. La curiosidad es irrequieta ¿seguirá durmiendo? En realidad lo hecho, hecho está. Pero no deja de ser un mal ejemplo para los niños (y la gente en general), eso de querer hacer un mundo en una sola semana, como queriendo salir rápido del asunto sin que importen los resultados y ni hablar del control de calidad. Y es que hay tanta gente que anda tan aprisa, que parecen todos aspirantes a ese Dios, o sea, gente que no ve la hora de irse a dormir. Pero, ahora que lo pienso, tal vez me estoy embrollando la vida tomando como ejemplo la Creación. De seguro van a salir los eternos defensores de causas perdidas a remarcar que los tiempos de Dios son perfectos e inescrutables. Y creo que será mejor responder de una vez a estas personas aclarando que, de ser eso cierto, están aseverando que es ley universal que un planeta, un mundo, un sistema solar (porque en el cuarto día Dios creó el Sol, la Luna y las estrellas), se puede hacer en seis días. En otras palabras, el tiempo perfecto para hacer un mundo es una semana con siesta incluida. Y si esto es así, cosa que, ¿por qué no?, pudiera ser posible, nuestro mundo no sería más que “trabajo de una semana”, algo nada importante, nada del otro mundo, pues. Y creo que esto no le vendría muy bien a las autoestimas de los mismos defensores de causas perdidas que iniciaron este lío. Sin mencionar que el asunto no sólo trata de la prisa en hacerlo, sino de la pereza posterior…. Y, llegados a este punto, hay que hablar del cansancio.

CANSARSE PARA VIVIR O VIVIR PARA CANSARSE

La vida es cansona, de eso no hay duda. Por cada 16 horas de actividad tenemos que descansar 8 horas corridas. Vivir cansa. Y además parece que está bien que así sea. De hecho, por si acaso, nos hemos encargado de crear un sistema de vida que asegure nuestro cansancio: estudiar, trabajar, atender las redes sociales, los compromisos familiares, hacer compras, votar, ir al estadio, y si todavía no estamos agotados, podemos ir al gimnasio, trotar, levantar pesas, y si no basta, podemos hacer rápel, mountain bike, clavar sombrillas en la playa con el viento en contra, nadar, hacer parrillas bajo el Sol en verano, vóley de playa …. Un manual infinito y morboso de métodos para cansarse y desear ir a la cama. Claro está que hay quienes niegan la realidad y se disponen a “disfrutar la vida” concibiéndola como el arte de hacer dinero y gastarlo. O sea, hacen lo mismo, pero con anteojeras. 
Corren todo el día laboral tras el dinero y luego corren durante el tiempo libre a gastarlo. Estas son las personas que cuando regresan de vacaciones lo primero que te cuentan es cuánto les costó el viaje, la cancha de vóley, el alquiler de la sombrilla, el cupo de rápel, y así…. Cobrar y pagar es una extenuante forma de asegurarse las ganas de ir a dormir ¿Será que el sentido de la vida es lograr llegar cansados a la cama? De los justos y los héroes dicen que tienen la virtud de dormir tranquilos. Con la conciencia en paz (cuentan). Como si ése fuera su premio ¿Es el cansancio (que facilita el descanso) un premio? 
No sé. Elegir la cámara rápida o la cámara lenta para vivir son opciones…, pero yo creo que seguiré buscando la velocidad apropiada.

miércoles, 28 de febrero de 2018

CPF EN EL MUNDO DEL EGOÍSMO


Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018

AMOR PROPIO Vs. EGOÍSMO

El egoísmo es un tipo de amor propio.
El amor propio es indispensable para soportar la vida, luego, el amor propio es bueno.
Sin embargo, el egoísmo es la acepción negativa del amor propio.
El egoísmo es la tentación de agrandar el propio valor menguando el de los demás.
Egoísmo es: estar dispuesto a hacerle una zancadilla a Dios para tumbarlo y usurpar su lugar. Ojo: por “amor propio” también se puede desear ser Dios, pero no tumbándolo, sino haciendo lo que un dios hace para merecer ese lugar.
Con lo anterior queda claro que el egoísmo es una tentación antisocial.
En el amor propio ideal el individuo debiera valorarse como parte de una comunidad, en consecuencia, amarse a sí mismo implicaría amar a la humanidad, amarse como consecuencia de amar a los demás.
El egoísmo es una acepción del amor propio que desconoce a los otros como parte de uno, o que desconoce que uno es parte de los demás. La malsana contradicción del egoísta es que aunque niegue la importancia de los demás, los necesita igual…, o hasta más.

