viernes, 6 de junio de 2014

CONSULTA PORTÁTIL DE PSICOLOGÍA EN LISBOA (2). SOBRE EL DESASOSIEGO

En la voz del autor...

PARA SOPORTAR LA VIDA
Fattorello Mario en Portugal, sobre el desasosiegoPor años pensé que para hacer la vida soportable, tendría que serle fiel a mis deseos y a mis principios a la vez. Eso significaba que si deseaba cruzar la calle, lo hacía, y cruzaba cuantas calles quería, pero siempre utilizando el debido paso de peatones. Luego le agregué a mi lema la fidelidad a mis conocimientos, a partir de allí podía desear cruzar la calle, usando el debido paso peatonal y en conocimiento del andar apropiado. Hoy en día estoy convencido de que la vida sería insoportable si no le fuera fiel a una cuarta categoría: mis manías. Y ahora cruzo la calle cuando quiero, por donde debo, caminando como puedo y obsesionado en lo que me dé la gana.

EN LISBOA, A MERCED DE LA MANÍA
Una manía que jamás me abandona y me acompaña como sombra, es la necesidad de buscar conceptos contundentes, sentencias categóricas, frases absolutas, adjetivos universales. En esta extravagancia mía, al igual que en la rebusca de trufas, los encuentros son escasos, pero cada hallazgo compensa el esfuerzo. Así llegué a encontrar algunas rarezas como, el título adecuado para todos los libros: «La insoportable levedad del ser» ¿Puede existir alguna obra que no acepte intitularse así? Otra rareza, ésta hallada en el campo de los sustantivos, es el formidable «Quijote», sustantivo absoluto de la exaltación pasional. Al definir a alguien como «un Quijote», no hay más nada que agregar.
Mario Fattorello frente a Pessoa
Mi cuaderno de notas maniáticas tiene muchas más páginas de las que podría llenar, esta manía no tiene pretensiones de extenso catálogo, es cosa de pocas líneas, sólo unas pocas y nada más. Hoy estoy a punto de escribir en él una nueva palabra: «desasosiego». Pero antes de hacerlo debo reflexionar si merece el espacio que ocupará en la hoja. Trataré de ir ordenando las ideas en un folio suelto, mientras estoy sentado a orillas del río Tajo, en la Lisboa de Pessoa, cuyo «Libro del desasosiego» le haría dueño del término, si las palabras pudiesen tener dueño.

DESASOSIEGO TEMPOROESPACIAL
Mario Fattorello en el rio Tajo
Sería inapropiado argumentar sobre el desasosiego sin mencionar, de entrada, su efecto en el espacio y el tiempo «no estar donde se está y no ser cuando se es», eso es el desasosiego.
El desasosiego puede ser adjetivo, verbo o sustantivo; pero en todas sus expresiones se refiere a peces fuera del agua, a estar fuera de lugar, fuera del tiempo, desubicado. El desasosiego es sentir que el cuerpo no nos abarca, como si fuera una boca tratando de engullir una manzana entera, y el tiempo está perdido en un reloj dañado que siempre marca la misma hora, la hora del olvido.
De ponerlo en una balanza, el contrapeso del desasosiego debiera estar hecho de algo seguro, fuerte como el hierro, con los pies sobre la tierra, imponente. Lo contrario a un desasosegado es alguien consolidado; y cuando pensamos en consolidación aparecen imágenes de fortaleza, autonomía, decisión, imágenes todas de semblante altivo como el de un dictador (mientras no sea derrocado), como el de nuestro padre (antes de envejecer y enfermar), como el del magnate (mientras se salve de la bancarrota), como el del galán de cine (siempre y cuando no esté recluido en una clínica de rehabilitación), en fin, asociamos a la contraparte del desasosiego con semblantes momentáneos, de corta vida, instantes, como si el desasosiego ocupara todo el tiempo entre un pestañar y otro.

LA IDENTIDAD DESASOSEGADA
El desasosiego es vacilante porque se alberga en la identidad, y la identidad en sí misma es una incertidumbre que transita disyuntivas shakesperianas sobre el creer y el saber. La identidad se entretiene con elucubraciones como «el que cree no sabe, cree» o «el que sabe no cree, sabe» y cuando se envalentona se siente un Hamlet y empieza a armar dilemas como «¿Creo lo que soy o soy lo que creo?»; o «¿sé lo que soy o soy lo que sé?». ¿Les resulta confuso? Pues esto sólo confirma que su identidad, como la de todos, es ambigua. Pero también irrequieta porque de inmediato nos pican las ganas de seguir haciéndonos preguntas «¿Puede el saber ser una creencia?» o «¿necesito creer en lo que sé para saberlo?» Como pueden ver, en este asunto de la identidad y el desasosiego aplica aquello de si fue primero el huevo o la gallina.

EL DESASOSIEGO Y LA REALIDAD
El desasosiego se desarrolla en la realidad. Cuando alguien se siente fuera de lugar en una reunión de amigos ¿quién es el desubicado? Si le preguntamos al que se siente como pez fuera del agua es probable que acuse a sus amigos de no vivir en la realidad; y, preguntando a los compañeros, podríamos apostar a que le culparían a él de estar fuera de contexto. Particularmente no me atrevo a ser juez en esta causa. ¿Cuáles serían los veredictos posibles? ¿Alguien se atreve a asegurar que quien siente desasosiego es un desadaptado, o que sus amigos son egoístas por no tener empatía hacia su compañero? ¿Quién se atreve a incriminar al inquieto que se siente incómodo en un mundo en el que a nadie sorprende que la más sublime de las virtudes sociales consista en el intercambio de pedacitos de papel moneda? En una realidad tan imprecisa, donde las naranjas no tienen color y el amarillo que le atribuimos pertenece a las ondas electromagnéticas de la luz que de ellas rebota, en una realidad de costumbres, donde nos acostumbramos a no percibir el movimiento del planeta, donde nos acostumbramos a pensar que los árboles son estáticos, y a vivir inconscientes de que el centro de la tierra está en llamas, en una realidad así, una realidad ignara de la propia realidad ¿Quién logra sentirse seguro en casa? ¿Quién está a salvo del desasosiego? ¿Quién puede tener la desfachatez de creerse tan real?

SER O NO SER… MORIR... DORMIR, TAL VEZ SOÑAR
El desasosiego vive al límite de la vigilia y el sueño. Las primeras sendas por las que se asoma la inquietud son preguntas cándidas «¿Los sueños son míos o pertenezco al sueño de los otros?» «¿Sueño o me sueñan?» Vamos, reconozcamos que este asunto lo hemos cavilado todos, en secreto claro está, porque vocearlo daría vergüenza por lo patético. Sin embargo, desde la óptica del desasosiego maduro, la cuestión no se centra en el sueño, sino en la vigilia, y las preguntas son, por mucho, más concretas «¿Es posible despertar? ¿Existe la vigilia?». Luego de lo cual se acaban las preguntas porque comienza el ciclo de respuestas, o sea, el disparate.

DESASOSIEGO EN EL ENAMORAMIENTO
El que se enamora buscando en el otro lo que a él le falta terminará colmando su espíritu con desasosiego. Buscarse a sí mismo en el otro no puede llevar sino al desencuentro. Creo que para todos está claro que el enamoramiento no está hecho para adquirir algo que no se tiene, sólo es un método para compartir lo que ya se posee. El desasosiego es lo que queda cuando se usa al enamoramiento para ser feliz. Es una cuestión de matemática simple, si un infeliz busca pareja para ser feliz, y la pareja, a su vez infeliz, acepta reunirse con él para ser feliz, ¿en qué matemática una infelicidad sumada a otra infelicidad da como resultado la felicidad? Si dos más dos son cuatro, el resultado será doblemente infeliz.
El desasosiego no es fortuito, quien así lo crea desconoce sus reglas. Y por desconocimiento de las reglas se genera, por ejemplo, el desasosiego de la mujer amante del hombre casado, que espera infructuosamente la honestidad de este último, sin querer darse cuenta de estar enamorada de un marido deshonesto, y cuando la deshonestidad se repita, cuando todo fracase, la mujer se justificará a sí misma atribuyéndole al amor el defecto de ser ciego. No pocas veces el desasosiego es consecuencia del capricho.

