Tenemos una naturaleza moral pero también somos asesinos y hemos creado
convenciones sociales para que ambas cosas coexistan, y así, inventamos las
guerras para asesinar de forma moralmente correcta. Al igual que la
masturbación sirve para descargar la energía sexual mientras no alcance su
cauce normal, asesinamos en videojuegos para calmar los impulsos criminales circunstancialmente
domesticados.
¿QUÉ SOMOS?
Amamos
la libertad propia y tememos la libertad del otro. Inventamos la
propiedad privada y terminamos siendo pertenencia de nuestras pertenencias. Somos dueños de esto y aquello para remarcar al otro lo que no es suyo. Inventamos
países y fronteras para poder descansar de noche sin miedo de amanecer
desnudos. Nos tenemos miedo. Por
miedo nos consideramos todos humanos pero nos diferenciamos en todo lo que
podamos. Etnias, folklores, gustos, ideas, posesiones, moral, dioses, cualquier
cosa es buena para marcar diferencia y distancia de salvaguarda.
Confiamos en
Dios y nos consideramos hechos a su imagen y semejanza; pero desconfiamos de
nuestros semejantes que también son semejantes a Dios. Inventamos la libertad
de expresión y culto al tiempo que creamos un código de lo que no se puede
creer o decir. Los norteamericanos han disminuido tanto su persecución a los
negros que hasta tienen libertad de ser presidentes, pero es muy improbable que
le permitan creer que Dios le haya hecho a su imagen y semejanza. A veces
pareciera que el ser humano pudiese considerarse como un ser cambiante pero
esto está aún por comprobarse. Aceptar que Dios sea negro sería un paso
adelante.
¿QUÉ SOMOS?
Le
tememos a la locura pero ambicionamos el poder a sabiendas de que el poder
enloquece. Para lidiar con estas dos tendencias contradictorias hemos creado la
política, una organización que intenta administrar la fascinación por el poder
desquiciante. Y hemos inventado la psiquiatría para administrar a los locos sin poder.
¿QUÉ SOMOS?
Inventamos
las prohibiciones a sabiendas que aumentan la tentación, y en este punto no se
aceptan justificaciones porque el asunto está claro desde que puso en aprietos
a Dios, Adán y Eva en el tiempo mítico del árbol del Edén ¿Qué hemos sido siempre?
¿QUÉ SOMOS?
Decimos
que amamos para ser amados. En el mejor de los casos amamos para amarnos.
Inventamos el altruismo para disfrazar el egoísmo. Somos altruistas porque nos
conviene, ayudamos en la esperanza de ser ayudados, y quien opine que no
pretende ayuda a cambio o que espera no necesitar ayuda, está confesando una
alteración narcisista de tal calibre que le inhibe del derecho mismo de opinar
¿QUÉ SOMOS?
Nos
esforzamos para ser públicos y luego reclamamos nuestra privacidad perdida, no
habiéndola perdido en absoluto (la privacidad), sino vendida a cambio de
publicidad. Nos enorgullecemos de haber creado y poseer dos privilegios
sobrenaturales: la matemática y el arte. De la primera nos enorgullece su
exactitud y del segundo su particular imperfección perfecta por única y por lo
tanto incomparable e incuestionable. Ambicionamos la perfección, pero, por no
tener claro el concepto, nos resguardamos en el arte errático.
¿QUÉ SOMOS?
Le
damos importancia a lo que nos hace sentir bien al tiempo que el dolor es la
manera por excelencia de darle importancia a algo. Lo que duele nos importa. Lo
que disfrutamos también. Todos queremos ser importantes. Somos importantes por
sufrientes y por gozadores, pero ¿qué es más importante? ¿Es importante lo que
somos? ¿Somos importancia?
¿QUÉ SOMOS?
Luego
está lo que empezamos sin que tenga valor empezarlo, ni continuarlo, sino terminarlo.
Dejarlo de hacer. Trabajamos duro y mucho para que algún día no tengamos que
hacerlo más. Vamos aprisa con la ilusión de poder ir despacio alguna vez. Nos
cansamos para poder descansar. Vamos a conocer la Torre Eiffel para dejar de
desear ir, para decir con alivio ¡ya la conocí!, para que nos deje de joder y
poder dejar de pensar en ella de una vez por todas. Nos sacamos una selfie con
el glaciar Perito Moreno a las espaldas para restarle importancia “ya lo
conocí, ahora puede desaparecer”. De muchachos ansiamos las vacaciones de fin
de curso, y al mes, extrañamos el colegio en el que fantaseábamos dichas
vacaciones.
Luego, más viejos, trabajamos toda la semana para descansar el fin
de semana y recuperar fuerzas para seguir trabajando la semana siguiente, y
esto se ha repetido tantas veces que ya no sabemos cuál de las dos cosas
desempeñamos para lograr la que queremos.
En
invierno nos quejamos del frio y en verano del calor, en el otoño de la lluvia
y en primavera del polen, todo esto muy normal por natural, pero la cuestión es
¿hay algo de lo que no podamos quejarnos? Pareciera que no. Tenemos la
particularidad de ser suicidas. Al poder quejarnos de la vida misma ni siquiera
podemos decir que somos seres que quieren vivir.
SOMOS...
Parece
que nunca sabremos lo que somos, porque queremos ser tantas cosas que no nos
limitamos ni siquiera de las contradictorias. Tal vez el problema sea que la
pregunta es muy general y, por ello, al final, habría que responderla desde la
misma generalidad: somos inconformes.
—¿Piensas resolver el problema?—. Le
pregunta un hombre a un joven.
—Nop —responde el joven—, ¡me resbala!
—Pero es una oportunidad para demostrar
quién eres!— Insiste el hombre.
—No me interesa—. Responde el joven.
—Sé que tú lo resolverías si quisieras —insiste
el hombre—y así demostrarías tu inteligencia—. Termina de decir el hombre con acento
de último recurso.
A lo que el joven responde en tono de
fastidio.
—No me interesa demostrar nada, sé que soy
inteligente, mi mamá siempre me lo dice.
¿Criar hijos diciéndoles que son los genios
de mamá y papá? ¡Vamos!, además de las lógicas consecuencias, ¡eso es un Corín
Tellado sobre la pobre autoestima de los padres! Debería estar prohibido sólo
por el mal gusto. Creo que nadie estará en desacuerdo con que la humanidad no
necesita gente que se «crea» genio sino que lo «sea». Y la inteligencia se
desarrolla ante la necesidad, si se cree que no la necesitamos se duerme y, más
temprano que tarde, entra en coma (a la inteligencia comatosa se le llama:
idiotez).
EDUCACIÓN
VERSUS PEREZA
Por ley del menor esfuerzo, por ahorro de
energía, todos tendemos a la pereza que además, hay que reconocerlo, es cómoda.
Aclaremos que descansar cómodamente no implica perecear. Merecida es la siesta
del justo, así como el descanso del domingo (copiado de Dios, pero claro,
después de crear al mundo entero). Merecido es el descanso como recompensa. Mientras
que el perezoso es quien descansa a cuestas del esfuerzo ajeno. El que descansa
en una hamaca y tira la lata de coca cola al piso «porque alguien más la
recogerá», eso es perecear.
La pereza es una negación de la voluntad y,
por ende, del aprendizaje, porque nada se le puede enseñar a quien no tiene
voluntad de aprender, en consecuencia la «voluntad de vencer la pereza» es el
acto inicial del proceso educativo. Claro está que son muy variadas las razones
por las que se puede tener voluntad de aprender, por ejemplo, en los niños, por
miedo a la reprimenda o al castigo. Los niños aceptan aprender principalmente
por miedo, de ninguna otra manera dejarían la pelota de futbol de lado para
repetir las aburridas tablas de multiplicar. Es función de los padres
garantizar que el niño se eduque porque si no lo educan bien, alguien lo
educará mal y podrían aprender, por dar un ejemplo extremo, el parricidio. Es
lógico que de buenas a primeras un niño no acepte leyes que le limitan y por
ello existe el castigo para incrementar el respeto. Por favor, absténganse de
opinar quienes se impresionen con el término «castigo». Quienes piensen que «el
castigo es abominable» simplemente pasan por alto que todo lo que de abominable
hay en el ser humano proviene de quien no teme el castigo, llámense psicópatas,
delincuentes o políticos con inmunidad parlamentaria. No existe ley que no
castigue su incumplimiento.
