El argumentum ad lazarum es una falacia que propone que la pobreza dota de méritos extraordinarios a los pobres. También es usado para hacer creer que el pobre lo es por falta de malas intenciones. El cristianismo está lleno de estos argumentos.
Para no pecar de rebuscado, utilizaré como ejemplos de argumentum ad lazarum los que pone la Wikipedia:
«—Los monjes han hecho votos de pobreza. Seguramente gracias a ello han obtenido una iluminación especial que los hace más sabios.
—En una discusión entre empresarios y obreros hay que dar la razón a los obreros porque son más pobres.
—Este político se ha bajado el sueldo, por tanto seguro que lo que dice es correcto».
Tomando un atajo, pudiéramos decir que todo «argumentum ad lazarum» se traduce más o menos de la misma manera: «si es pobre, es bueno».
Supongo que esta falacia se sostiene en el imaginario colectivo debido a que se piensa que alguien, por ser pobre, no es una amenaza. Y esto pareciera ser realmente así para aquellos que ostentan el poder, debido a que las herramientas necesarias para amenazar al «PODER» están muy a trasmano para los pobres. Y pareciera ser ésa la principal causa por la que el poder los utiliza (a los pobres) como escapulario ajeno para ganar indulgencia. Al poder por el poder mismo no le interesa otra cosa que cuidar su empoderamiento, y ante esta prerrogativa le resultaría riesgoso asociarse con quien tenga las cualidades necesarias para ser tentado a quitarle el poder. Por ello el poder utiliza a los pobres como justificación, como razón de ser y como soldados que, por su condición, aceptan mantenerse firmes en la intemperie a extramuros del castillo, para defender el trono del poder que ellos no ambicionan por saberse limitados en su condición de pobres. Para el poderoso el pobre es definitivamente conveniente.
En países comunistoides como Venezuela, los poderosos son grandes consumidores de pobres, y utilizan eufemismos altisonantes para contentar a la pobreza, uno de los más rimbombantes es el de nombrar a los pobres como «el soberano», aunque este calificativo es utilizado sólo en discursos de especial esplendor o cuando quienes ostentan el poder amanecen con una excepcional euforia digna de un estreñido que tiene éxito después de una semana de fracasos, para el resto de los días tienen un diccionario entero de eufemismos para el ensalzamiento cotidiano de la pobreza, y entre ellos el más frecuentemente utilizado, casi como la ropa de andar por casa, es el de llamar a los pobres «el pueblo» con un acento retórico que deja entender que sólo es «pueblo» quien ostenta la categoría de «pobre». Y aquí entramos a una de las paradojas del poder: el pobre es admirado por ser pobre, pero a su vez se le manipula ofreciéndole una esperanza de cambiar su condición de pobre, y esta esperanza está basada en la eliminación de los que no son pobres, los cuales por antinomia son denominados «ricos» y satanizados como los culpables de la pobreza. En estas últimas palabras ya vemos otra paradoja: la pobreza es admirable pero son detestables las causas de la misma. Sin embargo estas paradojas sólo deben preocupar al pobre mismo, que al imaginarse un futuro donde ya no sea pobre perdería la admiración de los poderosos y pasaría a formar filas de los detestables «ricos» que a su vez generarían los pobres que pasarían a ocupar el lugar perdido de admiración de los primeros. Sospecho que es muy poco probable que algún pobre no quiera cambiar su condición para seguir ostentando la admiración de los poderosos, pero en asuntos de probabilidades todo es posible. Lo que sí parece claro es que estas paradojas no perturban al poder, a quien le basta con no cumplir con las esperanzas prometidas para que los pobres sigan gozando de su privilegio de ser «pueblo soberano».
Pero resulta aún más interesante que la ilusión de que los pobres no sean peligrosos (ilusión que se desdibuja fácilmente al ver que los barrios de pobreza son los focos de mayor peligrosidad, violencia y delincuencia en la sociedad), contagia en el error al resto de la población, aquellos que sin ser financieramente pobres no ostentan mayor poder y son víctimas de la delincuencia antes mencionada. Supongo que en gran parte este fenómeno provenga de lo conveniente que resulta a todos tener una excusa multiuso a la mano, y para ello no viene nada mal un argumentum ad lazarum guardado bajo la manga para usar como último recurso al ser pillados infraganti y desprevenidos: «Entiéndanme ¡soy pobre!».
El argumentum ad lazarum parece estar arraigado en la cultura venezolana que es gran consumidora del pensamiento mágico y por lo tanto de brujerías, espiritismos, leedores de tabacos, médiums, y una larga serie de privilegiados comunicadores sociales con el más allá, que, sustentan gran parte de su credibilidad en la pobreza en la que viven y ejercen su profesión mesiánica. Brujo que se respete atiende a sus clientes en un rancho de latas con piso de tierra, orinal «detrás de la mata», letrina de campo y aguas servidas que encharcan los alrededores evaporándose en un particular hedor sulfuroso que le pone la guinda al ambiente de pobreza que le otorga credibilidad mágica a las buenas intenciones del curandero espiritual. Según mis cálculos, el 80 por ciento de los venezolanos ha acudido en algún momento a las artes mágicas de estos pordioseros mendicantes de ayudas sobrenaturales. En el imaginario colectivo del venezolano, un brujo rico no es confiable. Los políticos venezolanos son grandes consumidores de brujería, por ello, lo primero que hacen al ascender al poder es rebajarse el sueldo. Y como la brujería está emparentada con la religión (aunque mantengan peleas de familia), es lógico que los poderes mágicos sean más poderosos y más mágicos cuanto más pobre sea el brujo porque en algún escrito, de esos que apetecen leer sus primo hermanos, los curas, reza que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Debo confesar que este asunto me ha hecho imaginar al reino de los cielos como un gran barrio de extrema pobreza, porque de lo contrario, sería una paradoja de tal magnitud que no habría falacia que pudiera sustentarla. Y supongo, que en el fondo, el argumentum ad lazarum debe gran parte de su popularidad a esta visión de la vida después de la muerte. No tendría sentido vivir la vida tratando de enriquecerse si ésta no es más que un entrenamiento para la vida del más allá en los miserables ranchos ya descritos.
Y a pesar de correr el riesgo de que me juzguen de ingenuo, quiero suponer que las noticias que leemos en estos días en el Vatileaks, han sido mal interpretadas por mentes enfermizas que suponen que ciertos monseñores del Vaticano se hicieron del dinero destinado a los pobres comprando edificios de lujo y armando burdeles de cinco estrellas para beneficio personal. Siendo (para mí), bien otra la realidad, en la que, por abnegación espiritual, cardenales y obispos se deshicieron del dinero de la caridad para que los pobres no perdieran su potestad y pudieran seguir su camino hacia el cielo de ranchos de latas y sulfurosas aguas servidas; e hicieron todo esto donando el dinero a instituciones inocuas para las almas castas, porque burdeles para ricos sólo pueden extraviar más por el mal camino a quienes ya están perdidos, y por esto me asombra que la crítica principal se dirija a la suntuosidad, al lujo y alto precio de las propiedades compradas por los monseñores ¿es que acaso no está a la vista lo diferente que habría sido si ese dinero hubiera sido invertido en burdeles de poca monta y bajo costo frente a los cuales pudieran caer en tentación los pobres perdiendo así el cielo de orinales detrás de la mata y letrinas de tierra?
El argumentum ad lazarum le debe su nombre a la parábola del Nuevo Testamento llamada «El rico y Lázaro». El Vaticano sabe lo que hace.
¡Ops! Creo que con este post caí en el argumentum ad lazarum. Sorry.
El amor opera siempre de la misma manera, tanto al amar a un perro, a la patria, a un ideal o a una pareja, y en cada caso puede cometer los mismos errores y aciertos.
Nos pasamos la vida caminando, pero ¿sabemos adónde vamos? O
en todo caso, ¿nos esperan en alguna
parte?
PSICOLOGÍA DE PET
SEMATARY
Existe cierto tipo de personas que andan por la vida con
semblante de santurrón sabelotodo aconsejando a quienes no les han pedido consejo.
Estos sujetos son unas chinches y sus recomendaciones sólo generan difidencia.
Una de las más frecuentes de estas recomendaciones es la de «dejar
salir al niño que llevas adentro» ¿Dije difidencia? No. ¡Terror es lo que siento!
Cada vez que pienso en un adulto comportándose como un niño no puedo evitar
asociarlo con el crío asesino del «Cementerio de mascotas» de Stephen King, o
con Chucky. Por más que trate, no puedo imaginarme de otra manera el resultado
de mezclar el poder de un hombre o mujer adulta con la incontinencia instintiva
infantil. Aconsejar a una persona adulta que se comporte como niño, sienta como
un niño o piense como un niño, es como pedirle a una mariposa que se comporte
como gusano con paracaídas. A todas luces una recomendación tan insensata como
peligrosa. Para estrujar lo absurdo del asunto, imaginemos el familiar de un
enfermo a punto de ser operado diciéndole al médico que entra al quirófano «por
favor doctor, mi familiar está en sus manos, no se olvide de dejar salir al
niño que tiene adentro cuando esté operando». Señores, la vida no es cosa de
chiquilines, ni de andar disfrazado de Superman. Un poco de respeto, por favor.
La vida es cosa seria y es por ello que hay que poner la cabeza en
funcionamiento antes que la lengua en movimiento.