EL DESASOSIEGO UNIVERSAL
Sin embargo, mencionar lugares o momentos en que el desasosiego se presenta, no logra definir su carácter universal, requisito indispensable para saciar mi manía. Hasta aquí hemos visto que el desasosiego es parte de la condición humana como el aire lo es del cielo; pero ¿cuál será la fuente común de la que emana? Cuando hablamos de buscar fuentes, orígenes, esencias de algo humano no hay que mirar alrededor, hay que buscar adentro. Y con sólo cerrar los ojos la respuesta aparece escrita en los párpados, porque la fuente originaria del desasosiego está en los párpados cerrados, en la muerte. Es la universalidad de la muerte y la consecuente y universal inquietud que ella nos produce, lo que hace del desasosiego un lugar común ¿O es que alguien puede atreverse a encontrar un desasosiego mayor que el proveniente de la Auto Conciencia de Muerte? La enfermedad, la derrota, la desilusión, las pérdidas, son todas sensaciones acompañadas de desasosiego porque nos recuerdan el fracaso final, los párpados cerrados. Y tal vez por ello el desasosiego es ante todo inquietud, la sensación de no poder estarse quieto ante el destino, la necesidad de hacer algo al respecto, la urgencia de salir de esta insensata pequeñez para hacer algo más que humano, hacer algo suprahumano, hacer algo para los demás. Y es aquí donde aflora la trascendencia del desasosiego, en los médicos sin fronteras que persiguen a la enfermedad, en los investigadores que no se quedan quietos hasta alcanzar lo que buscan, en los artistas que ofrecen sosiego y entusiasmo con colores, palabras o música, en los astrofísicos para quienes el cielo no es un límite, el desasosiego impulsa a quienes se levantan al caer y a los que inventan prótesis y medicinas para el que no puede levantarse solo, el desasosiego inspira a los profesores a enseñar sus errores para que los alumnos cometan otros diferentes, el desasosiego es aquello que motiva a los amantes sinceros a aceptar el equívoco y permitirse otra oportunidad, porque la vida no es para estarse quieto, la vida es para andar.

En fin, creo que el desasosiego merece un lugar en mi cuaderno de notas porque así como los polluelos rompen el cascarón cuando el mundo del huevo les queda pequeño, así como el invierno apremia a las aves a migrar, para mí está claro que el desasosiego existe para impulsar la rueda que mueve a la humanidad. 
El desasosiego nos impulsa a crear
El desasosiego mueve la rueda de la humanidad.


jueves, 1 de mayo de 2014

Consulta Portátil de Psicología en Constantinopla. LA ADULACIÓN, EL PACTO SOCIAL POR EXCELENCIA.

Si andas con pereza de leer, puedes escucharlo aquí:



Mario Fattorello en Estambul
En Turquía pensando...

PENSANDO A LA SOMBRA DE LA MEZQUITA AZUL
En Estambul habité un apartamento colindante a un minarete del que cinco veces al día, a través de los altoparlantes, se elevaban al cielo con ímpetu de aullido los rezos musulmanes. En esos días de Turquía, bajo la tutela de las mezquitas y la indiferencia de los turcos concentrados en adular a Dios, pensé:

LA SOCIEDAD ES UNA RED DE ADULACIÓN
La colectividad gira en torno a la adulación. Vivimos dando vueltas al son del carrusel de la autoestima por cargar con la desilusión de saber que moriremos. Ante la aprensión de ir hacia la nada, buscamos resguardo en sentir que valemos algo. La Auto Conciencia de Muerte hace que la vida humana carezca de sentido propio, por ello tenemos que buscarle uno, y esa búsqueda suele resumirse en atender asuntos a los que le damos importancia para sentirnos importantes.

LO IMPORTANTE
¿Qué es importante? Ninguno de nosotros lo sabe, sin embargo, debido a que nadie lo confiesa, podemos mantener la esperanza de que el otro sí lo sepa y por lo tanto, lo que el otro considere importante será importante para uno. La deducción es categórica: ser importante es serlo para el otro. En consecuencia, andamos por la vida adulando para ser adulados.

PACTO SOCIAL DE ADULACIÓN
La constante urgencia de darle sentido al día a día nos llevó a tejer un pacto social de adulación. Cuando nos encontramos con un conocido sentimos la inmediata obligación de halagar su autoestima «¡Qué bien te ves!», «¡Qué inteligente es tu hijo!». Frases que resalten alguna particularidad del otro para hacerlo sentir importante. Lo hacemos todo el tiempo y cuando las circunstancias impiden un halago directo, le buscamos la vuelta de alguna manera «lamento la muerte de tu abuela, pero tú eres fuerte y te repondrás porque tienes mucho que dar al mundo».
¿Por qué adulamos al otro? ¡Porque queremos ser adulados! Esperamos que nos paguen con la misma moneda. Ese es el pacto «yo te ensalzo y tú me ensalzas», y todos se esmeran en tratar de cumplirlo porque, como contrapeso, este pacto social del halago sanciona cruelmente a quien lo viole «si no me halagas te maldeciré, aislaré y deshonraré». La sociedad castiga el incumplimiento del pacto de adulación con la execración, el cristianismo con la excomunión y la milicia con la baja. Cuántas veces habrá escuchado un abogado de divorcios a una esposa lamentarse «yo iba a la peluquería, me acicalada y nunca obtuve un cumplido de él».
El pacto social de la adulación está por todas partes, sería descabellado eludirlo, principalmente porque nadie está dispuesto a evitar algo que sienta tan bien.

ADULACIÓN CON DISIMULO
El halago mutuo es más valioso cuanto más disimulado sea, por ello en sociedad se le ha dado rango de buena educación, cortesía, caballerosidad, galantería, y un sin número de otros eufemismos atribuidos al civismo, pero que en general se refieren a lo mismo: elogiar al otro para ser elogiado como buen elogiador.

ADULACIÓN TERRENAL Y CELESTIAL
Dentro del marco de la adulación, poco importa si el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios o viceversa, lo substancial es que están hechos tal para cual. Dios, por su parte, adula en secreta intimidad a los iluminados asegurándoles que son mejores que otras razas, pueblos o naciones; sólo para luego ir a decirle lo mismo a la contraparte, como un padre que en secreto le dice a cada uno de sus hijos que es su preferido. De esta manera cada quien vive en secreto la dicha de ser el hijo predilecto de Dios. Y, en lógica correspondencia, Dios recibe todos los días y varias veces al día halagos de todos los bandos.
Liseth Fattorello y la Mezquita Azul
Estambul, sitio ad hoc para meditar sobre la adulación.
Aunque hay que reconocer que la necesidad de adulación es tan constante que es casi imposible que de un lado o del otro no se traspapele una adulación aquí o un halago allá, en cuyo caso Dios y los fieles se ofenden y reaccionan con idéntica ira (aunque las consecuencias son asimétricas: lo máximo a lo que llegan los fieles es a la blasfemia, mientras que Dios tiene a la mano tsunamis, terremotos, incendios, tornados y muchas otras pataletas por el estilo).

HERRAMIENTAS, ESTRATEGIAS E INSTITUCIONES ADULATORIAS
La herramienta adulatoria por excelencia es la sonrisa condescendiente. Cuando no hay tiempo para resaltar una gracia ajena, buena es la sonrisa como adulación simbólica y, los rápidos de lengua, pueden emperifollar la situación con palabras también sonrientes «¡qué alegría me da verte!».
Todas las estrategias de halago parten del mismo principio: resaltar lo positivo y minimizar lo negativo. Esto implica la preexistencia de un código de valores, una axiología de la adulación. Pero, ¡atención!, no se trata de un código asentado en blanco y negro, este código tiene muchos matices y bemoles (por no decir contradicciones).
Peca de ingenuo quien da por sentado que, por ejemplo, la juventud es valorada como positiva y la vejez como negativa. Por un lado adulan a los mayores con frases como «te ves mucho más joven», donde la vejez aparece como negativa y la juventud positiva. Pero luego, surge la complejidad del asunto cuando, por otro lado, halagan a los niños diciéndoles «ya no eres niño, eres grande, todo un señorito», y a los jóvenes «¡qué maduro que eres!», con lo que pareciera que avanzar en la edad fuera positivo. Pero años más tarde comienzan los halagos de «eres tan especial cuando dejas salir el niño que tienes por dentro» o «¡Guau!, pareces una veinteañera», ¡ahora retroceder en edad es positivo y por lo tanto avanzar negativo! ¿Queda claro que el código de lo positivo y lo negativo no es tan claro?
Sin embargo, también es cierto que este es un asunto que no debe preocuparnos demasiado porque la sociedad tiene un as bajo la manga: el optimismo. Cuando todo falla se echa mano del optimismo, y así, cuando alguien cae en la bancarrota «¡ánimo! tú eres un vencedor…», al marido desconsolado que descubrió la infidelidad de su esposa «…pero tienes dos hijas hermosas e inteligentísimas», al que se le incendia la casa con el perro dentro «eres un tipo con suerte, podrías haber estado en el lugar del perro», los recursos del optimismo adulatorio son inescrutables.
En cuanto a las instituciones adulatorias, casi todas lo son. Las iglesias, templos, sinagogas, mezquitas, adulan a Dios y por lo tanto también son centros de recolección de adulaciones privadas de Dios hacia cada fiel. Los restaurantes, los hoteles, los bares ofrecen adulaciones a cambio de una buena propina ¡Qué importante es dejar una buena propina! ¡Cuánta felicidad por sólo el 10%! Y qué decir de los gobiernos que durante las campañas electorales prometen reconocer el valor de quienes no han sido suficientemente reconocidos, a cambio, claro está, del recíproco reconocimiento a través de los votos.