EL EGOÍSMO ES UN SECRETO UNIVERSAL

No me cabe duda de que el egoísmo es, entre todas las características humanas, la más sofisticada. Tener que lidiar con él desde que tenemos conciencia, nos obliga a perfeccionar cada detalle de su funcionamiento y, en especial, el arte de disimularlo. El egoísmo es la «mentira por omisión» más endémica en la humanidad. Todos tenemos egoísmo y todos tratamos de ocultarlo. El egoísmo es un secreto a voces.
A diferencia de otras cualidades universales humanas que también tratamos de ocultar o disimular (por ejemplo las concernientes al sistema de vaciado de desechos del cuerpo), y cuyo ocultamiento tiene como única causa el pudor; al egoísmo lo tratamos de esconder por múltiples razones. Evidentemente el pudor está entre ellas, pero además se le suman motivaciones más oscuras como el engaño, la manipulación, la autocomplacencia o el mimetismo rapaz.
Nacemos egoístas y a medida que nos van domesticando, lo vamos ocultando. Desde el primer momento el egoísmo es relegado a status de convicto fugitivo. Los domesticadores familiares e institucionales esgrimen múltiples estrategias con las que pretenden neutralizárnoslo. Y de allí sale el primer aprendizaje sobre el arte de la disimulación egoísta: hacerle creer a los domesticadores que lograron su objetivo. Y los domesticadores se tragan el cuento más o menos entero de acuerdo a lo conscientes que estén de que ellos mismos engañaron (de la misma manera) a quienes a su vez les domesticaron. Es ley natural: el egoísmo se oculta, pero no se destruye.

LA OCULTA IMPORTANCIA DEL EGOÍSMO

Desde el primer impulso de ocultamiento del egoísmo, se dispara simultáneamente una acción contraria. Esta acción hace que, mientras por un lado el egoísmo avanza un paso en la oscuridad de su tapadera, por el otro lado, sube un peldaño en la escala de importancia. Más se oculta el egoísmo y más importante se vuelve. Y la vorágine resultante de estas dos tendencias contrarias proporciona al individuo una impresión inversa y falsa, la de que: a medida que el egoísmo cobra importancia se acentúa la necesidad de ocultarlo. En otras palabras, el egoísta siente que el egoísmo debe ocultarse más, a medida que cobra importancia. Pero la realidad es bien otra. El egoísmo cobra importancia a medida que se le oculta. Al igual que como en un sacerdote en quien la represión sexual aumenta el peso de la sexualidad (sobre su espalda y otras partes), es ley universal humana que: «la represión es directamente proporcional a lo reprimido» (©Mario Fattorello). De lo anterior es fácil deducir que quien mejor disfraza su egoísmo más a su merced está. Un egoísta Goliat se presentará (siempre que pueda), como un David solidario.

SER EGOÍSTA ES UN TRABAJO ARDUO

Saciar el egoísmo no es tarea fácil, pero además, tener que trabajar para su ocultamiento es una labor intensa y desgastante. No es exagerado decir que se nos va casi toda la vida en solventar asuntos egoístas.
Este complejo lío pareciera haberse originado en nuestro proceso evolutivo a raíz de la necesaria convivencia entre dos factores de igual importancia para la supervivencia de la especie: por un lado el egoísmo, que cuida la propia conservación y, por el otro lado, la compleja y exigente vida social de una especie inteligente (léase “inteligente” como, la capacidad de generar cambios afuera y adentro, o lo que es lo mismo, en otros y en sí mismo) en la que la supervivencia de cada individuo depende de todas las tribus.
Los animales también son egoístas y sociales. Pero el egoísmo de cada uno de ellos apenas debe moldearse un poco para cuidar la conservación de algún otro congénere y, en el mayor de los casos, de la manada. Pero la vida social de los humanos es diferente, necesita que tengamos en cuenta las necesidades de muchos, muchísimos otros humanos, más allá de la familia, de personas que ni siquiera conocemos pero que influyen de una u otra manera en la vida personal, en la vida de cada quien, en la supervivencia de la especie.

Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018


EL EGOÍSMO DISFRAZADO DE ALTRUISMO

Hay muchas bondades con las que se puede disimular nuestro egoísmo. Obviamente todas estas bondades son consideradas virtudes de corte altruista. La solidaridad, la colaboración, la consideración, la condescendencia, la conmiseración, entre muchas otras, son compensaciones que intentan remendar lo que más atrás haya roto o más adelante pueda romper nuestro egoísmo. Hay una especie de pacto social tácito en creer que quien más desarrolle estas actitudes, menos egoísta es. Pero la realidad demuestra lo contrario. A mayor egoísmo, mayor es la necesidad de ocultarlo con altruismo. Y este resultado no es para nada desdeñable. Esta tendencia proporcional parece tener toda la intención de alcanzar una paridad, que a pesar de parecer utópica por ahora, como tendencia evolutiva marca una dirección esperanzadora: llegar a tener de forma innata un sano egoísmo social.
Pero la evolución marcha a suo agio y mientras tanto nosotros vivimos con un egoísmo que demanda mucho trabajo y esfuerzo para mantenerlo satisfecho en su escondrijo, al tiempo que la sociedad demanda nuestra solidaridad.

SIETE MIL SEISCIENTOS MILLONES DE EGOÍSMOS

No se puede ser egoísta estando solo. Para ser egoísta hay que estar acompañado. El egoísmo necesita de alguien a quien encaramársele. Egoísmo significa aprovecharse del otro, ya sea rebajándolo para verse a sí mismo más alto o usándolo para propio beneficio.
La vida social es una constante tramitación de conflictos. No es nada fácil dedicarse a los propios intereses sin pisar los pies de los intereses de los demás. En una habitación abarrotada de personas cada quien buscará delimitar su propio espacio empujando disimuladamente a los que le rodean y vigilando que otros no ocupen más espacio que él. Empujamos como no queriendo empujar. Pisamos talones, cayos y dedos disculpándonos mientras seguimos empujando y dando codazos disimuladamente para agrandar nuestro espacio entre la multitud apretada de siete mil seiscientos millones de personas con siete mil seiscientos millones de egoísmos.
El egoísmo se basa en la filosofía del «sálvese quien pueda» y, en contraposición, el amor propio con conciencia social humana sigue la filosofía del «salvémonos los más que podamos». Lidiar con estas dos tendencias opuestas es una ardua tarea diaria. Se trata de ponerse el salvavidas y tirarse al agua desde un barco que naufraga al mismo tiempo que tendemos la mano para salvar a alguien más. Una verdadera acrobacia social.
En la naturaleza animal la filosofía del «sálvese quien pueda», puede que funcione para la supervivencia de algunas especies. Pero en la humanidad las complejas interdependencias sociales hacen inviable esa posibilidad. El entramado social ha desplazado la existencia colectiva por encima de la existencia individual, pero esta fase evolutiva está en pleno acontecimiento y obviamente adolece de los desajustes propios de algo que se está formando. Por inercia el egoísmo primordial se resiste al amor propio social. Vivimos una época de transición, aunque por lo visto, pareciera que la humanidad siempre estará en transformación. En este específico sentido pareciera que ya todo estuvo dicho después del «todo fluye» de Heráclito.

EGOÍSMO CIVILIZADO

El egoísmo es adjetivado como malo así como el altruismo es considerado bueno por designio del departamento humano que administra la evolución. Por supuesto que hablamos de la civilización. La civilización es una gran repartidora de estigmas y categorías. Una especie de cuerpo legislativo con ínfulas de poder controlar el proceso evolutivo humano y con un órgano propagandístico capaz de transformar una opinión en un convencionalismo. Todos los miembros de su Comité son laureados domesticadores en cuyas buenas intenciones confiamos, o, en todo caso, queremos confiar. No nos queda de otra, el mundo ya estaba hecho cuando nacimos.
La unión hace la fuerza. La humanidad ha logrado ser lo que es disminuyendo el poder individual. No nos queda de otra que abrazar al grupo y confiar, aunque somos libres de llevar bajo la camisa un chaleco antibalas, no vaya a ser que alguien se vaya a amotinar. En general nos conformamos con tener dos ojos adelante, pero en el fondo fantaseamos con tener ojos en la nuca para nuestras espaldas cuidar. El amor propio social es un ideal a perseguir y es bueno creer en ello como se cree en que la fe mueve montañas, sin embargo nuestra autoconciencia y sentido común nos recomienda tener a la mano un bulldozer por si la montaña se resiste o mengua la fe. Y todo esto debido a que la civilización es un proceso lento y con etapas.
Que el egoísmo individual acepte extenderse hacia una conciencia grupal, por ejemplo, a “egoísmo nacionalista”, es apenas un paso iniciático en el proceso de formación del amor propio social humano. En este primer paso, donde el individuo se siente grupo, el “egoísmo negativo” permanece activo y dispuesto a ser dirigido hacia otros grupos. El nacionalismo es una etapa maligna de la evolución hacia un amor propio  global. La siguiente etapa implicaría que los grupos se unieran en un solo sistema. Pero históricamente este paso ha representado una zancada muy larga y en el espacio entre un pie y la siguiente pisada queda mucho terreno donde germinan las malas hierbas, los conflictos y las guerras. La etapa del egoísmo grupal (como el nacionalista) se fundamenta en el principio de que la unión hace la fuerza, pero la fuerza suele ser usada hacia otros grupos que se encuentran en esa misma etapa. La ingeniería del resorte que impulsa el salto de una etapa a la siguiente es un misterio que la civilización todavía no ha podido solventar. Pero creo, o me gusta creer, que hacia allá vamos.