Asumo la responsabilidad de gritar a los cuatro vientos que es
de estúpidos aconsejar dejar salir al niño que lleva adentro a alguien que
durante años recibió educación para dejar de ser mocoso y poder llegar a vivir
en sociedad con la solidaridad y empatía que sólo se logra luego de aniquilar
el egoísmo propio del niño. Ridículo es aconsejarle volver al rol de niño a
quien se esforzó para desarrollar la constancia y disciplina necesarias para la
productividad y el desarrollo de destrezas que necesita la sociedad.
Absolutamente incongruente es pensar en regresar a ese lugar de inocencia proporcional
al desconocimiento de la cruda realidad del ser humano ¿Imaginan un profesional
universitario repitiendo la escuela primaria? Y la incongruencia llega al
máximo nivel cuando estos consejos son dados por personas que a su vez
idolatran a un hombre crucificado, sangrante y torturado en una cruz. Sería
imposible para mí no suponer que estos consejeros de infancia idílica nunca han
estado en un hospital del tercer mundo, nunca han tratado a un familiar
convaleciente de cáncer, nunca han temido que otro ser humano le apuñale para
robarle a la vuelta de la esquina, y es que no me queda otra que suponer que
estas personas no conocen a la humanidad. Pero el peligro llega a su punto
máximo cuando alguien que por alguna razón pertenece al mundo de la psicología
hace tal recomendación ¿Un psicólogo que recomienda sacar el niño que llevamos
dentro? Al pensar en esto no puedo evitar imaginar a Freud investido de
Torquemada.
Acantilados: buen lugar para reflexionar entre lo importante y lo nimio.
PERORATAS
PSICOLÓGICAS
En mis andares por los antros de la psicología (léase antros como: psicoanálisis, conductismo, psicología cognoscitiva y todos sus
familiares y monstruos más o menos cercanos), he escuchado tantas sentencias
inverosímiles que me han llevado a pensar que los psicólogos están
incapacitados para vivir. Sí, soy un convencido de que la musa que lleva de la
mano a alguien a estudiar psicología se llama «incapacidad para vivir». Y
también estoy convencido de que esta musa es la única que es común a todos, por
ello todos los seres humanos piensan que pueden ser psicólogos.
Consejos como «deja salir al niño que llevas adentro» (como
si la niñez fuera una solución y no una etapa a superar de la vida), «la
felicidad es una decisión» (me gustaría ver cómo tratan de convencer de esto a
un esclavo o un preso, «debes revisarte esa conducta» (frase preferida por las
psicólogas que ven a la vida como una gaveta de ropa interior y la felicidad
como la misma gaveta ordenada, «vive el momento» (como si los momentos de
angustia transcurrieran en quién sabe qué tiempo, o como si los momentos de
angustia no fueran momentos, sino bagatelas intemporales, y la peor de todas,
«la vida es bella» (frase preferida entre quienes no entendieron nada de la
película de Roberto Benigni); todas estas sentencias tan prepotentes como insustanciales,
me incitan a crear un término que defina la patología más frecuente entre los
psicólogos, todavía no tengo el término, pero sé lo que debiera significar:
«persona capaz de inventar cualquier excusa, complicada o frívola, para no
darse cuenta de lo evidente». Y lo evidente es que lo único que busca el ser
humano es ser feliz, y que ser feliz significa "tener ganas de vivir"
y punto. ¡Señores! ¡Sólo se trata de tener ganas de vivir! ¡Cuando se pueda! Porque
hay situaciones en las que no se puede tener ganas de vivir, y
es allí donde la psicología (me refiero a la que tiene cierta seriedad), está
obligada a darnos una mano, no para apretárnosla y mentir asegurando que el
vaso no está medio vacío sino medio lleno, sino para halarnos fuera de la arena
movediza.
Pobres los psicólogos ciegos que imaginan a la neurosis como
un problema de visión, una especie de incapacidad de ver ciertas cosas. Pobres
los psicólogos que creen ser ojos auxiliares para sus pacientes como si fueran
perros lazarillos, pobres son y más pobres serán cada vez que traten a un paciente
como si fuera ciego de ver lo que ellos, como terapeutas con «super-visión de
20 megapíxeles» sí pueden ver, pobres, pobres y más pobres, porque no se dan
cuenta que el paciente está viendo cosas que ellos no ven ¡qué tristeza debe
sentir un paciente que paga una consulta para que alguien le diga que es ciego!,
cuando el paciente en realidad se siente mal por ver demasiado. ¡Si la vida
fuera bella en sí misma, no tendríamos que afanarnos tanto y nadie enloquecería!
Supongo que por creer en esas frases existen tantas personas
a quienes escucho alardear de su felicidad al tiempo que observo la -diáfana- tristeza de
su vida. Si bien, no descarto la posibilidad de que mis oídos y mis ojos sufran
una discordancia patológica, creo que van a tener que esmerarse mucho para
demostrarme que estoy equivocado en mi apreciación de que su discurso optimista
contrasta con su realidad deprimente. Me pregunto si las frases gansas e
incongruentes son las causantes de esta farsa o si la farsa misma es la que
crea las frases para justificarse. Me lo pregunto, al tiempo que reconozco no esforzarme demasiado en buscar respuesta, total, el resultado es el mismo: negligencia triste. Porque el
optimismo es una excusa para no hacer nada. ¿O es que alguien puede sostener
que la embriaguez de mentiras justificantes de la pereza es sinónimo de
tener ganas de vivir? Yo particularmente pienso que la antesala a la muerte
debe ser muy, pero muy, perezosa.
CABO DA ROCA (La punta más occidental de Europa)
LA NOSTALGIA PARA
SIEMPRE JOVEN
Y reflexiono sobre esto desde otro lugar común. Desde uno de
esos paisajes inmensos en los que las personas no pueden evitar sentirse insignificantes
granos de arena en el desierto. Reflexiono todo esto desde los acantilados de
Cabo Da Roca en Portugal.
Los acantilados reproducen una conmovedora sensación por su
sentido de fractura, por su semblanza de arruga del planeta, por su gigante
paciencia de piedra. De alguna manera los acantilados se parecen al «por siempre joven» al que quería referirme en este escrito y que al final no pude hacerlo. Un lugar de inevitable nostalgia. Y
aquí la nostalgia merece una nota aparte: la nostalgia es aquella sensación de
pérdida y esperanza de reencuentro que no haya acomodo ni en la tristeza ni en
la alegría, es una expectativa que a falta de palabras para explicarla se me
ocurre que es una sensación «por siempre joven».
El fin de semana siguiente al
Carnaval estaba en un balcón de apartamento en Borgosesia observando los Alpes
italianos, cuando, de pronto, abajo en la calle, veo un sujeto de traje negro,
ensombrerado con chistera y con capa modelo «Drácula de Bram Stoker». De la sorpresa pasé al
asombro cuando de los edificios y casas comenzaron a salir mujeres y hombres
vestidos igual. Fuera lo que fuera —pensé—, yo tenía que investigar ese posible
aquelarre e incorporándome en modo Van Helsing bajé a la calle donde me enteré
que estaba por iniciarse la celebración de la muerte del carnaval. Al principio
me desilusionó enterarme que el supuesto Nosferatu tenía colmillos de silicón, pero
luego me entusiasmó la idea de celebrar la muerte, un buen tema para alborotar
las sienes.
EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS. EL SUEÑO DE LA VIDA ETERNA
PRODUCE DESFACHATEZ.
¿Acaso es sólo impresión mía que,
últimamente, cuando alguien se muere, la gente trata el asunto como algo
vergonzoso? Sí, pareciera que sólo los que rondan los 100 años tienen derecho a
una muerte honrosa y a descansar en paz sin resoplidos de indignación de
quienes le sobreviven. Morir antes de la decrepitud molesta a los demás. Los deudos
tienden a criticar post mortem al
muerto por haberse ido antes de tiempo, culpándolo de las enfermedades, pasiones,
vivencias o accidentes que no supo eludir. Tal vez me equivoque, pero me da la
impresión de que hoy día es considerada una vergüenza culposa morir de algo que
no sea de viejo. Como si la vida fuera una batería que hay que consumir hasta
el final, sin importar cómo, aunque sea dejando las luces encendidas en un día
soleado. Pareciera que la vida correcta implicara no levantarse de la mesa
hasta haberse comido las servilletas. Y es que deben gustarle mucho las servilletas
a quienes prolongan la existencia de alguien de noventa años, con más recorrido
de lo que su cuentakilómetros pueda marcar, con respiradores, cables, mangueras
y mil artefactos enchufados al cuerpo, como si se tratara de extraer hasta el
último voltio de su celda electroquímica. Y es que también acabamos igual: al terminar
la vida útil, tanto las baterías como los cadáveres son desechados siguiendo un
estricto protocolo ecológico. No me resulta muy simpático parecernos tanto a
una batería.
Al morir de viejo le llaman
«muerte natural». Me gustaría saber qué pensaría Darwin de esto. Me imagino que
el viejo Charles comentaría con cierta curiosidad sarcástica «¿Y de qué muere la
víctima de un perro rabioso? Imagino que como la rabia no ha visitado con frecuencia
sus casas le consideran antinatural. Entonces, —sigue comentando con sarcasmo
Darwin— estarían llamando natural a lo frecuente e innatural a lo infrecuente. Pero,
morir de viejos no es frecuente, por lo tanto, no es tan natural como lo
pintan. En otras palabras, el que de viejo muere es porque logró franquear
muchas muertes naturales, y por ello es un fenómeno, una desviación de la
regla».