LA ADULACIÓN CONDICIONAL
La mayoría de las adulaciones son condicionales. La publicidad es tal vez la que más claro muestra esta condición «si usaras este producto serías importante».
Pero he aquí que este pacto social de la adulación comienza a mostrar su complejidad interna, porque todo concepto existe por su antítesis, y así, lo bueno existe en contraposición a lo malo, lo exaltable por contraste con lo denigrable, los iluminados sólo existen por oposición a los infieles y la belleza se debe a fealdad. La complejidad radica en ¿cómo adular a la parte que le toca lo malo? Por más que se le dé vuelta al asunto, la solución siempre ha sido y siempre será la división del mundo en dos bandos, cada uno de los cuales se considera a sí mismo el más bueno, el más iluminado, el más bello, el mejor. Las guerras son una consecuencia del pacto social de adulación.

LA CRUELDAD DEL PACTO SOCIAL
En el fondo este pacto es cruel porque cruel es lo que trata de esconder, no es para nada simpático esto de andar viviendo a sabiendas de que moriremos. Como compensación, el halago mutuo es una forma simple, fácil y barata de sentir que la vida vale la pena.
Sin embargo, sería injusto no mencionar que las victorias sociales suelen traer como corolario la exclusión del grupo de los menos afortunados, de los desposeídos que a duras penas sobreviven a espaldas del bien común, y el pacto social de la adulación no es una excepción de esta penuria. Dicen, aunque no me consta, que son muchas las pobres almas que no pueden hacerse con el beneficio del pacto social de adulación por su incapacidad de contentarse en lo simple, fácil y barato. Individuos que por su particular naturaleza no les basta con recibir halagos sino que necesitan (¡oh, infinita miseria!)… ¡Merecerlos! Muchos de estos desheredados sujetos terminan siendo científicos, escritores, artistas, inventores, algunos de los cuales han llegado hasta el extremo de crear cosas insólitas como la electricidad, o el teléfono, o descubrir la ley de gravitación para merecer halagos verosímiles. 
¡Qué difícil y triste debe ser la vida de estos pobres individuos incapacitados para disfrutar un simple halago de esos que no necesitan justificación! 
Mario Fattorello en Constantinopla
Yo adulo, tú adulas, él adula...conjugación preferida del pacto social.


jueves, 17 de abril de 2014

Por siempre gracias, Gabo

GRACIAS, GABO

El Efecto Mariposa toma su nombre de un proverbio chino: «el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo».
El que algún adulto vivo niegue haber sido "tocado" por el efecto mágico de Gabriel García Márquez, sólo demuestra que los seres humanos no estamos conscientes de todo aquello que nos afecta.
Por mi parte, vivo en el Caribe por obra y gracia de Gabriel García Márquez. La anécdota es tan corta como decisiva. Tenía veintitantos años en la espalda, algunos estudios en la mollera, las vísceras urgidas de escribirlo todo y una incipiente consulta de psicoterapia en Buenos Aires, cuando se me dio por releer a Gabriel García Márquez.
En esos días andaba escribiendo mi primera novela cuyo título, "Prisionero en la eternidad", representaba cabalmente la altisonancia de mi juventud. La trama giraba alrededor de un dios solitario que pretendía aliviar su aburrimiento encarnando en un ser humano. Si bien nací en Venezuela, los años de estudio en Buenos Aires superpusieron la identidad argentina a mi nacionalidad. En mis planes no existía razón para retornar al Caribe. Pero el "Efecto Márquez" cambió el clima de mis expectaciones y entonces supe que la encarnación del aburrido dios de mi novela debía realizarse en la parranda criolla tropical y que para encontrar el escenario apropiado tendría que regresar a Venezuela.
Hace veintitantos años que regresé al Caribe. Mi cuerpo llegó en avión, mi espíritu viajó en las páginas de Márquez. Hoy, el cuerpo de Márquez no está, pero sus páginas siguen y seguirán transportando almas.

Terminé aquella novela un año después, y desde entonces está guardada en una gaveta con la pretenciosa esperanza de que las arrugas del tiempo sosieguen el furor juvenil con el que fue escrita. Y hoy, tras la noticia de la última metáfora de Gabriel García Márquez, quiero pensar que esas trecientas hojas amarillas escritas a máquina nunca pretendieron ser una novela sino un agradecimiento. Por siempre gracias, Gabo. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (7). Sobre la Cultura Psicopática o ¿Los psicópatas tienen derecho a votar?

Mario Fattorello (preguntándome
SOCIEDADES PSICOPÁTICAS

No puede existir una sociedad compuesta sólo de psicópatas.
Siendo características propias de la psicopatía: la carencia de empatía que los lleva a tratar a los otros como cosas, la demagogia, la irresponsabilidad, la manipulación, la inconstancia, la indisciplina, la ausencia de código legal que les facilita el acceso a la delincuencia, en fin, siendo el psicópata un sujeto disocial, que no puede seguir la normas y leyes necesarias para hacer frente a las exigencias del régimen académico, ni la constancia para mantener un trabajo, ni la capacidad de tratar al otro como un igual, por lo anterior y por mucho más, no puede existir una sociedad compuesta sólo de psicópatas ¿Quién cocinaría el pan? ¿Quién atendería a los enfermos? ¿Quién enseñaría?
Pero en nuestro pueblo queda demostrado que sí puede sobrevivir (a duras penas, pero sobrevive) una “cultura psicopática” donde la mitad más unos cuantos es psicópata  (carente de super-yo, o estructura legal mental, o conciencia moral) y la otra parte la soporta. Pero, para poderla “soportar”, la minoría trabajadora, responsable, hacedora de bienes y servicios debe adecuarse a la falta de ley reinante, en otras palabras debe comportarse como si fuera psicópata.
En una cultura psicopática se aprende rápido a que si te descuidas el otro te perjudica y un poco más tarde se aprende a que si golpeas primero ganas de mano, creando lo que en estas tierras se le llama (orgullosamente) “viveza criolla”.
Un psicópata va buscando a su víctima de la misma manera que el león caza al animal más débil de la manada. En consecuencia se crea (entre las posibles víctimas de los psicópatas) la cultura de andar a la defensiva, la cual al poco rato se transmuta por ley natural evolutiva en conducta ofensiva. Un ejemplo: el trofeo más valioso para un malviviente es un arma. En consecuencia, por despeje natural de la ecuación, lo más apropiado para defenderse del malviviente será otra arma. Al poco andan todos armados y ya no hay distinción entre un bando y el otro, y las balas perdidas (que buscan ser encontradas por alguien) acribillan la civilización.
A lo anterior hay que sumarle que el deseo de venganza no es exclusivo de tipo de personalidad alguna, y así comienza la reacción en cadena: un empresario en defensa propia mata a un psicópata, en venganza el compañero de fechorías del difunto malviviente mata al empresario, un familiar del empresario contrata una banda de sicarios para desagraviarse, la banda cumple el objetivo, pero en la balacera caen dos sujetos de otra pandilla que ahora arremeten contra los sicarios que, a su vez, para defenderse necesitan de más armas y sobornan a quien los había contratado para que les dé el dinero para hacerse del arsenal necesario para una guerra de pandillas, en eso entra un policía corrupto a intermediar en el trato y sale muerto, ahora la policía también está involucrada con su deseo de vengar al compañero y termina siendo ésta la que liquida a los sicarios (previo trato con la otra pandilla de obtener un porcentaje de las ganancias del tráfico de drogas al que se dedican). La historia no tiene fin, el drama sube y baja de intensidad, hasta puede volverse melodramático en algunos pasajes, como cuando el hijo del comisario de policía muere por sobredosis y el padre desconsolado decide acabar con la distribución de estupefacientes tomando la ley en sus manos pero terminando con siete tiros por el pecho…, y empieza de nuevo la guerra entre la policía y la pandilla, mientras por otro lado los ladrones aprovechan la distracción para campar a sus anchas sin el control de los policías empeñados en su guerra particular contra la pandilla-mata-comisario, y muere otro inocente, y nace otra venganza, en fin, un folklore psicopático.
Mientras tanto, la gente de bien sigue trabajando y manteniendo con sus impuestos a los bandidos que usan el hospital cuando son heridos de una bala sin puntería, usan la morgue cuando la bala es más precisa, usan las cárceles cuando los atrapan, usan las calles, el alumbrado, los servicios públicos y hasta la jubilación cuando logran librarse de las balas hasta llegar a viejos. ¡Sí, la jubilación! Aunque lo más probable es que no hayan aportado al seguro social, suelen ser los primeros en exigir sus derechos humanos resaltando los deberes de los otros (beneficio de la demagogia), y como todos le temen, nadie se atreve a decir nada, todos se muerden la lengua antes de increparle un «¡Gánatelo!», y tal vez lo más perverso sea que como los psicópatas tienen derecho a votar pueden llegar a ser apadrinados por políticos.