Pero «aprender por miedo» es cosa de niños,
luego, con los años, se puede querer
aprender. Ya no por miedo, sino por deseo. Por entender que el mundo está
dividido en los que temen y los que meten miedo, en alumnos y maestros, en
quienes aprenden y quienes enseñan. En ese momento de concienciación, el
aprendizaje se vuelve una puerta de salida del miedo y de entrada al estatus de
maestro (que mete miedo). Quienes enseñan lo hacen para dejar claro de qué lado
están. Piénselo, es casi imposible imaginar que aprendamos algo nuevo sin
sentir el deseo de contar la novedad a otros. Cuando una mujer se entera que una de
las compañeras del Gym es engañada por el esposo ¿quién se atreve a
apostar que guardará en secreto la novedad? En todo caso, las apuestas girarán
alrededor de cuántos minutos o segundos tardará en propagar la noticia. Nadie
escapa del deseo de aprender para enseñar.
EDUCACIÓN
DE REGLAS SIMPLES PERO DELICADAS
En educación las reglas del juego son
simples. La ilustración más básica y visceral de este proceso es la academia
militar. Los soldados soportan a regañadientes las imposiciones de sus
superiores soñando con la promoción que les dará la oportunidad de hacer lo
mismo con sus inferiores.
Sin embargo, la cantidad de delincuentes
provenientes de la escuela militar deja en evidencia lo delicada que es la
fórmula de la educación, un pequeño desvío en el proceso marca una gran
diferencia en el resultado, si todo sale bien tendremos un ser civilizado, si
algo falla crearemos un resentido social. A nivel del espíritu, estas dos categorías
se diferencian en que el primero (el civilizado) va a pretender una «revancha»,
o sea, una oportunidad para demostrar lo que puede saber, hacer o ser. Mientras
que el «resentido» deseará una «venganza», o sea, degustar el morboso placer de
usar lo aprendido para dañar a los demás.
LAS
INSTRUCCIONES
Se entiende por instrucciones las partes de
un manual de uso ¿Cuáles serían las instrucciones de un manual de vida? Supongo
que «vivir y dejar vivir» debiera estar entre las primeras; pero esta simple
instrucción será pasada por alto si la ignorancia llega hasta el punto de no
saberse vivo y desconocer por completo la existencia de manuales.
Que nuestro vecino siga la simple
instrucción de cómo se cierra la llave de paso del gas de la cocina influye en
nuestras probabilidades de morir en una explosión. Las explosiones no saben de
paredes divisorias entre lo propio y lo ajeno. La educación nos protege de ellas. La
ignorancia nos pone en peligro. La principal función de los profesores es:
menguar la amenaza. Y si lo tuyo influye en mí, bien vale que me interese en lo
que haces para prevenir lo que me pase. Si no educamos a nuestro favor, alguien
lo hará en nuestra contra. Es cosa de supervivencia, la ignorancia que dejemos
libre será nuestra espada de Damocles. Lo que no eduquemos se nos volverá en
contra.
LA
EDUCACIÓN MONOTEMÁTICA
Si la ignorancia es un peligro, el
aprendizaje monotemático es un cataclismo. Una de las monomanías educativas más
comunes proviene de esos maestros que por ser timadores son timoratos y tiemblan
ante la posibilidad de que sus enseñanzas sean sopesadas con otras, estos son
los que enseñan dogmas, siendo el más peligroso de todos el que promueve una
enseñanza única «es palabra de Dios, no se admite discusión» o «todo está en
este libro, no se dejen tentar por la blasfemia». Proponer que para entender un
libro hay que evitar leer todos los demás es un dogma cuya absurdidad es tan
grande como su absurda popularidad. Y se entiende que sea popular ante la
pandemia de pereza. Una Biblia abierta en el living de la casa es una bendición para las
familias que practican la pereza de leer, bendición que (creen) les protege de
la incultura: «en nuestra casa siempre tenemos un libro abierto».
Pero sería una ligereza atribuirle la exclusividad
de la monomanía educativa a los fervores religiosos, la enseñanza
unidireccional crece como hongo en todos los pensamientos autocráticos que no
admiten discusión: el comunismo, el moralismo, el puritanismo y demás ventas de
baratijas marca «…ISMO».
DERECHO
DE AUTOR SOBRE UNO MISMO
Teniendo en cuenta que la educación es tan
delicada que un leve cambio de viento puede aberrarla formando monstruos, y a
sabiendas de lo tentador que puede ser para un maestro enseñar a su egoísta
conveniencia; la educación no debiera ser un punto de llegada, sino de partida.
La educación debiera ser el instructivo básico para que cada quien termine
siendo su propio maestro y alumno. Aprender a discernir los propios intereses
en la lectura para poder elegir los libros de la propia biblioteca. Aprender a
reconocer cuánto necesitamos de los otros para llegar a ser autodidactas en la
ayuda a los demás. Aprender el método científico para luego poder crear nuestra
propia alquimia educativa y colocarla junto a las demás columnas de
la humanidad, a saber: la empatía, la alegría, el amor, la solidaridad. Aprender los
números para dedicarnos, en las noches oscuras, a medir nuestra cercanía con
las estrellas. Aprender el nombre de las cosas para darle otros distintos a
nuestras invenciones. Aprender a ser sinceros para tener siempre presente que
no somos inmortales, única manera de respetar el tiempo del mundo. Y, sobre todo,
aprender el respeto por las leyes, para luego, comprender que la justicia no es
un edificio de concreto, sino una delicada barraca que intenta mantenerse en
pie, y que, cada quien a su manera, tiene el deber de apuntalarla con la propia
conciencia como contrafuerte. La educación debiera ser el punto de partida del
camino hacia tener vida propia, a ser una novedad, a lograr tener derecho de autor sobre uno mismo.
Sin embargo, esto que es tan fácil decirlo
se hace difícil lograrlo, y pareciera que la principal dificultad radica en los
maestros que con su comportamiento enseñan lo contrario. De menor a mayor
trascendencia están primero las tradiciones familiares que se repiten por
generaciones, por ser más fácil la repetición que la novedad. Luego están los
políticos que al alcanzar el grado de mandamás ya no saben qué hacer con su
vida salvo el hecho de mantenerse donde están, obligando a sus súbditos a
calarse la repetición de los dogmas necesarios para ellos quedarse en el poder.
Y por último pero en el lugar de mayor importancia está el maestro Dios, un
padre que pretende que sus enseñanzas se repitan todos los días sin novedad
alguna, y todo esto por razones desconocidas que no le da la gana aclarar.
LA
ENSEÑANZA DE LA IGNORANCIA
Hemos visto que la «siembra educativa» depende
del «campesino maestro», del «terreno aprendiz», de la «semilla del
conocimiento», y del «temperamento atmosférico» que determinará la «cosecha
educativa». Los delicados buenos frutos de la educación son múltiplemente
condicionados. Salvando la distancia con el misticismo, pudiéramos decir que
son milagros. Conocemos la mayoría de las leyes de la educación, pero aun así,
son tantas que es imposible tenerlas todas en cuenta, por ello el destino de la
educación parece azaroso. El azar se encuentra en las antípodas de la ley. Es
concluyente que cada elemento enseñado debe conllevar sus reglas de uso. En
fin, la educación aparece dividida en dos grandes categorías, la enseñanza de
los conocimientos y experiencias por un lado, y la enseñanza de las leyes por
otro. La primera se enseña por enseñanza aprendizaje y ensayo error; y la
segunda por premio y castigo. Y llegados a este punto parece estar claro que el
arte educativo esgrime su nivel más sublime cuando logra que ambas enseñanzas
vayan de la mano.