Cualquiera que sea la lógica,
sigue sorprendiéndome que la muerte centenaria sea reverenciada como si a los
100 años otorgaran algún tipo de premio ¿O será que realmente hay un premio del
que no estoy enterado? Y en todo caso, aunque así fuera, con o sin premio, no
hay derecho a tratar de vergonzoso el deceso de alguien. Comentarios etéreos
como «Él quiso vivir en la gran ciudad y ya ve lo que le pasó. No hay como la
vida sana del campo», encierran la clara acusación de «¡Palmaste por mundano!».
Piénsenlo un momento, es casi automático que cuando recibimos la mala nueva de
la muerte de alguien lo primero que nos sale decir es «¡No puede ser!» y de
seguido preguntamos «¿De qué murió? ¿Cuántos años tenía?». Luego, al tener los
detalles, comentamos automáticamente «¡Ah, entiendo! Eso fue lo que pasó». Como
una causa justificara la muerte. O algo aún peor, ¡que por tener una causa
mereciera la muerte! No se trata de qué o cómo fue. ¡Dejó de vivir! ¡Ése es el
punto!
Cuando un deudo en el velorio
menciona que el muerto «vivía estresado» en realidad está tratando de asentar que
él se toma la vida a la ligera y por ello está exento de que le suceda lo
mismo. Y así, los que NO toman whisky comentaran que el muerto tomaba mucho
whisky. Mientras, por otro lado, los gorditos que bebían whisky con el muerto
comentarán que el muerto no comía lo suficiente (y jamás mencionarán al
whisky). Al mismo tiempo, los otros compañeros de trago, los delgados y asiduos
al fitness, comentarán que nunca lograron convencerlo de ir al gimnasio (aunque
el difunto fuese delgado, musculoso y caminara con frecuencia), y todos estos
comentarios servirán para que cada quien se sienta distanciado de la desgracia
acaecida al muerto, y suspirarán aliviados, inmunes a la tragedia, a pesar de
que el difunto falleciera rompiéndose la nuca al resbalar en el baño.
LO ÚLTIMO QUE LE DIJO A SU ESPOSA FUE: QUE NO QUERÍA IR A TRABAJAR ESE
DÍA
Hay una frase muy común en los
velorios de muertos por accidente «Al salir de su casa le dijo a la esposa que
no tenía ganas de ir a trabajar ese día». Esta frase se pasea, de boca en boca,
por todos los asistentes y se vuelve la comidilla del funeral. La mayoría
estará de acuerdo en comentar, o por lo menos pensar, que de alguna manera el
difunto sabía que ese día le podía pasar algo malo, que si le hubiera hecho
caso a su intuición todavía estaría entre los vivos, y no pocos considerarán
aquel presentimiento como un mensaje divino que alertaba al futuro difunto del
mal que le acechaba en la carretera. Sobre este comentario y las especulaciones
resultantes, tengo algunas acotaciones que, me muero de ganas de hacer.
En primer lugar mencionemos lo
obvio, la frase «Al salir le dijo a la esposa que no tenía ganas de ir a
trabajar ese día» sirve para que cada quien pueda exorcizar de sí mismo la
posibilidad de morir de la misma forma ya que cada uno pensará para sus
adentros (y algunos hasta lo dirán) que siempre le hacen caso a sus
corazonadas, que se han leído todos los manuales de inteligencia emocional y
han asistido a incontables cursos de PNL (he llegado a pensar que la gente del
PNL se cree realmente inmortal) y por lo tanto ellos, por ser tan precavidos,
no morirán tan tontamente, como el tan difunto (léase tan tonto).
La segunda acotación va dirigida
a los místicos, a los que ven en la intuición del muerto un mensaje divino de
alerta, algo así como que dios le susurra al oído «quédate en tu casa, no vayas
al trabajo hoy, a la vuelta de la esquina tengo un camión esperando para
pasarte por encima». No es que ponga en duda la posibilidad de que el difunto
haya tenido una intuición divina, sino que me resulta demasiado cuesta arriba
imaginarme a dios, versión camionero en mangas de camisa y con gorra Bass Pro
Shop, al frente del volante de un camión pasándole por encima a la gente que no
le hace caso a los susurros divinos al oído.
Liseth, "albacea" de mis quejas.
Y la tercera acotación es un
comentario de solidaridad con el difunto que la mañana fatídica le comenta a su
esposa su desgano de trabajar y con el cual, muy por el contrario de lo que
busca la gente, no me siento distante ni diferente y, por lo tanto, tampoco me
siento seguro de no terminar igual, en cambio, me identifico completamente con
él puesto que, todos los días, mi esposa escucha la misma queja de mí.
PURITANISMO NECROLÓGICO
En algunos casos especiales los
concurrentes al funeral no necesitan hacer comentarios de distanciamiento con
el desafortunado anfitrión. Por ejemplo, en el velorio de un gay víctima del
sida, los heterosexuales se pavonean con plumas de Drag queen, maquillados de
inmortalidad, libres de todo mal. Pero su silencio condena, es casi un grito de
sordomudos «¡Te moriste por maricón!». Un silencio vestido de eufemismo
necrológico.
Y, el non plus ultra de este estilo lo podemos encontrar en los
periódicos (léase periódico como «teatro de revista en fascículos diarios»),
cuando un personaje famoso muere por adicciones o sida, y el periodista no escatima
esfuerzo en remarcar que «falleció tras una penosa enfermedad». Los pusilánimes
no entenderán un carajo pero hasta los de espíritu cándido se preguntarán sin ánimo
de esperar respuesta «si no querían mencionar la causa del deceso, ¿era
necesario aclarar que la enfermedad era penosa?». A simple vista todas las
enfermedades pudieran ser igual de penosas, pero los periodistas sólo usan el
adjetivo cuando la enfermedad permite la crítica puritana, si es que existe algo
así como un «puritanismo necrológico».
En fin, este asunto de tratar de
soslayar la propia indefensión achacándole al difunto un defecto mortal que no
se tiene, ha sido así desde siempre, y esto se puede entender y dejar pasar;
pero, de allí a que la cosa se transforme en una especie de juicio final donde
se condena al muerto por morir antes de tiempo, ¡Vamos, esto es un extremo que
no puede, sino, catalogarse de histérico!
COMENTARIOS PROHIBIDOS
Si no fuera tan intrínsecamente humana
la tendencia a preguntar la edad del muerto y la causa del deceso, me atrevería
a decir que es una costumbre que debiera ser erradicada, estar prohibida. Pero
como su condición es inmanente a la humanidad, sólo nos queda determinar su aspecto
perjudicial para evitarlo, y un simple análisis resalta su principal perjuicio:
la desvalorización del «cuánto se vive» por el «cuánto tiempo se vive". En
otras palabras: de tanto preocuparnos por
alargar la vida, se nos puede olvidar vivirla.
Y sólo podemos intervenir en
nuestra conducta ante la muerte incluyendo la importancia del «legado» para que
podamos complementar las preguntas automáticas con otras como «¿Qué dejó en su
paso por la vida?».
Y a estas alturas del discurso
creo que estamos en el horario que permite decir verdades: si alguien se cree
piadoso por considerar que no todos los seres humanos pueden dejar un legado,
debe saber que esa piedad no le sirve de nada a la humanidad. Lo mínimo que se
espera de cada uno de nosotros es que aunque sea intentemos dejar algo digno de
epitafio. Y no se trata de fechas, no se trata de cuánto tiempo se vivió, sino
de qué dejó, sea para bien o para mal. Cristo con sólo treinta y tres años
vividos dejó una doctrina por la que ha muerto más gente que en la segunda
guerra mundial. Con sólo 33 años de vida logró tan extraordinario genocidio.
Parece definitivo que la longevidad no determina la valía.
UNA VIDA ANCHA Y… TALVEZ… LARGA
Aclaremos lo que parece claro:
para morir hay que vivir y para vivir hay que hacer algo y es por ello que
todos morimos por algo que hayamos hecho ¡Por Matusalén! Dos más dos son
cuatro, morir de algo es matemático. Una vida de 100 años es sin duda una vida
larga. Pero la longitud no dice nada de la anchura, una medida no tiene que ver
con la otra. Una vida ancha no necesita más tiempo que el necesario para
expandirse. Un globo vale por cuanto se hincha y no por el tiempo que tarda en
hincharse. Antes, cuando estas vergüenzas no existían, lo hablado en los
funerales podía llamarse: biografía.
PARA QUÉ VIVIR ¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?
Si hay algo en lo que la
humanidad jamás se pondrá de acuerdo es sobre el sentido de la vida. El archivo
de los «para qué vivir» se parece mucho a una tienda por departamentos, hay de
todo para todos, y más se venden las rebajas. Y, desde siempre un sentido de la
vida ha sido ganarle al tiempo, sí, la longevidad, vivir mucho, pero un «mucho»
exclusividad de reloj suizo, vivir muchas horas, días, años, décadas, un reto matemático:
llegar a una edad de tres dígitos. Y es que la cotidianidad apunta hacia la
vejez, si te ven soltero te preguntan: ¿quién te acompañará cuando estés viejo?