¿TODOS TIENEN DERECHO A VOTAR? Ó ¿EL DERECHO A VOTAR SE HEREDA O SE GANA?

Sabemos que los seres humanos no somos confiables, la prueba de ello es que tuvimos que crear leyes y un sistema que se encarga de hacer que se cumplan. Pero este sistema es relativamente joven y en su corta marcha arrastra con las abominaciones monstruosas que suelen nacer en el laboratorio evolutivo. Por ejemplo: si alguien comete varias infracciones de tránsito, el sistema le prohíbe conducir. Si un estudiante no cumple con sus deberes, el sistema lo aplaza e impide su promoción. Si a un cura se le comprueba pederastia, es excomulgado. En consecuencia, si nuestras libertades son limitadas por nuestras acciones ¿Qué tipo de acciones debieran limitar al infractor en su derecho a votar?
A través del voto el pueblo pasa a ser algo llamado «el soberano», se me ocurre preguntar ¿es el psicópata parte del soberano? Este tipo de cuestionamientos suelen ser criticados por aquellos que hacen juicios ligeros basados en moralismos que ni siquiera han revisado y que sólo han heredado como borregos guiados por pastores que jamás desearían que sus corderos razonaran, tengan su propio juicio de valor o capacidad de argumentar. Un buen pastor no acepta sindicatos de corderos.
Aclaro que sólo planteo preguntas. Sólo preguntas y nada más. Yo también soy un simple eslabón en la cadena evolutiva y es probable que no me corresponda (a este nivel evolutivo) dar respuestas; pero mi ADN social no puede evitar hacerse preguntas ¿De qué habla su ADN, querido lector? No creo que haya ADN mudo; pero sí muchos sordos de su genética.
Siento que las preguntas más cruciales que me ha perseguido durante la vida son: «¿Qué es un ser humano? ¿Cuáles son los límites de lo que llamamos "humanidad"? ¿Es el concepto de "humano" algo perteneciente a lo biológico o a lo psíquico? ¿Es vinculante el concepto de "civilizado" con el de "humano"?
Considero que estas preguntas son cruciales porque no me permiten estar convencido al hablar de "derechos humanos". Al no conocer los límites de lo que llamamos "humano", al no estar seguro de si la humanidad es meramente biológica, o sea, que para pertenecer a ella basta con tener dos brazos, dos piernas, una cabeza y un parecido con la especie; o si la humanidad es algo que pertenece a la mente, o sea, una condición que se adquiere más allá del fenotipo y que tiene que ver con cumplir con determinadas características como la capacidad de vivir en sociedad, amar, respetar las leyes, tener solidaridad con el prójimo, en fin, aquellas características que definen a alguien como civilizado ¿Puede considerarse a la barbarie (antítesis de civilización) como una característica "humana"?
Nada de eso lo tengo claro, pero debo conformarme por ahora con entender que el eslabón que me correspondió en la evolución sólo puede hacerse preguntas y no dar respuestas. Pero esto, de ser cierto, lleva implícita la posibilidad de que haya alguien que tenga la capacidad genética de dar respuestas. De algo estoy seguro, los radicalismos no son argumentos válidos, los radicales no argumentan, el radicalismo siempre es una decisión a la ligera de conveniencia personal. Hitler fue un radical, ese tipo de cosas no nos interesa. Sólo espero que a quien le haya correspondido el ADN de dar respuestas no se haga el sordo.
Mientras tanto seguiré fiel a mi genética, seguiré haciéndome preguntas.
Mario Fattorello...

lunes, 30 de diciembre de 2013

Ciudad Ojeda (1) Sobre la Distopía o ¿Qué es el autoestima?


Mario Fattorello
Con Godot en Ciudad Ojeda

Al atardecer, caminaba a cuatro ojos (que es la manera como deben transitarse las calles de Ciudad Ojeda: sondeando los cuatro puntos cardinales al mismo tiempo, pendiente de que un delincuente no nos salga al paso), como decía, caminaba en actitud maniática por una calle desolada de Ciudad Ojeda cuando oigo que alguien me llama: «Psss. Doc, oiga Doc…». Una sobredosis de cortisol disparó mi alerta y en segundos divisé de dónde venía la voz. Alguien metido en un recolector de basura me llamaba con la mano, tenía un sombrero de explorador y tapaboca de cono, las manos enguantadas de blanco sostenían un par de binoculares. ¡Pánico! Debía ser un asaltante y, con esa vestimenta, loco de remate.
Suspiré de alivio cuando me dijo: «soy yo Doc, Godot».
― ¡Casi me matas del susto! ¿Qué haces allí metido?
― Estoy haciendo una doble investigación, por un lado trato de entender la esencia de este pueblo analizando su basura; y por el otro lado, desde este magnífico puesto de observación, analizo el modus operandi de los asaltantes de carretera y la reacción de las víctimas. Se sorprendería de todo lo que he visto. Este pueblo es digno de estudio.
― ¿Qué puede tener de tan interesante una ciudad minera venida a menos en un país tercermundista con una mayoría de personas cuyo interés más auténtico es el de parecerse al vecino?
― Mi querido amigo, este es "el pueblo al revés" con la cola sobre los hombros y la cabeza entre las piernas.
― ¿Por qué dices eso, Godot?
― ¿No se ha dado cuenta que esta gente se la pasa hablando de política, criticando la corrupción del gobierno, sus malversaciones, incapacidades, como preocupados de que jamás llegara a lograr su objetivo?
― Si claro, el gobierno sólo habla de juicios hipotéticos y la gente repite como guacamayo. No hay tema u objetivo que no se ahogue en chácharas, y si habláramos de su incapacidad administrativa, no terminamos más.
― ¡Pues eso es pensar al revés! El problema no está en sí la revolución es capaz o incapaz, o si se tardan demasiado en alcanzar el objetivo. El problema está en que ¡el objetivo mismo es una distopía!
― ¿Distopía?
― Le he advertido muchas veces que se le está atrofiando la lengua por pasar tanto tiempo entre gente que no valora el lenguaje, gente para quien una silla, una mesa, un dressoire Luis XVI, un sillón mecedora, un sillón Chester, un diván, o un sofá, son todos "muebles". Las cosas tienen su nombre, querido amigo.
 ― Mea culpa, lo reconozco.
― Distopía es la antítesis de utopía. Los dos conceptos pertenecen a la misma categoría: son situaciones hipotéticas, estados imaginarios. Pero su sentido antitético radica en que "utopía" es el ideal de una situación deseable, mientras que "distopía" es el ideal de una situación indeseable. El objetivo de este gobierno con sus pretensiones de "socialismo agarrado por los pelos" es acabar con la propiedad privada, quitarle a cada individuo del pueblo sus pertenencias para dejárselas sólo "al cuido", mientras el estado (léase: unos pocos) es el dueño y señor de todo.
― Pero…, por ejemplo, ¿Consideras distopía el ideal de darle una vivienda a cada desposeído?
―No, no, no. Usted sigue sin entender. Facilitar al pueblo la adquisición de vivienda no es exclusividad de un gobierno socialista, es tarea de cualquier gobierno sin importar la ideología que profese. Así que, la construcción de viviendas populares no es algo distintivo de ideología política alguna, tal vez usted lo entienda mejor si se lo explico en términos de la semiología clínica. En semiología se dice que un síntoma es patognomónico cuando el mismo asegura la presencia de determinada enfermedad; así la fiebre no es un síntoma patognomónico de la amigdalitis, pero la infección de las amígdalas sí lo es. Pudiéramos decir entonces que los signos y síntomas patognomónicos de este socialismo a la machimberra son: la expropiación de empresas prósperas, de las tierras productivas, de la propiedad privada, bajo excusa (las excusas no son razones) de luchar contra el capitalismo y de que el estado como patrón funciona mejor que quien levantó los cimientos de dicha empresa. Pero favorecer la salud, la educación, la vivienda y seguridad del pueblo no es patognomónico de ningún gobierno en particular, es un derecho humano. Lo que puede considerarse propio de cada gobierno es la forma, el método en cómo hacer las cosas.
―Pero, suponiendo que lo haga bien, y que esto traiga bienestar a todos, el asunto terminaría realizando una bella utopía.
― ¿Y usted se llama a sí mismo psicólogo? ¡No ha entendido nada! ¿Utopía sin propiedad privada? La propiedad privada es esencial para la vida de los seres humanos, ¿es que no se ha dado cuenta que "propiedad privada" es el termino usado en jurisprudencia para denominar lo que en psicología se llama "autoestima"? Y supongo que usted estará de acuerdo que sin autoestima el ser humano no puede soportar la vida, a menos, claro está, que esté dispuesto a perder su condición humana misma. Sin autoestima sería inevitable caer en una melancolía que llevaría al sujeto a una degradación mortal. Dígame ¿Qué cosas componen la autoestima?
―La autoestima es aquello que el sujeto siente que le da importancia a su vida, es todo lo que el sujeto valora y da sentido a su existencia. La autoestima está compuesta de lo que la persona sabe, hace, tiene y es. Por pensar en lo que sabe y quiere saber, en lo que hizo, en lo que hace y en lo que quiere hacer; por pensar en lo que tiene y quiere tener; y en lo que es y quiere ser, por pensar en todo eso le encuentra sentido a la vida. La autoestima es lo que alguien puede llamar «suyo» (su-"yo", o sea, todo lo que sea parte del "yo" de él). Sin autoestima no hay voluntad de vivir porque a la persona le daría igual todo, lo que es lo mismo que no importarle nada.
― ¿Me entiende ahora porque digo que este pueblo piensa al revés? Porque de alguna manera tanto el gobierno como quienes lo aúpan están pensando en un objetivo distópico, indeseable, terrible para el ser humano: eliminar la autoestima. El futuro no existe querido amigo, tal vez sólo existe el pasado y fugazmente puede que exista el presente, lo cierto es que si usted en el presente destruye, en el futuro cosechará destrucción.
—Es cierto que el discurso político de este país pareciera desconocer el presente. Como un satélite destinado a no encontrarse nunca con el planeta que orbita, su discurso sataniza al pasado y propone un futuro cada vez más lejano.
—Es insulso pretender armar un sistema de pensamiento cambiándole el nombre a las cosas, cambiando los dueños, sin darse cuenta que las expropiaciones destruyen el pasado de la nación, en el pasado no se puede construir, sólo se puede construir en el presente. Los pobres se creen iluminados por haber descubierto que es más fácil apoderarse de lo que otros han hecho que hacer algo nuevo. Es lícito derrumbar edificios viejos e inseguros para sustituirlos por nuevos en el mismo terreno, pero eso sólo es válido cuando no hay más terreno y éste, amigo mío, es un país baldío.
—Lectura desafortunada de «Rebelión en la granja» de Orwell.
—Ojalá sólo fuera una lectura desafortunada, mi querido amigo. Ahora me despido porque voy a seguir estudiando la basura para tratar de entender esta cultura.
Como si estuviera en un ascensor, mi amigo Godot se fue hundiendo entre los desechos hasta que sólo quedó en la superficie su sombrero y los binoculares por los que supongo seguiría su observación del "pueblo al revés".
Continué mi caminata hasta darme cuenta que no iba a ningún lado y regresé a casa sumido en cálculos imposibles: ¿cuánto tiempo nos pasamos caminando hacia ninguna parte?