Por ello, hasta que no se encuentre una
educación más precisa y efectiva, corresponderá a la jurisprudencia reparar los
daños provenientes de los traspiés educativos.
Y aquí surge la advertencia más importante:
que la ley cumpla con su carácter universal, e interceda por igual en el caso
de educadores, educandos y autodidactas. Hoy
en día la ignorancia pura y llana por herencia no existe, es
enseñada. Y los gobiernos que utilizan la enseñanza de la ignorancia como
estrategia para controlar al pueblo deben ser castigados. Quien tenga ojos
(venezolanos) que vea (y se sienta aludido).
LAS MAESTRAS HISTÉRICAS
En la vida se aprende de muchas maneras y siempre se aprende algo aun sin darnos cuenta. De mi madre aprendí que la directora del colegio nos gritaba desde la altura de sus tacones altos y con su mirada inquisidora detrás de sus lentes puntiagudos, porque era «una maestra italiana muy exigente». Luego, mucho antes de leer a Freud, descubrí que la directora del colegio nos gritaba porque era una solterona histérica. Y hace poco tiempo me convencieron, aunque me costó creerlo, de que no todas las maestras de escuela gritan, ni son histéricas.
UN MONTÓN DE TIEMPO PERDIDO
Fui educado para ser lo que nunca tuve que ser. Las cosas han cambiado radicalmente desde que iba a la escuela. Mis maestros, profesores y padres murieron y no tengo noticias de que hayan recibido algún trato especial en el más allá por comportarse de la forma que ellos creyeron correcta y que, por supuesto, me enseñaron. Casi no los visito en el cementerio. De niño me prohibían ver películas de terror cuyas escenas solían representarse en lúgubres cementerios, supongo que entenderán (mis padres) que después de haber disfrutado enormemente viendo películas de terror a escondidas y temblando por las sombras que emergían de las lápidas y los mausoleos tanto como por el miedo a ser descubierto trasnochado frente a la tele por ellos (mis padres), supongo, repito, que entenderán (mis padres) que no le encuentre mucho sentido a visitar tumbas en el cementerio.
INFORME SOBRE CIEGOS
Fui criado en un mundo en el que la masturbación era el origen de los ciegos. Nunca le confesé a mis padres ni a nadie antes de hoy, el pánico que sentía cuando veía un ciego con su bastoncillo blanco en la calle. En primer lugar le tenía miedo por pensar que el hombre era tan perverso que podía ser peligroso y de última me daba pánico pensar que por algún motivo desconocido, el destino todavía no se había cobrado mi visión. Es horrible ser un criminal prófugo de la ley, siempre a la espera de ser pillado.
APRENDER A MATAR GENTE
Crecí en un mundo con muy pocas películas de TV y la mayoría eran de guerra. Me enseñaron que la guerra era romántica porque mis padres estuvieron en la guerra. He sacado cuentas que me hacen sospechar que mi padre fue un desertor, claro está que de eso jamás se habló en casa, pero tal vez sean imaginerías mías, simplemente hoy me sentiría más orgulloso de ser hijo de un desertor que de un soldado matagente, insisto, ¡cuánta educación perdida!
LA ENSEÑANZA DE LA ETERNIDAD
Me enseñaron a que las cosas mientras más tiempo duraban eran mejores como cierto tipo de ollas de cocina que mi madre nunca tuvo y que la gente decía que eran eternas, tanta educación sobre la eternidad de las cosas para luego enterarme que la existencia de la humanidad depende de la obsolescencia.
EL TABÚ DEL APRENDIZAJE
En mi educación, la homosexualidad era un mito, y yo particularmente lo creía un mito griego, con lo cual el asunto pasaba de ser una vergüenza social inocente a ser una rareza histórica. Cuando niño jamás vi nada extraño entre Batman y Robín, además ¡De los superhéroes nunca se sospecha nada! Muchos amigos se han reído de mí cuando les cuento que aun habiendo presenciado durante mi adolescencia un concierto de los Queens, hasta mis 20 años ni siquiera tuve la suspicacia de sospechar que Freddy Mercury fuera gay. En mi primera educación los gais no existían. Yo no era homofóbico porque no podía tener miedo a un mito griego. Pero, y aquí viene la incongruencia educativa, yo creía que los secretos debían reservarse para cosas realmente importantes, y nunca terminé de entender por qué se escondía así a la homosexualidad, siendo simplemente una diversidad más del mundo. Para entender este tipo de educación es preciso tener en cuenta que mis padres hablaban de los ángeles de forma concreta y real mientras que en relación a la homosexualidad eran agnósticos. La verdad es que entonces comencé a pensar mucho en los absurdos como eso de que fuera delito que dos hombres se amaran pero no era delito que muchos hombres se odiaran y se mataran en las guerras. Pero mis padres habían vivido la guerra y lo peor es que los italianos, a pesar de ser reincidentes perdedores de guerras, se sienten orgullosos de ellas, por lo que me estaba prohibido hablar de pacifismo y así terminé aceptando que las guerras eran una «romántica licencia para matar» como la de James Bond.
PROFESORES CURAS
Es rocambolesco estudiar en un colegio de curas. A las ocho de la mañana te enseñan el método científico y a las 10 tienes clases de catecismo. En la misma aula donde te explican la tabla periódica te aseguran la existencia de la consubstanciación a través de la cual se resuelve el asunto de que Dios, Cristo y el Espíritu santo son lo mismo ¡Qué claridad de pensamiento! No recuerdo que alguna vez algún profesor nos haya preguntado «¿Alguien está confundido?».
Seguramente la educación tenga sus momentos graciosos, yo me los debo haber olvidado.
EDUCACIÓN SEXUAL
Pero ahora suavicemos este discurso con algo más ligero. Lo más fácil es aprender sobre sexo, porque uno ya nace sabido, bueno, por lo menos yo. Cuando mi primera «chica de cerca» me preguntó si ya lo había hecho, yo respondí «Uff, estoy cansado de hacerlo», y bueno, al final no se quejó de nada, así que supongo que en realidad lo sabía hacer por naturaleza. En la vida también se aprende que no toda mentira es mentira. Pero más tarde que temprano, para mí, se aprende que no toda verdad es cierta.
EDUCACIÓN PARA LA PERDICIÓN
El título de este escrito es «La educación perdida», queriendo literalmente referirme a la educación que se perdió, que desapareció, que donde estuvo ya no está. El título no pretende ser una queja, como si de haber perdido algo valioso se tratara, pero tampoco es una recriminación, como sugiriendo que hubiere sido mejor no haberla tenido. Aquí no se trata de si fue una buena o mala educación, sólo se trata de su «perdición» ¿Me explico?
LA VERDADERA DIVERSIDAD
Una educación que hubiera querido que nunca se perdiera, es la educación callejera que promovía la diversidad (y esto a pesar de la gran censura de la época). Durante la infancia y bien entrado en la adolescencia cada persona, para mí, era un fenómeno. En el colegio había un cura que no usaba interiores y se acomodaba todo el asunto de lado, llegándole a diez centímetros de la rodilla, le llamaban “Padre manduco”, la cosa era obscena, pero también graciosa y hasta emblemática. Pero lo trascendente es que el cura, a sabiendas de su sobrenombre y supongo que orgulloso del mismo, nunca usaría interiores, ni trataría de disimular el asunto, al contrario, creo que todos pensábamos que lo exageraba. En el mismo colegio había una chica que en clase de deportes usaba unos jeans recortados como super-hot-pants y luego se sentaba en el pasillo en la posición del loto. Sentarme frente a ella fue mi mejor lección de puericultura, pero extrañamente, algunos la tildaban de «puta», para mí era la chica más bella del mundo. Recuerdo un señor que, supongo, habría trabajado mucho bajo el sol porque tenía miles de arrugas en las manos, el cuello y la cara; el señor se llamaba Mario como yo. Era el hombre más alto que yo jamás haya visto, para mí el hombre más alto del mundo. Un fenómeno. Yo pensaba que cuando fuera mayor quería tener tantas arrugas como él ¡Qué valores aquellos! Mujeres barbudas, hombres topo, rusos comegente, anarquistas, carniceros mancos que habían perdido la mano en la moledora de carne, el mundo estaba lleno de diversidades y cada una de ellas tenía su valor por original. Entiéndanme, con una educación así no puede sino resultarme aburrido el actual mundo donde todos tratan de semejarse y en el que los diferentes son execrados hasta obligarlos a ocultarse.