(bueno, reconozco que esta pregunta pudiera deberse a dos razones, a que en
compañía se vive más o a que nadie quiere calarse a los decrépitos, salvo otro
decrépito), y con los ahorros pasa lo mismo, el consejo unánime es «¡Ahorra para
cuando seas viejo!» (De nuevo no se sabe si es para los cuidados de quien ya no
produce, o porque se desconfía de los políticos y sus manejos de los fondos de
jubilación, o porque los amigos o hijos temen tener que hacerse cargo de los
viejos). Lo cierto es que la longevidad es un sentido muy común.
LA ÚLTIMA PALABRA
Es cierto que la última palabra resignifica
toda la frase, y así al decir «árbol de manzanas» la última palabra, «manzana»,
hace que el árbol no sea un árbol genealógico o un árbol de leva, sino un árbol
frutal; y por ello, nuestras palabras ante la muerte ajena no debieran
referirse a la causa de la muerte, sino a la causa de la vida.
¿Alguien sabe a qué edad y de qué
murió Cervantes?... A nadie le importa. Lo importante es que vivió para
escribir el Quijote.
Recuerdo las exequias de Gabriel
García Márquez. Durante la transmisión en vivo desde México me mantuve de pie
junto al televisor a manera de rendirle honores. No me pregunten de qué murió
porque, si lo supe, lo olvide ¿qué puede importar la hojarasca del deceso ante los cien
años de soledad de la vida que se va con la muerte?
Sócrates prefirió la pena de
muerte al exilio para hacer de su último acto un pasquín inmortal contra la
injusticia. Pero no fue la cicuta quien hizo grande a Sócrates, fue Sócrates
quien hizo grande a su muerte. La muerte de Sócrates fue magna porque magna fue
la vida que allí acabó.
¿Quién se atreve a asegurar que
no ha juzgado la muerte prematura de Mozart como castigo por su libertinaje?
¿Qué Mozart se atreve a juzgar la muerte de Mozart? ¿Se entiende la pregunta?
Quien no entienda esta pregunta está claro que no es un Mozart.
Confieso que me perturba pensar
que, según mis temores y estadísticas personales, mi muerte promete ser
vergonzosa y criticable ya que (aunque quisiera), no creo llevarme el premio
por centenario; pero, amén del premio fantasma, ¿que más me puedo perder? La
vergüenza es cosa de vivos e igual que las dietas, el psicoanálisis y la crema
de afeitar, a los muertos le debe resbalar.
PARADOJAS TEMPORALES
Un amigo sexagenario y metrosexual,
o sea de esos que usan cremas antiarrugas desde que eran adolescentes, me dijo
hace días «la forma en que llevo mis 60 años avergüenzan tus 50». No me quedó
claro si aquello fue una broma, una ofensa o un alarde narcisista; pero después
de escucharlo quedé mudo porque me invadió una tristeza cargada de
incertidumbre sobre el valor de la humanidad.
Resulta paradójico que, por un
lado el código del decoro sólo acepte la muerte por vejez, y al mismo tiempo en
la historia de la humanidad siempre haya subsistido el culto a la juventud.
Mitología ésta muy compleja que compromete desde el Ave Fénix y retratos de
Dorian Gray hasta la cirugía plástica. En este siglo el culto a la juventud está
presente como siempre, con la novedad de que ahora es posible un maquillaje
incrustado y permanente: cosmética visceral. Hoy en día es más factible mentir
sobre la edad y hay toda una cultura institucionalizada sobre esta mentira que,
paradójicamente, logra engañar a casi todos, menos al tiempo. Supongo que la coexistencia
contradictoria del culto a la muerte por vejez y el culto a la eterna juventud,
como el choque del agua contra el aceite hirviendo, debe generar explosiones de
monstruosas consecuencias. Pienso en lo que significa este asunto para los
anoréxicos o bulímicos que prefieren morir con talla 28 que vivir con talla 30.
El retrato de Dorian Gray sería una solución, pero la escasez de ese tipo de
cuadros me hace temer que la fantasía de morir joven para verse lozano en la
urna, está próxima a expandirse como prima hermana de la anorexia y la bulimia.
Por otro lado, me da la impresión
que se espera demasiado de la apariencia juvenil. En primer lugar porque sólo
los que no son jóvenes le atribuyen a la juventud la condición de felicidad, y,
esta correlación parece aún más improbable en la «apariencia juvenil» vía
mamoplastias de aumento y otras válvulas de inflado, ya que supone una
competición perdida de antemano. Un futbolista de 40 años que apueste a
competir contra uno de 28, puede ser varias cosas: un fenómeno, un tozudo, o
alguien a quien le guste perder. Pero la principal fuente de frustración de la
«apariencia juvenil forzada» parece deberse a que aparentar ser lo que no se
es, no encaja con el buen gusto.
MORIR ES UN ASCO
Morir es la peor traición que le
podemos hacer a quienes nos quieren, a quienes depositaron en nosotros una
parte de sus ganas de vivir. Muriendo, nuestra presencia pierde toda
importancia y pasamos a ser una basura maloliente y agusanada, pero lo más
terrible para aquellos que creyeron en nosotros, para todos aquellos que fuimos
parte de su esperanza, es que le recordamos lo que trataron de olvidar: que
algún día también estarán muertos. La muerte no es chiste. ¡Es una traición! No nos quejemos de que nos desaparezcan rápido, con
un pequeño ritual de cortesía y un «hasta nunca» dos metros bajo tierra o
hechos polvo en un horno, porque lo hacen con la esperanza de que nos volvamos
recuerdo, porque piensan ingenuamente que en la memoria podemos seguir estando
vivos, o, por lo menos, evitar el pútrido olor del valor perdido… pero esto es
un vano consuelo que apenas dura hasta que muera quien los recuerde.
Morir es un asco, y justo por eso,
en la vida, habría que hacer algo merecedor de mención para cuando no haya más
nada que decir. En otras palabras, a cada quien le corresponde editar lo que
quiera que se comente en su funeral. Eso, es el legado. No es gran cosa. Pero
es algo más que la nada.
MEMENTO MORI, CARPE DIEM
En esos ratos de ocio en que
soltamos las riendas y la mente aprovecha para hacer de las suyas, he llegado a
especular que la más terrible palabra de la vida, tiene relación con el momento
de la muerte, y es la palabra «inconcluso». Lo inconcluso se me propone como la
esencia de lo que llaman infierno: los instantes antes de la muerte en los que
se piensa en todo aquello que ha quedado sin completar: el árbol que no llegué
a cosechar, la ecuación que estaba a punto de resolver, la novela que dejé por
la mitad, el viaje que siempre postergué…, el infierno son puntos suspensivos.
Al momento de morir debe ser más patente que nunca que la mitad de un billete
de 100 no vale 50, que la mitad de un billete de 100 no vale nada. La vida,
dure lo que dure, no es mitad de nada, lo que sea que se llame vida merece tal
nombre por ser algo consumado. No se vive a medias porque no se muere a medias.
En Atenas me propuse, cual delincuente, eludir la vigilancia
para recorrer la Acrópolis en horario de cierre al público. Así logré estar a
solas en el teatro de Dionisio para abandonarme a mi vicio preferido: imaginar
que no soy yo.
Y, por supuesto, en aquel lugar tenía que aprovechar para
ser Sócrates y figurarme que andaba por Atenas, con postura de ignorancia,
interrogando a la gente para poner al descubierto las incongruencias de sus
afirmaciones. Hoy quiero pensar que no he tenido momentos más plenos que los
vividos sabiendo que no sabía nada.
LAS MIL Y UNA VIDAS
¿Quién no ha querido vivir otras vidas? ¡Vamos! Sé que no
soy el único que después de ver The Shining fantasea con pasar unas semanas
cuidando un hotel de lujo cerrado por temporada invernal (sin Jack Nickolson,
claro); o que se imagina estudiando gorilas en la niebla africana (sin perder
la cabeza por ello, se entiende) o hasta pasar las penurias de un náufrago con una
pelota Wilson como único compañero ¡Cuántos sueños! ¡Cuántas vidas por vivir! Ser
explorador, bucanero, chef, polizonte, Mozart, Charles Darwin, tabernero, ermitaño
o Rock & Roll Star. En la vida hay tantas opciones, que el aburrimiento
sólo puede concebirse como la indecisión ante la abundancia de alternativas.
Soñar es un lugar común, también lo es tener alternativas,
sin embargo, el aburrimiento no es igual para todos, unos se aburren más que
otros, unos son más indecisos que otros. Pero, ¿que ocasiona la parálisis ante
las alternativas? Aún a riesgo de parecer pedante, debo decir que mis
observaciones son concluyentes, el origen del aburrimiento por incertidumbre es:
el pensamiento comprometido.
COMPROMETER EL
PENSAMIENTO ES VENDER (BARATA) EL ALMA AL DIABLO
El proceso comprometedor del propio pensamiento se inicia en
secreto, de incógnito, a espaldas de quien se compromete. Desde el nacimiento
los padres reclutan a los hijos en la reglamentaria religión doméstica, en el
folklore nativo, tradiciones familiares, moralismos del abuelo, complejos de la
madre o frustraciones del padre, en fin, todas esas patrimoniales formas de pensar
que componen la herencia parental. Luego de unos años, el hijo recibirá la
orden de emanciparse y hacerse cargo del pago de alquiler por el espacio que
ocupa en el planeta, lo cual, en un primer momento, será recibido con
entusiasmo por el novato que siente aquello como un aliento de libertad. Es a
la mañana siguiente que toma conciencia de ser prisionero sin cárcel ni
condena. Es a la mañana siguiente cuando el joven se da cuenta de no poder
pensar por sí mismo, de que las decisiones ya están tomadas antes de poder resolverlas,
y entonces se consternará por haberle vendido, o más bien regalado, el alma al
diablo, y allí caerá en cuenta de que a cambio de la herencia, durante su
domesticación, ha sido desalmado. Y en una heladería, para aliviar el sofoco elegirá
un helado de cualquier sabor menos el de fresa, porque alguna vez su padre sentenció
que el color rosado no era de hombres.