Momias Fattorello © Mario Fattorello 2018


EGOÍSMO EN EVOLUCIÓN

La conciencia social versus el egoísmo individual son el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la civilización. Por supuesto no es necesario explicar las inconveniencias de una supremacía de Mr. Hyde. Pero, en cuanto al Dr. Jekyll, su dominación totalitaria tampoco parece una posibilidad viable, porque el egoísmo es la fuente principal de energía de autoconservación, necesaria para la supervivencia de la especie por razones que van desde la reproducción, hasta la defensa personal. Así que, al parecer, no nos queda más que insistir en la búsqueda de un equilibrio. No debe ser sorpresa para nadie que la última palabra esté en boca de la evolución.

domingo, 9 de abril de 2017

CONSULTA FATTORELLO EN EL PLANETA-ESCUELA. (O EDUCAR PARA QUE NO NOS MATEN).


PETULANCIA DEL GENIO DE MAMI
Mario Fattorello © 2017
—¿Piensas resolver el problema?—. Le pregunta un hombre a un joven.
—Nop —responde el joven—, ¡me resbala!
—Pero es una oportunidad para demostrar quién eres!— Insiste el hombre.
—No me interesa—. Responde el joven.
—Sé que tú lo resolverías si quisieras —insiste el hombre—y así demostrarías tu inteligencia—. Termina de decir el hombre con acento de último recurso.
A lo que el joven responde en tono de fastidio.
—No me interesa demostrar nada, sé que soy inteligente, mi mamá siempre me lo dice.

¿Criar hijos diciéndoles que son los genios de mamá y papá? ¡Vamos!, además de las lógicas consecuencias, ¡eso es un Corín Tellado sobre la pobre autoestima de los padres! Debería estar prohibido sólo por el mal gusto. Creo que nadie estará en desacuerdo con que la humanidad no necesita gente que se «crea» genio sino que lo «sea». Y la inteligencia se desarrolla ante la necesidad, si se cree que no la necesitamos se duerme y, más temprano que tarde, entra en coma (a la inteligencia comatosa se le llama: idiotez).
EDUCACIÓN VERSUS PEREZA