Ciudad Ojeda (2) Sobre el anti-ciudadano del mundo

EL ANTI-CIUDADANO MUNDIAL

En el fondo siempre sospeché que en mi búsqueda del «ciudadano del mundo» encontraría primero su antítesis: el «anti-ciudadano mundial». Este asunto de encontrarse primero con lo opuesto es usual en las búsquedas. Ya me había sucedido, por ejemplo, que al buscar la pareja de mi vida me encontrara primero (y en repetidas ocasiones) con la pareja de la vida de otro.
En el estado Zulia de Venezuela encontré un gentilicio con la capacidad de dar la espalda al mundo. Personas ajenas a los conflictos de la humanidad. Una idiosincrasia de vivir «aparte», que les permite ver el calentamiento global, el pensamiento verde, la conservación ambiental, como intereses ajenos originarios de «otras partes». Este gentilicio ha desarrollado la habilidad de aislarse del interés común como si la humanidad perteneciera a otra especie lejana geográfica y genéticamente. Este egoísta linaje zuliano logra vivir desentendido de los lenguajes universales, no sabe y no le interesa saber sobre capas de ozono, o especies en extinción, o reciclaje de la basura, y por ello viven en islas personales en las que ya no hay iguanas porque las matan en período de reproducción para comerse sus huevos, y donde cualquier suelo es bueno para tirar la lata o el vaso de plástico. 
(En el estado Zulia se acostumbra a comer iguana. La época preferida para cazarlas es el mes de enero porque las iguanas están cargadas de huevos (enhuevadas). Mi amigo Godot se encontró con un lugareño que le comentó que ya no se conseguían iguanas. Godot le preguntó «¿Por qué enero es el mes preferido para cazarlas?» A lo cual el lugareño respondió «en enero las iguanas están enhuevadas. Lo huevos son lo más sabroso». A esto mi amigo Godot responde «¡Qué astutos! ¡Váyase a saber por qué escasean!». El lugareño asiente con resignación ante el comentario de Godot «¡Sí, es un misterio de Dios!».)
Resulta entendible (aunque pueda parecer paradójico) que este tipo de carácter tenga la predisposición a ser demagógico criticando al vecino de la izquierda que le tira la basura en su patio, al tiempo que ellos mismos tiran sus desperdicios al patio del vecino de la derecha. Cada quien se deshace de su inmundicia arrojándosela al otro. Y se gritan «¡Sucio! ¡Cochino!» unos a otros desde la más alta cima de su pocilga.
Pero no se crea que lograr tal aislamiento egoísta sea cosa fácil o gratuita. Tal actitud implica grandes esfuerzos y entre ellos el primero es el de no tener juicio propio sobre cosa alguna de carácter social. Temas como el derecho a la eutanasia, la protección ambiental, la ley de desarme, el aborto, los derechos de los homosexuales, la legalización de la marihuana, Greenpeace, son tabúes que no se tocan y que si llegan a encontrárselos de frente, cada quien estará dispuesto a defender su posición de no tener posición vociferando al viento «ya todo está escrito en la Biblia y si no lo está debería estarlo, en fin, no es mi problema» (esta gente cree en un dios responsable de cuanto pasa, un dios-chivo-expiatorio).
El anti-ciudadano del mundo asegura que los otros (la humanidad) están puestos en el mundo para hacer lo que él no hace. Es por ello que se siente con todo derecho a echar la basura donde le plazca porque «ya habrá alguien que la recoja». El anti-ciudadano del mundo se siente con derecho de comerse cualquier animal por más amenazado de extinción que se encuentre porque piensa «ya deben haber muchos que no se lo comen e impidan que se extingan». El anti-ciudadano del mundo supone que en «alguna otra parte» alguien se encargará de reproducir las iguanas (en probeta) mientras él las mata en su época de reproducción para comerse los huevos. En «alguna otra parte» alguien debe estar limpiando el océano para que siga siendo azul y por ello él puede limpiar el motor de la lancha con gasolina en la playa, o echar al lago de Maracaibo el kerosén con el que limpian las gabarras petroleras, al tiempo que, desde tierra, se echan al mismo lago todas las aguas cloacales, y todo esto sin resquemor alguno de conciencia porque piensan «ya se encargarán los gringos de otra parte de descontaminar la mierda antes de que les llegue al cuello».

Pero no sólo los excrementos del anti-ciudadano del mundo afectan a la humanidad. La falta de empatía (no me cansaré nunca de repetirlo) es el enemigo número uno de la humanidad, no tanto porque el egoísta no se ponga en los zapatos del otro sino porque piensa que el otro sólo existe para servirle de zapatero a él. Y en este gentilicio del que hablo, el ejemplo más resaltante (por devastador) de amenaza al mundo es que siendo un pueblo que vive del petróleo además cree que le hace un favor vendiéndoselo, y, a veces, hasta se jactan de benefactores de la humanidad haciéndose los desentendidos cuando se les quiere hacer ver que la extracción del petróleo les cuesta 12 dólares por barril y lo venden a 100 dólares, o sea, con 833% de ganancia. Los países petroleros como Venezuela son los primeros generadores de pobreza en el mundo. Usureros todos. Pero es imposible que este gentilicio examine su conciencia porque el pobre que muere de frío en invierno por el prohibitivo costo de la calefacción a petróleo, o quien muere de hambre en el mundo por el encarecimiento de la comida debido al gasto energético, ese pobre muere en «otra parte» y no es su problema.
Tal vez sea lo anteriormente dicho la razón por la cual este gentilicio profesa el egoísmo que le transforma en anti-ciudadano del mundo. Tal vez sea su manera de escabullir su responsabilidad criminal. Y ahora que lo pienso, no deja de ser posible que en el fondo estos anti-ciudadanos del mundo escondan el secreto anhelo de abrazarse con el resto de la humanidad y sentirse parte del impulso que mueve la rueda del mundo, es muy posible que por las noches sueñen con ser Nelson Mandela, Gandhi o miembros de Médicos sin frontera, pero al despertar no pueden eludir la necesidad de vestirse de anti-ciudadanos del mundo para deshacerse de su auto-conciencia de criminalidad.
Siendo el «ciudadano del mundo» el prototipo de un ser empático, alegre y feliz; su antítesis «el anti-ciudadano del mundo» no podría sino ser egoísta, triste e infeliz. ¡Si! ¡Ahora estoy seguro! El anti-ciudadano del mundo debe soñar (en secreto) con ser lo que no es.