Y así, el muchacho, sin elegir y sin alternativa, escogerá y
escogerá los gustos del padre, las preferencias de la madre, lo que la religión
le permita y lo que el abuelo no critique. Y escogerá y escogerá, sin elegir. Para
siempre hipotecado «porque así me lo enseñaron, porque siempre ha sido así,
porque soy italiano, comunista o fascista, o porque soy musulmán, budista o simplemente
soy hijo, lo que no es poca deuda». El contrato hipotecario con la enseñanza impuesta
no tiene cláusulas escondidas en letras pequeñas, directamente no tiene nada
escrito porque lo obliga todo, cuando se vende el alma se firma un papel en
blanco, porque el papel, aunque dicen que aguanta todo, tiene un límite, y el
horizonte del pensamiento comprometido no acepta límites, porque no hay «más
allá» en el compromiso.
SIN SABERLO
Lo más frecuente es que la falta de pensamiento propio pase
desapercibida, y los hijos actuemos sin darnos cuenta de que no elegimos al
decidir, la naturaleza es así, manipuladora. A la naturaleza no parece gustarle
que sepamos por qué hacemos las cosas, por eso suele comportarse como niña aficionada
a las escondidas, y, en esa actitud, la naturaleza se parece mucho al dios que
castigó a su creación por arrimarse al árbol de la sabiduría, dejando claro su
primer mandamiento «haz lo que yo digo sin chistar». A la naturaleza llana y
salvaje, como a ciertos dioses, parece venirle bien la ignorancia. Y así, un
muchacho (supuestamente emancipado) evitará leer “Una temporada en el infierno”
de Rimbaud porque su madre juraba que «a las cosas del demonio basta nombrarlas
para que aparezcan», y vivirá en secreto el temor de enloquecer porque un maestro
prostático aseguró en la clase que «la masturbación hace perder la razón», se
suicidará estrellando un avión contra el World Trade Center de New York porque un tío sentenció que «nació para ser
mártir» o tendrá hijos a los diecinueve años porque su bisabuela «necesitaba» ser
tatarabuela. Y todo esto lo hará, sin saberlo.
Vivimos entusiastas de nuestro libre albedrío, juramos sobre
nuestra libertad, y en ella trabajamos la jornada de ocho horas despertándonos
a las seis de la mañana cada día, cumpliendo con desayunar a las siete,
almorzar a las doce y cenar según lo dicte la ocasión, vistiéndonos según las
tiendas de descuento, oscuro de noche y claro de día, y todos los años
vacacionamos en la misma fecha por la misma cantidad de tiempo. Somos
verdaderamente libres, libres de no darnos cuenta de no serlo.
¿COMPROMISO O
CHANTAJE?
Uno de los compromisos más terrible que con frecuencia me
toca presenciar es el del hijo comprometido a respetar a sus padres a ultranza.
El meollo del asunto es que el respeto es algo que se tiene que ganar y también
tiene límites que, de trasponerlos, puede obligar al “respeto mismo” a
transmutarse en “defensa propia”. Pero el pensamiento comprometido a la ligera
forja historias donde algunos hijos, luego de narrar las atrocidades del propio
padre, luego de describir las humillaciones, vejaciones y demás maltratos
recibidos, se sienten comprometidos a terminar el discurso aclarando «pero yo
lo amo igual». Ni hablar de la posibilidad de denunciar al maltratador, su
pensamiento está demasiado comprometido con la enseñanza que sus padres,
previendo lo que pudiera suceder, le inculcaron convenientemente «honrar a dios
y a los padres por sobre todas las cosas». «Y claro —dirá el hijo maltratado—,
si Jesucristo aceptó con resignación el ensañamiento parricida del propio padre
¿quién soy yo para juzgar al mío?». Y si seguimos en la categoría de
compromisos familiares, nos encontramos con esas parejas que viven juntas a
pesar de odiarse y tratarse a zapatazos. Parejas que se hacen la vida imposible
por estar comprometidos con aquello de que «lo que dios ha unido nadie lo puede
separar» ¿Dónde termina el compromiso y comienza el chantaje?
PENSAMIENTO PROPIO
«Somos uno y muchos», escribió Jorge Luis Borges. Admiro a
Borges, pero no le puedo perdonar no haberle puesto exclamativos a su
afirmación para darle visos de advertencia «¡Somos uno y muchos! (exhortándonos
así a tomar precauciones)». Quien sabe, hasta él puede que tuviera el
pensamiento comprometido. Borges comprometido con ser Borges…, jajá, muy digno
de él. Pero nuestro tema exige dejar de lado las excepciones como Borges, para
ser más terrenales, o sea, más paradójicos, como aquel dios que luego de
imponer mil condiciones se llena la boca regalándonos el libre albedrío ¿Es
una broma? ¿Cómo se puede pensar con tanto compromiso? ¿Cómo puede nuestro
pensamiento ser libre debiéndole pleitesía a tanto instructivo?
Y por otro lado ¿cómo es posible que existan libre
pensadores si el compromiso es inevitable por comenzar a imponérsenos antes de
tener voluntad propia?
Pido disculpas por lo presuntuoso que pueda parecer (de
nuevo) el responder estas preguntas con otra conclusión categórica: para liberarse
de lo establecido, previamente debe conocerse a fondo los compromisos (culturales
y sociales) en boga. Sólo después de aprender a barajear los naipes del
imaginario colectivo, es factible vencer el miedo de pasar por la puerta de un
itinerario propio. Beethoven tuvo que aprender hasta el tuétano las reglas
musicales de la época de manos y látigo de su autoritario padre para luego
renacer. La música de Beethoven renació de la muerte de lo establecido. Para
influir en el futuro hay que tener plena conciencia del presente. El ateísmo de
Schopenhauer vence el miedo a través de su conocimiento del catolicismo y las
religiones orientales. Freud pudo ser un librepensador porque conocía, o por lo
menos trató de conocer, la psicología, la neurología, antropología, filosofía y
literatura que colmaba su época, sólo después de ello pudo pasar más allá. Si
Freud hubiese estado comprometido con la religión judía, con la psicología del
momento, con el puritanismo victoriano, el psicoanálisis no habría despuntado. Pero
hoy día los músicos deben conocer a Beethoven para superarlo, y no puede
llamarse científico quien repita como papagayo a Freud. De no dejar de ser
papagayo no habría novedad. Al repetir como urracas a un librepensador, aunque
lo hagamos por propia voluntad y sin intervención alguna del librepensador
emulado, también caemos en el pensamiento comprometido. Al repetir no se avanza,
la repetición camina en círculos. Para avanzar no hay que ser como los
librepensadores, sino hacer lo que ellos hicieron, tener pensamiento propio.
COMPROMISO DE
COMPROMETERSE
Pero, los hombres de a pie, parecen estar propensos al «compromiso
de comprometerse», con lo cual trancan la cerradura de entrada al libre
pensamiento y quedan aislados en un infinito pasillo de puertas cerradas: el
aburrimiento. Razonemos la metáfora ¿quién puede considerar divertido un
pasillo de piso de hotel con cientos de cerrojos idénticos y cerrados?
Piénsenlo, el que se queja de aburrimiento se queja de
laberintos con puertas trancadas, de callejones sin salida. El aburrimiento
está condicionado a un previo abandono al destino y es por ello que los
comprometidos se lamentan con estoicismo «… ¿qué le voy a hacer? Hago todo lo
que puedo para ser un buen… padre, hijo, cristiano, miembro del partido,
patriota… (la lista será tan larga como compromisos sean posibles)».
Comencé este escrito hablando de las aventuras que
quisiéramos vivir además de la propia y ahora el reto parece ser otro mucho más
elemental: lograr que la única vida que tenemos sea «propia». En consecuencia el
concepto de aburrimiento también cambia, y termina siendo «aburrido» quien no
tiene una vida propia sino, tantos compromisos ajenos que no le queda tiempo de
vivir el suyo…, y por cierto ¿Puede haber un compromiso con la propia vida que
no sea hacerla única?
LA DIFERENCIA APARENTE
Por otro lado, es justo mencionar que existen compromisos
que promueven la diferencia. Una publicidad de televisión muestra el atuendo
particular de un cantante pop de moda. Y al mismo tiempo que exalta su
originalidad, ofrece el atuendo en cuestión a un módico precio de oferta. A los
días, la calle está repleta de viandantes ataviados con el original y exclusivo
ropaje del mencionado cantante. Cada una de estas personas, con semblante
soberbio y andar presumido exhibe su desprecio por lo común y su gusto por la
originalidad. Cientos de personas vestidas idénticas caminan por las calles
seguras de marcar la diferencia y de que su libre pensamiento está bien
representado en su prêt-à-porter.