Y así continúa la lista de educaciones perdidas por desuso. Me enseñaron a socializar y ahora vivo en un mundo superpoblado donde estar solo es casi imposible. Por otro lado, un lobo estepario era símbolo de sabiduría y originalidad y ahora es considerado sospechoso de subversivo radical o un desadaptado.
Me enseñaron a ser reservado y ahora hasta Jesucristo tiene Instagram.
Y SEGUIREMOS PERDIÉNDONOS
Y una de las enseñanzas que tuve que perder a voluntad fue la de que los jóvenes debían imitar a los mayores, puesto que ahora son los mayores los que se disfrazan de jóvenes. Sí, antes se hablaba de respetar a los viejos, ahora sólo se aprecia a la juventud y todos los demás son pobres que no pueden pagarse la cirugía plástica. Supongo que en este asunto influenciaron mucho los cómics, los superhéroes de las historietas que, como todos fuimos viendo, nunca envejecieron.
Y ahora estoy aquí, escribiendo este escrito demasiado largo que muy pocos leerán porque los argumentos de más de 140 caracteres están fuera moda. Me pregunto ¿De qué me vale hoy poder recitar de memoria la Divina Comedia?
El médico brujo
trabaja con la desesperación de quien lo busca como última esperanza, y esto es
lo que en la primera lección debe quedar como enseñanza.
El cliente busca un
secreto que lo saque del aprieto, y el que nos considere misterioso satisface
su interés curioso.
Pero el miedo salta
donde menos se espera como la liebre, y sólo la confianza puede evitar el
quiebre, así que nunca estarán de más un abrazo de brujo amigazo, una palmada
aquí y otra allá, un “no se preocupe, ya le vamos a aliviar”, o “lo único que
no se remedia es la muerte, y hasta para ello tenemos una pócima bien fuerte”.
De entrada el médico
brujo debe atinar, la dolencia que el paciente quiere aliviar, y, para que sus
palabras sean creídas por el cliente, ganarse la confianza será lo más urgente.
Como la importancia
de lo adivinado suele depender del esfuerzo empeñado, el afectado debe sentir
que su alma y cuerpo hoja por hoja son estudiados, como si de un libro se
hubiera tratado. En consecuencia es
conveniente que el curandero, parezca concentrado en explorar con esmero.
Y aquí comienzan las
peculiaridades que al médico brujo le dispensan mil bondades. Hacer cosas raras
y originales, le valen la fama de curar donde fallan los demás
profesionales. La dignidad de este arte se
marca en la diferencia, asistiendo cada pormenor con vehemencia. Nuestra
medicina es la única que usa la sobreactuación como coeficiente de curación.
Del médico brujo no
se espera que revise los ojos con un foco, él encandila la pupila llenándola de
estrellas que titilan.
Examina la orina
comparándola con otras botellitas que tiene en la vitrina, donde otros se
apoyan en alguna maquinaria científica, él saca a relucir su responsabilidad
metafísica.
A las orejas con
delicadeza y a los oídos con sigilo va a revisar, asegurándose de que el
paciente oiga un mensaje que jamás pueda olvidar.
El buen médico brujo
se concentrará en el aliento, que es la voz del alma a la que está atento, cual
Ulises de la Odisea, con el canto de sirenas al viento, se regodea.
Es natural que de
tanto bregar, algo salga mal. Que lo imprevisto y lo infinito sean lo mismo, no
es casual. Por ello siempre hay que tener bajo la manga un instrumento para
salir de un mal momento, excusas cliché como “ya era demasiado tarde” suele ser
un comodín, en el peor de los momentos, cuando el paciente llega precozmente (y
sin nuestro consentimiento) a su fin.
Pero, lo que nunca
debe faltar es el número de una ambulancia, y el de un amigo en la comandancia,
a los que pagamos fianza por si la cosa se sale de control ya sea por enfermedad
o por mal humor.
La duración del
proceso de revisión será fijada por la charla del enfermo que ante el
tejemaneje del reconocimiento, no se resistirá a comentar su padecimiento, y
así el sabio brujo obtendrá de la confesión, lo que el paciente creerá
resultante de la inspección.
Es muy conveniente,
aunque no obligatorio, someter al paciente al influjo de algún extraño aparato
de laboratorio.
La elección del
aparataje dependerá de lo que encuentre en el cajón del garaje. Un voltímetro
que mida la continuidad energética entre la punta de la nariz y la oreja, o una
batería con cables y electrodos para aplicar descargas entre rodillas y codos,
procesos éstos altamente recomendables por crear en el paciente la impresión de
haber sido “tocado”, por la ciencia de un iluminado, además de romper… el tedio
por tanto examen.
Brujo que se respete
sabe aprovechar, el momento apropiado para el diagnóstico adivinar. No creo
necesario explicar, que el padecimiento escogido, mientras más sea frecuente,
más será congruente.
Si el estrés como
diagnóstico escogen, es imposible que se equivoquen, porque es lo que dicen
padecer quienes el origen de sus males desconocen. Además de exhibirse como innovadores
con ingenio, por estar elestrés de moda en este nuevo milenio.
Así que el médico
brujo escogerá de su lista de enfermedades frecuentes, la primera que le venga
a la mente, que de seguro surgió por asociación, con lo que el paciente dijo en
su lamentación.
Pero, como lo bueno
se hace esperar, para que el paciente con buena disposición la enfermedad pueda
enfrentar, bastará con mencionar que pulmones y corazón no pudieran estar en mejor
condición, antes de decirle que la próstata será su perdición, el éxito de esta
astucia está tan confirmado como la conveniencia de dar un regalo antes de
pedir prestado.
Y así, de pronto, el
curandero, dictará: «el examen concluyó que una crisis de pánico usted sufrió».
A lo que un cliente convencional responderá: «Sí, sí, es cierto, yo lo viví,
una crisis de pánico padecí».
Pero, si el paciente
llegara a ser uno de esos sujetos incrédulos y desconfiados, que pensándolo
todo tres veces se quedan callados moviendo la cabeza hacia los costados, le
aplicaremos un poco de su propia medicina, negando su negación como si fuéramos
un espejo de cuentos de hadas que vaticina. Y, de pronto, le apuntaremos con
una mirada de comunista extremista, acusándolo de absurdo pesimista, hasta que
le escuchemos decir: «Sí, sí, es cierto, yo lo viví, una crisis de pánico
padecí». Los pacientes modernos no toleran de pesimismo ser acusados, en un
mundo donde el optimismo está de moda combinado con bluyines apretados.
Siempre habrá
pacientes tercos y con ganas de joder, pero la esencia de la medicina bruja es
no dar el brazo a torcer, si la montaña no va a Mahoma, el Brujo va a la
montaña, así que, con los pacientes que llevan Ray-Ban oscuros, para impedir
que los iluminemos con nuestros conjuros, el curandero que no se da por vencido
volteará hacia las vitrinas de medicinas muy decidido y, sin su rabia dejar
ver, al terco le hará saber, que una cosa es importante hasta que haya otra más
relevante «y lo que importa son sus amebas, amebas invisibles, del tipo que ni
aparecen, en los exámenes de heces. Supongo que muchos gases habrá notado,
porque si no los dejara salir, habría reventado».