Mario Fattorello, hacer la cruz

Ciudad Ojeda (3). La ciudad más fea del mundo. O sobre la afasia simbólica.

Pensando...Mario FattorelloAFASIA SIMBÓLICA

Erase una vez una ciudad llamada Ojeda en donde las cosas simbolizaban otras. Nada era en sí mismo nada particular, porque todo podía ser otro todo. Un huevo podía significar desayuno, o simbolizar la Rusia de Fabergé, o una reina calva o Cristóbal Colón; el número 1 significaba el primero, el único, o la soledad, o el lunes o el yo. Nada era en sí mismo, todo se desbordaba y trascendía de si, efervescente, incontenible, dispuesto a ser lo que necesitáramos que fuera. Hasta que, para la ciudad, el mundo se detuvo. Y la ciudad enfermó de melancolía, y la melancolía la llevó a la muerte, y los cuerpos se contrajeron, y el huevo fue de la gallina, y el uno fue un número, y al morir los signos y símbolos murió el arte y con él la magia, y la vida perdió todo color quedando reducida a escala de grises, y cada cosa fue la cosa misma, sólo eso y nada más.
Los primeros síntomas de la enfermedad que terminaría necrosando a la ciudad comenzaron con la afasia simbólica.
En una hemorragia se fue perdiendo el sentido, los elementos se vaciaron de su plasma simbólico, de su alma de signo y dejaron de significar otras cosas. La historia clínica cuenta que en ese momento se perdió el encanto simbólico de cuando el día lunes significaba esperanza de alcanzar una meta, el martes hacía honor al dios de la guerra y era el día de la lucha por alcanzar la victoria, el miércoles representaba la mitad del camino, el jueves era la antesala de la celebración del guerrero victorioso, el viernes representaba la celebración del justo (independientemente de cómo hubiera sido la semana), el sábado era la guinda del helado y el domingo simbolizaba el armisticio y la reflexión. La enfermedad hizo que cada día de la semana significara lo mismo y la gente dejó de recordar el calendario. Desde ese día la agenda sólo tendría una anotación repetida todos y cada uno de sus días: «lo mismo».
Otro de los síntomas de esta afasia simbólica es la sequía degenerativa y acumulativa del corazón. Las arrugas mutaron en grietas y desapareció la lozanía del deseo para dar paso a la opaca obligación de soportar, soportar, resistir, soportar. Ojeda pasó a ser una ciudad sin signos. Al perderse los signos desaparece el futuro y el pasado cobra solidez de palabra escrita, perdiendo la capacidad de ser redecorado por el arte mágico con que la memoria embellece los recuerdos, y así también desaparece el alivio del melancólico que ya no puede ni siquiera refugiarse en decir que todo tiempo pasado fue mejor. Y en este callejón sin salida sólo queda el tiempo presente que siempre es lo mismo y en su inmovilidad se vuelve piedra y polvo será.

LA CIUDAD MÁS FEA DEL MUNDO

Si no existe algo así como un premio Pulitzer a la ciudad más fea del mundo entonces los ediles de Ciudad Ojeda están desquiciados, porque sólo si están compitiendo por el galardón coge sentido la intención destructiva que mantienen contra esta pobre ciudad.
Los forasteros que visitan al tercer mundo, miran a su gente, a su trastornado urbanismo con ojos que parecen decir «¡Perdónalos Dios, no saben lo que hacen!».
Pero en Ciudad Ojeda, quien observe con más detenimiento se da cuenta que no es inocencia sino maldad perversa la que mueve los hilos de este desquiciado funeral de ciudad.
Actualmente en Ciudad Ojeda llegó la última herramienta de la mala intención: el cinismo. Los ediles se burlan de la gente con placer morboso, se le ríen en la cara como los villanos de películas de tercera que planifican destruir el mundo sobándose las manos y carcajeándose con risa patán. Resulta que mientras destruyen calles, rompen sobre lo roto, alientan a la policía corrupta, aumenta el hampa obligando a la gente a encerrarse en su casa al atardecer; mientras los asesinatos por robo están a la orden del día y la gente por la calle camina con actitud paranoica cuidándose las espaldas, todos con semblante de desconfianza porque además de los atracos y los robos, los secuestros dejaron de ser temor exclusivo de ricos para volverse endémicos a través del “Secuestro Express” (modalidad en la que lo raptores se conforman con reclamar el sueldo del mes del padre de familia como rescate), mientras pasa todo esto, en una de las entradas principales a la ciudad el gobierno colocó una pancarta gigante que muestra la foto del alcalde sonriente con el sarcástico lema: "Ciudad Ojeda, el lugar IDEAL para vivir". Y en otra de las entradas en un letrero idéntico el lema dice: "Ciudad Ojeda, el lugar seguro para ti". Definitivamente, la mala intención ha sobrepasado sus límites, pasando a ser cinismo patológico.
Ciudad Ojeda, la ciudad más fea del mundo, ¿IDEAL? ¡CÍNICOS!
¡Cínicos!
Muchos piensan que tercer mundo significa llegar tres veces más tarde que los demás, pero, si el “llegadero” es la muerte, estos pueblos parecen estar más bien tres veces más adelantados (vivir aquí favorece una muerte precoz al estrellarse por caer en un hueco en medio de una avenida o por una bala delincuente).  Y sin embargo hay todavía más, la miseria no acaba allí, porque la muerte, la desaparición física, pudiera representar el descanso, la paz, o la resurrección al estilo fénix, pero en el caso de estos pueblos les espera una muerte de zombies, porque además les caracteriza una tozudez sin límite, por ejemplo: cuando una casucha construida sobre una ladera es arrasada por un alud de barro en época de lluvia, los sobrevivientes la vuelven a construir, apenas sale el sol, en el mismo lugar y encima de los cadáveres de quienes quedaron sepultados en el fango. La tozudez no es inocencia sino prepotencia a ultranza.
Y he aquí que entramos al ámbito de lo particular de nuestros pueblos: la «prepotencia a ultranza». Este síntoma lo traduzco lingüísticamente en una respuesta automática que representa al tozudo: «¡Ajá! ¿Y qué?»
Si le explicamos a alguien que no debiera haber tirado el vaso de plástico al piso, recibiremos un «¡Ajá! ¿Y qué?». Después de esa respuesta lo mejor es seguir camino, porque insistir pudiera ser peligroso, el individuo en cuestión pudiera sentirse ofendido (es otro síntoma de los tozudos: se ofenden si alguien les muestra un error, si reciben un consejo, si le sugieren una actitud más provechosa o si alguien se atreve a tratar de enseñarle una forma diferente de comportarse que vaya en beneficio de todos), y después del  «¡Ajá! ¿Y qué?» vendría un «¿Y quien te crees tú? ¡Estas buscando lo que no se te perdió!». La violencia es todo el argumento de la prepotencia a ultranza.
Tengo años diciendo que a estos pueblos (y me refiero en especial al zuliano), no le falta educación como muchos sostienen, sino que le sobra "mala" educación. No es difícil aprender algo nuevo, lo difícil es desaprender lo viejo, y nada se le puede enseñar a quien no quiere aprender. Los optimistas aseguran que «loro viejo aprende a hablar», los pesimistas dicen que «loro viejo no aprende a hablar»; los realistas aseguramos que «viejo o joven el loro hablará si quiere aprender».
Mientras tanto, mientras siempre, Ciudad Ojeda parece que seguirá esperando que abran el Premio a la ciudad más fea e inhóspita del mundo, o, por lo menos, que le otorguen el reconocimiento de “Patrimonio (de lo invivible) para la humanidad”.