TODO ESTÁ POR DECIRSE
¿Han prestado atención a la cara de sobrado que ponen
aquellos que aseguran que «ya todo está dicho»? Suelen decirlo con aires de
haber descubierto cómo superar la velocidad de la luz. Lo peor (o mejor) del
asunto es que un físico matemático jamás se atrevería a decir tal cosa. Pero,
lo infame de afirmar que todo está dicho es que trata de justificar la propia
falta de autenticidad.
«¡No te pongas a inventar! Ya todo está dicho» —asegura el flojo—.
¡Por favor! ¡Qué carencia de estética! ¡Como si la forma no fuera un valor en
sí mismo! Como si hacer pan fuera lo mismo que preparar pizzas, empanadas, brioches
y demás pitanzas hechas con la misma harina, agua y levadura. En la vida no se
trata de hacer bollos, sino de moldear y hornear. No se trata de lo que está
dicho, sino de la forma de decirlo. Un troglodita es tan humano como un
astronauta, pero no son lo mismo, son distintos en la forma y en el objetivo.
Los seres humanos le otorgamos valor a las cosas para darle
un sentido a la vida, y es ahí donde está la magia: el valor no es estable,
depende de uno, del lugar, del momento, en el fondo el valor es personalísimo. Por
eso, todo está por decirse.
EL COMPROMISO DE
CREER
La resignación al compromiso proviene de la comodidad
apática: «no pienso, luego descanso». En este sentido, creer en el destino
divino es equivalente a un confortante diván de plumas. Y todo esto es
increíblemente popular a pesar de que creer a ciegas no genere beneficios a
nadie en la práctica. Al que se está ahogando en el mar, de nada le sirve que
un creyente desde un bote cercano le asegure que «dios proveerá». Creer en
milagros no sirve de nada ante una apendicitis a punto de estallar. Y tal vez
haya quien diga que estos ejemplos son inadmisibles por radicales. Pero
bastaría con cambiar los personajes, bastaría con mencionar que los testigos de
Jehová prefieren que un hijo muera antes que se le realice una transfusión
sanguínea. Bastaría pensar un poco en esto para sentir que el diván de plumas
no es tan cómodo.
Como mínimo tenemos que reconocer que lo que de admirable
pueda tener la humanidad actual no proviene de quejas y consecuentes plegarias
que piden ayuda y solución, sino de las ideas atrevidas y el valor de actuar.
No basta con quejarse del calor, hay que atreverse a pensar una solución, y
tener el valor de llevar a cabo esa idea, esto lo sabía Willis Carrier al
inventar el aire acondicionado. Quejarse de tanto y buscar consuelo de tonto es
una prebenda del pensamiento comprometido, sin lugar a dudas cómoda, pero que
genera muy pocos cambios, para no decir ninguno. Creer a ojos ciegos sobre algo
que viene diciéndose, impide que se diga algo nuevo. La novedad es una ruptura
de lo establecido. La novedad, mientras lo sea, es valiente; por eso las
gallinas la evitan ¿para qué preocuparse por el tiempo si el gallo las
despierta?
En el mundo de Lewis Carroll, el periódico preferido de los
comprometidos se llamaría «El Diario de antes de ayer », y sólo reseñaría obituarios.
Al pensamiento comprometido le incomoda la novedad, prefiere lo obvio, lo previsible.
Al comprometido le fascinaría que le leyeran el futuro día a día, minuto a
minuto, para no tener que enfrentar nada por primera vez. A quienes disfrutan
del pensamiento comprometido no le van las sorpresas, les parecería
insoportable la vida de un gusano si el mismo no supiese que algún día será
mariposa, como insoportable sería la vida de un creyente comprometido si no
creyera firmemente en su postrera metamorfosis en alma celestial con alas de gallina
blanca.
NO ES LO MISMO SER UN
BUEN CREYENTE QUE UN CREYENTE BUENO
El primer dogma que cree el creyente es creer que, por creer
en dios, es bueno. El segundo dogma que cree el creyente es que, creyendo el
primer dogma está libre de toda condena. Conociendo la tendencia a idealizar
que tenemos todos, me pregunto si los teólogos se cuidan de no sobreestimar a
los dioses, porque siendo tan parecidos a nosotros, ¡no vayan a tener también una
doble moral! Por ejemplo, es imposible ocultar que el racismo proviene de los
dioses. Todos los dioses han sido racistas. Racistas y segregacionistas, porque
las deidades tienden a favorecer ciertas razas y dentro de ellas a cierta clase
social, que, por ser defecto de dioses necesitar reconocimiento, al ser más multitudinarios
los pobres que los ricos, su preferencia no tiene opción, como lo aclara Mateo «es
más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre
en el reino de dios…». ¡Vamos!, sea contra los pobres o sea contra los ricos,
discriminación es discriminación. A mí, esto de que el dios hebreo, supremo,
todopoderoso, omnipotente y gustoso del halago, arremeta contra los ricos, me
huele a ese temor paranoico de perder el monopolio muy propio de los oligarcas
comunistas. Pero aclaro que sólo me huele, sólo es un olor, una impresión,
sería deshonesto de mi parte no reconocer mi inexperiencia con los dioses, de
hecho, personalmente, no he tenido el agrado de conocer ninguno.
Es comprensible que en este momento nos venga a la mente la
idea de que es más factible ser tolerante si se es ateo, porque el deberse a un
dogma dificulta la tolerancia con quien no comulgue con dogmas, o sea, hacia el
libre pensador. Pareciera que no se puede ser tolerante al cien por ciento si
no se es ateo o, por lo menos, no se puede ser creyente sin ser
segregacionista. Hasta el dios judeocristiano cuando quiso engendrar a su hijo
prefirió armar todo ese enredo de la divina trinidad inventando al espíritu-santo-semental para fecundar a María, dejando entrever que un simple José no
era digno de portar su simiente. Todos entendemos que para un dios omnipotente
no es mayor complicación transmutarse en espíritu o en carpintero, así
que, de haberlo querido, habría puesto la simiente en el marido para evitar a
José la vergüenza del cornudo; pero no, dios estaba comprometido con la profecía y a no juntarse con la chusma. Los
compromisos divinos son incoercibles e inescrutables, le aseguró el ángel a San Agustín.
COMPROMISOS Y MAS
COMPROMISOS
Comentando a los amigos el aburrimiento y fastidio que suelen
provocarme los libros de historia, descubrí que esta reacción mía no era
inusual, y supongo se deba a que los historiadores han escrito comprometidos
con la vanidad de los gobernantes y la arrogancia patriótica de su época, con
lo cual la historia se reduce a panegíricos paradójicos: matanzas dirigidas
desde hermosos corceles blancos con las crines al viento, puñales clavados
valientemente por la espalda en nombre de la justicia, saqueos a toque de
clarín, gloriosos genocidios, banderas de victorias divinas clavadas sobre los
cadáveres de los fieles caídos. Y sigo suponiendo que aquellos mismos mecenas
de historiadores, por temor a pasar al olvido, pagan para poner su nombre a calles,
plazas y condominios. La historia no es aburrida, la hacen aburrida los
cuentacuentos comprometidos. Se me ocurre que el pensamiento propio germina
donde acaba la historia y comienza la novedad.
En la política la principal matriz de compromisos es la
corrupción. Pertenecer a una red de corrupción implica el esfuerzo de ser
campeones de salto alto con las cortas piernas de la mentira. Los corruptos se
la pasan engañando, ocultando, sobornando a diestra y siniestra para que cada
eslabón de la cadena guarde el secreto. El pobre corrupto no tiene vida propia.
Y si miramos con detenimiento, podremos ver, como arbustos
entre los árboles, otras especies de compromisos que espigan en la sombra, las
autoalienaciones, el pensamiento comprometido con uno mismo. El machista
comprometido a demostrar algo que a nadie interesa. Los obsesivos comprometidos
con la cruz del orden y la limpieza. Los bulímicos y los anoréxicos
comprometidos hasta los huesos en deshonrar gliSpaghetti alla Carbonara. Los autoalienados
pertenecen al orden de lo enfermizo, porque ni están comprometidos con nadie ni
están comprometidos con un deseo propio, no siguen una decisión ajena ni tienen
decisión propia, simplemente no lo pueden evitar, y no poder evitarse a sí
mismo, enferma.
EL COMPROMISO MAYOR
Si buscamos el peor de los compromisos, sin lugar a dudas,
sin ningún temor a equivocarme es: el tiempo comprometido. Siendo la vida un número
de horas, el compromiso temporal es un serial killer de vidas propias. Nos
duele reconocerlo, pero todos sabemos que el tiempo comprometido es tiempo
perdido. Y para endulzar el mal trago, usamos fanfarrias y prosopopeyas para,
por ejemplo, condecorar al tiempo laboral con la medalla de oro de la dignidad «fulano
trabaja hasta los domingos, es un sujeto muuy responsable». Cuando en realidad,
en el trabajo, en los compromisos, no hay responsabilidad alguna puesto que no
hay elección. Si debo llegar al trabajo a las siete de la mañana, no puedo
escoger otro horario sin que pronto me despidan. Es en el tiempo libre donde
tenemos opción de elegir, donde somos libres de preferir y por lo tanto
responsables de nuestra elección. Once meses de prisión y un mes de libertad
condicional es lo que ofrece la mayoría de las cárceles empresariales.