Con esta vuelta de
tuerca el paciente no tendrá más remedio que la adivinación aceptar, porque ha
sido diagnosticado con una enfermedad que ni Superman con su vista de rayos X
podría refutar.
Después de tal
clarividencia, el médico brujo será ungido por los óleos de la sapiencia, y el
enfermo sentirá recompensada su paciencia.
Aquí vale remarcar
que de esta adivinación hay tantas variantes como practicantes.
Lo anterior vale para
los brujos homeópatas, que dominan el mundo de las heces y las amebas
psicópatas. Pero el brujo caribeño puede usar tabacos, huesos y conchas para
diagnosticar espectros y ronchas, y el que impone manos hacer lo pertinente,
con previo y post lavado con detergente, o el curandero de cristalería usar
cuarzos para encontrar chacras que han perdido la alegría, el gitano leerá los
males de la mano en sus canales, una bola de cristal pueden usar los médicos
clarividentes para diagnosticar ánimas penitentes, en fin, cada brujo con su
tema, es, de esta escuela el lema.
SEGUNDA LECCIÓN: UN TRATAMIENTO TAN MISTERIOSO COMO
COSTOSO.
Es esencial para el
curandero que dinero quiera ganar, que con el pago por la consulta no se pueda
conformar, por ende, después del diagnóstico algo adicional deberá cobrar, y, para
ello, un tratamiento allí mismo tendrá que administrar.
Por lo menos 21
inyecciones subcutáneas de una medicina secreta, aplicará en la panza, las
nalgas o en cualquier lugar que competa.
Si el paciente
insiste en saber sobre el remedio, el curandero como revelando un misterio, su
extraño origen develará, «elixir de raíces profundas de pino blanco de Grecia»
dirá, al paciente que, ya nada más preguntará.
Es trascendental
subrayar que la gente confía y llama “natural” a lo corriente, y hasta un beduino
sabe lo que es un pino. Los pinos suelen caer simpáticos, y si son blancos de
la pureza son emblemáticos, algo que venga de sus raíces no puede ser malo, el
pino es tan fuerte, erguido, frondoso, resistente y símbolo de la navidad, los
pinos se hacen querer de verdad.
Para que el
tratamiento justifique su onerosidad, la obtención del elixir debe implicar un
alta dificultad, que a su vez será la causa por la que algo tan beneficioso y costoso
no es comercializado por algún laboratorio monstruoso.
Hay que dejarle saber
al paciente, que los farmaceutas sueñan con una medicina tan potente, pero por
más que andando por Grecia al pino se encontraran de frente, no les pasaría por
la mente, sus profundas raíces cavar, para de ellas un elixir sacar.
Debe quedarle claro
al cliente, que sólo un médico brujo valiente, que de Indiana Jones haya
heredado el influjo vehemente, tiene el coraje suficiente de enfrentar tan
recóndita aventura, para dar a sus pacientes ventura.
Y en cuanto al
contenido real de las ampollas, el médico pudiera inyectar extracto de
alcachofas y cebollas, pero con solución fisiológica y un colorante bastará
para que el éxito sea impresionante, resultado éste del que la Coca Cola, es
garante.
Claro está que los
tratamientos variarán según cada tendencia y dolencia. Una foto del amante del
consorte enterrarán a medianoche en el cementerio, los pacientes enfermos por
adulterio, mientras que a los pacientes del hechicero cognitivo, lidiar con
tarántulas para perder el miedo usarán como recurso curativo, y para el brujo
que lee el tabaco en el callejón, no habrá mejor recurso que beberse con él
unas botellas de ron.
Pero volviendo a
nuestra segunda lección....
Terminémosla con otra
recomendación
todo médico brujo ha
de saber
que la humildad no es
ser pobre, sino ser rico sin dejarlo ver.
Así que para rematar,
unas vitaminas al doble de precio, le vamos a recetar,
y, con gusto a
cobrar, bajo la firme promesa de que en tres días nos vuelva a visitar.
TERCERA LECCIÓN: RITUAL CURATIVO.
Amén de la terapia
aplicada, la consulta siguiente debe ofrecer al paciente, un ritual inflexible
que afecte la sensibilidad de su mente. Es necesario que el enfermo sienta una
diferencia, que por causa-efecto considerará una mejoría causada por nuestra
diligencia.
En este punto el
médico brujo se sentará detrás del escritorio, y haciendo gala de su docto repertorio,
escribirá una lista de lo que el paciente deberá cambiar, para su tratamiento a
buen término llevar.
No comerá harinas ni
levaduras, eliminará hierbas flatulentas y en su lugar comerá menta, la carne
roja estará vedada junto con la sal, el almíbar y toda cosa azucarada. De
aceite y grasa nada probará y todos los días quince zanahorias comerá. Nada de
ocio ni vicio pero mucho ejercicio, papilla de berenjena para la cena, y de vez
en cuando como premio, una escudilla de pollo a la parrilla, pero hervido
previamente en agua de vertiente con un poco de detergente. La lista de lo
permitido debe incluir, todo lo que nadie quiere o puede engullir.
La dieta es un ritual
certero, que garantiza la satisfacción del paciente y el éxito del curandero.
No creo necesario
profundizar en las variantes según la tendencia de cada estudiante, dietas,
brebajes o ayuno, ejercicios o sacrificios da lo mismo, mientras altere algo en la rutina del organismo.
De cumplir estos tres
pasos, olvidarse pueden de los fracasos.
Y tras citar al
paciente para la quincena siguiente, lo pueden despedir sin olvidarse antes su
remuneración pedir.
Y en la consulta
siguiente…, si el cliente se ejercitó como un atleta, cumpliendo la estricta
dieta, se verá mucho más delgado y se sentirá transformado, más ágil y bien
humorado, o por lo menos sentirá que algo en él ha cambiado. Entonces el médico
brujo podrá jactarse sin miramientos, de las bondades de sus especiales
tratamientos.
Pero…, si por el
contrario el paciente se quejara de no presentar mejoría alguna, el médico le
mirará a los ojos con cara de mala luna, y le acusará de negligente, por no
haber seguido a cabalidad el ritual conveniente.
Al enfermo no le
quedará más que reconocer que es culpable de su padecer.
El ritual no puede
fallar, con tantas prohibiciones, son inevitables las infracciones.
Pero volviendo a
nuestro final feliz…
Podemos dar por
descontado, que en cualquier caso nuestro éxito está garantizado. Y ahora con alegría anunciamos a nuestra
feligresía, que nuestro postgrado ha terminado, deseándoles éxitos y
felicidades a los nuevos profesionales.
Sin embargo, antes de
despedirme, a modo de inspiración para la nueva legión, quisiera remarcarles
que la medicina bruja siempre ha llenado, los bolsillos de todo el que la ha
practicado, porque en cualquiera de sus vertientes, hipnóticas o espirituales,
psiconeurolinguísticas o de regresiones ancestrales, en medicinas naturistas o
de cristalerías, de imposición de manos o lectura de sus líneas, religiosas o de
mago de tarantín de esquina, coaching de vida o lectura de tabacos, adivinación
con barajas o imploraciones esotéricas, la conveniencia de esta disciplina es siempre
la misma: que el curandero brujo continuamente sale ganando, porque no se basa
en la ciencia que todo lo quiere experimentar o en la erudición que siempre
busca una nueva y más compleja explicación. La medicina bruja va más allá del
saber humano, saciando las pasiones primordiales del hombre desesperado, a
saber: su deseo de engañar y la necesidad de ser engañado. Recuerden siempre
este aprendizaje rotundo: «La desesperación ha sido y será, el negocio más
grande del mundo».