VIVIR ERA OTRA COSA

Aquella Ciudad Ojeda en la que con un poco de magia (de la que suele sobrar en el Caribe) se podía pasar por alto las incomodidades del clima, la negligencia de los servicios públicos, las consecuencia propias de un pueblo petrolero con su cultura de campamento temporal; aquella Ciudad Ojeda pluricultural, con tantos forasteros como autóctonos (¿se puede hablar de autóctonos en un asentamiento petrolero que en aquel entonces tendría 70 años de fundado?), una ciudad de plumas de pavo real, que todavía irradiaba el brillo del «Boom Petrolero» del primer cuarto de siglo veinte, aquella ciudad de pronto empezó a declinar, y nadie parecía darse cuenta o a nadie parecía importarle, hasta que desapareció y lo que queda en su lugar es otra cosa, algo sin nombre que ni siquiera pudiera llamarse fósil de lo que fue porque no guarda relación con su pasado, como si el ADN original se hubiera alterado, lo cierto es que esta cosa que queda no tiene, o peor, no le interesa tener posibilidad de volver a ser lo que fue.
La falla no estuvo en la época, no tuvo que ver ni con el tiempo ni con el lugar, el falseo no estuvo en la música ni en sus instrumentos sino en sus intérpretes. Y así los comercios fueron perdiendo su característica de servicio para trasformarse en un «sálvese quien pueda», ya nadie daba las «gracias por su compra» detrás del mostrador; y todos comenzaron a esperar que le agradecieran para devolver la cortesía, y esperando se fueron quedando atrás el buen humor y las buenas costumbres, y «las gracias», los «por favor», los «buenos días», los «disculpe» fueron irreparablemente sustituidas por las maldiciones, y tanto se maldice algo que termina maldito. Ciudad Ojeda no es ni siquiera el recuerdo de lo que fue, es apenas un resabio amargo sin memoria, tan inmerso en la calamidad diaria que cada día se olvida de ayer.
Y llegó el momento en que en ese lugar ya no era posible sobrevivir. Todo se venía abajo sin importarle a nadie.
La gente, toda, detestaba trabajar porque el trabajo es llevadero cuando se siente que con él se mueve la rueda del futuro y cuando una ciudad se estanca la primera parte que se marchita es el futuro, esto pudiera hacer pensar que las ánimas en pena de Ojeda desearan intensamente la llegada del viernes, del fin de semana, pero los deseos de llegar al viernes con ánimos de celebrar los logros de la semana desaparecieron porque el sábado y el domingo se volvieron rutina de no hacer nada encerrados en casa, y no podía ser de otra manera ya que las calles estaban tomadas por el hampa (virus mortal que prolifera en la podredumbre del cadáver de la esperanza). Así la gente comenzó a odiar tanto su trabajo como el tiempo libre y empezó la desesperación de no saber qué desear, cada sábado deseaban que fuera lunes, cada lunes deseaban que fuera sábado, la monotonía alcanzó entonces su cenit, el electrocardiógrafo del pueblo marcaba una línea recta, sin sístoles ni diástoles que pulsaran esperanza alguna de entusiasmo vital: el pueblo había muerto y de esto hace años, pero parece que falta mucho aún para que la gente se entere de su fallecimiento. Este es el único fósil poético que aún se puede exhumar en Ciudad Ojeda: la semejanza lejana con el Pedro Páramo de Rulfo, el pueblo de fantasmas que se hacen los desentendidos de estar muertos. El gentilicio de Ciudad Ojeda demostró poca resistencia a morir, dejando al descubierto su gran capacidad de desentendimiento, su falta de espejo, de reflejo, de verse a sí mismo en su funeral, ni cuenta se dieron cuando estaban agonizantes y, ya muertos, pues era simple cosa de mirar a otra parte y, aunque los ojos se les hayan podrido, con el rabillo de la testarudez lo siguen haciendo, siguen mirando hacia otra parte. Una característica básica de los zombies es que no tienen conciencia de serlo. Y así Ojeda comenzó a ser un pueblo de Zombies desentendidos.
El vandalismo desanimaba cualquier tipo de esperanza, mejora o ánimo de progreso, tan pronto como se colocaba un cable para el alumbrado, una casilla de correo o una cañería nueva, era dañada o robada. Asaltaban a la gente mientras abría el portón de su casa, encañonaban con pistolas de película a las personas mientras se subían al auto o en sus camas mientras soñaban con vivir en otra parte, más que pocos murieron del susto al despertarse por el frío del cañón de la pistola en la frente. Salir era cosa de animales, porque la paranoia es normal entre los animales, estar alerta es la condición natural de la selva. Y pensar que las ciudades fueron planificadas bajo la promesa de dar seguridad. La promesa fracasó. Los  hampones en bicicleta arrancaban de un manotazo las bolsas a las señoras y las cadenas del cuello a los desprevenidos que dejaron el pellejo allí mismo por desangrarse con la yugular cercenada. La delincuencia era una lluvia de palos y piedras. Rompían las ventanas, destrozaban los teléfonos públicos, las vitrinas de los negocios, los jardines de quien se atrevía a sembrar algo. Y todo pasillo se volvió antro de drogas. Las verjas fueron perdiendo los barrotes para ser usados como lanza o palanca, la guerra se declaró de uñas y dientes, de palos y pedradas, de que nadie saldrá vivo de aquí, de que no tomaremos prisioneros ni habrá banqueta de plaza que quede parada, las tapaderas de las alcantarillas eran robadas para venderlas como chatarra. Y la gente ya no bebía agua. Los tanques de agua de las casas y los edificios amanecían hechos letrina o depósitos de cadáveres, hubo casos de quien bebiera las últimas supuraciones de sus seres queridos que, por cierto, nada tiene de parecido a la comunión con la hostia y el vino que simbolizan la carne y sangre del cadáver de Cristo. La iglesia nada pudo hacer contra la blasfemia, a ella también la desvalijaron y los curas, aunque se habían dado cuenta hace tiempo de la ineficacia de sus oraciones, tuvieron que reconocerlo por primera vez en acto público pidiendo a las autoridades que pusieran freno al demonio ante el que el mismo Dios tiraba la toalla. Pero no hubo súplica ni destinatario que valiera. Siguieron incendiando los setos de las plazas y robando cables y desmantelando alcantarillas Siguió el asesinato por capricho en ese empeño de los vándalos por demostrar que son más dueños de la vida que el mismo destino. Y así llegamos a la falta de fe absoluta, al sinsentido. La gente desesperada quiso irse, empezar en otra parte, en otra ciudad, con otra gente y tal vez con otro credo. A nadie importaba el nombre de Dios con tal de que fuera bueno y por sobre todo fuera policía. La gente fantaseaba con empezar de nuevo en otro lugar con las cosas que pudieran llevarse. Trataron de vender las propiedades, pero nadie compraba nada, no había comprador para la miseria, y la gente tuvo que resignarse a vivir como muertos o morir del todo para intentar renacer en otra parte, y así los edificios se fueron vaciando y deteriorando por la peor de todas las desidias: la ausencia.
Hoy la ciudad parece haber sobrevivido a una catástrofe, a un cataclismo, Ciudad Ojeda parece las ruinas de una imitación barata de Pompeya, los restos de un saqueo barbárico. Restos del paso de Atila. Calles grises y desoladas, basura apilada en cualquier sitio, objetos abandonados, gente abandonada, indigentes, enjambres de moscas verdes, gusaneras, un infierno terrenal con mucho calor para la fermentación, y cada vez más caliente sin la sombra de los árboles que han sido cortados, y de los techos de antaño, ahora desvencijados, cada vez con más zamuros revoloteando en el cielo o posados en las antenas esperando “la hora de la carroña” que su olfato pronostica. Y a lo lejos, al final de la calle, muy de vez en cuando, un soplo de brisa perdida remueve un cartel de la alcaldía que reza: «Ciudad Ojeda, el lugar ideal para vivir».
Si el cinismo pasa desapercibido quiere decir que no entendemos nada. 
A veces, como hoy, me asomo a la ventana y me quedo contemplando el desolado panorama, una mujer muy gorda con ajustados pantalones de plástico verde fosforescente vende pequeños platitos de plástico con mango verde y sal «¡Viagra, la Viagra!» vocea con tono de esclavo de varios siglos atrás. A media cuadra el mendigo esquizofrénico que vive en la casilla de basura del edificio está quieto en su función catatónica del día, quieto, completamente quieto mira al cielo como implorando que Dios se apiade de él y…mate a todos los demás.
Ya nadie, de los que siguen creyéndose sanos y productivos, saben de dónde sacan fuerzas y ganas para levantarse cada mañana para ir a trabajar. No sólo se trata de lo peligroso (al despertarse se suele ser más optimista y se olvida al familiar o amigo que ha sido víctima del hampa), sino  de lo deprimente y aburrido que se ha vuelto la existencia. La desgracia personal ha sustituido las tertulias literarias, «¡a buena hora!» pensarán algunos, «ya no se habla estupideces, más real que esto, pues nada».
Y cada quien pretende protegerse de lo inevitable con lo que tiene a la mano, los que pueden pagan guardaespaldas a sabiendas que el 80% de los secuestros tienen complicidad con los guardaespaldas, los que se creen muy listos cargan un arma y se desentienden de la estadística de que el 50% de los muertos son asesinados con la misma arma que portaban, otros salen con una llave inglesa en el maletín, o con un puñal en el calcetín, pero lo unánimemente cierto es que todos hemos olvidado, que existía un tiempo y un lugar donde vivir era otra cosa...