Opss, esta vez parece que me he metido en un gran lío,
porque hablar mal del trabajo…, por mucho menos le hicieron beber cicuta a
Sócrates, pero, todavía no lancen la piedra…. ¿Se han dado cuenta que hay gente
que trabaja con entusiasmo, creatividad, aportando innovaciones, personas de
las que solemos decir que aman lo que hacen, mientras otros realizan la misma
labor de mala gana, despotricando de su destino y perturbando el ánimo de quienes
le rodean? ¿Qué marca la diferencia?
Hay sólo dos intenciones que mueven nuestra voluntad, el
deseo y la obligación. El deseo es querer, la obligación es deber. El deseo
elige, la obligación exige ¿Ya se aclara la respuesta? El pensamiento
comprometido aniquila el propio deseo. Mirémoslo de más cerca, en nuestro
bolsillo. ¿Quién no ha recibido un regaño por no responder el celular? ¿Qué
pasó con el libre albedrío de responder al teléfono cuando nos dé la gana?
¿Cuándo se volvió ilegal o pecado o irrespetuoso el no tener ganas de hablar
con alguien o hasta con nadie? ¿En qué parte del contrato con la telefónica
dice que al comprar el teléfono se pierde la opción de no usarlo? Y lo peor
¿Por qué debo anunciar a los demás en qué horario no puedo responder? Nacido
por parto natural o cesárea da lo mismo, en cualquier caso, nacer es cortar el
cordón telefónico…., perdón, umbilical. Hay quienes son esclavos del teléfono y
quienes hacen del teléfono su esclavo. Y así como hay dos tipos de usuarios de
celular, hay dos tipos de trabajadores, y dos formas de vivir el tiempo, como
propio o como perdido.
Pero, ¿cómo saber si el tiempo invertido en algo no fue un
tiempo perdido? Analicémoslo, perdido es algo que se tenía y del que se
desconoce su paradero actual. Si el tiempo fue invertido en una hazaña que no
deja prueba de su existencia, estará para siempre perdido. Un ejemplo de esto
sería el tiempo invertido en tratar de enseñar a quien no quiere aprender.
No hay pensamiento propio que no esté obsesionado por el
tiempo. El libre pensador cuida con avara meticulosidad el tiempo propio. El
libre pensador siempre tiene presente que el tiempo no se devuelve, que el
tiempo no se recupera. El libre pensador sabe que no hay tiempo peor
malbaratado que el invertido en tratar de recuperar el tiempo perdido. El libre
pensador no cree en cuentos baratos de mariposas que reingresan al estado de
crisálida para resolver asuntos que quedaron pendientes en su vida de gusano.
LA CARA OCULTA DE LA
LUNA
¿Y qué decir de la contraparte, de los que comprometen a los
demás? ¿Por qué los padres comprometen a sus hijos? ¿Por qué los testigos de
Jehová salen a la calle a inseminar el libre pensamiento ajeno? ¿Por qué el
político trata de convencer a todos de que respirar es hacer política? También
en este caso la respuesta es categórica: porque ellos, a su vez, están comprometidos.
Comprometidos a comprometer. Aquí el asunto se nos muestra en su esencia más
profunda: el sadomasoquismo. «Como me comprometieron, ¡comprometo!» y se
promulga como alucinación colectiva en clave de trabalenguas «El pensamiento
quiere un compromiso, ¿quién lo comprometerá? El comprometedor que lo comprometa un buen
comprometedor será». Pero, ¿cómo accedemos a este parampampám? ¿Por qué de niños nos dejamos
comprometer? Todo parece apuntar a que, en la infancia, al momento de ser
domesticados, con una mente casi vacía y con millones de neuronas deseosas de
información para volverse neuróticas…, en semejante escenario todo lo que brilla
es oro, todo es novedad, y somos seducidos y atrapados por el atractivo del
descubrimiento, y así llegamos a encontrar atractiva hasta la primera cláusula
de la domesticación, la cláusula heredada de padre en padre, de hijo en hijo:
«haz lo que yo digo sin chistar». Pero, la cúspide del asunto es que le cojamos
gusto, entonces la cosa continúa más allá de la infancia, en el colegio, ante
la tele, entre la masa, como público, y ante todos aquellos letreros que nos
indican el camino. La autenticidad despunta cuando lo que aspiramos hacer se
abre camino en la tierra de lo que se espera de nosotros.
LA GUERRA DE LOS
PROTOZOARIOS
En las guerras, ambos bandos creen tener la razón, ambos
juran que les acompaña la justicia. Aunque lo parezca, esto no es una paradoja,
porque ambas convicciones están erradas. En las guerras no hay razón ni
justicia, sólo compromiso. Y esto nos lleva a un lugar común del que ya hemos
hablado varias veces, un mundo dividido en dos bandos, los pastores (comprometedores)
y las ovejas (comprometidas). La granja humana parece imposibilitada de
subsistir sólo con ovejas o sólo con pastores. Por ello, al tratar de imaginar
una humanidad donde cada quien tiene pensamiento propio nos da jaqueca y para
aliviar el dolor sacudimos la cabeza soltando un «Vade retro utopía». Luego, plácidamente, seguimos pastando en la
pradera o durmiendo la siesta.
Pero, ¿y por qué no? ¿Por qué damos por sentado la
inviabilidad de un mundo de libre pensadores? La respuesta, de nuevo, salta a
la vista: es muy difícil evitar la tentación de dejar que otros piensen por
uno. La pereza se apoya en la ley del menor esfuerzo, el agua que busca su
cauce. Ley de ahorro de energía, economía orgánica. Ley física y biológica, presente
en cada átomo y en cada célula viva. En fin, ahorrar energía es protocolo de
protozoarios ¿Qué loco está dispuesto a perder el diáfano confort de las amebas?
Ante la cárcel de Sócrates
VOLVER AL YO
Ya no me queda tiempo. Llegó la hora de abrir los portones de
la Acrópolis al público y los curiosos hacen cola para entrar. Debo quitarme
las indumentarias de Sócrates y volver a ser yo, o lo que creo que soy. Ante mí
se abren los caminos, unos más cómodos y otros más oscuros, unos para andar
descalzo y otros para andar con resguardo. Ya no soy un Sócrates, se acabó mi
oportunidad. Y me despido del teatro de Dionisio con un aplauso, un aplauso en
el teatro vacío, sin actores, sin espectadores, sin obra, sin mensaje y me contenta
pensar que jamás haya existido aplauso más sordomudo y menos comprometido.
EL COMPROMISO DE
COMPROMETERSE CON LOS COMPROMETIDOS
Aprovecho este espacio para confesar un secreto que oculté
con vergüenza desde mi adolescencia. Convencido de que quería ser escritor,
trataba de frecuentar toda tertulia bohemia, más o menos literaria, que se me
atravesara por el camino, y es sabido que los ímpetus juveniles nos mueven a
querer aparentar saberlo todo sobre aquello que nos interesa, es casi imposible
que un muchacho no presuma de veterano en su primera vez sexual. Y lo mismo
sucedía en el círculo literario, era vergonzoso no conocer algún autor o no
darse cuenta de algún símbolo en cierta película, «Mario, ¿te diste cuenta que
la mariposa que volaba allí cerca representaba la psicología del personaje?». Y
yo, que normalmente no veía la mariposa o no sabía que los lepidópteros simbolizaban
la psiquis, asentía tímidamente como si considerara obvia la observación. En
los casos extremos, cuando mi ignorancia estaba por quedar expuesta, recurría a
la excusa de necesitar el orinal. Supongo que alguien llegó a pensar que tenía
problemas de vejiga. Lo cierto es que había un tema que no terminaba de
entender y por el cual fui muchas veces al baño, era el tema de los «escritores
comprometidos». En aquella época era cuestión de culto leer a los autores
comprometidos. «Pero, ¿comprometidos con qué?» —pensaba yo—. La gente hablaba
de compromisos que no tenían nada que ver con escribir bien. En general se
referían al compromiso con una forma de pensar, con el antirracismo o con el
comunismo. Eso me hacía sentir muy mal porque yo no estaba comprometido con
nada, yo sólo quería aprender a escribir. Ahora sé que los compromisos son
limitantes y que, para mí, la literatura es una ventana a la libertad. Hoy sigo
tratando de aprender a escribir, pero sólo voy al baño cuando lo necesito.
Por años pensé que para hacer la
vida soportable, tendría que serle fiel a mis deseos y a mis principios a la
vez. Eso significaba que si deseaba
cruzar la calle, lo hacía, y cruzaba cuantas calles quería, pero siempre utilizando
el debido paso de peatones. Luego le
agregué a mi lema la fidelidad a mis conocimientos, a partir de allí podía desear cruzar la calle, usando el debido paso peatonal y en conocimiento del andar apropiado. Hoy
en día estoy convencido de que la vida sería insoportable si no le fuera fiel a
una cuarta categoría: mis manías. Y ahora cruzo la calle cuando quiero, por donde debo, caminando como puedo
y obsesionado en lo que me dé la gana.
EN LISBOA, A MERCED DE LA MANÍA
Una manía que jamás me abandona y
me acompaña como sombra, es la necesidad de buscar conceptos contundentes,
sentencias categóricas, frases absolutas, adjetivos universales. En esta extravagancia
mía, al igual que en la rebusca de trufas, los encuentros son escasos, pero
cada hallazgo compensa el esfuerzo. Así llegué a encontrar algunas rarezas como,
el título adecuado para todos los libros: «La insoportable levedad del ser» ¿Puede
existir alguna obra que no acepte intitularse así? Otra rareza, ésta hallada en
el campo de los sustantivos, es el formidable «Quijote», sustantivo absoluto de
la exaltación pasional. Al definir a alguien como «un Quijote», no hay más nada
que agregar.