Este
obituario era una cuenta por cobrar, o, tal vez, por pagar, no sé. Lo cierto es
que siete meses más tarde saldo la cuenta que tal vez se había traspapelado a
propósito para comprobar que Bowie se mantiene y lo escrito sentido tiene. A
nadie debe gustar escribir obituarios, pero éste es de un amargo particular…, vivificante.
Siete meses después y para siempre, Bowie…
MUERTE
Y RESURRECCIÓN DE BOWIE - LÁZARO
Me enteré de la muerte de David Bowie
unas 10 horas después de que sucediera. Me afectó. La muerte siempre
afecta. Nuestro mundo no es un planeta, nuestro mundo es aquello que hemos
conocido, nuestro imaginario personal. Y la muerte es un enemigo al acecho dispuesto
a ganar terreno expropiándonos un trozo de él. El valor de cada pieza del mundo
personal es tan inestable que es imposible predecir la valía específica que
tenga en un momento dado, o sea, hay un principio de incertidumbre de Heisenberg
sobre nuestra autoestima.
La muerte ya se apoderó de varias
parcelas de mi mundo personal y cada expropiación me ha afectado, no me sorprende
que unas duelan más que otras, pero sí que el dolor no sea proporcional a lo
que había esperado. Han pasado casi tres años desde la muerte de Lou Reed, y
todavía no me la creo. Alguien que dedicó su vida a la poesía extrema, a
encarnar los límites, parecía de otra dimensión, uno de esos entes de los que
se puede pensar que están más allá de la vulgar muerte, pertenecientes a la
inmortalidad de los minerales. Creo que de eso se trata el imaginario personal,
la posibilidad de creer que haya algo que pueda ser inmortal.
Al enterarme de la muerte de Bowie sentí que
se desprendía un trozo de papel de mi cartografía personal. Un obituario penoso
en la bitácora del único viaje. Los iconos funcionan como señales en el mapa
que alivian la ruta del navegante. Señales, puntos cardinales, sextantes,
herramientas para marear. Y ahora el mapa tenía otra dirección perdida.
Pero, en esta oportunidad, unas horas más
tarde, el agujero volvería a llenarse. Como un Lázaro que vuelve de la muerte,
cuando en YouTube vi los vídeos que Bowie preparó como epitafio durante los
últimos días de lucha contra la enfermedad. Con sus últimas interpretaciones
parece haber querido enmendar la desorientación que pudiera haber causado su
muerte a todos aquellos que le habían dado un lugar en su mapa personal. A su
manera le dio la última vuelta de tuerca a su compromiso con la inmortalidad.
Valiente, digno, un verdadero icono con el que se puede contar aún más allá del
final. Quiero pensar que hasta para quienes no le conocieron, al ver sus dos últimos
vídeos (Lazarus y Blackstar), y conocer el contexto en que los realizó,
comprenderán lo que es un verdadero compromiso con el legado. Una vida completa
de principio a fin y aún más allá.
(Corto animado en homenaje a George Herriman a más de cien años de la creación de Krazy Katz)
LA GATA LOCA
La gata loca, ama
a muerte con el amor de una hembra dispuesta a dar todo por el todo, a pesar de
todos los ladrillos, que su Ignacio amado le lanza por la testa.
Ya nadie se
pregunta por qué la gata loca sigue enamorada del ratón que la desnuca, en el
imaginario colectivo es sabido que no ama a pesar de los golpes sino porque no
le duele la nuca. La gata loca no es masoquista ni alfarera, no le gustan los golpes
ni los ladrillos, simplemente está ciega e Ignacio es su perro lazarillo. Amor de albañilería, cosas de ratería.
Sin embargo, a
riesgo de caer pesado, me propuse reabrir el expediente del caso que para todos
esta cerrado ¿Cuál es el secreto del amor a pedradas? ¿Por qué de Ignacio la
gata sigue enamorada a pesar de ser maltratada?
Al misterio
conviene entrarle por su aspecto más extraordinario, Ignacio es un ratón,
animal hacia el que los gatos sienten especial animadversión, y cuya única
atracción debiera ser la que siente un comensal hacia un platillo a la
provenzal, por lo que, no pudiéramos empezar sin habernos antes preguntado, ¿Cómo
puede alguien, de su almuerzo estar enamorado?
Este fenómeno parece indicar que la gata ha dejado de ser
minina, que ha perdido su esencia felina, que se ha traspapelado a sí misma para
transformarse en otra cosa, ignoramos en quién y muy probablemente lo ignore
ella también.
LA AUTOMUTILACIÓN
Solamente habiéndose
mutilado de todo valor personal, se puede idealizar a alguien o algo hasta lo
irracional. La idealización es consecuencia de un bajón de la propia estimación.
Al sentir que no se vale nada, la premura por salvar la autoestima desesperada,
obliga a buscar pronto algo importante que le cambie el semblante… y a lo
primero que se cruce por el camino, como si fuera un tesoro tasará su peso en oro.
El amor a primera vista no tiene ciencia,
siempre es consecuencia de una carencia. Y a la gata loca se le cruzó en la
vía, un ratón de alfarería.
Por cabeza dura la
minina se mutiló de su estirpe felina, olvidando su instinto cazador al
enamorarse de un roedor, y es este descalabro del amor propio, lo que le hace
confundir el hambre con el amor, un retorcijón de estómago con la excitación,
una jaqueca post ladrillazo con el fervor y la pasión, a Don Gato con un ratón.
No menos extraña es
la actitud del ratón que aun despreciando a la gata sin dignidad, no puede evitar
la tentación de someterla a su voluntad, y de avivarle la esperanza nunca ha
dejado, para obtener un valor agregado: una esclava. La gata loca dispuesta
está a acatar del ratón todas las órdenes que le da, mientras él la usa como
herramienta para alcanzar otros bienes en la cotidianidad. La gata loca de atar
presta está a sus medias bordar, su ropa lavar, el mascarpone agitar y la
raclette armar además de poner la mesa en su santo lugar, para que luego,
cuando ya no le venga bien, el ratón le lance un adobe de arcilla a la sien, al
mejor estilo amo -esclavo, del siglo cien.
Y en su actitud
de abnegada devota, la gata seguirá vaciándose como una alcancía rota. Al
tiempo que, en proporción, ve cómo se aquilata el ratón, que como un banco
suizo se levanta ante sus ojos hipnotizados, lavando dinero sucio por ella refregado.
Y así la gata, moneda a moneda pierde sus capitales hasta quedar engatusada con
su amado banquero roedor que, teniéndola hipotecada, sube de cargo en la Bolsa
de Valor, ascendiendo a gerente de aquel amor.
Al final la
historia rutina se volverá, el ratón a la gata cada vez más esclavizará, mientras
ella le estará agradecida por verlo como un ratón altruista que le presta
atención a una gata desprovista. Él seguirá tirándole adobes a la sien, y ella seguirá
amándolo a fuerza de acetaminofén , y así continuará hasta que la muerte los
separe o, hasta que a él le dé la gana, o, en esta coyuntura, hasta que ella
deje de ser… de sí misma una caricatura… Pero…No se entusiasmen demasiado mininas.
También es cierto
que sólo un ratón con la autoestima por el piso mantendría una relación con una
especie odiada. Ignacio no parece haber cultivado nada que le haga la vida holgada, anda por ahí como un roedor anodino que termina más veces en la cárcel de las que mereciera cualquier político vecino. Ignacio denota una autoestima de pacotilla y a toda gata que se respete no debe dolerle como astilla que lo que a la gata no hacer se aconseja, vale para el ratón como moraleja.
Otra sería la historia si ambos personajes, antes de buscar pareja, a cultivar valores propios se hubiesen dedicado sin ambages. Así, de seguro, en una relación de intercambio de valores probados, del consorte apropiado, se habrían enamorado…
El argumentum ad lazarum es una falacia que propone que la pobreza dota de méritos extraordinarios a los pobres. También es usado para hacer creer que el pobre lo es por falta de malas intenciones. El cristianismo está lleno de estos argumentos.