Mario Fattorello © 2017
Por ley del menor esfuerzo, por ahorro de energía, todos tendemos a la pereza que además, hay que reconocerlo, es cómoda. Aclaremos que descansar cómodamente no implica perecear. Merecida es la siesta del justo, así como el descanso del domingo (copiado de Dios, pero claro, después de crear al mundo entero). Merecido es el descanso como recompensa. Mientras que el perezoso es quien descansa a cuestas del esfuerzo ajeno. El que descansa en una hamaca y tira la lata de coca cola al piso «porque alguien más la recogerá», eso es perecear.
La pereza es una negación de la voluntad y, por ende, del aprendizaje, porque nada se le puede enseñar a quien no tiene voluntad de aprender, en consecuencia la «voluntad de vencer la pereza» es el acto inicial del proceso educativo. Claro está que son muy variadas las razones por las que se puede tener voluntad de aprender, por ejemplo, en los niños, por miedo a la reprimenda o al castigo. Los niños aceptan aprender principalmente por miedo, de ninguna otra manera dejarían la pelota de futbol de lado para repetir las aburridas tablas de multiplicar. Es función de los padres garantizar que el niño se eduque porque si no lo educan bien, alguien lo educará mal y podrían aprender, por dar un ejemplo extremo, el parricidio. Es lógico que de buenas a primeras un niño no acepte leyes que le limitan y por ello existe el castigo para incrementar el respeto. Por favor, absténganse de opinar quienes se impresionen con el término «castigo». Quienes piensen que «el castigo es abominable» simplemente pasan por alto que todo lo que de abominable hay en el ser humano proviene de quien no teme el castigo, llámense psicópatas, delincuentes o políticos con inmunidad parlamentaria. No existe ley que no castigue su incumplimiento.
Pero «aprender por miedo» es cosa de niños, luego, con los años, se puede querer aprender. Ya no por miedo, sino por deseo. Por entender que el mundo está dividido en los que temen y los que meten miedo, en alumnos y maestros, en quienes aprenden y quienes enseñan. En ese momento de concienciación, el aprendizaje se vuelve una puerta de salida del miedo y de entrada al estatus de maestro (que mete miedo). Quienes enseñan lo hacen para dejar claro de qué lado están. Piénselo, es casi imposible imaginar que aprendamos algo nuevo sin sentir el deseo de contar la novedad a otros. Cuando una mujer se entera que una de las compañeras del Gym es engañada por el esposo ¿quién se atreve a apostar que guardará en secreto la novedad? En todo caso, las apuestas girarán alrededor de cuántos minutos o segundos tardará en propagar la noticia. Nadie escapa del deseo de aprender para enseñar.


EDUCACIÓN DE REGLAS SIMPLES PERO DELICADAS

Mario Fattorello © 2017En educación las reglas del juego son simples. La ilustración más básica y visceral de este proceso es la academia militar. Los soldados soportan a regañadientes las imposiciones de sus superiores soñando con la promoción que les dará la oportunidad de hacer lo mismo con sus inferiores.
Sin embargo, la cantidad de delincuentes provenientes de la escuela militar deja en evidencia lo delicada que es la fórmula de la educación, un pequeño desvío en el proceso marca una gran diferencia en el resultado, si todo sale bien tendremos un ser civilizado, si algo falla crearemos un resentido social. A nivel del espíritu, estas dos categorías se diferencian en que el primero (el civilizado) va a pretender una «revancha», o sea, una oportunidad para demostrar lo que puede saber, hacer o ser. Mientras que el «resentido» deseará una «venganza», o sea, degustar el morboso placer de usar lo aprendido para dañar a los demás.


LAS INSTRUCCIONES

Se entiende por instrucciones las partes de un manual de uso ¿Cuáles serían las instrucciones de un manual de vida? Supongo que «vivir y dejar vivir» debiera estar entre las primeras; pero esta simple instrucción será pasada por alto si la ignorancia llega hasta el punto de no saberse vivo y desconocer por completo la existencia de manuales.
Que nuestro vecino siga la simple instrucción de cómo se cierra la llave de paso del gas de la cocina influye en nuestras probabilidades de morir en una explosión. Las explosiones no saben de paredes divisorias entre lo propio y lo ajeno. La educación nos protege de ellas. La ignorancia nos pone en peligro. La principal función de los profesores es: menguar la amenaza. Y si lo tuyo influye en mí, bien vale que me interese en lo que haces para prevenir lo que me pase. Si no educamos a nuestro favor, alguien lo hará en nuestra contra. Es cosa de supervivencia, la ignorancia que dejemos libre será nuestra espada de Damocles. Lo que no eduquemos se nos volverá en contra.


LA EDUCACIÓN MONOTEMÁTICA

Mario Fattorello © 2017
Si la ignorancia es un peligro, el aprendizaje monotemático es un cataclismo. Una de las monomanías educativas más comunes proviene de esos maestros que por ser timadores son timoratos y tiemblan ante la posibilidad de que sus enseñanzas sean sopesadas con otras, estos son los que enseñan dogmas, siendo el más peligroso de todos el que promueve una enseñanza única «es palabra de Dios, no se admite discusión» o «todo está en este libro, no se dejen tentar por la blasfemia». Proponer que para entender un libro hay que evitar leer todos los demás es un dogma cuya absurdidad es tan grande como su absurda popularidad. Y se entiende que sea popular ante la pandemia de pereza. Una Biblia abierta en el living de la casa es una bendición para las familias que practican la pereza de leer, bendición que (creen) les protege de la incultura: «en nuestra casa siempre tenemos un libro abierto».
Pero sería una ligereza atribuirle la exclusividad de la monomanía educativa a los fervores religiosos, la enseñanza unidireccional crece como hongo en todos los pensamientos autocráticos que no admiten discusión: el comunismo, el moralismo, el puritanismo y demás ventas de baratijas marca «…ISMO».