Mi cuaderno de notas maniáticas tiene
muchas más páginas de las que podría llenar, esta manía no tiene pretensiones
de extenso catálogo, es cosa de pocas líneas, sólo unas pocas y nada más. Hoy
estoy a punto de escribir en él una nueva palabra: «desasosiego». Pero antes de
hacerlo debo reflexionar si merece el espacio que ocupará en la hoja. Trataré
de ir ordenando las ideas en un folio suelto, mientras estoy sentado a orillas
del río Tajo, en la Lisboa de Pessoa, cuyo «Libro del desasosiego» le haría
dueño del término, si las palabras pudiesen tener dueño.
DESASOSIEGO TEMPOROESPACIAL
Sería inapropiado argumentar
sobre el desasosiego sin mencionar, de entrada, su efecto en el espacio y el tiempo
«no estar donde se está y no ser cuando se es», eso es el desasosiego.
El desasosiego puede ser
adjetivo, verbo o sustantivo; pero en todas sus expresiones se refiere a peces
fuera del agua, a estar fuera de lugar, fuera del tiempo, desubicado. El
desasosiego es sentir que el cuerpo no nos abarca, como si fuera una boca tratando
de engullir una manzana entera, y el tiempo está perdido en un reloj dañado que
siempre marca la misma hora, la hora del olvido.
De ponerlo en una balanza, el
contrapeso del desasosiego debiera estar hecho de algo seguro, fuerte como el
hierro, con los pies sobre la tierra, imponente. Lo contrario a un desasosegado
es alguien consolidado; y cuando pensamos en consolidación aparecen imágenes de
fortaleza, autonomía, decisión, imágenes todas de semblante altivo como el de
un dictador (mientras no sea derrocado), como el de nuestro padre (antes de
envejecer y enfermar), como el del magnate (mientras se salve de la
bancarrota), como el del galán de cine (siempre y cuando no esté recluido en
una clínica de rehabilitación), en fin, asociamos a la contraparte del
desasosiego con semblantes momentáneos, de corta vida, instantes, como si el
desasosiego ocupara todo el tiempo entre un pestañar y otro.
LA IDENTIDAD DESASOSEGADA
El desasosiego es vacilante
porque se alberga en la identidad, y la identidad en sí misma es una incertidumbre
que transita disyuntivas shakesperianas sobre el creer y el saber. La identidad
se entretiene con elucubraciones como «el que cree no sabe, cree» o «el que
sabe no cree, sabe» y cuando se envalentona se siente un Hamlet y empieza a
armar dilemas como «¿Creo lo que soy o soy lo que creo?»; o «¿sé lo que soy o soy
lo que sé?». ¿Les resulta confuso? Pues esto sólo confirma que su identidad,
como la de todos, es ambigua. Pero también irrequieta porque de inmediato nos
pican las ganas de seguir haciéndonos preguntas «¿Puede el saber ser una
creencia?» o «¿necesito creer en lo que sé para saberlo?» Como pueden ver, en
este asunto de la identidad y el desasosiego aplica aquello de si fue primero
el huevo o la gallina.
EL DESASOSIEGO Y LA REALIDAD
El desasosiego se desarrolla en
la realidad. Cuando alguien se siente fuera de lugar en una reunión de amigos
¿quién es el desubicado? Si le preguntamos al que se siente como pez fuera del
agua es probable que acuse a sus amigos de no vivir en la realidad; y, preguntando
a los compañeros, podríamos apostar a que le culparían a él de estar fuera de contexto.
Particularmente no me atrevo a ser juez en esta causa. ¿Cuáles serían los
veredictos posibles? ¿Alguien se atreve a asegurar que quien siente desasosiego
es un desadaptado, o que sus amigos son egoístas por no tener empatía hacia su compañero?
¿Quién se atreve a incriminar al inquieto que se siente incómodo en un mundo en
el que a nadie sorprende que la más sublime de las virtudes sociales consista
en el intercambio de pedacitos de papel moneda? En una realidad tan imprecisa,
donde las naranjas no tienen color y el amarillo que le atribuimos pertenece a las
ondas electromagnéticas de la luz que de ellas rebota, en una realidad de
costumbres, donde nos acostumbramos a no percibir el movimiento del planeta,
donde nos acostumbramos a pensar que los árboles son estáticos, y a vivir
inconscientes de que el centro de la tierra está en llamas, en una realidad así,
una realidad ignara de la propia realidad ¿Quién logra sentirse seguro en casa?
¿Quién está a salvo del desasosiego? ¿Quién puede tener la desfachatez de
creerse tan real?
SER O NO SER… MORIR... DORMIR, TAL VEZ SOÑAR
El desasosiego vive al límite de
la vigilia y el sueño. Las primeras sendas por las que se asoma la inquietud
son preguntas cándidas «¿Los sueños son míos o pertenezco al sueño de los
otros?» «¿Sueño o me sueñan?» Vamos, reconozcamos que este asunto lo hemos
cavilado todos, en secreto claro está, porque vocearlo daría vergüenza por lo
patético. Sin embargo, desde la óptica del desasosiego maduro, la cuestión no
se centra en el sueño, sino en la vigilia, y las preguntas son, por mucho, más concretas
«¿Es posible despertar? ¿Existe la vigilia?». Luego de lo cual se acaban las
preguntas porque comienza el ciclo de respuestas, o sea, el disparate.
DESASOSIEGO EN EL ENAMORAMIENTO
El que se enamora buscando en el
otro lo que a él le falta terminará colmando su espíritu con desasosiego.
Buscarse a sí mismo en el otro no puede llevar sino al desencuentro. Creo que
para todos está claro que el enamoramiento no está hecho para adquirir algo que
no se tiene, sólo es un método para compartir lo que ya se posee. El
desasosiego es lo que queda cuando se usa al enamoramiento para ser feliz. Es
una cuestión de matemática simple, si un infeliz busca pareja para ser feliz, y
la pareja, a su vez infeliz, acepta reunirse con él para ser feliz, ¿en qué
matemática una infelicidad sumada a otra infelicidad da como resultado la
felicidad? Si dos más dos son cuatro, el resultado será doblemente infeliz.
El desasosiego no es fortuito,
quien así lo crea desconoce sus reglas. Y por desconocimiento de las reglas se
genera, por ejemplo, el desasosiego de la mujer amante del hombre casado, que
espera infructuosamente la honestidad de este último, sin querer darse cuenta
de estar enamorada de un marido deshonesto, y cuando la deshonestidad se
repita, cuando todo fracase, la mujer se justificará a sí misma atribuyéndole
al amor el defecto de ser ciego. No pocas veces el desasosiego es consecuencia
del capricho.
EL DESASOSIEGO UNIVERSAL
Sin embargo, mencionar lugares o
momentos en que el desasosiego se presenta, no logra definir su carácter
universal, requisito indispensable para saciar mi manía. Hasta aquí hemos visto
que el desasosiego es parte de la condición humana como el aire lo es del
cielo; pero ¿cuál será la fuente común de la que emana? Cuando hablamos de
buscar fuentes, orígenes, esencias de algo humano no hay que mirar alrededor,
hay que buscar adentro. Y con sólo cerrar los ojos la respuesta aparece escrita
en los párpados, porque la fuente originaria del desasosiego está en los
párpados cerrados, en la muerte. Es la universalidad de la muerte y la
consecuente y universal inquietud que ella nos produce, lo que hace del
desasosiego un lugar común ¿O es que alguien puede atreverse a encontrar un
desasosiego mayor que el proveniente de la Auto Conciencia de Muerte? La
enfermedad, la derrota, la desilusión, las pérdidas, son todas sensaciones
acompañadas de desasosiego porque nos recuerdan el fracaso final, los párpados
cerrados. Y tal vez por ello el desasosiego es ante todo inquietud, la
sensación de no poder estarse quieto ante el destino, la necesidad de hacer
algo al respecto, la urgencia de salir de esta insensata pequeñez para hacer
algo más que humano, hacer algo suprahumano, hacer algo para los demás. Y es
aquí donde aflora la trascendencia del desasosiego, en los médicos sin
fronteras que persiguen a la enfermedad, en los investigadores que no se quedan
quietos hasta alcanzar lo que buscan, en los artistas que ofrecen sosiego y
entusiasmo con colores, palabras o música, en los astrofísicos para quienes el
cielo no es un límite, el desasosiego impulsa a quienes se levantan al caer y a
los que inventan prótesis y medicinas para el que no puede levantarse solo, el
desasosiego inspira a los profesores a enseñar sus errores para que los alumnos
cometan otros diferentes, el desasosiego es aquello que motiva a los amantes sinceros
a aceptar el equívoco y permitirse otra oportunidad, porque la vida no es para
estarse quieto, la vida es para andar.
En fin, creo que el desasosiego
merece un lugar en mi cuaderno de notas porque así como los polluelos rompen el
cascarón cuando el mundo del huevo les queda pequeño, así como el invierno
apremia a las aves a migrar, para mí está claro que el desasosiego existe para
impulsar la rueda que mueve a la humanidad.