Para no pecar de rebuscado, utilizaré como ejemplos de argumentum ad lazarum los que pone la Wikipedia:
«—Los monjes han hecho votos de pobreza. Seguramente gracias a ello han obtenido una iluminación especial que los hace más sabios.
—En una discusión entre empresarios y obreros hay que dar la razón a los obreros porque son más pobres.
—Este político se ha bajado el sueldo, por tanto seguro que lo que dice es correcto».
Tomando un atajo, pudiéramos decir que todo «argumentum ad lazarum» se traduce más o menos de la misma manera: «si es pobre, es bueno».
Supongo que esta falacia se sostiene en el imaginario colectivo debido a que se piensa que alguien, por ser pobre, no es una amenaza. Y esto pareciera ser realmente así para aquellos que ostentan el poder, debido a que las herramientas necesarias para amenazar al «PODER» están muy a trasmano para los pobres. Y pareciera ser ésa la principal causa por la que el poder los utiliza (a los pobres) como escapulario ajeno para ganar indulgencia. Al poder por el poder mismo no le interesa otra cosa que cuidar su empoderamiento, y ante esta prerrogativa le resultaría riesgoso asociarse con quien tenga las cualidades necesarias para ser tentado a quitarle el poder. Por ello el poder utiliza a los pobres como justificación, como razón de ser y como soldados que, por su condición, aceptan mantenerse firmes en la intemperie a extramuros del castillo, para defender el trono del poder que ellos no ambicionan por saberse limitados en su condición de pobres. Para el poderoso el pobre es definitivamente conveniente.
En países comunistoides como Venezuela, los poderosos son grandes consumidores de pobres, y utilizan eufemismos altisonantes para contentar a la pobreza, uno de los más rimbombantes es el de nombrar a los pobres como «el soberano», aunque este calificativo es utilizado sólo en discursos de especial esplendor o cuando quienes ostentan el poder amanecen con una excepcional euforia digna de un estreñido que tiene éxito después de una semana de fracasos, para el resto de los días tienen un diccionario entero de eufemismos para el ensalzamiento cotidiano de la pobreza, y entre ellos el más frecuentemente utilizado, casi como la ropa de andar por casa, es el de llamar a los pobres «el pueblo» con un acento retórico que deja entender que sólo es «pueblo» quien ostenta la categoría de «pobre». Y aquí entramos a una de las paradojas del poder: el pobre es admirado por ser pobre, pero a su vez se le manipula ofreciéndole una esperanza de cambiar su condición de pobre, y esta esperanza está basada en la eliminación de los que no son pobres, los cuales por antinomia son denominados «ricos» y satanizados como los culpables de la pobreza. En estas últimas palabras ya vemos otra paradoja: la pobreza es admirable pero son detestables las causas de la misma. Sin embargo estas paradojas sólo deben preocupar al pobre mismo, que al imaginarse un futuro donde ya no sea pobre perdería la admiración de los poderosos y pasaría a formar filas de los detestables «ricos» que a su vez generarían los pobres que pasarían a ocupar el lugar perdido de admiración de los primeros. Sospecho que es muy poco probable que algún pobre no quiera cambiar su condición para seguir ostentando la admiración de los poderosos, pero en asuntos de probabilidades todo es posible. Lo que sí parece claro es que estas paradojas no perturban al poder, a quien le basta con no cumplir con las esperanzas prometidas para que los pobres sigan gozando de su privilegio de ser «pueblo soberano».
Pero resulta aún más interesante que la ilusión de que los pobres no sean peligrosos (ilusión que se desdibuja fácilmente al ver que los barrios de pobreza son los focos de mayor peligrosidad, violencia y delincuencia en la sociedad), contagia en el error al resto de la población, aquellos que sin ser financieramente pobres no ostentan mayor poder y son víctimas de la delincuencia antes mencionada. Supongo que en gran parte este fenómeno provenga de lo conveniente que resulta a todos tener una excusa multiuso a la mano, y para ello no viene nada mal un argumentum ad lazarum guardado bajo la manga para usar como último recurso al ser pillados infraganti y desprevenidos: «Entiéndanme ¡soy pobre!».
El argumentum ad lazarum parece estar arraigado en la cultura venezolana que es gran consumidora del pensamiento mágico y por lo tanto de brujerías, espiritismos, leedores de tabacos, médiums, y una larga serie de privilegiados comunicadores sociales con el más allá, que, sustentan gran parte de su credibilidad en la pobreza en la que viven y ejercen su profesión mesiánica. Brujo que se respete atiende a sus clientes en un rancho de latas con piso de tierra, orinal «detrás de la mata», letrina de campo y aguas servidas que encharcan los alrededores evaporándose en un particular hedor sulfuroso que le pone la guinda al ambiente de pobreza que le otorga credibilidad mágica a las buenas intenciones del curandero espiritual. Según mis cálculos, el 80 por ciento de los venezolanos ha acudido en algún momento a las artes mágicas de estos pordioseros mendicantes de ayudas sobrenaturales. En el imaginario colectivo del venezolano, un brujo rico no es confiable. Los políticos venezolanos son grandes consumidores de brujería, por ello, lo primero que hacen al ascender al poder es rebajarse el sueldo. Y como la brujería está emparentada con la religión (aunque mantengan peleas de familia), es lógico que los poderes mágicos sean más poderosos y más mágicos cuanto más pobre sea el brujo porque en algún escrito, de esos que apetecen leer sus primo hermanos, los curas, reza que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Debo confesar que este asunto me ha hecho imaginar al reino de los cielos como un gran barrio de extrema pobreza, porque de lo contrario, sería una paradoja de tal magnitud que no habría falacia que pudiera sustentarla. Y supongo, que en el fondo, el argumentum ad lazarum debe gran parte de su popularidad a esta visión de la vida después de la muerte. No tendría sentido vivir la vida tratando de enriquecerse si ésta no es más que un entrenamiento para la vida del más allá en los miserables ranchos ya descritos.
Y a pesar de correr el riesgo de que me juzguen de ingenuo, quiero suponer que las noticias que leemos en estos días en el Vatileaks, han sido mal interpretadas por mentes enfermizas que suponen que ciertos monseñores del Vaticano se hicieron del dinero destinado a los pobres comprando edificios de lujo y armando burdeles de cinco estrellas para beneficio personal. Siendo (para mí), bien otra la realidad, en la que, por abnegación espiritual, cardenales y obispos se deshicieron del dinero de la caridad para que los pobres no perdieran su potestad y pudieran seguir su camino hacia el cielo de ranchos de latas y sulfurosas aguas servidas; e hicieron todo esto donando el dinero a instituciones inocuas para las almas castas, porque burdeles para ricos sólo pueden extraviar más por el mal camino a quienes ya están perdidos, y por esto me asombra que la crítica principal se dirija a la suntuosidad, al lujo y alto precio de las propiedades compradas por los monseñores ¿es que acaso no está a la vista lo diferente que habría sido si ese dinero hubiera sido invertido en burdeles de poca monta y bajo costo frente a los cuales pudieran caer en tentación los pobres perdiendo así el cielo de orinales detrás de la mata y letrinas de tierra?
El argumentum ad lazarum le debe su nombre a la parábola del Nuevo Testamento llamada «El rico y Lázaro». El Vaticano sabe lo que hace.
¡Ops! Creo que con este post caí en el argumentum ad lazarum. Sorry.
El amor opera siempre de la misma manera, tanto al amar a un perro, a la patria, a un ideal o a una pareja, y en cada caso puede cometer los mismos errores y aciertos.
Nos pasamos la vida caminando, pero ¿sabemos adónde vamos? O
en todo caso, ¿nos esperan en alguna
parte?
PSICOLOGÍA DE PET
SEMATARY
Existe cierto tipo de personas que andan por la vida con
semblante de santurrón sabelotodo aconsejando a quienes no les han pedido consejo.