DERECHO DE AUTOR SOBRE UNO MISMO

Teniendo en cuenta que la educación es tan delicada que un leve cambio de viento puede aberrarla formando monstruos, y a sabiendas de lo tentador que puede ser para un maestro enseñar a su egoísta conveniencia; la educación no debiera ser un punto de llegada, sino de partida. La educación debiera ser el instructivo básico para que cada quien termine siendo su propio maestro y alumno. Aprender a discernir los propios intereses en la lectura para poder elegir los libros de la propia biblioteca. Aprender a reconocer cuánto necesitamos de los otros para llegar a ser autodidactas en la ayuda a los demás. Aprender el método científico para luego poder crear nuestra propia alquimia educativa y colocarla junto a las demás columnas de la humanidad, a saber: la empatía, la alegría, el amor, la solidaridad. Aprender los números para dedicarnos, en las noches oscuras, a medir nuestra cercanía con las estrellas. Aprender el nombre de las cosas para darle otros distintos a nuestras invenciones. Aprender a ser sinceros para tener siempre presente que no somos inmortales, única manera de respetar el tiempo del mundo. Y, sobre todo, aprender el respeto por las leyes, para luego, comprender que la justicia no es un edificio de concreto, sino una delicada barraca que intenta mantenerse en pie, y que, cada quien a su manera, tiene el deber de apuntalarla con la propia conciencia como contrafuerte. La educación debiera ser el punto de partida del camino hacia tener vida propia, a ser una novedad, a lograr tener derecho de autor sobre uno mismo.
Sin embargo, esto que es tan fácil decirlo se hace difícil lograrlo, y pareciera que la principal dificultad radica en los maestros que con su comportamiento enseñan lo contrario. De menor a mayor trascendencia están primero las tradiciones familiares que se repiten por generaciones, por ser más fácil la repetición que la novedad. Luego están los políticos que al alcanzar el grado de mandamás ya no saben qué hacer con su vida salvo el hecho de mantenerse donde están, obligando a sus súbditos a calarse la repetición de los dogmas necesarios para ellos quedarse en el poder. Y por último pero en el lugar de mayor importancia está el maestro Dios, un padre que pretende que sus enseñanzas se repitan todos los días sin novedad alguna, y todo esto por razones desconocidas que no le da la gana aclarar.


LA ENSEÑANZA DE LA IGNORANCIA

Hemos visto que la «siembra educativa» depende del «campesino maestro», del «terreno aprendiz», de la «semilla del conocimiento», y del «temperamento atmosférico» que determinará la «cosecha educativa». Los delicados buenos frutos de la educación son múltiplemente condicionados. Salvando la distancia con el misticismo, pudiéramos decir que son milagros. Conocemos la mayoría de las leyes de la educación, pero aun así, son tantas que es imposible tenerlas todas en cuenta, por ello el destino de la educación parece azaroso. El azar se encuentra en las antípodas de la ley. Es concluyente que cada elemento enseñado debe conllevar sus reglas de uso. En fin, la educación aparece dividida en dos grandes categorías, la enseñanza de los conocimientos y experiencias por un lado, y la enseñanza de las leyes por otro. La primera se enseña por enseñanza aprendizaje y ensayo error; y la segunda por premio y castigo. Y llegados a este punto parece estar claro que el arte educativo esgrime su nivel más sublime cuando logra que ambas enseñanzas vayan de la mano.
Por ello, hasta que no se encuentre una educación más precisa y efectiva, corresponderá a la jurisprudencia reparar los daños provenientes de los traspiés educativos.

Y aquí surge la advertencia más importante: que la ley cumpla con su carácter universal, e interceda por igual en el caso de educadores, educandos y autodidactas. Hoy en día la ignorancia pura y llana por herencia no existe, es enseñada. Y los gobiernos que utilizan la enseñanza de la ignorancia como estrategia para controlar al pueblo deben ser castigados. Quien tenga ojos (venezolanos) que vea (y se sienta aludido).