Y...HASTA MORIR ERA OTRA COSA (el cementerio más feo del mundo)

Si vivir en Ciudad Ojeda se ha vuelto miserable, morir en Ciudad Ojeda es vergonzoso. Al entrar a su cementerio nos invade una sensación de indigencia, de que en aquel lugar sólo pueda reseñarse un paso por la vida sin pena ni gloria. Y tal vez, sólo tal vez, sea esta imagen pusilánime la que en retrospectiva alimenta la indolencia de la ciudad, con un camposanto tan blasfemo pareciera que no hay logros en la vida que pudieran sobrevivir al desencanto final de este cementerio deplorable, irrespetuoso en todos los sentidos, más feo que la muerte misma, árido, desvencijado, con la cerca caída, poco se diferencia de una fosa común de desastre natural, invadido por los sin techo, guarida de malvivientes de toda índole, un cementerio donde los entierros se hacen en la hora de más calor para evitar que el atardecer facilite las fechorías de los delincuentes dispuestos a asaltar a los deudos que dan el último adiós a sus seres queridos. La peor delincuencia es la que se nutre del dolor ajeno. Y delincuentes somos todos por permitir esto, cómplices del mal vivir y el mal morir. 
Mario Fattorello...uno y el otro...
FINAL
Pero ahora que me acerco al punto final de este lamento nostálgico, creo darme cuenta que tal vez la ciudad nunca cambió, que todo ha sido un error mío, que esta Ojeda siempre ha sido así y que la de mis recuerdos es otra ciudad. Creo estarme dando cuenta que he pensado en dos ciudades distintas que por casualidad se llaman igual. O tal vez, me haya equivocado de persona, que el Mario que vivió en Ojeda hace años no es el mismo que describe la ciudad actual, tal vez sean dos personas diferentes que casualmente se llaman igual, en este caso el problema es saber cuál de los dos está escribiendo esto. Y ahora que lo pienso mejor, puede que sea usted el que se equivoca creyendo haber conocido dos ciudades o dos Marios y se está inventando una historia para ignorar su insomnio, o su aburrimiento o su soledad…, en cualquier caso para olvidar una realidad que ya no se parece a lo que era.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Consulta Portátil de Psicología en Venezuela (6) Sobre el resentimiento social

Charles Manson

EL OBSCURO OBJETO DEL RESENTIMIENTO

Durante mi adolescencia más de una vez rondé la isla del «resentimiento social». Tal vez haya sido por el temor adolescente de verme nadando en medio de ninguna parte: alejado de la cómoda costa infantil y sin conocer el rumbo hacia la orilla imaginaria de la adultez. Sí, tal vez haya sido por miedo que llegué a sentir esas ganas de dejarlo todo, declararme en desacuerdo con la sociedad y darle la espalda al sistema.
O, puede haber sido por la tentación de resignarme a la pusilanimidad para apaciguar la necesidad de ser original y auténtico. La renegación de los otros y la inculpación del sistema habría sido un escondite perfecto para ocultar detrás del disfraz de víctima mi propia insignificancia.
Aunque también creo recordar haber sido tentado por el resentimiento social en los momentos de cansancio cuando necesitaba una excusa para dejar de crecer y abandonarme a la pereza.
Lo cierto es que sigue sin estar claro el motivo por el que llegué a sentirme un pez fuera del sistema; pero estoy seguro de haber sido un candidato con mucho chance a ganar el título de resentido. Y con la misma seguridad puedo aseverar que en aquel tiempo asociaba el  «resentimiento social» a causas trascendentales, una actitud digna ante injusticias como la de ser víctima del racismo o cualquier otro atropello del hombre sobre el hombre: la intolerancia, el autoritarismo, la segregación y todas aquellas injusticias que (adolescencia mediante) pudiera desvirtuar de su cruda y penosa condición para cargarlas con «pueril romanticismo existencial».
Sin embargo, ya sea por suerte o por destino, pronto desapareció de mí la tendencia a victimarme y en su lugar asomaron otros intereses en que pensar: los sueños futuristas, la carrera que iba a estudiar, el llegar a ser mayor de edad como meta (¡increíble! ¡Ser adulto fue alguna vez una meta!) y, sobre todo, la distracción más poderosa de todas, lograr seducir la rubia inaccesible del quinto año sección “B”, y la morena que visita todas las tardes a su abuela en la casa de al lado, y la hija de la madrina de mi primo, y…, en fin, seducir a todas las chicas posibles.

RESENTIMIENTO A LO CARIBE

Hoy en día he tenido que repensar el concepto de resentimiento social debido a que el estado, que es el gobierno, que a su vez es el partido, utiliza como asunto de estado, estrategia de gobierno y propaganda política el resentimiento del “pueblo” (es por demás sorprendente cómo se cuidan de no confundir el sustantivo, si usaran el término “nación” debieran incluir a todos, pero la idea es referirse sólo a los miembros del buró del resentimiento para tener un resto a quien culpar). Y de tanto «dalequetedale» por radio, televisión y prensa, la gente un día se despierta resentida, no sabe de qué ni porqué, simplemente se levanta con el pie izquierdo y ¡Voilá! ¡Tenemos otro resentido social!
Ante esta “institucionalización” del pez fuera del agua, me puse a observar, como quien no quiere la cosa, este  “resentimiento social” que pareciera justificar todo lo que sus sufrientes hagan o digan, como si tuvieran derecho a cobrarle al mundo una indemnización por daños ocasionados. Yo intuía que en el fondo algo no cuadraba y fueron más que interesantes los resultados de la observación o, mejor dicho, más que interesantes fueron decepcionantes.
En general, la duda que me asaltaba era: «este resentimiento social, por lo menos en estas latitudes, no parece ir de la mano con la justicia social. Tampoco parece ser una reacción ante el atropello, y no está nada clara su justificación, porque lo justificable debe tener un porqué y las preguntas parecieran pertenecer a otras dimensiones menos simplistas». En otras palabras, el resentimiento social se me aparecía como demasiado simplón. Al simplón no le interesa la dialéctica. Para el simplón es estúpido usar pañuelo para soplarse la nariz si puede taparse un cornete y excretar con fuerza sus miserias nasales al piso. Los resentidos sociales que observaba pertenecían a una dimensión más básica y práctica. Pareciera que en estas latitudes el resentimiento social es causado por desgracias simples como tener acné a los quince años y no poder convencer a la chica deseada de que el acné es cosa de adolescencia y no de higiene y alimentación. Así comprobé cómo los resentidos sociales por acné (expongo la versión dermatológica aunque también los hay de tipo auditivo –por gustos musicales–, de tipo protuberante –por culo plancho o poco pecho–, de peluquería –pelo malo versus cabello liso–, entre muchos otros), y como les decía, me puse a observar cómo los resentidos por acné planificaban su revolución a la sombra de un tenderete de fritangas, desayunando arepas fritas con chicharrón, mayonesa y, además, mucha mantequilla. Pero, hasta allí la cosa no me defraudaba del todo, yo pensaba «pobrecitos, no tienen al alcance la información relativa a la relación entre la mayonesa y el acné, y a final de cuentas es una forma de intolerancia social el que una chica no esté dispuesta a besar una boca cercana a tres docenas de furúnculos (*1)». En este punto aún sentía ánimos de defender a los resentidos. Pero, la cosa empeoró al comprobar que aun sabiendo que sin mayonesa, frituras y mantequilla podrían disminuir el acné, las reuniones de los purulentos seguían dándose bajo el toldo de fritangas que además ahora ofrecía una nueva receta de mayonesa ¡con tocineta!
Dispuesto a seguir mi investigación, me aposté cerca de las pailas fritadoras y los observé mientras tragaban las sebáceas viandas como si fueran antibióticos revolucionarios liberadores de los cráteres de pus que alegremente pululaban en sus mejillas, y afiné el oído para intentar escuchar el plan de los resentidos para librarse de su frustración. Las charlas eran enredadas y confusas, en general giraban alrededor de que ellos eran pobres diablos (ellos sabían lo que yo desconocía: que los diablos sufrían de acné), y que había que fregar a los de la “otrabanda” (que era como llamaban a los que no tenían forúnculos y solían reunirse en el comando “otrobandista” ubicado en la venta de jugos naturales de la otra esquina).

Después de muchas oídas y oteadas al descuido, entre el vapor grasiento de pastelitos y empanadas, entendí que las resentidas víctimas de forunculosis no pretendían curarse de los barros y espinillas, lo único que planeaban, o mejor dicho, LO QUE MÁS DESEABAN EN EL MUNDO era que TODOS sufrieran de acné. Así tuve claro que el resentimiento social nada tiene que ver con ideales de justicia social y que si poseyera ideal alguno sería el del tonto que se consuela con el mal de tantos.

(*1) Forúnculo o furúnculo (latín furuncŭlus, ladronzuelo)