Estos sujetos son unas chinches y sus recomendaciones sólo generan difidencia.
Una de las más frecuentes de estas recomendaciones es la de «dejar
salir al niño que llevas adentro» ¿Dije difidencia? No. ¡Terror es lo que siento!
Cada vez que pienso en un adulto comportándose como un niño no puedo evitar
asociarlo con el crío asesino del «Cementerio de mascotas» de Stephen King, o
con Chucky. Por más que trate, no puedo imaginarme de otra manera el resultado
de mezclar el poder de un hombre o mujer adulta con la incontinencia instintiva
infantil. Aconsejar a una persona adulta que se comporte como niño, sienta como
un niño o piense como un niño, es como pedirle a una mariposa que se comporte
como gusano con paracaídas. A todas luces una recomendación tan insensata como
peligrosa. Para estrujar lo absurdo del asunto, imaginemos el familiar de un
enfermo a punto de ser operado diciéndole al médico que entra al quirófano «por
favor doctor, mi familiar está en sus manos, no se olvide de dejar salir al
niño que tiene adentro cuando esté operando». Señores, la vida no es cosa de
chiquilines, ni de andar disfrazado de Superman. Un poco de respeto, por favor.
La vida es cosa seria y es por ello que hay que poner la cabeza en
funcionamiento antes que la lengua en movimiento.
Asumo la responsabilidad de gritar a los cuatro vientos que es
de estúpidos aconsejar dejar salir al niño que lleva adentro a alguien que
durante años recibió educación para dejar de ser mocoso y poder llegar a vivir
en sociedad con la solidaridad y empatía que sólo se logra luego de aniquilar
el egoísmo propio del niño. Ridículo es aconsejarle volver al rol de niño a
quien se esforzó para desarrollar la constancia y disciplina necesarias para la
productividad y el desarrollo de destrezas que necesita la sociedad.
Absolutamente incongruente es pensar en regresar a ese lugar de inocencia proporcional
al desconocimiento de la cruda realidad del ser humano ¿Imaginan un profesional
universitario repitiendo la escuela primaria? Y la incongruencia llega al
máximo nivel cuando estos consejos son dados por personas que a su vez
idolatran a un hombre crucificado, sangrante y torturado en una cruz. Sería
imposible para mí no suponer que estos consejeros de infancia idílica nunca han
estado en un hospital del tercer mundo, nunca han tratado a un familiar
convaleciente de cáncer, nunca han temido que otro ser humano le apuñale para
robarle a la vuelta de la esquina, y es que no me queda otra que suponer que
estas personas no conocen a la humanidad. Pero el peligro llega a su punto
máximo cuando alguien que por alguna razón pertenece al mundo de la psicología
hace tal recomendación ¿Un psicólogo que recomienda sacar el niño que llevamos
dentro? Al pensar en esto no puedo evitar imaginar a Freud investido de
Torquemada.
Acantilados: buen lugar para reflexionar entre lo importante y lo nimio.
PERORATAS
PSICOLÓGICAS
En mis andares por los antros de la psicología (léase antros como: psicoanálisis, conductismo, psicología cognoscitiva y todos sus
familiares y monstruos más o menos cercanos), he escuchado tantas sentencias
inverosímiles que me han llevado a pensar que los psicólogos están
incapacitados para vivir. Sí, soy un convencido de que la musa que lleva de la
mano a alguien a estudiar psicología se llama «incapacidad para vivir». Y
también estoy convencido de que esta musa es la única que es común a todos, por
ello todos los seres humanos piensan que pueden ser psicólogos.
Consejos como «deja salir al niño que llevas adentro» (como
si la niñez fuera una solución y no una etapa a superar de la vida), «la
felicidad es una decisión» (me gustaría ver cómo tratan de convencer de esto a
un esclavo o un preso, «debes revisarte esa conducta» (frase preferida por las
psicólogas que ven a la vida como una gaveta de ropa interior y la felicidad
como la misma gaveta ordenada, «vive el momento» (como si los momentos de
angustia transcurrieran en quién sabe qué tiempo, o como si los momentos de
angustia no fueran momentos, sino bagatelas intemporales, y la peor de todas,
«la vida es bella» (frase preferida entre quienes no entendieron nada de la
película de Roberto Benigni); todas estas sentencias tan prepotentes como insustanciales,
me incitan a crear un término que defina la patología más frecuente entre los
psicólogos, todavía no tengo el término, pero sé lo que debiera significar:
«persona capaz de inventar cualquier excusa, complicada o frívola, para no
darse cuenta de lo evidente». Y lo evidente es que lo único que busca el ser
humano es ser feliz, y que ser feliz significa "tener ganas de vivir"
y punto. ¡Señores! ¡Sólo se trata de tener ganas de vivir! ¡Cuando se pueda! Porque
hay situaciones en las que no se puede tener ganas de vivir, y
es allí donde la psicología (me refiero a la que tiene cierta seriedad), está
obligada a darnos una mano, no para apretárnosla y mentir asegurando que el
vaso no está medio vacío sino medio lleno, sino para halarnos fuera de la arena
movediza.
Pobres los psicólogos ciegos que imaginan a la neurosis como
un problema de visión, una especie de incapacidad de ver ciertas cosas. Pobres
los psicólogos que creen ser ojos auxiliares para sus pacientes como si fueran
perros lazarillos, pobres son y más pobres serán cada vez que traten a un paciente
como si fuera ciego de ver lo que ellos, como terapeutas con «super-visión de
20 megapíxeles» sí pueden ver, pobres, pobres y más pobres, porque no se dan
cuenta que el paciente está viendo cosas que ellos no ven ¡qué tristeza debe
sentir un paciente que paga una consulta para que alguien le diga que es ciego!,
cuando el paciente en realidad se siente mal por ver demasiado. ¡Si la vida
fuera bella en sí misma, no tendríamos que afanarnos tanto y nadie enloquecería!
Supongo que por creer en esas frases existen tantas personas
a quienes escucho alardear de su felicidad al tiempo que observo la -diáfana- tristeza de
su vida. Si bien, no descarto la posibilidad de que mis oídos y mis ojos sufran
una discordancia patológica, creo que van a tener que esmerarse mucho para
demostrarme que estoy equivocado en mi apreciación de que su discurso optimista
contrasta con su realidad deprimente. Me pregunto si las frases gansas e
incongruentes son las causantes de esta farsa o si la farsa misma es la que
crea las frases para justificarse. Me lo pregunto, al tiempo que reconozco no esforzarme demasiado en buscar respuesta, total, el resultado es el mismo: negligencia triste. Porque el
optimismo es una excusa para no hacer nada. ¿O es que alguien puede sostener
que la embriaguez de mentiras justificantes de la pereza es sinónimo de
tener ganas de vivir? Yo particularmente pienso que la antesala a la muerte
debe ser muy, pero muy, perezosa.
CABO DA ROCA (La punta más occidental de Europa)
LA NOSTALGIA PARA
SIEMPRE JOVEN
Y reflexiono sobre esto desde otro lugar común. Desde uno de
esos paisajes inmensos en los que las personas no pueden evitar sentirse insignificantes
granos de arena en el desierto. Reflexiono todo esto desde los acantilados de
Cabo Da Roca en Portugal.
Los acantilados reproducen una conmovedora sensación por su
sentido de fractura, por su semblanza de arruga del planeta, por su gigante
paciencia de piedra. De alguna manera los acantilados se parecen al «por siempre joven» al que quería referirme en este escrito y que al final no pude hacerlo. Un lugar de inevitable nostalgia. Y
aquí la nostalgia merece una nota aparte: la nostalgia es aquella sensación de
pérdida y esperanza de reencuentro que no haya acomodo ni en la tristeza ni en
la alegría, es una expectativa que a falta de palabras para explicarla se me
ocurre que es una sensación «por siempre joven».